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Pablo Antonio Cuadra, amigo sobre todo

24 mayo, 2017

Gloria Guardia de Alfaro

– A Ricardo: en celebración de nuestro Cuadragésimo noveno aniversario de matrimonio


Pablo Antonio Cuadra

Fue en vísperas de las navidades de 1966 –entre los días 17 al 23 de diciembre – cuando el poeta Pablo Antonio Cuadra y yo nos reunimos por primera vez en su despacho del diario La Prensa de Managua. Yo había hecho el viaje expresamente desde Nueva York, ciudad donde me especializaba en literatura comparada en Columbia University, con el propósito de entrevistarlo. Mi visita, por lo tanto, respondía al ceñido plan de estudios del plantel donde estudiaba. Es más, tal como Columbia University lo señalaba en su descripción de las diversas facultades del Graduate School of Philosophy, cada estudiante debía declarar, antes de concluir el segundo semestre de estudios, cuál sería el tema de su disertación para obtener el grado de Doctor en Filosofía, Ph.D. En mi caso, porque yo deseaba analizar la obra de un escritor iberoamericano dentro de la disciplina de los estudios de literatura comparada, Columbia designó a un grupo de profesores para que eligieran a un especialista en estudios de literatura Iberoamérica con el fin de que elaborara un pénsum que se ajustara a mis propósitos, dirigiera mis estudios, y ulteriormente guiara, paso a paso, mi Disertación de Grado. Fue así cómo y por qué este grupo eligió al Dr. José Olivio Jiménez para que llevara a cabo esta labor. Jiménez era un notable ensayista cubano y uno de los pocos tratadistas de poesía iberoamericana que estudiaba, desde una posición equidistante –la ciudad de Nueva York-, la lírica contemporánea de Iberoamérica, los Estados Unidos y Europa. Cumplido este requerimiento, él y yo optamos como tema del trabajo un análisis del pensamiento poético del  nicaragüense, Pablo Antonio Cuadra. En la decisión tomamos en cuenta, sobre todo, el hecho de que yo había hecho estudios especializados sobre el Modernismo y la obra de Rubén Darío en la Universidad Complutense de Madrid con los reconocidos poetas y ensayistas Gerardo Diego, Carlos Bousoño y Antonio Oliver Belmás, este último, fundador con su esposa, Carmen Conde, de la Biblioteca-Archivo Rubén Darío, de Madrid. También tuvimos presente el hecho de que Cuadra, al igual que otros poetas nicaragüenses, había bebido directamente de la fuente del Maestro. Esto, al fertilizar en grado sumo, había dado como fruto el surgimiento, en Nicaragua, de varios de los movimientos poéticos más interesantes de América, con figuras de primera línea como Azarías Pallais, Salomón de la Selva, Alfonso Cortés, José Coronel Urtecho, Ernesto Mejía Sánchez Joaquín Pasos, el propio Pablo Antonio, Ernesto Cardenal y Carlos Martínez Rivas. La selección que hicimos de la poesía y persona de Cuadra como objeto de estudio, se basó en que, en 1966, su legado ya tenía un doble e importantísimo significado. En primer lugar, él era uno de los principales abanderados y alentadores del nuevo pensamiento y de la nueva literatura de América Central a través de la fundación de revistas como Vanguardia (1929), los Cuadernos del Taller de San Lucas (1940) y El Pez y la Serpiente (1961), que registraban toda la historia de la creación literaria y artística centroamericana posterior a Darío; y en segundo lugar, el hecho de que él había sido, sin duda, el iniciador de la poesía nativa nicaragüense que tenía como protagonistas a la Naturaleza, Cristo y a los Mitos autóctonos de Centroamérica, incorporando, así, muchos de los temas que Rubén había dejado  por fuera.

Ilustrados los aspectos sobresalientes del entonces ya rico patrimonio literario de Cuadra, le propuse al Dr. Jiménez que mi trabajo abordara, además, otros puntos muy concretos e importantes para una mejor comprensión de la obra de este poeta, dándole como  ejemplo la forma cómo Cuadra y sus compañeros de generación  –la llamada Generación del 29[1]- habían traducido la obra de los principales poetas contemporáneos de América Latina, Estados Unidos y Europa. Además, varios de ellos habían llevado a cabo estudios en los que subrayaban el ímpetu de experimentación de los nuevos autores Iberoamericanos, europeos y norteamericanos, así como de las diversas innovaciones temáticas y técnicas que habían aprendido, analizado y adoptado de las líricas de vanguardia y posvanguardia de esas regiones: el estridentismo, imaginismo, surrealismo, futurismo, expresionismo y creacionismo, entre otros. Jiménez estuvo de acuerdo con mi propuesta, así como con el título que le sugerí para la disertación: Estudio sobre el pensamiento poético de Pablo Antonio Cuadra. Éste, le dije, resumiría las diversas maneras cómo este poeta había contribuido a enriquecer y renovar las corrientes ontológicas –las cuestiones de la tradición humanística para los asuntos propios del ser y el arte-, de la lírica de iberoamericana. Así y mientras conversábamos y para subrayar mis observaciones, recuerdo que cité las palabras que el español José María Valverde había escrito sobre Pablo Antonio en una de sus columnas del diario ABC de Madrid:

