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- Poesía ante la incertidumbre. Antología de nuevos poetas en español. Incluye a Raquel Lanseros (España), Daniel Rodríguez Moya (España), Fernando Valverde (España), Andrea Cote (Colombia), Francisco Ruíz Udiel (Nicaragua), Jorge Galán (El Salvador), Ana Wajszczuk (Argentina), Alí Calderón (México)
- El diablo sabe mi nombre, de Jacinta Escudos
- Los Culpables, de Juan Villoro
- Cómo estar solo, de Jonathan Franzen
- Sonata inconclusa participa en el Festival Internacional de Cine de Huesca
- "Haga que esto dure", nota de Enrique Krauze en solidaridad con Javier Sicilia
Poesía ante la incertidumbre. Antología de nuevos poetas en español.
Raquel Lanseros, Daniel Rodríguez Moya Fernando Valverde, Andrea Cote, Francisco Ruiz Udiel, Jorge Galán, Ana Wajszczuk, Alí Calderón
Juan Manuel Roca
Elegir una preposición a la hora de titular un libro, algo que visto al paso parecería insustancial, implica de entrada una postura moral en un momento de la historia abonado por la incertidumbre.
La expresión "poesía ante la incertidumbre", y no contra la incertidumbre, esboza un deseo de hacer claridad con la más cotidiana de las herramientas, una palabra inscrita en la lengua de Machado y Gil de Biedma, de Miguel Hernández y Gonzalo Rojas, como quien dice en una alta tradición refractaria al purismo y a la atracción por un mundo ensimismado.
No se trata de un rechazo de la duda que pregunta, hasta la muerte porta su hoz como si fuera un gran interrogante. Más bien resulta un acto de reflexión que no le otorga a la incertidumbre un rango de inobjetable certeza.
Hay en estos poetas un diálogo con la incertidumbre, una conversación que no parte del aserto sobre el que prevenía Zaratustra: "remover las aguas para parecer profundo", algo de frecuente recibo en algunas tendencias líricas que, sin mundos que expresar, se esconden tras una niebla de palabras.
Sin que se trate de un asunto programático a estos poetas los hermana el despojo, la pesquisa y el encuento de la palabra justa en el inmenso pajar del lenguaje.
Más no por desacralizadora y cotidiana esta poesía abandona el rigor. A lo que no acuden estos poetas es a los simulados hermetismos, a esa vieja herencia de aquel que se ahogó en su propio reflejo, en las aguas de su propio deslumbramiento.
"La poesía es algo que anda por la calle", decía García Lorca. Muchos de estos poemas nacen en la calle y desembocan en el libro, en una actitud que tiende puentes entre la intimidad y la intemperie, entre el adentro y el afuera de una mirada que tiene como centro al hombre, sus anhelos y miserias.
El diablo sabe mi nombre
Jacinta Escudos
Mario Martz D´León
«En las tardes de calor me convierto en cocodrilo». ¿Qué es esto? Un cuento. Sí. Un cuento, y otro cuento, y ésta frase (la primera línea de lo que acaban de leer) es el inicio del cuento «Yo, cocodrilo» que forma parte del libro de relatos «El diablo sabe mi nombre» de la escritora salvadoreña Jacinta Escudos, que publica la editorial costarricense Uruk Editores, en su colección «Sulayom». La obra de esta escritora salvadoreña contempla diversos géneros literarios, que van desde cuentos, poesía, crónica y ensayo; fue merecedora del I Premio Centroamericano de Novela “Mario Monteforte Toledo” con su novela A-B Sudario que posteriormente la editorial Alfaguara publicó en el 2003.
Si mi memoria no me falla, la primera vez que supe de Jacinta Escudos fue cuando leí un cuento suyo —que no recuerdo su nombre, por cierto— en la desaparecida revista de creación literaria El ángel pobre, que dirigía a finales de los años noventa el escritor guatemalteco-nicaragüense Franz Galich, autor de la novela «Managua Salsa City». En esa ocasión Jacinta Escudos publicaba un cuento y contaba de cómo ese texto sobrevivió al comentario crítico del escritor Sergio Ramírez cuando ella se encontraba en un taller con el autor de La fugitiva. El cuento resistió, según creo recordar el comentario de Escudos, a más de una revisión, y no me extrañaría que ese cuento se encuentra entre las sombras de los catorce relatos que integran este libro, escritos entre 1995 y 2003 por diferentes ciudades, entre ellas Managua, Lagenbroich y San Salvador; los escenarios son difícil de identificar, salvo Francia y Alemania donde la autora se le adelanta al fracasado profeta y mal entonado empresario Harold Camping, en un cuento que se titula «Días del fin»: “Las cosas están ocurriendo con la suficiente lentitud como para que todos tomemos conciencia de lo que está pasando: el fin del mundo ha comenzado”.
