1
-Necesito saber cómo fue –le dice Mateo a su madre-. El episodio oscuro, quiero saber cómo fue exactamente.
-Te lo he contado mil veces –le responde ella.
Él mismo lo había bautizado así, el episodio oscuro, porque lo que ocurrió aquella vez fue dañino, pero también porque estaba sepultado bajo una montaña de verdades a medias. Lo peor de todo era su falta de recuerdos; aquello había ocurrido cuando él era demasiado pequeño para fijarlo en la memoria. Palos de ciego. Era una expresión que había escuchado por ahí. Así se sentía él, dando palos de ciego por entre una historia que no comprendía pero de la cual hacía parte, y que lo atrapaba como una red.
-Dale, Lolé –dice Mateo, suavizando la voz y llamándola así, Lolé, como cuando era pequeño.
Ahora prefiere decirle por su nombre de pila, Lorenza, y cuando se enfurece con ella le dice madre-. Dale, Lolé, cuéntamelo otra vez. Empecemos por lo del parque.
-Tú tenías dos años y medio. Era una tarde de jueves y tu padre, tú y yo estábamos en Bogotá, en el Parque de la Independencia.
-Y él tenía un suéter de lana grueso.
-Puede ser.
-En las fotos he visto que él usaba suéteres de lana gruesos.
-Suéteres no, pulóveres.
-Qué son pulóveres.
-Suéteres. Pero él decía así, pulóver. Los colombianos decimos suéter y los argentinos dicen pulóver. Ridículo, siendo en inglés ambas cosas.
-Lo que quiero saber es si también esa tarde, en el parque, él tenía puesto un pulóver de lana grueso.
-Quien sabe. Lo que sí recuerdo es que andaba de pelo largo. En Argentina tenía que llevarlo bien corto; la dictadura no toleraba mechudos. Pero al llegar a Colombia se lo dejó crecer. Si quieres saber cómo era tu padre, Mateo, mírate al espejo y ponte una docena de años más. Así era Ramón en ese entonces.
-No es cierto, yo no tengo los hombros anchos. Mi tío Patrick me contó que Ramón los tenía anchos.
-Dentro de poco los vas a tener así.
-Volvamos a esa tarde, en el parque.
-Vamos paseando Ramón y yo, y te llevamos de la mano. El cielo es de un color azul hortensia, como son los cielos de Bogotá cuando...
-No quiero saber cómo son los cielos de Bogotá –dice Mateo-. Quiero entender lo que pasó.
A veces Lorenza le dice a su hijo que lo más horrendo del episodio oscuro es que sucedió justamente cuando el horror estaba por terminar. Atrás iba quedando la dictadura argentina y Ramón y ella habían sobrevivido a la clandestinidad. Después de cinco años de militar juntos en la resistencia, se habían apartado del partido y habían abandonado el país, desconcertados como monjes que salieran del claustro y asomaran las narices al mundo de afuera. Para Lorenza, que era colombiana, el cambio no había sido tan difícil; al fin de cuentas el regreso a Bogotá le había permitido volver a estar entre su gente, en un mundo conocido al que se reintegró sin mucho drama. En cambio Ramón, siendo argentino, quedó flotando en el aire. Le dio por detestar todo lo que lo rodeaba, encontró a la familia de ella aborreciblemente burguesa y empezó a verla a ella misma como a un ser desconocido que poco tenía que ver con la mujer de la que se había enamorado en Buenos Aires. Una vez rota la complicidad que los había unido durante la clandestinidad, se habían convertido en dos extraños.
-En Bogotá tu padre se me volvió invisible -le confiesa Lorenza a su hijo.
-Cómo, invisible. Nadie se vuelve invisible.
-Tal vez yo andaba demasiado ocupada contigo, con el trabajo, con la familia, a lo mejor conmigo misma. Además, suele suceder entre gente muy unida en tiempos de peligro. Pasa el peligro y descubren que sólo eso los unía. La cosa es que ya no hallaba lugar para tu padre. Haz de cuenta un abrigo muy pesado en pleno verano.
-Un pulóver de lana en pleno verano.