Entre el americanismo sombrío y feroz de Neruda y el desamparado y trágico de Vallejo, ha surgido el americanismo cristiano de Cuadra: su poesía vive la tierra con fe, con serenidad, con alegre ironía en le palabra, pero no por ello es ajena al dolor de su pueblo sino solidaria con su esperanza.[2]

Con la aprobación de Jiménez y, en consecuencia, de la Universidad, emprendí el anhelado viaje a Nicaragua, la tierra de Rubén, Pablo Antonio, así como de todos mis antepasados por parte de madre. En el aeropuerto me recibieron varias de mis tías –costumbre establecida en nuestra familia- y una de ellas, mi más allegada, Gladys Ramírez de Espinosa[3], amiga de Pablo Antonio, me hospedó en su hogar y acompañó a La Prensa, diario donde Cuadra mantenía su despacho, como co-director, desde hacía ya varios años.

Hoy, a cincuenta años de aquellos días, al evocar mis citas con Pablo Antonio, todavía me estremezco, al punto de confesar, sin temor a exagerar, que aquellos encuentros me cambiaron la visión del mundo y de la vida. A los veintiséis años, yo había vivido y estudiado desde la adolescencia en Chicago, Nueva York y Madrid y en estas ciudades me había dedicado a conocer las más significativas expresiones del arte: la música clásica, la opera, la pintura, escultura, el ballet y la literatura. Esta afición me había conducido a los principales teatros y pinacotecas de esas ciudades, y a estudiar en varias de sus bibliotecas mejor dotadas. En pocas palabras, a esa edad, cuando viajé a Nicaragua, yo vivía para el estudio y por los libros y las nociones aprendía de ellos. Seguramente por eso, era ajena, casi por completo, a muchos de los problemas y angustias cotidianas que azotaban a mi región y a sus gentes. Además, y sin duda, lo más importante, mi  única hermana y yo habíamos nacido y crecido en un hogar confortable que nos había rodeado de amor y permitido entregarnos por completo y sin preocupaciones al cultivo intelectual y artístico. Hasta ese momento, los meses y años habían transcurrido entre las aulas de colegios preparatorios de los Estados Unidos y tres de las universidades más prestigiosas de Occidente: Vassar College, la Complutense de Madrid y Columbia. Durante las vacaciones yo solía viajar al extranjero o las pasaba en el hogar familiar, conformado por mi hermana mayor y padres inteligentes, generosos, cosmopolitas y respetuosos de los códigos de la alta burguesía iberoamericana. De pronto y para culminar mis estudios de posgrado, todo había cambiado tras mi decisión de viajar a Nicaragua, la patria de mamá, un país pequeño, gobernado por una estirpe sangrienta. Y allá, en el despacho sencillo del periódico más combativo del país, La Prensa, me recibía un escritor alto moreno, enjuto, delgadísimo que, a golpe de vista, se me antojó como un Quijote criollo que, en un tono pausado, nada pródigo en el uso de adjetivos, me hizo vivir una experiencia intelectual y humana particularmente significativa. Es más, mientras experimentaba esta revolución interior, en apariencias y por las normas de comportamiento inculcadas, yo me había mantenido serena, escuchando lo que decían los labios de Cuadra. Él hablaba, recuerdo, de las tardes ya lejanas de 1929, cuando él y un grupo de jóvenes se enclaustraban en la torre de la iglesia de la Merced, la pequeñísima ciudad colonial de Granada. De pronto, se detenía, hacía una pausa larga, subrayaba la forma cómo ellos creaban y perseveraban ajenos, casi por completo, a todo lo que no fuera propio de las humanidades. Y, en tono casi jocoso, me relataba que así, casi eufóricos, habían organizado recitales de poesía nueva, redactado y lanzado críticas, proclamas y manifiestos anti-académicos, iniciado enérgicas polémicas y traducido poemas de los escritores Eliot, Pound, Lowell, Marinetti,  Montherland, Cocteau, Apollinaire, Valéry Larbaud, Giradoux, Gide y Supervielle… En efecto, había sido en aquella torre, parte de una iglesia construida durante la Colonia, donde ellos habían concebido una poesía nueva, envueltos en una alta dosis de pasión y sobre todo, contagiados de un espíritu renovador.

