Claribel
Alegría celebra en este 2004 sus ochenta años y toda una
obra literaria que le convierte en una de las más importantes
poetas latinoamericanas de estos dos siglos. Nacida en Estelí,
Nicaragua, pero llevada desde muy pequeña a El Salvador, declara
su nacionalidad centroamericana sin ninguna contradicción. Su
obra se cruza por toda la Historia grande de la Literatura de nuestro
continente y de nuestra lengua. Empieza a escribir bajo el tutelaje
directo y exigente de nada más y nada menos que Juan Ramón
Jiménez en su exilio de los EE.UU. Juan Ramón y Zenobia
recopilan sus poemas para un primer libro, Anillo de Silencio, 1948.
Luego vendrá una obra que impresiona por cantidad y calidad,
más de una veintena de libros de poesía, novelas y libros
de testimonio. Entre ellas destacan: Acuario,1955; Sobrevivo, premio
Casa de las Américas 1978; La Mujer del Río Sumpul, 1987;
Saudade 1999, o Soltando Amarras, 2002, siendo éste el último
de sus libros de poemas hasta el momento además de otras selecciones
y antologías, la más completa publicada en El Salvador
por Concultura este mismo año y titulada Esto Soy. De las novelas,
cabe destacar Cenizas de Izalco, 1966 y Pueblo de Dios y de Mandinga,
1985. Las obras de testimonio se han centrado en investigaciones amplias
sobre el sufrimiento del pueblo latinoamericano de viva voz, abarcando
desde las mujeres salvadoreñas en lo más cruento de la
guerra hasta la fuga de una cárcel de varios miembros de la guerrilla
peruana Túpac Amaru: No me agarran viva, 1983 o Fuga de Canto
Grande, 1992.
Se casó con el diplomático estadounidense Darwin J. Flakoll
(“Bud”), quien se convertirá en su cómplice,
crítico y alentador compañero y se fundirá en su
obra de tal manera que llegarán a escribir juntos algunos libros.
Viven en París en los legendarios años sesenta y por su
casa pasarán los Vargas Llosa, Fuentes, Benedetti y Cortázar
con quien junto a su compañera mantendrán una amistad
muy fuerte. Después, Claribel y Bud van a vivir a Deyá,
en “su paraíso de Mallorca”, donde encontrarán
la amistad de un ilustre vecino, Robert Graves. Claribel se convierte
en la primera traductora de la poesía de Graves al español
por expreso encargo del autor. Actualmente vive en Managua adonde se
trasladó con su esposo (ya fallecido) para estar más cerca
del proceso revolucionario en Centroamérica. Hoy nos recibe en
su pequeño jardín, un mundo en miniatura, con una extraordinaria
vitalidad y lucidez, propias únicamente de quien se sabe acompañada
de poesía.
S.M:
Lo primero que me llama la atención de usted es que, al contrario
de los poetas que no suelen ser demasiado prolíficos y no publican
muchos libros, sin embargo usted tiene una obra casi completa impresionante
con más de veinte libros de poesía y otros. ¿Cómo
hace para escribir tanto y además en verso que no es tan fácil?
C.A:
Sí, tal vez es demasiado. Quizá pequé por eso (se
ríe). Es que mira, la poesía es mi pasión, aunque
también he incursionado como tú sabes en la novela y en
las nouvelles, pero la poesía es mi pasión. Y yo escribo,
siempre, siempre, buscando ese “estado de gracia” del que
hablaba Juan Ramón y también Robert Graves. He corregido
mucho, he roto mucho, y con el tiempo me he vuelto bastante intolerante
conmigo misma. Ahora en Nicaragua simplemente rompo, pero cada fin de
año en Mallorca yo hacía una hoguera y quemaba en ella
lo que no me gustaba de todo lo que había escrito durante el
año, que era bastante. Sí, he escrito mucho, pero es que
ya son muchos años, y a través de ellos, unos quince o
más libros no son demasiados (sonríe).
