» Crítica
La tragedia del Congo
Escuchar el silencio
Moisés Elías Fuentes
Para Moisés Elías Fuentes ensayista y pertinente colaborador de caratula “uno de los aciertos de los editores del volumen La tragedia del Congo, estriba en reunir cuatro puntos de vista particulares sobre un mismo tema, porque cada uno desde su singularidad abre un debate nuevo y renovado sobre los Derechos Humanos, sobre la codicia y su contraparte, la generosidad…”, su texto Escuchar el silencio, de donde procede la anterior cita invita a la lectura del libro y da paso al redescubrimiento de la prosa de dos grandes de la literatura universal Mark Twain y Conan Doyle.

Es inevitable pensar en el hoy cuando se tiene acceso a un libro como La tragedia del Congo (Traducción de Susana Carral Martínez y Lorenzo F. Díaz. Alfaguara-Santillana Ediciones Generales-Ediciones del Viento. México, 2010. 410 pp.), volumen que reúne cuatro escritos redactados a la vista del genocidio sistematizado que planificó Leopoldo II de Bélgica para la explotación del caucho y otras materias primas en el Estado Libre del Congo, lo que disfrazó de labor filantrópica.
A lo largo de 410 páginas leemos los testimonios del horror que dejaron cuatro autores, curtidos en el ámbito de la crítica social, aunque todos de factura distinta. Dos británicos, uno de Escocia, el otro de Irlanda; dos estadounidenses, uno blanco, natural del Missouri esclavista, el otro negro, soldado de la Guerra de Secesión. Cuatro hombres diametralmente opuestos y sin embargo entrelazados por la convicción irrefutable de que la palabra intelectual, sea escrita o pronunciada, es el arma mejor calibrada para realizar una crítica social digna de tal nombre.
Digo que es inevitable pensar en el presente (al menos esa fue mi experiencia) a la vista de La tragedia del Congo no sólo porque la región de la que se ocupa, el África, sigue siendo devastada por la insaciable ambición de trasnacionales, provenientes en su mayoría de los países que en tiempos del capitalismo salvaje y el colonialismo fueron metrópolis de las naciones africanas, sino también porque continúa en vigencia, un siglo después de los hechos relatados en el libro, la aplicación desigual de la justicia, el implemento de planes económicos que promueven la marginación de amplios sectores de la sociedad y la escasa o nula presencia de seguridad social y de oportunidades educativas, medidas que se utilizaron y se utilizan para mantener desmoralizadas y despendoladas a las grandes masas sociales que, paradójicamente, son las que hacen posible, en tanto fuerzas de trabajo y de consumo, la generación de las riquezas que disfrutan de manera exclusiva las minorías privilegiadas.
Pastor protestante, historiador de la raza negra a la que orgullosamente pertenecía, George W(ashington) Williams (1849-1891) creyó en la sinceridad de Leopoldo II, de ahí que viajara al Estado Libre del Congo, con el plan de reintegrar al continente africano a los muchísimos esclavos que quedaron libres pero degradados y desempleados en Estados Unidos al final de la Guerra de Secesión. Sin embargo, lo que encontró el religioso e historiador fue una tenebrosa y despiadada organización jerarquizada, que se puso en marcha para garantizar ganancias estratosféricas a la parte superior de la pirámide, mientras dejaba en condiciones paupérrimas y brutalizadas al sustrato del que se servía.
Tan temprano como 1890, G.W. Williams publicó An Open Letter to His Serene Majesty Leopold II, King of the Belgians and Sovereign of the Independent State of Congo, por lo que se le considera entre los primeros occidentales en denunciar las iniquidades y corruptelas desatadas por Leopoldo II y sus adeptos para explotar la nación africana.
Otros hombres religiosos como Williams, misioneros ya católicos, ya protestantes, denunciaron a su vez los crímenes cometidos en escritos que hicieron llegar a sus órdenes e iglesias y que, en parte, funcionaron como referencias y fuentes de información para que Roger Casement (1864-1916) publicara, en 1903, The Congo Report, brillante informe diplomático redactado a instancias del gobierno británico para conocer, de parte de un funcionario suyo, la realidad que se vivía en el país centroafricano hacia aquello años. A la sazón cónsul con varios años en el Estado Libre del Congo, el irlandés Casement se adentró en aquel territorio con el fin de verificar una realidad que para él resultaba tristemente cotidiana.