Ahora bien, mientras Pablo Antonio continuaba con aquel relato, con aquel testimonio humano sobre un hecho que sería trascendental para la literatura iberoamericana, cada palabra suya producía en mí, como ya dicho, una conmoción inenarrable. Y hoy, al evocar e intentar describir lo vivido y experimentado en aquel tiempo, siento como si un rayo me transportara en el tiempo, me abriera sendas inéditas, me lanzara a otras latitudes para luego acoplarme dentro del intrépido y transformador proceso de creación de un puñado de jóvenes nicaragüenses que, a través de los años, había inaugurado en Centroamérica, un nuevo tiempo, una novísima estación en el verbo que marcaría hondamente el pensamiento y la lírica de nuestra lengua.

Lo vivido por mí, muy probablemente, no fue la excepción. Casi podría asegurar que, en diferentes fechas y escenarios, otros jóvenes experimentaron algo parecido a lo que sentí durante aquellos diálogos, cara a cara, con un escritor, como Pablo, entonces y ahora, un referente obligado en los círculos más exigentes de la literatura y las artes creativas iberoamericanas. Podría, incluso, afirmar que cuando algo así se da en un estudiante joven, cuando se recibe un testimonio de tal importancia directamente de la fuente, resulta imposible permanecer indiferente. Para mí aquello fue algo parecido a haber vivido un sueño con los ojos abiertos, o haber estado presente cuando Cocteau relataba el estreno, en 1930, de su obra La voz humana en París; o haber escuchado a Bebé Morla Lynch, lo que ella sintió cuando Federico leyó en el salón de su residencia madrileña, su Romancero gitano; o haber acompañado a Cernuda cuando -durante la Guerra Civil-, él mismo le había entregado a Aleixandre el primer ejemplar de la revista Hora de España. Quizá, por eso, hoy no me avergüence en confesar que así mismo viví aquellos momentos iniciales escuchando los testimonios de Cuadra y tal cual lo he ido aprehendiendo en el curso de mi devenir como mujer, escritora y académica latinoamericana. Sí, en mi interior no existe la menor duda de que fue entonces, durante aquellos días de diciembre de 1966, durante mis  prolongadas conversaciones con PAC[4], cuando experimenté, de manera consciente, un nuevo nacimiento, el más sobrecogedor y vibrante rito de iniciación que, al florecer, me abriría múltiples puertas y ventanas, me ofrecería hasta el día de hoy, novísimos paisajes, dolorosas cavidades y deslumbrantes cumbres interiores. En efecto, fue allá, en el despacho de PAC, cuando y donde sellé mi primer gran compromiso humano e intelectual con la sociedad y donde  decidí que, de entonces en adelante, contribuiría a examinar, señalar e revivir, a través de mis escritos, páginas de nuestra historia y daría voz a los desposeídos de mi tierra, aliviando así, dentro de mis posibilidades y limitaciones, las carencias endémicas que desgarran a diario a los habitantes más olvidados de los países de nuestra región.

pac

En el caso propio de Pablo Antonio, al leer y analizar detenidamente su obra y sobre todo, al dialogar con él, comprendí que este ejercicio era y seguiría siendo una guía para transitar la vida, si es que buscaba formar parte cualitativa y constructiva de los cambios que en ella se dan. Él, por ejemplo y para ser para ser puntual en este testimonio, me refirió cómo, durante su infancia y primera juventud, se había apoyado en la Naturaleza, creyendo encontrar en ésta una fuerza con las dimensiones de una columna gigante que fuera capaz de darle respuestas a sus angustias ontológicas, así como de ordenarle las ideas y el cosmos. Sin embargo, aquella “doña albarda/Mariposa inválida de mi forma/sobreviviente al sueño y al tropel/”[5] que él escogió como símbolo del hombre y la sencillez nicaragüense, del alma campesina y tangible, detrás de cuya faz intentó esconderse cuando escribió el poemario La tierra prometida, no logró saciar sus ansias de normas  y definiciones. Lo que él interpretó como una incomprensible mudez por parte de la Naturaleza, de esa tierra adonde había nacido, crecido y creyó verse reflejado, lo había hundido en el vacío y él, todavía joven entonces, angustiado se humilló, se laceró y se empequeñeció a propósito hasta llegar a optar por sendas audaces que, tras una larga y oscura jornada, condujeron sus pasos hacia la alteridad, hacia la morada del otro.