Me remito a esta experiencia, porque desde que leí el primer cuento de este libro vino a mí la sombra de Borges a como vino la historia de ese cuento que publicaba la ya mencionada revista. Los cuentos aquí reunidos comparten el común interés de abordar el doblaje de la subsistencia humana, expresado con el dominador “borgeano” de la “pluralidad del yo y de las múltiples temporalidades” que adquiere un registro subjetivo del relato. Los personajes (en su mayoría mujeres) experimentan transformaciones, como la de una mujer convertida en hombre tras haberse enamorado o un hombre que se empareja con los insectos.
Se trata, en resumen, de un plato textual exquisito de una escritora que deja entrever que (a pesar de que existan pocas editoriales internacionales interesadas en publicar a escritores de la región) en Centroamérica se sigue intentando escribir buena literatura después de leer a Tito Monterroso o a Rodrigo Rey Rosa.
Los Culpables
Juan Villoro
Joel Flores
Existe en México una tradición del género cuento que podría configurarse en dos vertientes, por un lado están los narradores que reviven el realismo sucio norteamericano, cuyo registro se encuentra en Chejov y sus herederos son Carver o Cheever; y por el otro están aquellos que cristalizan el imaginario de Río de la Plata, la poética de Cortázar y Borges, en la intertextualidad y la hibridación de géneros. Basta evocar a Guillermo Fadanelli para no prescindir de un ejemplo sobre lo primero, o los cuentos de Álvaro Enrigue en Hipotermia para dialogar sobre lo segundo.
Sin embargo existe, también, una tendencia distinta en esta tradición narrativa que retoma ambos imaginarios y los entrecruza y ciñe, como si de dos gruesos listones se tratara, para presentarlos bajo los destellos de lo nuevo. Me refiero sobre todo a una literatura que no se anquilosa al atender sólo al artificio, el cómo narrar las historias, sino que escucha o busca ser testigo de los conflictos que arrecian a un país, sus disfuncionalidades, los sectores marginados o donde más se encrudece la violencia y el odio de los seres humanos. Un ejemplo es el libro de relatos Los Culpables, de Juan Villoro (1956), publicado por la editorial Almadía, en 2007.
En el compendio, urdido por siete piezas narrativas, leemos un México donde todo contrasta: la miseria con la riqueza; los sueños de dos hermanos de convertirse en cineastas de la frontera con Norteamérica, con la falsa virilidad de un mariachi que lo tiene todo, pero se niega a ser mariachi.
Descubrimos, también, que México tiene temas capitales, la corrupción, la múltiple identidad de sus habitantes, el malinchismo, la traición, lo que una y otra vez sale en la prensa nacional e internacional, lo terrible que para artistas como Artaud, Breton o Buñuel parecía mágico, surreal y para nosotros, los mexicanos, una pesadilla.
Los culpables son personajes que asimilan su contexto y desean hallarle un fin, explorar, lucrar con lo que los rodea, como si la miseria que viven fuera una ‘historia en bruto’ que los sacará de la pobreza: El gringo “confiaba en el cine mexicano como en un intangible guacamole; había demasiado odio y demasiada pasión en la región para no aprovecharlos en la pantalla. En Arizona, los granjeros disparaban a los migrantes extraviados en sus territorios”, confiesa el narrador del relato “Los Culpables”.
Secuestros piratas, equipos de fútbol financiados por la mafia, iguanas que medían la libido de dos amigos y la chica que los acompaña en su viaje por el sur mexicano, un hombre que evade la realidad gracias a sus viajes en avión son algunas de las tramas que arman este libro, que fácilmente se configura como uno de los imprescindibles dentro de la tradición del cuento mexicano.
Las confesiones de Los culpables nos animan a aceptar que lo “buñuelesco” en México quiere decir algo horrendo que a la vez es mágico.