Golpeado en la última etapa de su vida por tragedias familiares (la muerte de sus hijas, la invalidez física de su esposa) y por una situación financiera personal precaria, Samuel Clemens, mejor conocido como Mark Twain (1835-1910), no rehuyó sus convicciones ideológicas, sino que las acendró, como lo muestra King Leopold’s Soliloquy, agudo texto a medio camino entre el ensayo, la ficción narrativa y el teatro en que el monarca belga, al desacreditar a sus críticos y opositores, detractaba su proyecto “filantrópico” en tierra africana y, por ende, a sí mismo.
A diferencia de su colega estadounidense, cuando sir Arthur Conan Doyle (1859-1930) se adhirió a la causa humanitaria en pro del Congo no se hallaba en el nadir de su vida. Bien ganado su prestigio literario por la saga de Sherlok Holmes y por otras obras no menos logradas e inteligentes, Conan Doyle se comprendió insatisfecho en su fuero interno con la pura fama literaria. Un espíritu sensible como el suyo requería también apostar la ética por causas humanistas. The Crime of the Congo, editado en 1909, es el vasto reportaje de investigación que el natural de Escocia trabajó para acreditar las acusaciones que durante tantos años se habían venido exponiendo en contra de Leopoldo II y demás beneficiarios en el usufructo del caucho congolés.
Como se aprecia al revisar así sea someramente las biografías de estos cuatro autores, cada uno se interesó y ocupó del tema del Estado Libre del Congo por motivos variados y aun divergentes, lo que se devela a las claras al leer los testimonios reunidos en el volumen La tragedia del Congo y valorarlos tanto desde su aspecto ético como desde su expresión estética.
Menos ejercitados en lo referente a la prosa creativa, Williams y Casement hicieron uso de su experiencia como historiador el primero, y en la diplomacia el segundo. Tanto el pastor protestante como el cónsul británico se inclinaron, en lo posible, hacia la objetividad, consignando sólo hechos comprobables y exhibiendo en tanto rumores otros que no tuvieron oportunidad de cotejar personalmente.
Sabedores de que cualquier demostración de subjetividad ayudaba a los “plumíferos” a sueldo con que contaba Leopoldo II en periódicos de las principales capitales europeas, el estadounidense y el irlandés se cuidaron de no descubrir sus opiniones íntimas respecto del tema ni de revelar los sentimientos encontrados (furia, impotencia, sufrimiento) que sin lugar a dudas enfrentaron al comprender la farsa montada por la avaricia insaciable del hipócrita soberano.
Maestros de los ritmos narrativos, Conan Doyle y Twain no se preocupaban por contener sus reacciones emocionales, sino que las devinieron en la columna vertebral de los correspondientes escritos que dedicaron a la desventura congolesa.
Comprometido con las causas sociales como concernía a su conciencia de demócrata británico, Conan Doyle alzó su voz desde la civilización que para él representaba el mundo anglosajón. Decepcionado del capitalismo que se erguía en su nación, pero nunca entregado a la fácil misantropía, Twain levantó su voz desde la solidaridad humana más genuina, fruto de la compasión de un hombre que conoció en carne propia los disfavores de un sistema económico implacable, pero también la sincera caridad que se entraña en los hombres y las mujeres de a pie, los de todos los días.
La atroz noche del Congo fue una y la misma, aunque las formas de testimoniarla fueron muchas. Uno de los aciertos de los editores del volumen La tragedia del Congo estriba en reunir cuatro puntos de vista particulares sobre un mismo tema, porque cada uno desde su singularidad abre un debate nuevo y renovado sobre los Derechos Humanos, sobre la codicia y su contraparte, la generosidad.
Otro acierto señero del volumen es que recupera cuatro textos de crítica social desligados de posturas ideológicas o académicas. Williams, Casement, Conan Doyle y Twain son seres humanos que abogan por la dignidad de otros seres humanos, de manera llana y lisa, porque en efecto, toda crítica social verdadera (pienso en Franz Fannon, en doña Hebe de Bonafini, en José Saramago) no comienza con una postura ideológica o política beligerante, sino como compromiso humano con el ser humano. La ideología o la certeza política se transforman en instrumento del humanismo, que no en su principio y fin.