-No sabes qué hacer con eso, no pertenece a ese momento ni a ese lugar. Además Ramón tampoco ayudaba, porque empezó a comportarse de una manera, digamos, rara. No lograba entender de qué se trataba la vida fuera del partido. Pero era todavía más grave, creo que no lograba entender cómo se vive sin la dictadura, sin tener enfrente a un enemigo al que debes destruir para que no te destruya. Todo eso hizo que la convivencia se convirtiera en un malestar permanente, y nos separamos.
-Para, Lorenza. ¿Nos separamos? ¿Dices nos separamos y sales del lío? Quién se separó. De quién fue la idea de separarse.
-Mía.
-Tú te querías separar.
-Sí.
-Y mi padre no quería.
-No. Él no quería.
-Eso es muy distinto a nos separamos.
-Yo había conseguido trabajo como periodista, y cuando me separé me fui contigo a vivir a casa de mi madre, mientras que Ramón se quedó en el apartamento que habíamos alquilado en el centro de la ciudad.
-Nosotros otra vez clase alta, y él todavía a lo pobre.
-No del todo: tú y yo en un cuarto de huéspedes, tu padre en su propio apartamento.
-Volvamos al parque.
-Estamos en el parque. Jueves, cinco de la tarde. Te montamos en uno de los caballitos del carrusel, nos paramos a tu lado para sostenerte y mientras tanto conversamos. Una charla asombrosamente serena, diría yo; nada que ver con las violentas discusiones por las que acabamos de pasar durante la separación. Ramón me pregunta si estoy segura de que separarnos es realmente lo que quiero. Unos días antes me lo hubiera dicho a gritos, pero ahora me formula la pregunta en tono neutral, como un notario que averigua un dato. Yo le respondo que sí, que estoy segura, que la separación ya es un hecho y que no vale la pena reabrir la discusión. El dice que no quiere discutir nada; sólo necesita confirmar que la cosa no tiene vuelta atrás. No, le digo yo. La cosa no tiene vuelta atrás. Él no insiste y cambia de tema, me dice que el fin de semana te va a llevar de paseo a una finca. Te va a recoger temprano a la mañana siguiente, viernes, y te va a devolver el domingo antes de las siete de la noche. Es una finca por los lados de Villa de Leyva, y tu padre me dice que debo mandarte bien abrigado porque hará frío.
-¿No le preguntas de quién es la finca, o dónde queda exactamente? ¿No le pides el teléfono del lugar donde me va a llevar?
-No. No quiero que piense que me inmiscuyo en su nueva vida. Él es un excelente padre, te adora y te cuida y en ese momento me parece lo más natural que quiera estar solo contigo unos días. Pienso, además, que si ya anda organizando paseos, debe ser porque está más tranquilo con la idea de la separación. Cada uno te agarra de una mano, y mientras anochece caminamos los tres por los senderos del parque. En un momento dado tú te caes, te raspas una rodilla y lloras un poco, no mucho; no ha sido gran cosa. Lo raro es que Ramón y yo conversamos agradablemente, de nada especial. Por primera vez, desde que empezaron las garroteras de la separación, volvemos a pasar un buen rato juntos. Me da la sensación de que podremos llegar a ser una pareja separada que comparte un hijo en buenos términos, y eso me alegra.
-Bueno. Y ahora sí, al episodio oscuro –dice Mateo.
-El viernes te despierto temprano, te baño, te visto y le pido a la abuela que te dé el desayuno…
-Me habías dicho que tú me diste el desayuno.
-No, te lo da la abuela mientras yo organizo el maletín para tu fin de semana en tierra fría. Meto un par de overoles de pana, un suéter…
-Un pulóver.
-Un pulóver, medias y camisetas, tu piyama de ositos, que es la más abrigada, tu impermeable y tus botas para la lluvia. A las siete y media Ramón timbra y yo le entrego al niño, o sea a ti, junto con el maletín. Tú vas contento; te gusta estar con tu padre y te alegras de verlo. Le doy también una bolsa con un Choco-quick, unas manzanas, una lata de leche en polvo, una caja de Rice Krispies y un par de juguetes tuyos.
-¿Recuerdas qué juguetes?