Cómo estar solo
Jonathan Franzen
Ulises Juárez Polanco
Encontrar un título al estilo de Cómo estar solo puede resultar chocante en un primer instante, después de todo, son millones los libros de autoayuda disponibles hoy día. Precisamente es eso lo que hace inmejorable esta recopilación de catorce ensayos de Jonathan Franzen (Chicago, 1959), considerado la voz de la actual narrativa norteamericana, después de la magnífica Las correcciones (The Corrections, 2001) y la aclamada mundialmente Freedom (Freedom, 2010).
¿Cómo puede el individuo sobrevivir en la actual sociedad de masas? ¿Qué rol juegan la masificación de la televisión y del internet en la actual sociedad del conocimiento? ¿Es en esta época de tecnología de punta donde se recupera la moralidad perdida, o se estrechan los frágiles lazos de familia? Y principalmente, ¿cuál es el rumbo de la novela actual y cómo puede el artista permanecer auténtico, libre, y en contacto consigo mismo cuando el entorno no se lo permite? Éstas y otras interrogantes son desarrolladas con una pluma magnífica, de prosa fluida y lucidez devastadora.
Ya sabíamos que Franzen es un fino arquitecto de la ficción. Ahora es tiempo de encontrarnos con el ensayista certero, quien explica en el texto introductorio que Cómo estar solo tiene como hilo conductor “el problema de preservar la individualidad y la complejidad en una cultura de masas ruidosa y que distrae: la cuestión de estar solo”. La individualidad de uno visto como el encuentro con el yo interior. Éste es un libro que no elogia ni hace panfleto por el aislacionismo o la soledad, al contrario, procura demostrar que éstos no deben de temerse y que el camino a la búsqueda de la felicidad comienza en la soledad. Para saber a dónde vamos debemos descubrir quiénes somos. Por eso Franzen hace un repaso de temas contemporáneos que van desde temas cercanos como la intimidad, los lazos familiares y la memoria, hasta ejes temáticos como la sociedad en la globalización y la lucha del artista para sobrevivir en ella. El emblemático ensayo “¿Por qué molestarse?” es un repaso introspectivo de Franzen y su visión de la novela, que causó revuelo en Estados Unidos cuando fue publicado en 1996, y sólo este texto justificaría el libro completo.
Pero este libro no procura convencer a golpes ni a gritos, sino a través de lo sugerente. Para abordar el tema de la memoria y los lazos familiares Franzen narra la experiencia con su padre, enfermo de Alzheimer (“El cerebro de mi padre”); para denunciar la corrupción y burocratización del estado recurre a la historia del servicio de correos de Chicago (“Extraviado en el correo”); si quiere enlazar la pasión por la lectura con la pasión carnal, lo hace en “Libros en la cama”. Cada una de las historias fluye de lo ordinario a lo extraordinario, no a través de rebuscados conceptos, pero a través de la elegancia en cada imagen. En algunos textos el autor elude sus verdaderos puntos de vista y asume ambos bandos, como en los ensayos sobre privacidad y el tabaco. No importa. Igual son textos que ponen a pensar a cualquiera.
El gran problema de nuestra sociedad actual (sociedad pop, llena de gadgets y reverenciadora de la televisión e internet) es que a todos no se nos permite disfrutar nuestra individualidad y en cambio se nos convierte en meros engranajes de una entidad corporativa masificadora. Así es como una lesbiana negra neoyorquina o un blanco baptista del sur, que a primera vista pueden parecer diferentes, son en realidad lo mismo: ambos “miran el show de Letterman todas las noches, ambos tienen problemas para encontrar seguros médicos, ambos juegan a la lotería, ambos sueñan con sus quince minutos de fama, ambos toman relajantes y ambos tienen un enamoramiento culpable por Uma Thurman”. El libro hace la conexión entre los aspectos triviales del entorno social y su efecto en la conciencia individual.
Todos parecemos ser los mismos. Y es por eso que debemos aprender a estar solos.
Sonata inconclusa participa en
el Festival Internacional de Cine de Huesca
Nuestro editor de Cine, el escritor y cineasta Ramiro Lacayo Deshón, recibió la feliz noticia que su documental Sonata inconclusa, "el peregrinar cotidiano de un poeta nicaragüense de la generación de los años 60, acechado por la soledad y la esquizofrenia", un estremecedor documental sobre el poeta Julio Cabrales, fue seleccionado para participar en el Festival Internacional de Cine de Huesca, en España, festival de gran prestigio entre los cineastas, y en España, ya que se inclina por los cortometrajes de ficción y documentales. Más información sobre esta documental, y el Festival Internacional de Cine de Huesca, en este enlace.
