Materia
Negra
(Del
libro inédito “Crónicas para sentimentales”)
Esas
conferencias de la Universidad en las que nunca acontece nada fuera
de lo esperado, donde todo está medido y sincronizado: una mesa
con 6 hombres vestidos de saco y corbata, un abundante público
de hombres y mujeres de todas las edades, con cualquier expresión
en el rostro, algunos bostezantes, otros mascando chicle, murmurando,
levántandose a media ponencia.
"¿Están realmente interesados en esto o vienen porque
no tienen nada mejor qué hacer?", se pregunta con fastidio
el profesor Regis Coronado, quien es uno de los que presiden aquella
conferencia sobre los últimos descubrimientos de los astrónomos
japoneses en referencia a la materia negra del universo.
Y al dejarse conducir por sus pensamientos, al reflexionar sobre la
inconciencia de las generaciones actuales sobre la importancia del funcionamiento
exacto del universo y la relación armoniosa que ello supondría
entre los humanos y el medio ambiente, se deja seducir por la imagen
de una muchacha que entra, visiblemente apurada y atrasada a la conferencia.
Por qué se fijó en ella y no en otra, no lo sabrá
nunca. No hay nada de extraordinario en la visión de la muchacha,
alta, delgada, de pelo corto, casi con apariencia de varón, para
que llame tanto la atención del profesor al punto que la sigue
con la mirada por todo el salón. La mira buscar asiento, acomodarse
la blusa, poner los libros sobre su regazo, escoger un cuaderno, abrirlo,
buscar un bolígrafo, levantar la vista y examinar a los hombres
que presiden la mesa para coincidir con los ojos del profesor Regis.
Ella le sostiene la mirada hasta que el profesor, abochornado, baja
la vista so pretexto de limpiar los anteojos. Y durante el resto de
la conferencia, busca la presencia de la muchacha como un punto focal
para recrearse en medio de aquel espeluznante tedio.
No vuelve a verla en ninguna conferencia más ni en los pasillos
de la Universidad ni en ninguna otra parte, hasta aquella primera mañana
de clases, un semestre después, cuando él entra al Aula
Magna a inaugurar su ciclo de lecciones magistrales sobre la materia
negra, tema en el que se ha convertido en un experto.
El no volvió a pensar en ella ni a recordarla, ni a inquietarse
por su ausencia. Pero cuando la ve sentada en primera fila, con su cuaderno
de apuntes abierto y tomando nota de sus palabras, la recuerda de inmediato
como la muchacha que llegó tarde a la conferencia de los japoneses.
Siente alegría al reconocerla. Es casi como ver a alguien con
quien lo une algún sentimiento, aunque nunca han cruzado una
palabra, aunque ni siquiera sepa su nombre. Pretexto suficiente para
consultar la lista de alumnos, y dar con ella:
-Victoria Valderrama.
-Aquí.
Quiere
decirles, pero nunca lo hace, que para la astronomía se necesita
tener una verdadera y profunda vocación, como de hecho se necesita
para todas las actividades y oficios de la vida. Que por los avatares
de la ciencia debe navegarse con pasión, con curiosidad, con
cuidado, exactamente como se haría con una relación amorosa.
Las cosas se hacen con amor y con pasión o mejor no se hacen,
quiere decirle al cada vez más ralo grupo de estudiantes, que
comenzó con 29 personas y que a lo largo de 2 meses se redujo
a 11, en su mayoría varones.
Pero siempre, en primera fila, y eso le causa mucha tranquilidad, Victoria
Valderrama escucha sus palabras, anota lo importante, participa en la
solución de las ecuaciones y los teoremas, entrega los mejores
reportes, gana las más altas calificaciones.
Ya se saludan, ya se sonríen en los pasillos, ya ella se atreve
a hacerle preguntas después de clase y él piensa en su
cara de muchacho, la imagina sentada delante de una computadora, escribiendo
el informe sobre las mediciones de los rayos X de los gases emitidos
por el conjunto de galaxias Formax o la composición y evolución
de la Supernova 19-87A, reposando la goma del lápiz sobre sus
labios (¿cómo son sus labios, finos o gruesos? Mañana
recordará fijarse en ellos), en su habitación de los dormitorios
estudiantiles donde duerme sola, con aquella sudadera gris que le queda
tan bien, y las piernas desnudas y perfectas, apenas tapados los pies
por un par de blancos y límpidos calcetines con los que se pasea
descalza en el alfombrado cuarto, para pensar mejor y poner todas sus
ideas en perfecto orden como en perfecto orden se encuentran todos los
elementos del universo.