S.M:
No, no son demasiados. La hoguera me trae una pregunta que le tenía
guardada. Si vinieran el cura y el barbero, aunque ya veo que usted
es el cura y el barbero de sí misma, ¿qué libros
de los suyos cree que quedarán para la posteridad aunque esto
no siempre coincide con los que el autor preveía?
C.A:
No sé, y no quiero pecar de falsa modestia, yo siempre digo que
“si uno o dos versos quedan yo me sentiré feliz”
S.M:
O sea, nada de ninguna obra entera.
C.A:
No, con uno o dos versos estará bien (y le surge otra vez su
coqueta sonrisa). Ahora, otra cosa son los libros que yo más
quiero. De esos sí te puedo decir que en Narrativa, yo prefiero
Cenizas de Izalco, luego Luisa en el País de la Realidad que
es un collage entre prosa y poesía. Pero en poesía, yo
te diría Saudade
S.M:
¿Saudade está escrito en la ausencia?
C.A:
Mi marido murió. Era un ser excepcional. Además de haber
sido marido y mujer y haber tenido cuatro hijos, éramos muy amigos,
y también escribíamos juntos. Estábamos muy unidos
por múltiples lazos. Cuando murió él, yo pensé
que no iba a seguir nunca más en la vida. Pero la poesía
vino a rescatarme y allí fue que escribí Saudade. Saudade
que es una palabra que me fascina y además me hace feliz que
ya esté incorporada a la Academia.
S.M:
Entonces Saudade fue un rescate.
C.A:
Como un rescate. Sí. Me ayudó muchísimo porque
yo estaba muy mal. Imagínate, cuarenta y siete años juntos,
escribiendo juntos, investigando juntos...
S.M:
Incluso firmaron juntos algunos libros, ¿verdad?
C.A:
Sí y no fue un invento mío. Teníamos un gran amigo
español en Chile y él nos decía Claribud. Ese Claribud
se quedó como firma en algunos textos.
S.M:
¿Su marido fue un crítico fuerte?
C.A:
Sí, terrible (se ríe) Ya había tenido a Juan Ramón
que era muy exigente. Luego Bud, que aprendió rápido el
español, se convirtió en un crítico muy severo.
Pero yo se lo agradezco a los dos ahora.
S.M:
Es curioso que por más que he buscado, no aparece usted en las
Antologías de Poesía Nicaragüense.
C.A:
Sí, aunque nací en Nicaragua, me fui a los nueve meses
y no volví más a Nicaragua hasta que triunfó la
revolución. Donde aparezco es en las salvadoreñas. Pero
estoy en una nica, hecha por Daisy Zamora sobre mujeres poetas nicaragüenses,
y en ella aparezco con el título: “Claribel Alegría,
un caso especial” (se ríe otra vez coquetamente)
S.M:
¿Y usted se considera más salvadoreña que nicaragüense?
C.A:
Mira ya no sé. Ahora ya no me importa. No tengo ningún
problema. Son mi patria y mi matria.
S.M:
¿Centroamericana pues?
C.A:
Y si me aprietas un poquito más, latinoamericana. Me han dado
tantas muestras de amor en los dos países. Por ejemplo, a mis
ochenta años, aquí la Academia, a propuesta de Sergio
Ramírez, me dió un reconocimiento. Después, el
Instituto Hispánico, con una fiesta alegrísima. También
el gobierno francés, en el marco de mis ochenta años,
me dio esa medalla de chevalier des arts et de lettres. Y en El Salvador
me han dedicado un parque que lleva mi nombre. (Abre los ojos con toda
ilusión) ¿Te das cuenta? Un parque, y yo tengo una ceiba
que dentro de cuarenta años será grande y se irán
a sentar bajo ella los enamorados.
S.M:
Y tal vez escriban un verso en su tronco.
C.A:
Sería bello. Por eso me siento colmada de amor por los dos países.
S.M:
Leyendo algunas cosas suyas, se nota que ha sido como un punto de encuentro
en muchos órdenes. Sus años de París por ejemplo,
donde su casa fue un lugar de reunión para tantos escritores.