Solidaridad con Javier Sicilia
Haga que esto dure
Enrique Krauze
NOTA: El pasado 28 de marzo el hijo del escritor y periodista Javier Sicilia, Juan Francisco, fue encontrado muerto en Cuernavaca, Morelos, México, junto con otras seis personas. La Procuraduría General de Justicia del Estado de Morelos informó que el cuerpo de Juan Francisco Sicilia Ortega se encontraba atado de pies y manos con claros signos de tortura. La comunicad intelectual, artística así como organizaciones civiles de mujeres, derechos humanos y jóvenes, emplazaron al gobierno de Morelos a entregar “resultados consistentes” en torno al asesinato de siete personas –entre ellos el hijo del escritor Javier Sicilia—y llamaron a la ciudadanía a organizarse para frenar la ola de violencia que en la entidad arroja más 450 muertes violentas de diciembre de 2009 a la fecha. El mismo día, con un llamado a reconstruir el tejido social, el poeta Javier Sicilia, junto con los familiares de los jóvenes asesinados en Morelos el pasado 28 de marzo, convocó a la sociedad a “adueñarse del presente y decidir el destino y la nación que ustedes quieran”. Carátula comparte el dolor de Javier Sicilia y publica este nota de Enrique Krauze.
La marcha que encabezó Javier Sicilia el pasado 8 de mayo me recordó un episodio del vasconcelismo. Vasconcelos volvió a México en 1929 para encabezar un vasto movimiento cuyo objetivo era desplazar del poder a los generales e instaurar un liderazgo civil, pacífico y honesto. Acabar, en una palabra, con el "México bronco". A la jornada siguiente del atropello electoral, los vasconcelistas sintieron el vacío: ¿qué hacer? Se abrían varias alternativas: fundar un partido político civilista (consejo del joven Gómez Morin), convocar a una Revolución (la opción maderista), suicidarse heroicamente (como hizo Martí) o partir al exilio (continuar la odisea del "Ulises criollo").
Vasconcelos, como se sabe, optó por la última, y qué bueno: sin su destierro no hubiese escrito sus maravillosas memorias; pero en términos políticos, la mejor opción era la primera. El PAN hubiera nacido diez años antes, sin los pesados lastres fascistas y clericales que marcaron sus inicios. En esos días de incertidumbre, el intelectual más cercano a Vasconcelos, el licenciado Miguel Palacios Macedo, le pidió: "haga que esto dure". Vasconcelos le contestó tajante: "yo no soy Gandhi".
Vasconcelos no era Gandhi, Sicilia no es Vasconcelos, pero Sicilia, gran admirador de Gandhi, sí tiene la inspiración que se requiere para hacer que su movimiento dure. Y tiene mucho más; por ejemplo, un genuino temple religioso. Es hijo de los cambios del mundo católico a partir del Concilio Vaticano II: la prédica y práctica de Sergio Méndez Arceo, la Opción Preferencial por los Pobres, las Comunidades Eclesiales de Base. De gran importancia para él fue la obra y la presencia originalísima, renovadora y vigente, de Ivan Illich. Este ex sacerdote, filósofo del anarquismo católico, fundó CIDOC, institución liberadora que hizo converger creativamente a la religión, la filosofía y el psicoanálisis. Tengo entendido que estas corrientes intelectuales y religiosas orientan algunos libros de Sicilia así como las revistas que ha dirigido (primero Ixtus, ahora Conspiratio). Estas publicaciones han puesto hogar a la conversación entre la fe, la historia y la filosofía. En el mismo sentido, no es casual que Sicilia sea un editorialista regular en Proceso, semanario marcado por el mismo catolicismo social y progresista. Y no deja de ser significativo que la Meca de toda esa corriente espiritual fuese la ciudad de Cuernavaca, epicentro de la vida de Javier. De su vida y de su tragedia.