La materia negra, que según los científicos forma parte
de casi todo el universo, pero que nunca se ha logrado ver, podría
tener diversas formas y tamaños, dijeron hoy astrónomos
japoneses. Los físicos señalan que la única forma
en que las galaxias pueden alejarse entre sí tan rápidamente
sin disolverse surge del hecho de que contienen mucha más materia
de la que se puede percibir con instrumentos convencionales. La gravedad
que mantiene la cohesión de todos los objetos, desde un planeta
a una galaxia, está directamente relacionada con la masa de esos
objetos. De allí surgió la idea de la "materia negra",
que sería diferente a la materia normal integrada por átomos
familiares cuya existencia se puede percibir. Pero debido a que la materia
negra es invisible, los astrónomos tienen que hacer enormes esfuerzos
por encontrarla.
Y
el profesor Regis la escucha leer aquel párrafo y la mira sonreír
y le pregunta el porqué de su sonrisa y ella le explica que a
veces todo ese asunto de la materia negra invisible le parece un cuento
de Julio Cortázar, sobre todo ese párrafo que acaba de
leerle, y el profesor ríe de buena gana y piensa que si ése
comentario se lo hubiera hecho su esposa Federica la hubiera reprendido.
Pero tratándose de Victoria, le parece tan encantadora su oscilación
entre lo racional y lo fantástico, entre la vulgaridad y el genio
que más bien celebra su ocurrencia.
Es hasta entonces que recuerda a Federica. La imagina mordiéndose
los puños del coraje, porque ahora el profesor Regis está
sentado en un avión, sin su esposa, junto a Victoria Valderrama,
como representantes de la Facultad de Física, camino a Tokio,
a entrevistarse con el profesor Yasushi Ikebe, con el objetivo final
de conocer los estudios hechos por él y otros colegas japoneses
con el Satélite Avanzado para la Cosmología y la Astrofísica,
y beben champaña con el desayuno que les ofrece la aeromoza y
ríen descubriendo las figuras y las formas raras de las nubes
y se sienten tan dueños del conocimiento científico que
saben que el avión no va a caerse porque el propio profesor ha
hecho toda una serie de cálculos matemáticos con los cuales
puede demostrar que ése día ningún avión
va a estrellarse en ninguna parte del mundo y ambos ríen de buena
gana porque vencen a la muerte desde la seguridad de las matemáticas.
Él va sentado junto a la ventanilla y ella que se asoma para
ver hacia afuera tiene que rozarse un poco con el hombro del profesor
y le pregunta:
-Profesor, ¿usted cree que algún día podremos viajar
al espacio, digo, usted y yo como seres humanos normales, sin tener
que convertirnos en astronautas, como quien toma un autobús o
un avión cualquiera, tomar una nave espacial al infinito y traernos
de recuerdo un cubo de materia negra que usted pondría de pisapapeles
sobre su escritorio y otro que yo vendería a algún museo
para seguir financiando mis estudios universitarios? ¿Usted lo
cree, profesor?
Y ella lo mira como si todo eso fuera tan cierto, tan posible, tan cercano,
tan probable, que él contesta:
-Sí, lo creo.
El destino los coloca entonces en el restaurante de un hotel de Tokio,
solos, concluidas las labores con el profesor Ikebe, dialogando amenamente
frente a una cena muy occidental porque no pueden descifrar aquellos
garabatos preciosos en el menú que Victoria Valderrama mete en
su bolso para llevárselo como fetiche de aquel viaje, un buen
steak a la parrilla, papas al horno, ensalada César, vino tinto,
cheese cake y un café irlandés, la Universidad de Tokio
paga, mientras ríen, tintinean los vasos, chocan los cubiertos
contra la porcelana. Los camareros corren con bandejas de acá
para allá, entran y salen comensales del restaurante, pero ellos
no notan nada porque están demasiado enfrascados en una conversación
que nada tiene que ver con la astrofísica (las películas
norteamericanas de los años 40 y 50 de las cuales ambos son fanáticos,
las novelas de Marguerite Duras, la música de Thelonius Monk,
los países a los cuales les gustaría viajar, ambos coinciden
en que les fascinaría ir a Egipto y a Grecia, el profesor confiesa
que ha viajado a muchas partes, siempre en busca de observatorios y
descubrimientos científicos, de bibliotecas o documentos investigativos,
sin tiempo para conocer playas ni monumentos, y ella le cuenta de la
vez que hizo el examen para ser astronauta en Langley pero que aplazó
por unos pocos puntos), y mientras hablan, la mesa parece haberse estrechado
tanto al punto que ambos están tan cerca y él nota el
brillo en los ojos de Victoria Valderrama (nombre de oscura actriz de
cine mudo tiene usted, le dice él) y ella piensa por primera
vez que bien puede enamorarse de un hombre mayor que ella tantos años
(y usted, nombre de boxeador mexicano en una película de Joaquín
Cordero, le dice ella).