En su obra, me da la sensación que usted le da gracias a la vida,
como canta Mercedes Sosa, de cómo le ha tratado la vida, pero
al mismo tiempo, leyéndole se ve que eso es lo mismo que le recrimina
a la vida, por haberle tratado a usted tan bien y comprobar que al lado
había una realidad muy cercana, la del sufrimiento de otros,
una realidad distinta muy fuerte.
C.A:
Eso es verdad. Ya me sucedía de niña. Yo vivía
en una casa solariega muy linda en El Salvador y estaba muy cerca de
un mesón, como decimos en El Salvador para nombrar esas grandes
casas con muchos cuartos mínimos donde se hacinan hasta diez
personas y tienen solamente una letrina y una pila. Yo veía eso
y se me encogía el corazón y me cuestionaba por qué
existía aquello. Por eso es que quiero yo tanto a ese libro,
Luisa en el País de la Realidad, porque en él hay muchas
de esas reflexiones, las de una niña cuando ve lo que era el
mundo de Santa Ana, el mundo burgués donde ella vivía
y ese otro mundo proletario, y eso a mí me dolía mucho.
Fíjate tú, yo conocía a un muchacho descalzo que
vivía en un mesón que se llamaba Versalles. Mi abuelo
se había educado en París y me hablaba de Versalles, de
sus jardines y sus bosques, así que yo, fascinada, le decía
al muchachito “pero tú vives en Versalles, qué maravilla”
y le contaba lo de los jardines y conversábamos de muchas cosas.
Un día me vino con una paloma en las manos para regalármela
pero yo le dije que mi abuelo me había enseñado que los
pájaros debían ser libres. Entonces, él se miró
sus piesitos mugrosos y me dijo: “es que no teníamos qué
comer, y mi mamá la quería cocinar y yo no quería
que se muriera”. Desde entonces, hasta en los sueños tuve
siempre presente esa realidad espantosa. También tuve una Nana
que era india de Izalco y ella me contaba de las pobrezas y de las matanzas
que había hecho ese horrible Martínez que aparece en mi
novela de Cenizas de Izalco.
Pero es verdad, nunca me habían hecho esta pregunta en tantas
entrevistas, le doy gracias a la vida y a la vez siento un resquemor
por todo eso.
S.M:
Me asombra que después de todo lo que ha pasado y en especial
de la muerte de su marido en el 95, esté hablando con una muchacha.
Quiero leerle algo de usted que me gustó mucho, y así
me sirve para hablar de ellos...:
“Más de un amigo muerto resucita.
Al despertar me pregunto
Si ellos también me han soñado”.
Después de este poema, me quedé pensando en cuántos
amigos muertos tiene usted y créame que le envidio por quienes
son. Usted plantea la responsabilidad que tenemos hacia los muertos,
hacia lo que ellos soñaron de nosotros, y esto me inquietó.
Si, por ejemplo, Juan Ramón despertara, cree que se sentiría
feliz con lo que usted llegó a ser, como si dijera “ésta
es la Claribel que yo soñé”.
C.A:
Sí, creo que sí. Él estaría muy feliz en
cuanto que yo seguí mi vocación. Él me hubiera
querido tener en una torre de marfil para que nada me afectara y pudiera
sólo dedicarme a escribir. Ni siquiera quería que me casara,
y yo le respondía que él también se había
casado, pero Juan Ramón pensaba que en las mujeres era distinto.
Sin embargo yo creo que él estaría feliz hoy día
porque seguí escribiendo mal o bien, pero tercamente seguí
escribiendo. Creo que hoy seríamos muy amigos y que yo le regañaría
por haber sido tan cruel a veces con los jóvenes, aunque yo se
lo agradezca.
S.M:
¿Juan Ramón le hablaba de Rubén Darío?
C.A:
Mucho, claro que me hablaba de Rubén Darío. Él
se consideraba su discípulo. Lo amaba. Una vez me dio a leer
un poema de Darío para gustarse con mi pronunciación latinoamericana.