-Recuerdo cada detalle con una nitidez aterradora. Entre la bolsa meto un payasito verde que te hemos regalado en Navidad y unos cordones largos de lana que te encanta arrastrar por el suelo. Dices que son las cuberas y no dejas que te las quitemos ni para lavarlas. Las cuberas, al principio no entendíamos qué querías decir con eso ni por qué las arrastrabas, hasta que caímos en cuenta: las cuberas eran las culebras. Entre esa bolsa meto también un frasquito de desinfectante para que Ramón te eche en la raspadura que te has hecho en el parque. Ese frasquito se lo doy a último momento, cuando ya él ha salido del apartamento, ha tomado el ascensor y va atravesando el hall de entrada hacia la calle. Yo le grito que espere y corro en bata y descalza hasta donde están ustedes, le entrego el frasquito y aprovecho para darte el último beso. Tú haces el ademán de echarte a mis brazos pero tu padre te retiene. Yo te digo que vas a estar muy contento, y tú preguntas si habrá vacas. Quieres decir caballos; les dices vacas a los caballos. Ramón te responde que sí, que habrá vacas y que podrás montar en ellas.
-Vacas, caballos, cuberas. Ahora pasemos a ese día por la noche –pide Mateo.
-Yo trabajo en la sección de política nacional de La crónica, un semanario nuevo que ha agarrado mucha fuerza. Los viernes por la noche es cierre de edición y la redacción se convierte en un hervidero de gente. Allá van a parar ministros, abogados, dirigentes de las distintas tendencias, amigos de la casa: todo el que tiene una noticia fresca, o quiere participar en la discusión sobre las que serán publicadas, se deja caer por allí y engancha en la tertulia, y de esa olla de grillos van saliendo los artículos de última hora.
-No me hables del periodismo, madre.
-Bueno, pero no me digas madre.
-Pero si eres mi madre.
-Sí, pero lo dices con tonito. Ya, no peleemos. Volvamos a la redacción en La Crónica. Hacia la una y media de la mañana le ponemos punto final a la edición, y son más de las dos cuando regreso a casa de mi madre. Ella me escucha entrar, se levanta, me calienta una sopa de verduras y me acompaña mientras me la tomo en la cocina. Cuando nos damos las buenas noches, me dice que ha llegado un sobre para mí y que me lo ha dejado en la mesita de luz. Ella se va para su cuarto, yo me preparo una taza de té y subo al cuarto de huéspedes, que tiene dos camas, la tuya, que está vacía, y la mía. Lo que quiero en ese preciso momento es pegarme un baño largo y con agua bien caliente antes de acostarme, para aplacar el frenesí que me contagia cada cierre de revista. Todos los días tú me despiertas antes de las seis, y este fin de semana podré dormir un poco más.
-¿Abres el sobre que te han dejado?
-No, ni siquiera lo veo, porque al entrar no enciendo las luces del cuarto. Como me duele la espalda me tiro sobre la cama, así vestida, a oscuras, pensando que en unos minutos me levanto y me baño. Pero me quedo dormida. Unas horas más tarde me despierta el frío. A la luz del amanecer puedo ver el reloj: van a dar las seis. Me desvisto, me pongo el camisón y como tengo sed busco la taza de té, que ha quedado por la mitad sobre la mesita de noche. Ahí es cuando veo el sobre. Lo hubiera ignorado si no me llama la atención una cosa: está escrito en letra de tu padre. Dice favor entregar a Lorenza. ¿Por qué una nota de Ramón? Me extraña un poco, aunque no demasiado; digamos que lo abro desprevenidamente. No es una nota, es una carta manuscrita, larga, de varios pliegos, y eso sí me desconcierta. La letra de tu padre, que es pequeña y abigarrada, me obliga a buscar las gafas entre el bolso. Me las pongo, y leo.
-Qué dice la nota.
-No es una nota, es una carta. ¿Qué dice? Pues dice me voy para siempre y me llevo al niño, no vas a volver a vernos.
-¿Así no más?
-Con muchas explicaciones. Páginas y páginas de explicaciones, de justificaciones, de inculpaciones. En un renglón pedía perdón por lo que iba a hacer y en el siguiente me echaba la culpa de todo.
-Dime qué decía la carta, yo necesito saber qué explicaciones daba mi padre.
-En ese momento no puedo leer más; apenas me doy cuenta de que me han quitado a mi hijo, me rompo por dentro.
-Pero después la leíste toda.
