jose prats sariol

#67- Lazarito el fuerte contra el Granma

23 julio, 2015

José Prats Sariol

– Con su acostumbrada prosa límpida y casi siempre irónica, tal vez cargada de humor, José Prats Sariol, el narrador y crítico cubano –asiduo colaborador de carátula- nos devela la existencia de otro narrador de la ínsula caribeña: Lázaro Etchemendía*, médico de profesión y su libro La isla en cuentos. Prats ensalza con agudeza y equilibrio el volumen susodicho, insertándolo a su vez “…en la poderosa tradición satírico – costumbrista…” de la Cuba actual


¿Cuántos saben quién es de verdad el villaclareño de Ranchuelo Lázaro Echemendía? ¿Es un sátiro o un satírico? Seguidamente pienso revelarlo o rebelarlo o mejor relevarlo, dejar junto a él otro cuento isleño, procaz e irreverente. Romper el celofán, la  hipótesis que argumento contra el extendido prejuicio que minimiza los valores artísticos de la crónica de costumbres.

Recuerdo que Gastón Baquero –desde la sagacidad del buen poeta- tuvo razón cuando en un artículo sobre las Estampas de su amigo, el gran cronista deportivo y escritor costumbrista Eladio Secades, afirmó: “La profundidad no tiene nada que ver con la pedantería ni con el retorcimiento”. Lo que hace válida la formulación de que la aparente superficialidad jocosa de ciertos textos funciona como ropaje de vericuetos y abismos morales.

El auge del texto costumbrista se haya vinculado a los orígenes de la prensa periódica y su enorme desarrollo con la revolución industrial, información que refresco como puntual a la falsa idea de que son artículos y cuentos volanderos, más efímeros que la llamada “literatura seria”. Error que aquí envuelve a La isla en cuentos, donde en las críticas suelen agolparse calificativos despreciables, del corte de “chusmerías” de la “plebe”, “vulgaridades” de gente inculta, de “groseros” analfabetos funcionales…

Recuerdo que mensuarios, semanarios y diarios lograron que el artículo de costumbres se convirtiera en género remunerado, trabajo donde los índices de venta, vinculados al de los anuncios, promovieron un singular circuito. Aunque en los cultivadores del género –sobran ejemplos— su práctica trasciende la retribución;  el autor se deja ganar –aunque desde luego que también le gustaría ganar dinero con sus textos- por una irrefrenable vocación satírica.

Lázaro Echemendía

Lázaro Echemendía

Cuba no fue una excepción, todo lo contrario, para el texto satírico –casi siempre de motivo costumbrista-, vinculado al choteo. De su sobrevivencia hasta hoy da buena cuenta este libro del médico Lázaro Echemendía.  Porque La isla en cuentos navega con gracia y algunas veces con profundidad dentro de las comparaciones e inserciones en la poderosa tradición satírico-costumbrista que polémicamente consideramos local. Sus mejores textos, que presentamos esta noche en la conocida librería de Coral Gables en Miami, no pretenden trascender las fronteras de lo pintoresco y sus dosis de caricatura. Por ello –sin prejuicios académicos ni complejos autodidactas- es que logran el encanto de sus predecesores más encumbrados. Tal vez desde la procacidad de sus títulos: La quema del rubio Hatuey; Oh my God, baby; ¡Mi hembra!; Miguelito el pirri contra el periódico Granma; De cómo pasé la noche con Mireya la rusa; Adonis el mocho y la tradición griega; Un profeta en Babilonia

Los ingredientes son siempre los mismos, por lo menos desde los satíricos griegos y latinos que fundaron nuestra tradición occidental. La fórmula, claro está, experimenta cambios hasta hoy. ¿Cuál es la que predomina en las mejores crónicas de La isla en cuentos?

