2 de noviembre

3 junio, 2019

Allan Barrera

El salvadoreño Allan Armando Barrera Galdámez recibió el premio del VII concurso Centroamericano Carátula de Cuento Breve 2019, en el marco del Festival literario Centroamérica Cuenta. El cuento de Barrera fue “2 de noviembre”, que narra una “historia de duelo”. El comité recibió 128 relatos de autores centroamericanos menores de 35 años. “El resultado es un relato de una vida entera en 13 páginas, una historia de duelo que funciona como el negativo de una fotografía”, valoró el jurado calificador.


Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos.
Al retorno de una furiosa adolescencia,
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron…
Álvaro Mutis

Cada asueto nacional aprovechás la noche anterior para emborracharte. Estás de goma, todavía, en tu cama. Los rayos de sol penetran los vitrales de tu apartamento hasta tocar las telarañas en el techo. Comienza a calentarse el aire. El teléfono vibra cerca de tu almohada. Te gustaría no contestarlo, pero es tu tía Marta. Si fuera otra persona ni te molestarías. Entonces hacés el esfuerzo, girás tu cuerpo y con voz temblorosa, lacerada de cigarro, le contestás diciendo que te da gusto escucharla. Ella, desde el otro lado del teléfono, sentada en su silla mecedora, en su soledad de señora a quien sus hijos ya nunca visitan porque se largaron todos a Estados Unidos, te responde de igual manera. Y tras concluir el protocolo de amabilidad familiar, te recuerda que hoy es 2 de noviembre, Día de los Muertos. Te pregunta si querés acompañarla al cementerio a enflorar a Esperanza, la mujer que te parió, su cuñada, su amiga, quien falleció hace cuatro años cuando vos cumpliste los 27. Esperanza: mujer, mártir, abnegada, que cambió tus pañales llenos de mierda cuando eras pequeño, que no dejó que murieras de hambre cuando tu padre los abandonó, ni que te hicieras marero en la colonia en la que creciste. A quien, a pesar de todo, en vida, le consideraste anticuada, pueblerina, de otra época, porque te engendró a los 42 años, y nunca la pudiste ver joven, sin canas ni arrugas en el rostro, y porque su edad era un enorme precipicio generacional que dividía tu mundo y el de ella.

Pensás unos segundos, antes de darle una respuesta a la tía Marta. La cabeza te pulsa de dolor y el estómago te pide ir a la tienda a comprar una Alka Seltzer. Agradecés el gesto, su amabilidad de siempre, pero respondés que no. Te excusas diciendo que el cementerio estará atestado de personas, que preferís ir otro día menos concurrido para hablar con tu madre a solas.

Regresás a la cama creyendo que fuiste insincero con ella, tu tía Marta, porque además de estar devastado por la goma, debiste explicarle, de una vez, que sos ateo, que no creés en la vida más allá de la muerte, que te parece pusilánime visitar a los difuntos en su tumba para hablar con sus restos, rodearlos de flores, cantarles o llevarles mariachis, como acostumbran los católicos como ella. Debiste decírselo, pero no lo hiciste por no herir su susceptibilidad católica y porque también decir eso sería un poco falso de tu parte.

Ahora te es difícil reanudar el sueño, tu cuerpo flota sobre un lago lleno de recuerdos de Esperanza: la vez que se quebró la pierna yendo a comprar el pan para el desayuno. El día que te reventó el labio de una trompada frente a tus amigos, porque te encontró fumando en la oscuridad con ellos. Aquel domingo que te llevó con tu hermano, por primera vez, a la playa El Majahual, y al regresar los asaltaron en el Centro. El diciembre del 95 cuando destazó un pollo, a quien vos querías como tu mascota y con lágrimas en los ojos le dijiste de todo al ver su crueldad humana, porque nunca te dijo que lo había criado para la cena de Nochebuena. El día que te llevó a almorzar a la Pizza Hut como premio de consolación, porque finalmente te graduaste de noveno con las notas más bajas. La vez que te cinchaceó la espalda porque te encontró en su cuarto desnudo espadeando con tu vecinito, el que ahora está casado con la ex gordita que vivía enfrente. Y, así, de recuerdo en recuerdo, llegás hasta la tarde en la Fiscalía, cuando encarcelaron a tu hermano por ladrón y agresor. Ella lloró frente al abogado fiscal, dijo que vos eras un mentiroso porque su hijo, en realidad, era un santo. Lo cual te encabronó e indujo a que te largaras de su casa. Ella siempre lo quiso más a él que a vos, aun cuando fuera una escoria social, un parásito. Esa verdad te la repetías a solas como un auto flagelo diario. Era la viga de la que te sujetabas para no caer en tu propio precipicio vaciado de piedad. Sí. Pueda que lo quiso más a él, pero porque él se entregaba, no como vos que siempre vas por la vida calculando lo que das por miedo a sufrir. Vos nunca entregás nada que no te duela. Ni siquiera, aun a tus 30, comprendés cómo funcionan tus afectos. Cuando murió, en su funeral no sentiste nada, ni en los días posteriores. Eso te hizo creer que eras un monstruo, un horrible tempano de hielo, hasta que una mañana, haciendo el café, estallaste en llanto y no pudiste ir a trabajar porque todos sus recuerdos te apuñalaron el cuerpo, como empieza a pasarte ahora, y te asusta, te sentís culpable, y quisieras detener el oleaje impetuoso de tu pensamiento, mientras seguís ahí desmoronado en tu cama, con el aliento a mierda mezclado con el ron de anoche y la garganta ardorosa.