III
Apenas en su arranque la segunda década del siglo XXI, tenemos ante nosotros la emergencia de sociedades que regresan al foro público con el convencimiento de pertenecer a una comunidad, de ser comunidades con todo lo que la palabra implica: comunitario, común, comunión, comunicación.
Sobresaltada toda Europa por brutales medidas de austeridad con la que los gobiernos pretenden pasar a la sociedad civil el costo de políticas económicas irresponsables que los endeudaron más allá de su solvencia monetaria, los “indignados” españoles devienen en “indignados” griegos, franceses, italianos, británicos, lo que ha generado lazos de solidaridad, patriotismo y renovación del tejido social, lo que no se veía con tal ahínco quizás desde los días de la Segunda Guerra Mundial.
Reprimidos en su mayoría por regímenes de corte dictatorial y gerontocrático, los ciudadanos de a pie en muchos países norteafricanos y del próximo Oriente han tomado las calles para exigir su derecho a la existencia, ante la mirada aturdida de gobiernos acostumbrados a coartar con la cárcel o los rifles toda protesta.
Aun con la amenaza del desempleo o del terrorismo de estado, los pueblos de estas naciones europeas, africanas o asiáticas, están haciendo escuchar su voz y están dispuestos a morir por una causa que no es manipulada por ideologías demagógicas ni por radicalismos, sino por el simple deseo del bien común. El silencio de los pueblos, hecho de gritos desgarrados y de llantos asfixiados, retumba ahora de una forma ineludible. Es de necios no escucharlo.
Dije antes que es inevitable pensar en nuestro hoy al leer La tragedia del Congo. Sin pensar en su posición social o en su prestigio intelectual, Williams, Casement, Conan Doyle y Twain se comprometieron con el ser humano, no sólo del Congo, sino en general, porque donde se humilla la dignidad de un ser humano se humilla la de todos.
Los habitantes del Estado Libre del Congo no tenían voz propia, pero tuvieron voz a través de personajes como los reunidos en La tragedia del Congo. En la actualidad, somos los individuos quienes no tenemos voz, pero la vamos adquiriendo gracias a las voces de esas masas en emergencia que han traído de nueva cuenta a la memoria la certidumbre de que el primer derecho del ser humano, el que le da razón de ser y de existir, es el derecho a la dignidad, la personal y la colectiva.
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en esta edición de Crítica
⇒ AMALIA CHAVERRI: De la historia nacional a la intimidad histórica
⇒ MOISES ELIAS FUENTES: Escuchar el silencio
⇒ COREA TORRES: No me buscarías si no me hubieras encontrado (Texto después de Incurable, de David Huerta)
MOISÉS ELÍAS FUENTES
(Nicaragua, 1972). Poeta, ensayista y traductor. Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Universidad Nacional Autónoma de México. Actualmente maestrante de Estudios Latinoamericanos de la misma Universidad.
Ha colaborado en revistas y suplementos culturales de Nicaragua, México, España, Argentina y Venezuela, tanto impresas como virtuales:
En 2007 publicó el poemario De tantas vidas posibles, bajo el auspicio del Centro Nicaragüense de Escritores. En 2009 publicó, en colaboración con Guillermo Fernández Ampié, la traducción de Ciudad tropical y otros poemas, de Salomón de la Selva, bajo el sello de la Academia Nicaragüense de la Lengua. Radica en México D.F.
George W. Williams, Nacido en Pennsylvania 1849 y fallecido en Blackpool, Inglaterra. En algún momento de su juventud fue aprendiz de peluquero. Se integró al ejército de la Unión y luchó en la Guerra Civil Estadounidense. En 1870 se inscribe en el Newton Theological Institution y aquí está registrado como el primer estudiante graduado de raza negra. Estudió Derecho en Ohio, la historia lo consigna como el primer estadounidense negro electo a la Legislatura del estado de Ohio, de 1880 a 1881. Fundó la revista The Commoner en Washington, D.C. y es autor de Una historia de tropas negras en la Guerra de Rebelión y de La historia de la raza negra en los estados Unidos 1619-1880, que se considera como el inicio de la historia de los afroamericanos en Norteamérica. Pero además Williams es autor de la "Carta abierta a Su Serena Majestad Leopoldo II, rey de los belgas y soberano del Estado Independiente del Congo (1890), justo en una estancia en ese territorio africano, In this letter, he condemned the brutal and inhuman treatment the were suffering at the hands of the colonizers.que condenaba el trato brutal e inhumano padecido por los habitantes del Congo de manos de los colonizadores. Williams recordó al Rey belga que los todos delitos fueron cometidos en su nombre, convirtiéndose en tan culpable como los culpables reales. He appealed to the international community of the day to “call and create an International Commission to investigate the charges herein preferred in the name of Humanity ...” His charges and the reaction to them were discussed in the book, . Hizo un llamamiento a la comunidad internacional para “crear y llamar a una comisión internacional e investigar las acusaciones en este documento preferido en el nombre de la humanidad”.