“Este peregrinaje” –me escribió, en una de las numerosas cartas que nos cruzamos durante nuestros treinta y seis años de amistad- “coincidió con el estallido de de la Segunda Guerra y con el momento cuando experimenté una profunda crisis espiritual que me llevó al encuentro con la alteridad y sobre todo, con ese Otro que es Cristo”[6].

Aquel acontecimiento espiritual sería, sin duda, concluyente en su trayectoria vital que, según el poeta me confesaría durante uno de nuestros primeros encuentros, se había iniciado en 1939 y dado, como fruto, la escritura del poemario Canto temporal, definido por él mismo como “biografía sangrante”:

…Es el producto del impacto de la Guerra Es la destrucción. (Mi mundo deseando desesperadamente resucitar). Entonces, tras el vía crucis…lo humano ya ha sufrido pasión y muerte.”[7]

A partir de ese momento, se le revelaría “el camino”, pero él, pese a las numerosas caídas y oscuridades, no titubearía indeciso. No. Estaba ubicado, hasta donde lo pueda estar temporalmente todo ser humano hasta la hora de la muerte.

¿Cómo y por qué vías le llegó a PAC el hallazgo de la Gracia? La respuesta la encontré a medida que analizaba su libro Canto Temporal, en el que el poeta  sugiere cómo visitó y dialogó serenamente con el purgatorio de su alma; y cómo, tras un penoso rastreo, vio sobre sí la mirada de Cristo y tuvo ante sí la Revelación, esa Resurrección, tan anhelada.

Sin lugar a dudas, los primeros caminos de iniciación se habían cumplido con la escritura de Canto Temporal y, de entonces en adelante, PAC habría de escribir una obra poética, narrativa, teatral y ensayística que sería el testimonio de un don y una responsabilidad, así como la manifestación de una presencia singular: Anclaje de promesa y transparencia.

Los años corrieron sin tregua. Así, tal como me lo había propuesto, concluí mis estudios y presenté la “Disertación” –Dissertation-  de grado ante un jurado de profesores de la Graduate School of Philosophy, de Columbia University; me casé en Panamá; en marzo de 1970 nació nuestra hija; y en 1971, el libro Estudio sobre el pensamiento poético de Pablo Antonio Cuadra apareció publicado por la Editorial Gredos que, en ese entonces dirigía, en Madrid, el poeta Dámaso Alonso, integrante de la célebre “Generación del 27”, conjuntamente con Lorca, Alberti, Salinas, Guillén, Diego, Cernuda, Aleixandre y Manuel Altolaguirre… Este celebrado poeta y filólogo español conocía bien a Pablo Antonio y juntos habían conversado muchas veces sobre cómo él y sus compañeros habían dejado tan honda huella en la Generación del 29 nicaragüense.

Mi amistad con Pablo Antonio evolucionó, se profundizó, y me dio pie a nuevos análisis, conferencias y ensayos. Con él y gracias a él encontré numerosas formas de mirar y narrar mi propio recorrer ontológico, político, católico y ético. Fue Pablo Antonio quien me introdujo al pensamiento del monje místico Thomas Merton, no solo leyendo su poesía, sino adentrándome en el testimonio dramático de su conversión, narrada por él mismo en su libro The Seven Storey Mountain. También y gracias a la generosidad de Cuadra, logré -durante uno de mis siguientes viajes a Nicaragua- leer y reflexionar sobre la nutrida correspondencia que se cruzaron el poeta nicaragüense y el trapense norteamericano… Por recomendación de Pablo Antonio, leí a los filósofos franceses Jacques Maritain y Gabriel Marcel; y en compañía de Cuadra, analicé el Cántico Espiritual de san Juan de la Cruz. Asimismo, cuando tuve dudas profundas sobre las diversas corrientes éticas de nuestro tiempo, Pablo me recomendó que leyera, entro otros libros, La caída –La Chute- de Albert Camus y Cartas del papa Celestino VI a los hombres,  figura apócrifa concebida por el siempre provocador Giovanni Papini, para lanzar un mensaje de paz y fraternidad a cristianos, judíos y ateos, después de la Segunda Guerra. También, cuando un día quise conocer más sobre las doctrinas teológicas de nuestro tiempo, Cuadra me facilitó varias encíclicas papales y libros del padre Romano Guardini, uno de los pensadores católicos más acreditados del siglo XX. En otra ocasión, durante el proceso de encontrar una postura política clara que reflejara mi manera de ser y de pensar, Pablo Antonio, pese a que era un conservador de vieja sepa, me aconsejó que no me dejara llevar o impresionar por palabras u opiniones ajenas, sino que llegara a mi propia definición en este campo, tras leer e instruirme sobre los principios del Comunismos, la Democracia Cristiana y la Socialdemocracia “Tardía” de Europa Meridional y América Latina. Y  fue, también, gracias a Cuadra que hallé el verdadero, el profundo significado e importancia de poblar la tierra con palabras, tal como dijera en cierta ocasión el filósofo español Juan David García Bacca.