Mejor te levantás y ponés agua para hacer café mientras discurrís sobre cosas prácticas. Pero disolvés, antes, un sobrecito de suero oral en un vaso con agua. Y afuera, escuchás que un niño escuálido, en compañía de su abuela, anuncia con gritos que lleva a la venta tamales de gallina india, de frijoles y chipilín a tres por el dólar. Vos salís y le comprás un dólar con la esperanza de que una comida grasosa te revivirá de lo oscuro.

Al finalizar el desayuno, encendés un cigarrillo. Tu tabaquismo ya está en ese nivel en el que podés fumar cuando sea y donde sea, sin que te produzca asco ni recriminaciones. Desde el sofá, desde el café y el humo imaginás a tu tía, en unas horas, enflorando la tumba de tu madre, pagándole a los hombres que asisten este día a los panteones para ganarse un par de monedas limpiando y pintando con cal las tumbas de los familiares de los muertos. Tu tía sacando dinero de su bolsa para embellecer el sepulcro descuidado de tu madre. Tu tía con el pelo blanco, bajo un fuerte sol requemándose las manchas cancerígenas de la piel, hablándole a tu madre desde su corazón a su silencio, para después abordar un bus atestado de pasajeros en el que, seguro, regresará parada hasta su casa en Soyapango, y, a lo mejor, algunos ladrones, como tu hermano, que hoy se encuentra preso en Mariona, se suban en la parada de buses con cuchillos o pistolas, le quiten la cartera, la golpeen, le digan “vieja cerota”, o “vieja pendeja, hija de la gran puta, deme la cartera antes de que la mate”, mientras vos, su sobrino egoísta, se soba los huevos en su apartamento, esperando a que la deshidratación de la goma transcurra. Por eso lamentás que en tu país sea tan caro cremar a los muertos. De lo contrario tendrías la ceniza de tu madre con vos aquí, en tu apartamento, encima del televisor quizás, o encima del refrigerador, justo a la par de tu foto de niño cuando perdiste los dientes de leche, la foto que a ella tanto le gustaba porque reflejaba tu inocencia perdida. Si tuvieras su ceniza tu tía podría venir a verla aquí, en lugar de asistir a ese horrible cementerio. Tomarían vino y realizarían algunas remembranzas a su memoria.  A lo mejor le pondrías una vela encendida y le quemarías incienso por las noches, sin importar tu ateísmo de vertiente marxista, sin haber leído nunca El capital. No entendés por qué con 12 homicidios diarios, los cementerios clandestinos que descubre la policía cada mes, y tanto hacinamiento en los cementerios públicos, el Gobierno por el que votaste no haya puesto debida atención a ese tipo de cosas. Gobierno de mierda. Los muertos ya no caben. Mejor incinerarlos y meter su ceniza en pequeños receptáculos, que las familias levanten sus propios altares en sus casas, o los arrojen al mar, o a los ríos, o los entierren junto a un árbol. Cualquier otra cosa que no sea apilarlos cruelmente en los cementerios públicos.