"Haga que esto dure". ¿Qué significa hoy este llamado para Javier Sicilia? Formalizar su organización cívica. Integrar en ella a los mexicanos que comparten directamente su pena (por haber sido ellos también víctimas del crimen) y a representantes independientes y plurales de la sociedad civil. Elegir un nombre adecuado, buscar el financiamiento (hasta por colecta pública), trabajar en dos sentidos -uno social, otro intelectual- para encarar, de abajo a arriba, lo que Sicilia ha llamado "la emergencia nacional".
En la primera vía, aunque no será candidato en el 2012 ni probablemente nunca, Sicilia no puede esquivar la significación social de su liderazgo. Su biografía y su legitimidad lo colocan en una buena posición para encauzar la iniciativa social contra el crimen en el país. Su perfil recuerda al Doctor Salvador Nava, que tras sufrir tortura por parte de las fuerzas de seguridad, orientó a los potosinos hacia el cambio democrático y fue -con su marcha estoica antes de su muerte- un personaje clave en la transición nacional. Ayer la prioridad fue la democracia; hoy es la seguridad, la sobrevivencia.
La segunda vía consiste en proponer ideas. Ideas, no rollos autocomplacientes, confusos, vindicativos, militantes, retóricos, dogmáticos. Ideas, no puños cerrados ni pancartas fáciles ni simples exclamaciones de hartazgo u odio. Penosamente, las ideas han faltado en el debate nacional sobre el crimen. Se requieren ideas concretas y prácticas, por ejemplo, en torno al seguimiento de los flujos financieros ilícitos, a las reformas del sistema jurídico y policial, al sistema penitenciario. Y se requiere también una reflexión de orden filosófico, en un sentido amplio. La brutal aparición (reaparición, diría un historiador que haya leído Los bandidos de Río Frío) del crimen organizado nos mantiene en un estado de shock que nos ha impedido pensar con claridad. Hay que responder preguntas clave: ¿cuáles son las raíces históricas de este problema?, ¿hasta qué punto ha sido un lastre nuestra concepción misma de justicia?, ¿qué consecuencias tendría la legalización de la droga?, ¿es posible imprimir un cambio drástico y arriesgado a nuestra relación bilateral con Estados Unidos para que el ciudadano común de aquel país advierta el daño brutal que sus vicios, su legislación, su inercia, su hipocresía y sus redes criminales, están causando en el nuestro?
El discurso de Sicilia en el Zócalo (reproducido por Proceso, ese mismo día) es un diagnóstico puntual de nuestra situación y un llamado moral estremecedor. Gandhi, pensador, político y profeta, no lo habría hecho mejor. El documento "Por un México en paz, con justicia y dignidad" contiene exigencias mínimas y compromisos que tocan temas mucho más amplios (económicos, educativos, sociales, mediáticos) para enfilarnos al rescate integral de nuestra casa común. El debate serio sobre estos temas (sin el dogmatismo y la politización que suele rodearlos) daría un seguimiento magnífico a la jornada del 8 de mayo. Pero cualquiera que sean los planteamientos, no podemos darnos el lujo de un pacifismo ingenuo y contraproducente. Sicilia tiene toda la razón en señalar que la "podredumbre" proviene de los tiempos del PRI. Tiene razón en responsabilizar a este gobierno de imprevisión e ineficacia. Y tiene razón en señalar que la Ley de Seguridad Nacional "no puede reducirse a un asunto militar". Pero en su fuero interno Sicilia no ignora, no puede ignorar, la irreductible maldad de los criminales. Y a ellos, pienso, no se les encara sino con la fuerza y la ley. Ésa es quizá la primera pregunta que debe contestar su fina y desgarrada conciencia religiosa: ¿cómo tratar con los asesinos de su hijo? La sociedad, necesitada de luz, esperanza y claridad, aguarda su respuesta. No se cuál será, pero le pido: haz que esto dure.
Poesía ante la incertidumbre. Antología de nuevos poetas en español.
Raquel Lanseros, Daniel Rodríguez Moya Fernando Valverde, Andrea Cote, Francisco Ruiz Udiel, Jorge Galán, Ana Wajszczuk, Alí Calderón
Varias ediciones disponibles.
Información: Página oficial
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El diablo sabe mi nombre
Jacinta Escudos
Uruk Editores
Costa Rica, 2008
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Los Culpables
Juan Villoro
Editorial Almadía
México, 2007
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Cómo estar solo
Jonathan Franzen
Seix Barral
España, 2003