Por supuesto la que representa la caricatura escrita, basada en el milenario artificio de la hipérbole. Exagerar –engrandecer o minimizar- las situaciones dramáticas para que sean más cómicas, exagerar defectos o rasgos físicos, aumentar las reacciones ante un grueso apodo… Por ahí se desenvuelven –ya entre risas de burla— las tramas narrativas de La leyenda de Lazarito el fuerte  –que abre el libro-, para enseguida descubrirnos que es el propio autor burlándose de sí mismo, empezando por su propia casa, las burlas, las ridiculizaciones, los escarnios “estetoscopio en mano” a partir de un suceso que sirve para catalizar las “dotes” del personaje como sátiro.

Al recomendar la lectura de La isla en cuentos –quizás por una irrefrenable manía magisterial— advierto que se trata de una agrupación heterogénea, rasgo que suele ser común en agrupaciones de textos que por su brevedad sólo están unidos por el volumen, para hacer volumen; aunque la marca estilística de autor o de ciertos temas predominantes logren servir de argamasa. Son muy raros, en cualquier literatura, libros de cuentos o de poemas o de artículos que logren mantener una coordinación exacta; mucho menos un similar nivel de aceptación. El lector –como siempre- arma su preferencia, en atención a disímiles causas, tal vez hasta por la hora en que lee o lo que ese día comió o discutió o bebió.

Tal relativismo apreciativo, innegable por argumentos inevitablemente exógenos, no implica, sin embargo, que todos los gatos sean pardos… Muchos refranes que la gente repite sin masticar son puras mentiras. Uno de ellos -muy usado por escritores mediocres de los que tanto abundan hoy por Internet- dice que “todo es del color del cristal con que se mira”. Porque bajo cualquier cristal la tradición del género en Cuba –en la que hoy celebramos la entrada de Lázaro Echemendía— mantiene que los artículos de costumbre del sectario historiador antimperialista  Emilio Roig de Leuchsenring son fieles a su prosa de notario, oficio del que se graduó en 1917. Y a la vez exalta a carcajada limpia los textos  de Miguel de Marcos publicados en La república Cómica, o novelas suyas que aún hoy se reeditan, como Papaíto Mayarí y su más famosa: Fotuto.

Como siempre que llueve puede escampar; pero también venir inundaciones, deslaves y crecidas impetuosas hasta de riachuelos; creo que bajo cualquier cristal Lázaro Echemendía huye de la verdad -como muchos refranes- cuando dice que sus verdaderas influencias son las de Chicha el ojú, René el Yety, Tirso Napoleón, Santiago Antúnez, el Indio e’Mangalarga, Bartolo Manguera el Aeropajita, Ramiro bola’e Churre; sino por alguna vía la de Eladio Secades y sus Estampas, oficio que heredarán Manuel González Bello; pero sobre todo el gran Héctor Zumbado con sus secciones Limonada y Riflexiones; padres nada putativos de este bautizador con nombretes –apodos, sobrenombres, aunque la mayoría de cubanos decimos nombretes— que se agolpan en el pueblo de Jodentiname, desde donde él transmite su página web Enciclopedia Oficial del Nombrete Cubano.

Era lógico que las ironías y sarcasmos característicos de este satírico no gustaran a un régimen incapaz de tolerar la burla, de reír sin recelo. Lázaro Echemendía tuvo que poner respetable distancia en 2002, tras los acosos de la policía política. Su exilio, desde luego, no mejora ni una sílaba sus textos; pero si la simpatía que nos causa esta noche, como hace quince años en mi casa del barrio de Santos Suárez en La Habana, cuando por primera vez leí algo de este sátiro y satírico vate. Entre sospechas de que nos estaban escuchando un chiste contra el periódico Granma. Y de que tocarían a la puerta para rompernos la risa.


* Lazaro Echemendía nació en 1971, en Santa Clara, Cuba, donde se graduó de médico en 1966. Periodista de la agencia independiente de prensa Cuba Press, hasta su salida del país. Reside en Houston, Texas, desde 2002. En la actualidad trabaja como profesor de español y traductor. En Junio del 2013 ganó el Primer Premio en el XXI Certámen de Relatos Cortos “Meliano Peraile” en Madrid. Su sitio web nombrete.com recibe miles de visitas cada mes.

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