S.M:
¿Era tan metódico como lo hemos conocido por los libros?
C.A:
Sí que lo era. Escribía todos los días a lápiz,
porque decía que la pluma manchaba. Tenía una escritura
como persa. Ponía los poemas que escribía con tachuelas
en las paredes y en las puertas y me decía que a medida que pasaba
los corregía: “Yo tacho”, me decía, “casi
nunca agrego nada; el poema tiene que ser así: La Esencia”.
S.M:
Esa búsqueda de la esencia se la contagió a usted, se
nota por el recorte del verso, para que sólo quede lo puro.
C.A:
Sí, eso me viene totalmente de Juan Ramón.
S.M:
Y lo dice sin ningún pudor.
C.A:
Sin ningún pudor. Eso es de Juan Ramón.
S.M:
Hablando de otras influencias, alguna vez le preguntaron si Neruda había
significado algo para usted y respondió que lo tuvo que abandonar
en parte.
C.A:
Sí. Yo tendría unos diecisiete años o así
cuando cayó en mis manos Veinte Poemas de Amor y Una Canción
Desesperada y tuve, no sé, esa sabiduría de cerrarlo y
decir: no, no, esto no lo leo; de lo contrario voy a ser una nerudiana
sin remedio, porque el ritmo de él era poderoso y tan contagioso.
Así no lo volví a leer hasta mucho después. Residencia
en la Tierra me encantó.
S.M:
Eso que dice es muy valiente. Podría servir de consejo para muchos
escritores jóvenes. Pero también le he oído decir
que en lugar de Neruda, usted sintió más influencia de
Cesar Vallejo. Después de Juan Ramón, Cesar Vallejo es
algo muy diferente.
C.A:
Muy diferente, sí. Yo no lo conocí personalmente. Cuando
lo empecé a leer yo tenía más de veinte años.
Ya estaba fuera de la órbita de Juan Ramón. Lo leí
profundamente. Yo no conozco tal vez a ningún otro poeta que
le de tanto valor a cada palabra, que la ame, que la odie, que la reviente.
S.M:
Su casa de París fue una casa de encuentro para muchos escritores.
C.A:
Nosotros vivimos cuatro años, del sesenta y dos al sesenta y
seis. Allí conocimos a Julio Cortázar. Ayer soñé
con Julio por cierto. Lo conocíamos de antes con su mujer pero
trabamos una amistad muy profunda. Después vino a pasar un tiempo
Benedetti, a quien también conocíamos de antes con su
mujer desde la realización de una Antología sobre Nuevas
Voces de Hispanoamérica. Estaba allí Vargas Llosa también,
trabajando para la Agencia France Press; a él lo conocimos con
su primera mujer Julia, la tía Julia, luego con Patricia. Además,
Carlos Fuentes venía a cenar muchas veces a casa junto con otros.
Fueron los años del boom.
S.M: Ese Vargas Llosa de aquel entonces era muy diferente del de ahora.
C.A:
(Sonríe) Fíjate que cuando había conversaciones
entre Fuentes, Benedetti y él, Llosa era el más de izquierdas.
Cambió bastante, pero le tengo mucho cariño siempre y
lo admiro mucho como escritor.
S.M:
Sin embargo, en la poesía usted no parece influida por ese boom
ni tampoco por el realismo mágico.
C.A:
En poesía no, pero sí en la narrativa. En mis novelas,
por ejemplo, El Detén y en Pueblo de Dios y de Mandinga, donde
yo hablo de Deyá, el pueblo de Mallorca, en ellas hay elementos
de realismo mágico.
S.M:
Hace poco se presentó un documental sobre las visitas de Julio
Cortázar a Nicaragua en los años ochenta, y es conmovedor
cuando él lee El Rayo Verde...
C.A:
El que Bud y yo le enseñamos.
S.M:
¡Qué me dice! No le creo.