Y cuando vienen a darse cuenta son los únicos habitantes de un
restaurante que nunca cierra, porque el hotel tiene por política
mantenerlo abierto 24 horas continuas, y aunque la verdad es que no
quieren moverse de allí en lo que les sobre de vida de lo bien
que se la están pasando, deciden que es tarde, que deben descansar,
que deben subir a sus respectivas habitaciones, que al día siguiente
el profesor Ikebe tiene que llevarlos al Centro de Estudios Astrofísicos
a recibir toda una actualización de datos sobre, "pero no
hablemos de esas cosas Regis, (siempre lo llamaba "profesor",
hasta esa noche), nos hemos pasado hablando obsesivamente sobre usted-ya-sabe-qué
desde el momento en que nos conocimos y creo que ya es hora que cambiemos
de tema, que lo obviemos por lo menos durante una noche", y Regis
Coronado sonríe y se siente un muchacho conociendo por primera
vez a una mujer, esa historia que siempre se repite cada vez que surge
una pareja de enamorados, el primer hombre y la primera mujer, los únicos
en todo el universo, inventando el amor de nuevo, y el profesor se reprocha
a sí mismo camino de los elevadores, se reprocha la sonrisa que
no le cabe en el rostro y pensar en esa palabra, "el amor",
como si no tuviera una esposa esperándolo a cientos de millas
de distancia, una fiel y maravillosa mujer a la que él honestamente
ama y con la que ha sido feliz, indudablemente feliz, en sus 27 años
de casado.
Todo eso está tan lejos ahora, todo eso no existe, ni la imagen
de Federica, ni el pasado, ni los hijos, ni los amigos, ni siquiera
el espacio sideral, el infinito, las constelaciones o la Vía
Láctea, ahora solo existe Victoria que tiene la virtud de hacerle
olvidar hasta lo invisible, es una tontería pensar en la materia
negra, tratar de comprobar si existe o no, cuando lo único palpable
y real es esa mano, la delgada mano de Victoria Valderrama que sujeta
tembloroso dentro del ascensor, el rostro de la muchacha que no puede
ver por puro miedo, los números iluminados de color rojo en la
parte superior de la puerta y el zumbido del motor y las poleas que
transportan aquel minúsculo recinto que los contiene a ambos,
la puerta deslizante que se abre en el pasillo desierto y alfombrado
que amortigua el sonido de sus pasos y el silencio que ambos acuerdan
de manera tácita para no importunar a los demás huéspedes
que de seguro están dormidos, qué vergüenza, ríe
ella, y susurra como si alguien fuera a oírlos, regresar a estas
horas de la madrugada, ella ríe, ella es feliz ahora, piensa
él, y yo también y qué importaría, que daño
haría, qué pasaría si yo me atreviera a / pero
no se atreve y ella saca la llave de su habitación, la 958, y
se despide con un beso en la mejilla y posando su flaca mano sobre el
hombro de Regis, mientras él aprovecha para tomarla por el talle,
estrecharla junto a él, siente su cuerpo delgado, liviano, joven
(tan inquietantemente joven), y la separa de él, la mira muy
serio y comienza a irse, voltea una última vez su cabeza para
mirarla al fondo del pasillo entrar a su cuarto, cerrar la puerta color
aqua y el pasillo despoblado y el deseo revoloteándole en el
pecho, como un murciélago.