Encendés el televisor, pero la cabeza te duele todavía. Difícil enfocarte. Un dolor punzante que en tu cerebro se junta con el recuerdo de Esperanza. Desde que murió solo has regresado una vez a su tumba. Ese día cogiste tus lentes negros para que nadie pudiera verte llorar. No importa tus diplomados y talleres en formación de nuevas masculinidades financiados por la cooperación española, te avergüenza mostrarte frágil frente a las personas. Hacía mucho sol. En el camino dudaste si valía la pena ir, si lo que estabas haciendo no era una manera de mentirte a vos mismo. Los ateos no deberían hablar con los muertos, pero te sentías culpable, y la culpa no entiende de razones intelectuales. Te sentías culpable por haber enterrado a Esperanza junto a un desconocido, porque sabías que a ella no le gustaría eso. Ella quería que la enterraran en el cementerio de San Marcos, junto a su madre, o en el Monseñor Romero, y vos la sepultaste en La Bermeja, un cementerio de mala muerte. Un camposanto que se parece a las favelas de Puerto Príncipe, de tan amontonadas que están las lápidas. Una necrópolis tercermundista donde en cada nicho colocan dos y hasta tres cadáveres para que haya espacio y después de 10 años los exhuman y desaparecen, los arrojan a un lugar sin nombre.

Al llegar te detuviste primero en las oficinas. Esperaste en la fila para preguntar de cuánto era el costo para trasladar a Esperanza al sacramental de a la par, el Monseñor Romero, que es igual, público, pero más decente que La Bermeja. Un poco más caro, eso sí, pero al menos allí estaría sola. En la espera, bajo el aire acondicionado de la oficina, detrás de un señor con enorme espalda de refrigerador, no dejaste de sentirte como pendejo por lo que estabas haciendo. La señora que te atendió, muy amable, te explicó que eran 600 dólares, pero tenías que esperar a que se cumplieran dos años para hacer efectivo el traslado. Era la ley, sí, pero vos necesitabas hacerlo en ese momento que la culpa te consumía el alma y que tenías el dinero en tu tarjeta de débito.

Saliste frustrado y lleno de resignación. Consideraste regresar a tu casa, pero ya que estabas ahí mejor fuiste a ver cómo se encontraba su sepulcro. No perdías nada.

Te acercaste a un grupo de sepultureros que se encontraban jugando sobre una lápida a las cartas, compartiendo una Coca-Cola gigante. Uno de ellos, el del pecho peludo con la camisa desabotonada, se parecía a Jack Nicholson, versión salvadoreña pobre, y, de seguro, con problemas de diabetes o hipertensión. A vos te pareció amable. Le pediste que te orientara sobre cuál era el mejor camino para llegar al lugar donde, recordabas, se encontraba la tumba. Tu referencia era un viejo y frondoso árbol de capulín. El sepulturero, con la mano y el cigarro entre sus ásperos dedos, te señaló el camino.  Ahí, bajo la sombra de ese árbol de capulín, tu primo, que es pastor evangélico y gay de closet, dirigió una oración, leyó versículos de la biblia, entonó un himno y habló sobre la Segunda Venida de Cristo y la resurrección de los muertos. Dijo a los dolientes, y a vos en particular, que Esperanza, al resucitar, iría automáticamente al Cielo. Realizó todo ese performance sin consultártelo y se lo permitiste por no echarte en contra a toda tu familia. Pero por vos lo hubieras mandado a la mierda. En ese momento solo querías silencio y que nadie te dirigiera la palabra.

Una senda de cemento te condujo a una colina polvosa donde se amontonaban unas lápidas. Al llegar al lugar indicado revisaste cada tumba, pero ninguna era la de ella. Había muchas parecidas a la suya con cruces y biblias de cemento pintadas con cal. Eran horribles. Apenas podía leerse los nombres de los difuntos. Con tu mano limpiaste la tierra que cubría algunos epitafios. Ninguno tenía inscrito el nombre de tu madre.

Retornaste a la oficina de la entrada con la idea de que quizás, por el hacinamiento, ya habrían desaparecido su tumba, o que la habrían trasladado a otra parte. Lo que te resultaba inconcebible, porque apenas habían pasado dos años. No podían ser tan crueles. Furioso y lleno de prepotencia exigiste al personal municipal una explicación, pero ellos se enojaron y te salieron más prepotentes. Con eufemismos no tan rebuscados dijeron que vos eras el inepto que no sabía buscar bien. Uno de ellos te recomendó que mejor te guiaras por el número del nicho, que era el 53 C. Enojado lo anotaste en un papelito y te arrojaste de nuevo a la búsqueda, pero esta vez por un atajo, cruzando el cementerio por el medio, zigzagueando, dando pasos largos y algunos saltos sobre las lápidas, al mismo tiempo que imaginabas que algunos de los muertos que se encontraban ahí debajo de tus pies, seguro, fueron mareros de la MS 13 o de la 18, que habían muerto jóvenes en alguna colonia de mierda de San Salvador, acuchillados o cocidos a balazos, como algunos amigos de tu infancia que se te adelantaron o que los adelantaron. Te detuviste en una cripta cuyas dimensiones llamaron tu atención, la de un niño. Te pareció fatal que hubiera muerto de siete años. Lo habrá atropellado un carro, le habrá dado alguna enfermedad mortal… Ojalá no haya sufrido mucho.