C.A:
De verdad, lo mismo decía él, pero nosotros insistíamos:
“Lo del Rayo Verde es verdad. Ya vas a ver”. Y le llevamos
en Mallorca a la Casa del Archiduque desde donde hay una vista divina,
era el ocaso, cuando él sol se ponía, y de pronto surgió
la chispa, el rayo verde. Julio se volvió y nos dijo “Tenían
razón”. Estuvimos allí con él en ese momento.
S.M:
Esa generación que es Historia de Latinoamérica, bueno
usted es Historia de Latinoamérica...
C.A:
(se ríe) ¿Entonces soy momia?
S.M:
No, Historia viva quise decir. Pero en esa generación, cada uno
ha seguido su propio compromiso. En este sentido quisiera recordarle
si me permite el que es para mí el mejor poema suyo. Tiene que
ver con el compromiso y es del libro Querencias. Se lo voy a leer:
“Porque
aprendí a quererme
Puedo sangrar con tus heridas”
C.A: Sí, cabalmente ese poema se lo dediqué a
Juan Gelman, y te diré por qué. En ese tiempo Juan Gelman
estaba sufriendo enormemente. Su hijo se lo habían desaparecido.
Yo creo que ya entonces él sabía que estaba muerto. Él
nos contaba todas esas cosas y yo sufría con él, y me
di cuenta de que uno tiene que quererse primero para luego sufrir con
los otros. Lo que hablábamos al principio, ¿viste?, sobre
mi entorno burgués y luego ver la miseria de mi pueblo.
S.M:
Entonces usted burló esa torre de marfil que quería construirle
Juan Ramón después incluso de venir de Mallorca y caer
a una realidad tan fuerte como la Revolución. Incluso usted tuvo
contacto con una persona muy significativa como Monseñor Romero,
el arzobispo asesinado en El Salvador.
C.A:
Curiosamente, en estos días se supo que hubo un juicio en EE.UU.
contra uno de los que participó en el asesinato. Yo no conocí
personalmente a Monseñor, aunque tengo una carta de él
poco antes de su muerte y mantuvimos una conversación en la que
él me invitaba a hacer un trabajo por El Salvador en el exterior.
Yo estaba encantada, pero no pudo materializarse porque estando yo en
París para un recital en La Soborna, recibimos una llamada del
excelente poeta y amigo Roberto Armijo comunicándonos que habían
matado a Monseñor. Bud entonces me dijo que sería una
tontería que yo diera el recital al día siguiente, que
al contrario teníamos que escribir algo sobre ese asesinato atroz.
Después de eso me prohibieron entrar a El Salvador, no me lo
prohibieron, sino que me dijeron que podría entrar pero iba a
tener muchos problemas para salir. Tanto fue así que ni siquiera
pude ir al entierro de mi madre, ése ha sido uno de los dolores
más grandes que yo haya tenido. Fue en 1982. Yo tengo un poema
que se llama Rito Incumplido en el que se habla de ello.
S.M:
Su compromiso siempre ha sido muy serio a través de la literatura.
¿Nunca tuvo la tentación de la política como otros
escritores?
C.A:
Es que no soy política. Yo puse mi escritura al servicio de la
causa de las luchas que se vivían y se viven. En eso Bud me ayudó
mucho. Él me decía que lo mejor entre la escritura y el
compromiso era El Testimonio, porque no es periodismo como piensan muchos,
sino Historia Viva lo que se cuenta. No tanto la poesía, porque
ese tipo de poesía puede llegar a convertirse en panfletaria.
Es mejor el Testimonio.
S.M:
Usted ha dicho en una afirmación provocativa recientemente que
está convencida que se puede repetir la experiencia vital del
proceso revolucionario de los años ochenta. ¿Mantiene
esta opinión?
C.A:
Por supuesto que sí. No una revolución armada, sino de
otro tipo, en Educación, Salud y todo eso. El pueblo nicaragüense,
por ejemplo, es maravilloso, aunque ahora está aplastado, pero
puede resurgir para salir de esta pobreza que me duele tanto.