Regis Coronado se pasa lo que queda de la noche tumbado boca arriba,
fumando Viceroys, con la luz apagada, la ventana abierta y el rumor
de Tokio a sus pies, una ciudad que nunca duerme, una ciudad con luces
encendidas, brillantes, de colores, un rumor indefinido como trote de
hormigas, murmullos, retazos del día enhebrados en desorden,
acudiendo a su recuerdo, pedazos de voz de Victoria Valderrama, "la
gran pasión de mi vida es la astronomía", la pasión,
eso es, alguien que comprende que se puede sentir pasión por
algo tan científico y matemático como el espacio y sus
misterios, "pero desde el momento en que existe el misterio, existe
la magia y por lo tanto, la posibilidad de la irrealidad y la especulación
y la fantasía, no todo puede ser fórmulas matemáticas,
profesor Regis", y Federica, espina impertinente, una imagen borrosa
de esposa sonriente y comprensiva a pesar de las discusiones y los desencantos
que suponen los años y la convivencia, es mejor quedarse así,
en lo cómodo, en lo conocido, es mejor contar lo que se tiene
y no lo que hace falta, es mejor no arriesgar, no saltar al vacío
cuando lo que puedes perder es la vida y todo lo demás, quedarte
sin nada entre las manos, perder tu reputación de profesor respetado,
de hombre de principios, de ciudadano íntegro y honrado, para
qué pensar siquiera en ello, cámbiate la ropa, ponte el
pijama, fúmate el último cigarrillo que ya dentro de pocas
horas tendrás que levantarte y verla de nuevo, siempre ocurren
cosas así cuando uno pasa de los 50, una pequeña sirena
extraviada, una tentación con sonrisa de inocencia que te dice
ven, ven, mientras ondula sus brazos de serpiente y te atrae como imán
al hierro, faltan todavía 6 días para que regresemos,
¿y cómo voy a sobrevivir a su sonrisa, a sus ganas de
vivir y saberlo todo?, estoy viejo, estoy cansado, ¿viejo?, ¡viejo
no!, a los 52 años, por Dios, pero es cierto, algo ocurre con
el paso del tiempo, algo que te obliga aunque no lo quieras, a serenarte,
a pausar la intensidad de tus actos y tus sentimientos, a medir cada
paso, a mirar el todo del pasado y compararlo con el escaso futuro que
te queda, y ni siquiera es un acto racional, una decisión conciente
y voluntaria, nada más ocurre y te causa escalofríos,
sientes que has dejado mucho de ti tirado por la autopista de la vida,
cosas de ti que jamás recuperarás y que no sabes, no notaste
cuándo perdiste de una vez y para siempre, porque cada día
que pasa avanzas hacia una única meta posible, injusticia, justamente
cuando vas aprendiendo cómo moverte mejor en el mundo, cómo
convivir con todos los desequilibrios y carencias, cuando aprendes a
conformarte y a vivir con satisfacción con lo poco que tienes,
entonces tienes que morirte, y ni siquiera tienes alternativas, ni siquiera
hay opción, no hay manera de vencerla o evadirla, debes pasar
por ahí, por la puerta de la muerte, esa puerta que él
abre para regresar al pasillo alfombrado y silencioso, para llegar hasta
la habitación 958, alzar el puño, dispuesto a golpear
y mantenerlo en el aire un momento, sin decidirse, sin atreverse, sin
saber qué hacer, pero precisamente porque existe la muerte es
que debe hacerlo, tocar 4 veces, toc, toc, toc, toc, nada más
fácil, recordar "El Extranjero" de Albert Camus ("y
era como cuatro breves golpes que daba en la puerta de la desgracia")
y esperar a que se abra la puerta y ver el ojo derecho de Victoria Valderrama
asomar por una pequeña rendija, que luego se hace más
grande, y que entonces es la puerta abierta y los brazos que lo reciben
y un camisón que cae al suelo y la cama y los besos y el silencio,
rodar los cuerpos, susurrar, respirar, sudar, mientras Tokio muere de
envidia más allá de la madrugada y la luna llena y un
suspiro que rasga el aire, cuchillo cortando seda.
Algo pasa cuando los cuerpos se encuentran, algo cambia después
que se conocen humores, lenguas, vellos, oquedades, es un correr los
velos, un derrotar muros, ya no se puede hablar como antes, ver como
antes, sonreír como antes, algo hay de complicidad después
de eso, algo que nace del íntimo conocimiento de lo que no se
muestra, algo que nos une y que, al mismo tiempo, comienza a separarnos,
obra como el péndulo de Poe, un lento, lentísimo vaivén
que corre con el filo sobre nuestro pecho, listo a matarnos, apenas
una cuestión de tiempo o de encontrar un método para la
salvación.