-No, nunca la leí completa, no me interesaban sus razones. Sólo esa frase brutal, me voy y me llevo al niño, para siempre. Por un instante vi todo negro y tuve que sostenerme para no irme al piso. Luego empecé a dar aullidos. Aullidos salvajes de loba a la que le han arrebatado a su cría.
-La abuela dice que eran unos aullidos como de la noche de los tiempos. Dice que la despertaron tus aullidos, y que pensó que te estaban matando.
-Era peor que eso.
-Y luego.
-No recuerdo.
-No recuerdas, o no quieres recordar. Esa madrugada, qué haces.
- Aullar. Agonizar. Morirme. Tu padre es un experto en moverse clandestinamente, en falsificar pasaportes, firmas, pasajes. Está acostumbrado a cambiar una y otra vez de identidad. Esconderse y desaparecer, esa es la especialidad de tu padre. Y acaba de desaparecer contigo.
* * * * * * *
3
Dos noches antes, Lorenza había regresado tarde al Hotel Claridge y había entrado al cuarto casi corriendo, a contarle a Mateo que los había visto, que llegaron, que había vuelto a encontrarse con ellos, con los viejos compañeros. Pero se contuvo al ver que el muchacho dormía.
Él siempre le criticaba que ni dormía ni dejaba dormir, así que se quedó callada y se puso a observarlo. El sueño de Mateo no era tranquilo; por lo general no lo era, hablaba dormido, se agitaba, se enroscaba en la sábana dejando el colchón pelado y Lorenza se preguntaba qué tierras serían esas que su hijo recorría, qué tan lejos se iría y qué tan solo estaría durante el viaje. De todos los lenguajes posibles, el de los sueños del hijo era el que más hubiera querido descifrar, pero era una jerga traída por vientos de otros mundos, un diálogo a oscuras con seres para ella desconocidos.
-Quiénes son los macabeos -le había preguntado Mateo una vez, completamente dormido-. Los macabeos, quienes son los macabeos.
Ella por supuesto no lo sabía, un pueblo bíblico pero hasta ahí le llegaba la información, y tampoco que le hiciera falta responder porque su hijo se había vuelto a perder en el sueño y el diálogo sonámbulo había terminado. Pero Lorenza quedó inquieta. Qué estará haciendo esta noche mi niño, había pensado, allá con los macabeos.
Cuando Mateo dormía era idéntico a Ramón, y ella se sobresaltaba al descubrir en su hijo los rasgos definidos de un adulto. Ya no un niño sino un hombre, ya no su niño sino casi un extraño. El espejismo duraba hasta el despertar, cuando se desdibujaba de su cara la huella del padre y se le animaban unos gestos que ella reconocía como propios, tanto que podía verse en su hijo como en un doble, él su único hijo, ella su única madre, y entonces recuperaba a ese niño que era tan suyo, tan casi nada de Ramón, tan solo muy remotamente de Ramón, tan exclusivamente de ella.
Mateo pareció adivinar su presencia y entreabrió los ojos por un instante.
-Qué pasa, Lolé –murmuró.
-Nada, kiddo, no pasa nada, no quiero despertarte, sigue durmiendo.
-Algo quieres decirme.
-Pero si estás dormido...
-Ya me despertaste, ahora dímelo.
Entonces Lorenza se sentó al borde de su cama y le habló de ellos, de sus antiguos compañeros del partido, de cómo hacía unas horas habían llegado nueve de ellos a la presentación de su novela y la habían buscado cuando terminó el acto.
-¿Estaba Ramón? –le preguntó Mateo, sentándose de un solo envión, pero como ella le respondió que no, se echó de nuevo hacia atrás y se tapó la cabeza con la manta.
-¿Estás oyendo, allá entre esa cueva?
-Un poco.
Aunque él se hacía el sordo, ella le contó de los abrazos con los compañeros en plena calle, ahora por fin despreocupados, armando escándalo y en montonera, sin mirar por encima del hombro a ver quien los seguía, sin bajar la voz por si alguien los escuchaba, y le contó también que luego fueron a una pizzería que se llamaba Los Inmortales porque tenía las paredes tapadas con fotos de los grandes del tango.