S.M:
Aunque es un tema muy manido ese del concepto de la mujer en la poesía,
pero sí creo que las mujeres poetas tienen cada una su concepto.
En su caso, las mujeres que aparecen en su obra son de un tipo muy característico,
la Comandante Ana María, por ejemplo.
C.A:
Mi madre también me marcó. Fue una mujer extraordinaria.
Ella estaba en un ambiente machista, sin embargo era una gran lectora,
caritativa, fuerte, muy fuerte.
S.M:
¿Usted se considera una mujer fuerte?
C.A:
Sí, creo que sí y mucho. Mi padre también era un
hombre fuerte. Él nos llevó a El Salvador porque en ese
entonces, 1924, estaba en contra de la invasión yanqui en Nicaragua,
y lo habían amenazado de muerte. De allí vino su rabia
contra los yanquis, luego llegó a ser simpatizante de Sandino
desde el exilio. Él fue quien me inculcó el amor a Centroamérica.
Él pedía la Unión Centroamericana.
S.M:
Eso es lindo para esta revista Carátula, que nació con
vocación centroamericana.
C.A:
Como yo. Así me considero. Como te decía, sin embargo,
mi padre era machista y no quería que yo fuera a la Universidad.
Yo tenía ganas de seguir estudiando Medicina como él.
Pero para él era un horror que yo fuera a la Universidad. Tuve
que buscar un montón de tretas, incluso llorar desesperada. Un
día, él me miró llorando y me preguntó por
qué, y yo le dije “es que yo a usted lo adoro, pero estoy
rogando para que se muera y así quede yo libre”. Hasta
ese punto tuve que llegar.
S.M:
Usted con su marido hizo muchos trabajos de investigación y de
testimonios en Nicaragua y El Salvador.
C.A:
Primero Bud me animó a que viniéramos a recopilar testimonios
sobre la Revolución Sandinista, y estando en Mallorca escribiendo
el libro, llegó a visitarnos un muchacho guatemalteco que estaba
peleando en la guerra de El Salvador. Nos contó su dolor horrible.
Acababa de perder a su compañera que era una muchacha de padre
nicaragüense, se llamaba Ana María Castillo, la Comandante
Eugenia. El suspiraba y decía “ay, si yo pudiera escribir
todo esto, si yo pudiera”. A mí me salió decirle
que yo lo haría. Entonces volvimos a Nicaragua a entrevistar
a mujeres salvadoreñas exiliadas que habían estado alrededor
de la comandante Ana María. Luego volvimos de nuevo a Mallorca
a escribir el libro. Ellas representan la gran fuerza de la mujer.
S.M:
El secreto de su obra pienso que ha estado también en no repetirse,
y sobre todo en no quedarse en un solo tema, sino tocar los grandes
temas de la poesía de siempre: El Amor, la Muerte, como en Saudade.
C.A:
Sí, Saudade (dice como en un suspiro). Ese libro que me rescató
pero que me dolió tanto escribir.
S.M:
Por juntar esa experiencia poética y vital al mismo tiempo, imagino.
Yo no podría escribir sobre algo a lo que no me sienta cercano.
C.A:
No lo hagas nunca, nunca.
S.M:
A los jóvenes nos sucede a veces que no nos importa estar lejos
de lo que escribimos. ¿Cómo ve esto?
C.A:
A mí me sucede una cosa que me impacta, por ejemplo. Desde un
ocaso maravilloso hasta la muerte de tu marido. No lo puedo escribir
en ese momento. Luego viene el recuerdo y entonces lo escribo. Aquí
hay mucho de emotividad, porque primero escribes con el recuerdo y luego
elaboras con la inteligencia, pero todo está en el recuerdo.
S.M:
Eso es casi un taller de literatura (nos reímos). ¿Usted
escribe todos los días?