El profesor Regis vive 5 felices días más en Tokio pero
el día anterior al regreso se le nota hosco, callado, sombrío,
con la mirada extraviada, desatento, desanimado. Victoria le pregunta
si se siente bien y él le dice que no es nada, que es el cansancio
y ella le sonríe, pícara, claro, entre los astrónomos
japoneses, la diferencia de horarios y ella, cómo no va a cansarse.
Y es entonces cuando comienza a rechazarla, a no querer que ella lo
toque, a no querer que ella le sonría, que le diga nada, porque
Victoria es tan asquerosamente cariñosa, tan perfecta, tan ideal,
que ya no puede soportarla, que debe deshacerse de ella lo más
pronto posible, que tiene que explicarle que aquello no puede ser más
que / porque Federica espera en casa y yo no puedo / porque cuando los
directivos de la Universidad se enteren / porque la diferencia de edades
entre / porque tú nunca aceptarías / porque mis hijos
y mis nietos / porque motivos hay muchos pero en el fondo se trata de
la imposibilidad de confrontar el miedo y el deseo / el miedo, antiguo
vencedor de guerras de amor.
Regresar a la ciudad y despedirse friamente, con un apretón de
manos en el aeropuerto donde Federica los espera y le ofrecen llevarla
en el vehículo y Victoria, prudente, con una sonrisa tan forzada
que ella teme se le note la mentira en la cara, rechaza la oferta para
tomar un taxi cualquiera, hundirse en el asiento de atrás, ver
las luces del aeropuerto, recordar Tokio, el hotel y el observatorio
y llorar, llorar, llorar, mientras el taxista insiste, pregunta:
-¿Se siente bien, señorita? ¿Le pasa algo? ¿Quiere
que me detenga en una farmacia y le compre un calmante?
Nueve años después entra al salón de conferencias
donde 6 personas presiden un coloquio sobre la interpretación
de los sueños que causa mucha polémica por lo subversivo
de sus conceptos, por el empeño que la Dra. Victoria Valderrama
pone en demostrar que los sueños son maneras de viajar a otros
estados de conciencia y que lo que ocurre en ellos es tan real como
lo que ocurre en esta dimensión que llamamos vida. El profesor
Regis Coronado se mantiene discreto, en la última fila, descubriendo
a Victoria, su presencia suavizada por el pelo largo hasta los hombros,
unos kilos de más, siempre imán para el ojo de los hombres,
siempre su voz mezcla de erudición y juego, y las preguntas interminables,
retadoras, que la Dra. Valderrama contesta con toda habilidad.
Al terminar el coloquio, al retirarse todos del salón, el profesor
Regis la espera. Tiene miedo, no sabe qué decirle. No ha vuelto
a verla desde aquel apretón de manos en el aeropuerto que coincidió
además con el cambio de Universidad y de carrera por parte de
Victoria, sin explicación ni despedida alguna.
Varias veces la soñó (sueños húmedos que
la discreción y la vergüenza me impiden reproducir), "he
soñado tanto contigo que es como si siempre hubiéramos
estado juntos" piensa decirle, y se lo diría si no es que
la frase le parece tan cursi y estúpida, él necesitado
de preguntarle si ella también soñó con él
alguna vez desde entonces, él interceptándola en el pasillo,
ella reconociéndolo, modificando su expresión de inmediato,
recuperando algo del rostro que tuvo cuando las noches en Tokio, recuperando
algo de lo que enterraron precipitadamente, saltos cuánticos
entre el pasado y el presente, siluetas en una habitación oscura,
el murmullo, el diente sobre el labio, la saliva dulce, la cortina ondulante,
la sirena de un carro de policía calle abajo, la ciudad extendida
a sus pies con luces brillantes como un roto collar de diamantes, mientras
Victoria camina junto a él sin mirarlo, sin decirle nada, sin
saludarlo siquiera, y él la observa pasar, mudo, incapaz de abrir
la boca, de moverse, de seguirla, mientras ella sale del salón
de conferencias y cierra la puerta tras de sí, la puerta color
aqua del hotel donde no verá el ojo derecho de Victoria Valderrama
ni el camisón que cae al suelo ni los besos ni el silencio, porque
no se atreve a tocar 4 veces en la puerta de la desgracia y regresa
a su habitación, masticando su cobardía para saludarla
al día siguiente, en el restaurante del hotel a la hora del desayuno,
sin que esa muchacha que entra visiblemente apurada y atrasada al salón
sepa nunca las cosas que él piensa cuando cierra los ojos mientras
se muere de aburrimiento en las conferencias de la Universidad.