Pláticas

Entrevista a Javier Rodríguez Marcos
por
Javier Sancho Más

Javier Rodríguez Marcos

“En la Poesía, a algunos les da rabia que las palabras tengan significado”

Francisco Javier Rodríguez Marcos es un joven poeta extremeño que escribe con una madurez bastante inusual. Además de haber escrito libros como Naufragios, Mientras Arden y Frágil (este último premio Ojo Crítico de Radio Nacional de España RNE en 2002) es redactor y crítico cultural del suplemento Babelia de El País, donde destacan entre otros sus magníficas entrevistas a los poetas más importantes en lengua española.

Rodríguez Marcos es de los escritores que muestran fluidez y precisión sobre el papel mientras que son más parcos en la palabra hablada. Con una especial dificultad para explicar su proceso de escritura, como invitándonos a leerle más que a escucharle, llega a decir frases rotundas que surgen como sorpresas. Comimos juntos en medio del ruido en el que se mezclaba el ritmo de sus versos, versos que casi nunca hablan de un tema que el autor confiese que se le resiste: el amor.

SM: Empezaste a escribir muy joven. Tu primer libro se publicó en 1995 y tenías 25 años. Sin embargo, los temas de tu poesía parecen los de un hombre viejo que se despide de la vida. ¿Eres de los que naciste con la melancolía a cuestas?

RM: Quizás sí, pero me la voy quitando. Ese libro, titulado Naufragios, tenía el tono de un viaje. Pero más que eso, era sobre el deseo de viajar. Y lo extraño es que está escrito en Cáceres donde no hay agua ni en veinte kilómetros a la redonda. Así que las imágenes del viaje, el mar, los barcos, tienen más que ver con algo íntimo. Es un tono elegíaco. A veces se establece una relación directa entre una adolescencia muy alargada y el final de la vida. Tienen el mismo sabor lacónico, y echas de menos cosas que ni siquiera has vivido.

SM: Es como si hubieras leído mucho a Leopoldo María Panero, ¿no?

RM: De hecho lo leí, de forma desordenada, pero lo leí bastante.

SM: El viaje es un tema que te acompaña en varios textos.

RM: Sí. También en prosa. Pero después, cuando viajé realmente, el tono de la poesía cambió bastante.

SM: ¿Escribías para sentir el dolor de una pérdida entonces?

RM: No. Yo, creo que se trataba de la representación de sentirme encallado en una ciudad de provincias como Cáceres, en el entorno familiar, etc. Baudelaire, que está por todos lados en ese libro, decía que “la vida en otra parte será mejor”. No lo es, pero el anhelo por conocer otros mundos siempre está ahí, y hay que salir.

“En el verso, las palabras tienen sonido y sentido. No se puede separar una cosa de la otra”.

SM: En tu libro titulado Mientras Arden, hay un recuerdo de Shakespeare y del clasicismo español, con algunas diferencias, como por ejemplo que en el caso de los clásicos uno suele recordar el principio de los poemas, pero en los tuyos, uno recuerda más el final rotundo. Por ejemplo cuando dices:

“La historia se repite, y es antigua: un hombre está vacío y mira el mundo”

RM: Hay gente que me ha prevenido contra esa tendencia que confieso al final rotundo. Porque si no se controla, puede que eso parezca demasiado efectista. A veces el final lo da el propio poema. Es él el que manda. En el caso de ese poema, titulado, Mientras Arden, sólo tuve ese primer verso en la cabeza durante mucho tiempo y nada más. Después fue creciendo hasta terminar de una manera un poco sentenciosa. Ahí ves que hay, por una parte la propia respiración del poema, y por otra una voluntad de construcción para que algo quede en la memoria del lector.

SM: Para eso el ritmo es clave.

RM: Sí. Probablemente por una limitación propia, sólo entiendo el ritmo del poema si es el ritmo de la respiración, lo cual lo da el verso tradicional y la alternancia de verso largo y verso corto. Sin embargo, últimamente, escribo con más encabalgamientos de modo que la lectura se pueda hacer por un lado, sin interrupción, casi sin signos ortográficos, y por otro se pueda romper la lectura lineal. En cualquier caso, uno nunca sabe como lo va a leer el lector, sólo sé cómo lo leería yo.

SM: Lo bueno es que algunos versos tuyos parecen canciones. Pregunta hecha: ¿Escribes con la ayuda de alguna música?