C.A:
No exactamente. Por ejemplo, a mí de tres a seis de la tarde,
no me gusta recibir a nadie porque en esas horas me dedicó a
buscar, leer con mucha intención de apuntar lo que encuentro
en mi “semillero”, el libro donde anoto lo que me llega
adentro. De ese semillero suele salir algo al revisarlo. No todos los
días escribo, pero sí todos los días estoy alerta
a la poesía. Entonces cuando viene un poema son noches de insomnio
espantoso, porque hasta me peleo por una palabra. Por ejemplo ahora
estoy preparando un libro que se va a llamar Mitos, y se lo voy a dedicar
a Rubén Darío, porque me enseñó a amar los
mitos. Algunos de esos poemas ya han sido publicados en otras partes
y estoy elaborando otros nuevos. Los Mitos siempre me han fascinado
porque son verdades universales que vienen a lo personal. Yo le digo
a mi hijo que no tengo ganas de publicar otra vez pero sigo en esto
por el puro placer de escribir, porque de éste tengo que quitar
y corregir mucho. Pero quizá salga hasta que yo me muera.
S.M:
Yo creo que saldrá antes. Usted está muy bien. Hablábamos
antes de Deyá, que siempre dijo que fue su paraíso. Allí
conoció a Robert Graves y tuvo el honor de convertirse en su
primera traductora de poesía al español. Robert Graves
por cierto, también fue un gran amante de los mitos, y hasta
se convirtió en best-seller uno de sus libros sobre mitología.
C.A:
Sí, yo llegué a ser su traductora, “amenazada”
por él. Me dijo “Pues si no eres tú, nadie nunca
me traducirá”. Qué susto, ¿te imaginas?.
Lo de los mitos es cierto. Tal vez le dedique el libro a Rubén
Darío y a Robert Graves también.
S.M:
¿Usted está siendo consciente de que pocos poetas con
ochenta años están en la actividad y en la novedad en
la que está usted? ¿Es consciente de que es un ser excepcional?
C.A:
(de nuevo su sonrisa de niña) Pero ¿sabes?, a lo que ya
le tengo pavor es a las entrevistas. No ésta que fue muy linda,
pero temo que me repito mucho porque casi siempre las preguntas son
las mismas. ¿Qué voy a hacer? ¿Crear un mito? No
puedo mentir sobre mi vida.
S.M:
Quisiera terminar con un poema de los suyos muy audaz que me llamó
la atención:
“Por
qué no detenerme en esa esquina
y sorprender a la muerte por la espalda”
C.A:
(Se ríe) Sí, ese poema fue escrito porque no es que la
desee, pero no le tengo ningún miedo, y ahora que la tengo cerca,
menos todavía. Siempre me ha dado rabia cuando dicen “le
sorprendió la muerte”. Yo no quiero que me sorprenda, sino
salirle al paso y decirle “aquí estoy”.
S.M:
¿Cuántos años tenía Bud cuando falleció?
C.A:
(arruga los labios como los niños que lloran) Sólo setenta
y dos.
S.M: Después de las muertes más fuertes de su madre, de
su esposo,¿ha cambiado su concepto de ella? Se lo pregunto porque
usted dice que le rescató Saudade.
C.A: Bueno, cuando murió Bud, yo quedé muy mal
y quise estar totalmente sola. Me decidí a irme al Asia, donde
no conozco a nadie ni nadie me conoce a mí. A mis hijos casi
les da un infarto. Estuve unos días en Singapur, ahí me
ayudaron unos amigos para buscar como hacer el viaje en el Orient Express,
ese legendario tren. Tenía que cumplir un plan que habíamos
soñado hacer entre Bud, Julio Cortázar, su mujer y yo.
No pudimos llevarlo a cabo, así que yo, en nombre de los tres,
lo realicé. Me fui a Bangkok. Tenía la necesidad de visitar
templos. Regresé a Singapur y me embarqué en un barco
que iba Yakarta para visitar un templo maravilloso que mi marido había
querido ver siempre. Fui solita yo con mi dolor, y me hizo mucho bien.
Cuando regresé, todavía tardé algún tiempo
en escribir, pero me quedé con menos rabia. Luego vino, como
te dije, la poesía en mi rescate. Ahora sigo con ella gracias
a Dios.