Proseguiste y en cada paso podías sentir el sol ardiente en tu cuero cabelludo, también el silencio de la tierra seca. Una tierra a la que el sol del infierno tropical le había succionado toda humedad. Era un silencio blanco y espeso que no dolía, diferente al que brotaba de las tumbas de los muertos, el cual tenía la textura de un humo doloroso y transparente. Pensaste que acaso ese silencio que escuchabas era la voz de los muertos, o la voz de Esperanza queriéndote indicar el camino hacia ella para que no dieras tanta vuelta. Las gotas de sudor comenzaron a descender en tu rostro y la camisa a pegarse en la humedad de tu pecho. Te quedaste parado ahí un momento, contemplando a tu alrededor esa multitud de cruces. Te pareció que aquel cementerio era un río anónimo de gente que se dirigía hacia el olvido (como el Acelhuate pero subterráneo y menos contaminado), y que algún día vos fluirías junto a ellos en el fondo de esas oscuras aguas, donde ya no existe el dolor ni la angustia de esta tierra. Pero que, también pasados unos años, nadie te recodaría, pues te unirías como todos a la dulce nada, y así como los hijos de tus hijos (si algún día los tenés) sabrían olvidar a tu madre, los hijos de tus nietos sabrán olvidarte a vos. A nadie recuerdan después de dos o tres generaciones de su sangre, mucho menos cuando se es pobre y se es enterrado en un cementerio de mierda como ese. De otro modo estuvieran al otro lado de la calle, en el reputado Cementerio de Los Ilustres, donde están los mausoleos de Farabundo Martí, Salarrué, tu comandante Shafick, Mangoré, Morena Celarié, Roberto d’Aubuisson, Francisco Morazán, Gerardo Barrios, Salvador Mendieta, Enrique Araujo, Arturo Ambrogi, Alfredo Espino, y todos los héroes clasemedieros y burgueses que conquistaron la inmortalidad en esta herida, negra y profunda, llamada El Salvador.