RM: Yo escribo poemas en cualquier momento y en cualquier situación. Ahora, o en el Metro. Trabajando en un periódico, te acostumbras a concentrarte para escribir en medio del ruido de los teléfonos y la gente. La música es importante, pero en mi caso, desconfío bastante de la relación entre la poesía y la música. La musicalidad de la poesía es muy limitada frente a la de la música real. Para bien y para mal, creo que las palabras tienen sonido y sentido, y no se pueden separar. Es como si separas el hidrógeno y el oxígeno en el agua: dejaría de ser agua. A veces te encuentras con gente que, como dice un amigo, parece que les da rabia que las palabras signifiquen algo. Hay escritores como Claudia Rodríguez o José Hierro quienes decían que a veces les venía una música y comenzaban un poema, luego escribían su final, luego la parte central. Yo soy incapaz de eso. Yo empiezo a escribirlo y sigo cuando puedo hasta acabarlo. Un verso inspira al otro. Nunca sé cómo va a acabar.

“Si hay un poeta que quedará para siempre de la Generación del 50 será sin duda Claudio Rodríguez”

SM: Hablando de ritmo, ¿Rubén Darío te gusta?

RM: Sí, mucho, aunque probablemente me guste más la parte más seca u honda de él.

SM: ¿No reniegas ni uno solo de tus versos?

RM: De todos, de todos (se ríe tímidamente). Lo que es verdad es no me reconozco en lo que escribo algunas veces. Eso que dicen de las novelas, de que el personaje se escribe solo, no me lo creo mucho. Ciertamente las cosas se te ocurren escribiendo. Pero lo que sí creo es que tengo más sentido del humor de lo que se refleja en mis poemas. Me gustaría haber escrito más sobre el amor de lo que lo he hecho. Hay poetas felices como Claudio Rodríguez o Juan Antonio González Iglesias, otro optimista que me gusta mucho. A mí me cuesta leerme o escribir sintiéndome optimista. Si lo soy, seguramente no escribo.

SM: En Mientras Arden Hay una parte muy buena, que al menos no escribes con voluntad de imitar o parecerte a alguien, y por otra, se siente lejanía.

RM: Sí. De hecho, creo que es un libro muy redondo, pero ya no escribo así. Prefiero el riesgo de equivocarme acercándome más que el de quedarme en esa medianía de Mientras Arden. Seguramente ahí no me parezco a nadie, porque se podría parecer a todos.

SM: Siendo tú, incluso literariamente, poco extrovertido ¿por qué escribes?

RM: Yo creo que escribir es como una doble contabilidad. Probablemente es la expresión de una vida subterránea, o como decía Pavese, una defensa contra las ofensas de la vida. Y ahora, me es cada vez más difícil escribir sin abrir un paréntesis y hacer un pequeño comentario crítico a lo que escribo. Esto puede ser contradictorio, pero no lo puedo evitar. Si no lo hiciera no me creería mi propio texto. Puede ser una manera de humor o de distanciamiento.

SM: Para las poetas jóvenes españoles, la generación de los 50 es el referente inmediatamente anterior. De todos ellos, quién crees que quedará.

SM: Mira, yo creo poco en el genio, pero de cuando en cuando, la poesía española tiene destellos como los de San Juan de la Cruz, o Lorca. Si hay un poeta que quedará para siempre de la Generación del 50 será sin duda Claudio Rodríguez. Es donde se ve el sonido y el sentido de las palabras. Seguramente detrás, hay un duro trabajo de picapedrero para que el poema quede así, pero tú al leerlo notas que cada palabra está en su sitio justo y con su significado preciso. Claudio Rodríguez es inimitable y deslumbrante. Pasará siendo de los más grandes del siglo XX. Es lo mismo que Lorca en el 27. Pero al igual que unos deslumbran, otros alumbran. En el 27 me interesa mucho Luis Cernuda y en los 50 Francisco Brines. Con estos uno puede dialogar más. Con Rodríguez y Lorca, todo está dicho en el poema, no puedes intervenir. A Brines y Cernuda uno se siente más cercano.

SM: ¿Si te tuvieras que recomendar, qué libro elegirías de entre los tuyos?

RM: El más barato (bromea). Pero el que creo que más se aleja de la expresión tradicional, y en el que más me reconozco es Frágil. Creo con más fuerza en la poesía escrita con las palabras de todos los días.

Nos ponen la comida encima de la mesa. La entrevista se interrumpe y una antología de Rodríguez Marcos queda abierta por un poema que empieza diciendo:“Escribo pan y muerdo la palabra”
Buen provecho