Podría continuar enumerando o relatando las instancias cuando, durante más de medio siglo, Cuadra ha venido a mí directa o indirectamente para ayudarme a saciar mis inquietudes. No es el caso. Lo que sí me parece importante que deje dicho y escrito es que Pablo Antonio, su presencia y sus libros han sido clave en mi caminar como peregrina en el tiempo y en la tierra. En PAC, en sus más de veinte poemarios, en sus Escritos a máquina, y en suincomparable Vía crucis -el mismo con el cual oró el papa Juan Pablo II en el Coliseo romano durante la desolada Semana Santa de 1987-, he encontrado numerosas, diversas e inestimables repuestas a mis dudas ontológicas. Y cómo ha sido por medio de PAC, entre otros, que he aprendido a vincularme con mi espiritualidad, así como con mis con mis circunstancias temporales, durante más de cincuenta años. Por esto o lo otro, no me cansaré jamás de confesar que fue Pablo Antonio y gracias a él, que logré vislumbrar el alcance de un compromiso personal y político que fuera siempre respetuoso de la alteridad. Y cómo ha sido, en la mayoría de los casos, por medio de él y sus escritos que he aprehendido que la raíz culminante de toda acción y aventura ontológica constituye la cualidad que le da significado y sentido a cuanto es y está en esta vida.

¿A qué más se puede aspirar en una relación con un auténtico guía y maestro? En PAC conocí al poeta y al hombre que, al crear, reflexionó, sereno, sobre el misterio de ser en el tiempo, y al amigo y maestro que nunca olvidó señalarme la necesidad y obligación de mirar siempre hacia ese amanecer no escrito, persiguiendo, a cada instante, un futuro vibrante, colmado de luz, reflexión y asombro.

Bogotá. 27 de abril de 2017


[1]Los compañeros de generación de PAC, designados en Nicaragua, “Poetas de vanguardia”, eran José Coronel Urtecho, Joaquín Pasos Argüello, Luis Alberto Cabrales y Joaquín Zavala Urtecho, entre otros.
[2] José María Valverde, “Pablo Antonio Cuadra, uno de esos poetas que nacen cada cien años”, ABC, 23 de noviembre de 1948.
[3]Muchos años más tarde, Gladys Ramírez de Espinosa, mujer de cualidades excepcionales, en 1990 sería designada ministra de Cultura en Gabinete del Gobierno post-sandinista de Violeta Barrios de Chamorro, viuda de Pedro Joaquín Chamorro, el co-director del diario La Prensa asesinado en 1978 por las huestes de Anastasio Somoza Debayle.
[4]PAC fue el acrónimo con el cual Cuadra firmó los editorialesdominicales de La Prensa, titulándolos Escritos a máquina.
[5]Cuadra, “Albarda”, La tierra prometida
[6]Carta de PAC a GG, 7 de enero de 1967.
[7]Loc.Cit.

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(1940-2019). Fue novelista, periodista y ensayista de nacionalidad nicaragüense-panameña, nacida en Venezuela. Estudió filosofía y letras en la Universidad Complutense de Madrid y obtuvo su Maestría en literatura comparada en la Universidad de Columbia en Nueva York. Perteneció a la Academia Panameña de la Lengua. Fue presidente de la Fundación Iberoamericana del PEN Internacional. Ha sido traducida al inglés, ruso, italiano y macedonio. Entre sus obras destacan su tesis doctoral (1968) Estudio sobre el pensamiento poético de Pablo Antonio Cuadra (Editorial Gredos, 1971) y las novelas Libertad en llamas (Plaza & Janés, 1999), Lobos al anochecer (Alfaguara, 2006), El jardín de las cenizas (Alfaguara, 2011) y En el Corazón de la Noche (Grijalbo, Penguin Random House Grupo Editorial, 2017). Publicó ensayos sobre Unamuno, Rogelio Sinán, Ernesto Cardenal, Stella Sierra, Miguel Hernández y Rubén Darío. Recibió numerosas distinciones literarias.