-Vaya nombre, Los Inmortales, y nosotros allí, conmovidos y soltando la lágrima por nuestros desaparecidos, el negro César Robles, Pedro Apaza, Eduardo Villabrille, el petizo Grossi –los iba enumerando Lorenza-, figúrate, Mateo, nuestros muertos, ¡y estábamos allí, recordándolos en una pizzería que se llama Los Inmortales! Nos rapábamos la palabra para ponernos al tanto de todo lo que ha pasado desde que cayó la dictadura, y era bien extraño conversar en voz alta en un lugar público, siendo que antes no podíamos juntarnos más de tres en un bar ni permanecer ahí más de quince minutos, apenas susurrando.
Pero esa noche, tantos años después, se habían reencontrado ya sin alias, ya sin miedos, a celebrar con pizza y cerveza el fin de la pesadilla; mejor dicho a celebrar con ella, Aurelia, ahora Lorenza, porque entre ellos habrían celebrado ya; llevaban rato saliendo del hueco y tratando de acoplarse a la vida, a la luz del día, a lo que había empezado a llamarse democracia.
-Lo que pasa, Mateo, es que yo me fui de Argentina antes del fin de la dictadura y he estado ausente todo este tiempo, ¿entiendes? Para mí es como si el viejo escenario hubiera quedado congelado. Hasta esta noche en que no has querido acompañarme y mira todo lo que sucedió.
-¿Hablaron de Ramón? ¿Te dijeron dónde está? –la voz de Mateo salió de la cueva.
-Sí, hablamos de él, y no, no saben dónde está. Pero me dieron pistas… Nada demasiado claro. Pero deja que te cuente poco a poco.
A ella le había dado risa cuando empezaron a confesarle sus nombres verdaderos y sus oficios, como Dalton, que estuvo preso, un flaco rubión, buena persona, que fue dirigente del magisterio y que según le contó en Los Inmortales, en realidad se llamaba Javier alguna cosa, dizque Javier, quien iba a decir, no le cuadraba para nada ese nombre, y daba clases en la universidad y tenía ya tres hijos. O como Tuli, una morena echada para adelante que en tiempos de la militancia apoyaba a las Madres de Plaza Mayo y que luego resultó que en realidad se llamaba Renata Rocamora y que tocaba el contrabajo en un cuarteto de tango, que justamente esa semana se estaba presentando en el Café Tortoni.
-Si quieres vamos -le propuso Lorenza a Mateo, y él gruñó como un oso-. Qué alegría saber que Tuli se dedica al tango; le pregunté si en tiempos de militancia también lo hacía y dijo que sí. Raro, por ese entonces poco teníamos que ver con tangos, esa es la verdad; la música de la resistencia fue el rock en español, lo que llamábamos rock nacional.
-¿El rock argentino era de izquierda? –Mateo pareció de repente interesado. -Yo creía que era música de hippies fuma hierba.
-¿Fuma hierba? No, cómo crees, esa música era de nosotros, o a lo mejor sí, también era de los que fumaban hierba, pero era sobre todo nuestra, mira que ahí en Los Inmortales Dalton contó que durante los meses en que estuvo preso, hubo un momento en que tocó fondo y se quiso morir, y lo salvó descubrir la frase que algún otro preso había rayado en uno de los muros de la celda, por allá abajo, casi invisible en un rincón; era una línea de Canción para mi muerte, de Sui Generis, la que dice hubo un tiempo en que fui hermoso y fui libre de verdad, aunque dijo Dalton que solo estaba escrito y fui libre de verdad, y que apenas descubrió esa frase, escrita por otro, ya no se sintió solo y ya no se quiso morir.
-Como en La noche de los lápices –dijo Mateo-, esa película ya me la vi.
-Pues sí, no es nada nuevo. A estas alturas todas esas hazañas son como el gato con pies de trapo: ya se han contado demasiadas veces. Y sin embargo en su momento significaron tanto… En cualquier caso el rock en español era la música de tu padre. La primera vez que fui al sitio donde vivía, me mostró sus discos como si fueran un tesoro. Y claro, cuando Dalton contó en Los Inmortales lo de la frase arañada en la pared, enseguida nos dejamos venir con la canción entera, y esa fue llevando a otras, las de Charlie García y Fito Paez, León Giecco, Spinetta, no sabes qué bueno fue cantar a lo loco después de tantos años de silencio.
-Muy romántico. Pero creo que Spinetta vino después, Spinetta es más joven.