Cuando por fin la encontraste, su lápida estaba cubierta de polvo y tierra, la cruz torcida a un lado. Apenas se leía el número y su nombre en el epitafio: Esperanza Gonzales de Barrientos 1942-2012. La limpiaste con los dedos y te sentaste a un lado. Acto seguido, te cercioraste de que no hubiera gente en los alrededores. Por fortuna estabas solo. Casi podías tocar el silencio del aire con los dedos. El cementerio era horrible pero la paz y tranquilidad que brotaban de sus sepulcros te parecieron una cosa hermosa. Te imaginaste en una playa desierta, pero llena de muertos. Una inmensa multitud de ellos esperando penetrar el olvido, y vos ahí como único testigo. Primero, le pediste disculpas por no haber hecho lo suficiente para conseguir más dinero y no enterrarla en San Marcos, o en el cementerio Monseñor Romero. Le confesaste que bien pudiste conseguir dinero prestado, pero que se te metió la pendejada de clase, y pensaste que, dado que siempre habían sido pobres, sus huesos tendrían que estar entre el pueblo, pero con el pueblo de bien abajo, que era de donde provenía ella. Nada de pendejadas pequeñoburguesas, ni arribistas de clase media, como enterrarla en el cementerio Jardín de Flores. Recalcaste que cuando vos murieras también querías que te enterraran en un lugar como ese. Y que confiabas en que el tal Julio Torres, con quien ella compartía el nicho, no fuera un señor aburrido, sino una buena compañía, un gran conversador como ella. Eso lo proferiste como queriendo que él también te escuchara. Después pasaste a relatarle cosas que podrían alegrarla: que, por fin, habías terminado la tesis y te habías graduado de la maldita universidad. Que ya no trabajabas como repartidor de pizzas porque habías conseguido un trabajo decente. Que todavía vivías en la Zacamil, en el mismo apartamento de la cuarta planta al que se le tapaban las tuberías en época de lluvias y apestaba a mierda a causa de la humedad, pero que era por decisión propia, porque con tu nuevo salario bien podías vivir en una mejor zona. Agregaste que los mareros de ahí ya te conocían, no se metían con vos, te consideraban alguien local y eso te hacía sentir seguro. Le comentaste que, después de que ella murió, ganaste un certamen universitario de poesía. Que no era la gran cosa, pero que para vos significaba algo, dado que nunca te habían galardonado por semejante vómito verbal. Sorpresa, además, para ella, que nunca leyó nada tuyo, que se fue a la tumba sin saber que dentro de vos se encontraba enterrado un ser sensible, un ser artístico, capaz de volcar, aun con todos sus errores ortográficos y su indisciplina, toda su hemorragia interna y su caos hacia el lenguaje. Le explicaste que vos tampoco lo sabías, que por eso habías traído algo para leerle. En seguida, le contaste algunas mentiras: que tenías una novia fija a quien le hubiera encantado conocer y con quien, a lo mejor, te animabas a tener hijos porque ella siempre quiso ser abuela y nunca pudo. Que habías dejado de fumar. Que habías estado yendo a ver a tu hermano a la cárcel con regularidad para llevarle ropa y comida. Después de esa última falsedad, te diste cuenta de que eras un idiota, a los muertos es imposible mentirles. Se supone que son espectros incorpóreos para quienes no existe tiempo ni espacio, que atraviesan paredes y leen nuestros pensamientos, que se desplazan sin desintegrase de un lugar a otro en segundos, y pueden mirar a los vivos cuando están solos en su desnudez. Te sentiste una mierda. Mejor le confesaste la verdad. Le dijiste que te perdonara, pero que por el momento no te reconciliarías con tu hermano y tal vez nunca lo harías. Le aclaraste que no tenía nada que ver con ella. Era solo que el odio no se puede extirpar tan fácil, de la noche a la mañana. Mejor le cambiaste el tema. Le expresaste que siempre le estarías agradecido por no haberte dejado morir, por haberte dado complejo B 12 e hígado crudo cuando tenías anemia, después de que los parásitos se comieron tus glóbulos rojos. Le comentaste que nadie hacía la sopa de frijoles, tan deliciosa como la hacía ella. Y de paso, le pediste perdón por la vez en que, afuera de la escuela, al salir de clases, le dijiste que te avergonzaba que pasara a recogerte porque vos ya tenías 11 años, y todos los machitos de tu edad te hacían burla porque ellos regresaban solos en el bus colectivo hasta sus casas. Imposible olvidar su rostro doloroso de esa tarde. Por eso, al decirle eso, la voz se te quebró y empezaste a llorar. La nariz se te inundó de mocos y lágrimas saladas. Tu cuerpo adquirió la misma levedad del aire. Permaneciste ahí derramándote en silencio sobre la tierra seca hasta sentir que el llanto enjuagó toda la costra oscurecida de tu alma.  Sonaste tu nariz con la mano y te limpiaste las lágrimas con el ruedo de tu camisa. Luego sacaste unas páginas. Le anunciaste que le leerías un poema que habías escrito para ella. Al terminar de leerlo buscaste la salida y te encontraste con el sepulturero que se parecía a Jack Nicholson. Él te había estado observando desde lejos. Se acercó con su pecho desabotonado y peludo. Te dijo que si querías él podía limpiar y pintar la lapida de Esperanza, para que no se viera tan descuidada. Le enderezaría la cruz y le haría un surco alrededor. Te cobraría un precio que el consideraba absurdo, un regalo: 4 dólares. Vos lo viste a la cara con tus ojos enrojecidos debajo de tus lentes negros, y, sin decir una palabra, sacaste un billete de tu bolsa y se lo diste.

Luego te fuiste y nunca regresaste a ese horrible cementerio. Habías dicho todo lo que tenías que decirle a Esperanza. Por eso, este 2 de noviembre, como todos los anteriores y lo venideros, cuando la tía Marta llama para invitarte a enflorarla, preferís mentirle y encerrarte en tu apartamento a encarar su recuerdo doloroso a solas.

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Allan Barrera es un escritor salvadoreño que desde el año pasado vive en la Ciudad de México. Tiene 34 años y el 13 de mayo recibió, en Costa Rica, el VII Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve por su cuento "2 de noviembre". Se convirtió en el segundo salvadoreño que, de forma consecutiva, gana este galardón para escritores jóvenes.