-Qué va, kiddo, el Flaco Spinetta era ídolo en ese tiempo, con Almendra. ¡Y Sui Generis! Cómo me gustaba Rasguña las piedras, de Sui Generis.
-Hoy pones a Sui Generis en una fiesta y te sacan cagando, ni se te ocurra.
-Es extraño, eso de venir a enterarte años después de los verdaderos nombres y las verdaderas vidas de personas que fueron tan cercanas...
-Como si Batman y Spiderman se reunieran en una pizzería, se quitaran las mascaras y se revelaran el uno al otro sus identidades secretas –dijo Mateo-. Y para rematar, arrancaran a cantar canciones prehistóricas. ¿Les hablaste de mí a tus compañeros?
-Pero claro, sí de eso se trataba.
-Lo que no entiendo es cómo pudiste encontrarlos, si ni siquiera sabías sus nombres.
Lorenza le dijo que el lanzamiento de una novela era un acto público al que se convocaba a través de la prensa para que asistiera el que quisiera, y que así se habían enterado los compañeros de que ella estaba en Buenos Aires.
-Eso ya lo sé, pero cómo supieron que una tal Lorenza que ahora escribe libros, es la misma Aurelia que antes militaba con ellos.
-Ya se habían pasado la voz.
En medio de la presentación, el coordinador le había entregado una hoja de papel doblada en dos. Te la mandan del público, le dijo, y a ella se le subió la sangre a la cara cuando leyó la primera palabra que traía escrita: Aurelia.Desde hacía años nadie le decía Aurelia, nadie había sabido siquiera que alguna vez en Argentina le habían dicho así. La nota preguntaba, “¿Aurelia, tenés tiempo para un café con tus viejos compañeros?” Desde el escenario ella no podía verlos, porque la zona del público no estaba iluminada, pero antes de que terminara el acto dijo por el micrófono, sé que están aquí algunos de mis antiguos compañeros y quiero que sepan que sí, que tengo todo el tiempo del mundo para tomar café con ellos.
-Pero lo que te quiero contar, Mateo, es que te traigo noticias.
-No me digas que Ramón estaba ahí... –le pidió él, casi le suplicó, y a ella le pareció notar que su hijo palidecía.
No, Ramón no estaba, ya se lo había dicho. Pero ella había podido preguntar y había conseguido algunas pistas. Un metalúrgico de Sitrac-Sitram que se llamaba Quico, o que se llamaba Quico en tiempos de la militancia, cuando vivía en Córdoba, y que ahora se llamaba de otra manera y ya no vivía en Córdoba, y no era metalúrgico sino jubilado, le había confirmado que era cierto que Forcás había estado preso un tiempo, pero no por asuntos de política, porque cuando lo agarraron ya hacía unos años había caído la Junta Militar, sino más bien por un enredo de dineros. Quico creía que después de unos meses de cárcel, Ramón había quedado libre y se había ido a Bolivia, y Gabriela, que también estaba en la pizzería, la Gabrielita que había militado con ella en el frente de comercio, su mejor amiga por esos tiempos, le dijo que había oído decir que Forcás ya había regresado de Bolivia, que se había establecido en La Plata y que allá había montado un bar.
-¿Un bar? –le preguntó Mateo a su madre.
-Eso me dijo Gabriela, no sabes lo que significa para mí haber reencontrado a Gabriela, las dos quedamos embarazadas casi al tiempo, Gabriela y yo, y nos íbamos juntas hasta el Once, cada una con una panza grande como el mundo, a las reuniones de…
-Y dónde dicen que está ese bar –interrumpió Mateo.
-Según Gabriela, en La Plata.
-No creo, Lolé, ese dato tiene que estar equivocado, estoy casi seguro de que Ramón está en Bariloche; debe andar de lobo estepario por esas montañas de allá, o al menos eso creo.
-Para, deja que te siga contando lo de La Plata. Gabriela cree que a Ramón no le ha ido bien con el bar pero que ahí sigue pedaleando, a ver si lo saca adelante. Ella no sabe más, pero me dio las señas de un compañero de La Plata que a lo mejor sí sabe.
-Ramón no está en La Plata, Lorenza, no insistas, no me suena lo de La Plata. Y lo del bar, menos. Ramón debe estar en una cabaña en la nieve, allá en Bariloche.