Roger Casement,
Condenado y ejecutado en la horca por su participación en un envío de armas de Alemania a Irlanda durante el estallido de la I Guerra Mundial, se sabe que viajó a Alemania para negociar su apoyo a una Irlanda independiente, pero sus esfuerzos no dieron resultados porque numerosos irlandeses se alistaban de forma voluntaria con el ejército británico, y porque tampoco consiguió las armas prometidas. El barco que las transportaba jamás llegó a puerto. De regreso a Irlanda fue detenido, acusado de alta traición y ejecutado a pesar de las peticiones de amnistía de ilustres como Arthur Conan Doyle, William Butler Yeats y George Bernard Shaw.
Casement nació en Sandycove, cerca de Dublín, viajó a África en 1883, específicamente al Congo, donde trabajó en varias empresas. Convertido en diplomático británico fue amigo y compañero de viajes de Joseph Conrad por el río Congo, además de ser testigos de las crueldades cometidas los malos tratos a que era sometida la población nativa y las catastróficas consecuencias del sistema de trabajos forzados en esa región bajo el mandato del Rey Leopoldo de Bélgica. Casement denunció esas atrocidades en el célebre Informe Casement sobre el Congo. Merced a su trabajo diplomático fue enviado a Santos, Brasil en 1906 justamente para verificar y denunciar las barbaridades cometidas contra los habitantes de esa zona y registradas en su Putumayo Black Book. Mario Vargas Llosa recupera un mucho de su memoria en la novela El sueño del Celta.
Mark Twain, nació en Florida, Missouri en 1835 y falleció en Redding, Connecticut 1910. Su verdadero nombre es Samuel Langhorne Clemens. Huérfano de padre a los 12 años comenzó a trabajar como aprendiz de tipógrafo, después de imprenta, dándose de alta como tipógrafo. Ejerció varios oficios en una vida excitante y aventurera: piloto de barco de vapor, soldado de la Confederación, comerciante de maderas, minero, y a últimas deviene en periodista. Desde temprana edad tiene relación con la literatura escribiendo relatos de viaje hasta convertirse en uno de los escritores de mayor trascendencia de los Estados Unidos, su obra prolija contiene historias : Los inocentes en el extranjero (Guía para viajeros inocentes), (1869); Una vida dura, (1872); Las aventuras de Tom Sawyer, (1876); Los perros del ocaso, (1878); Un vagabundo en el extranjero, (1880); Príncipe y mendigo, (1882); Las aventuras de Huckleberry Finn, (1885); Un yanqui en la corte del Rey Arturo, (1889). A decir de estudiosos y críticos Twain dueño de una vena irónica a más no poder la agudizó de tal manera hasta mostrarse con una imagen negativa del mundo y del hombre en sus textos, El hombre que corrompió Hadleyburg, (1900); Soliloquio del Rey Leopoldo: una defensa de su dominio del Congo, (1905) y ¿Qué es el hombre?, (1917).
Sir Arthur Conan Doyle, por principio de cuentas médico y después escritor. De origen escocés nació en 1859 en Edimburgo y murió en Crowborough, Inglaterra. Creador del famoso detective de la cachucha Sherlock Holmes y de su fiel ayudante el Dr. Watson. Ambos personajes nacidos al amparo de la historia La mancha escarlata (1882) pero que continuaron la saga en otros títulos por demás exitosos. Dueño de una obra por demás prolífica, entre sus títulos más importantes destacan las novelas de su heterónimo George Edward Challenger: El mundo perdido, (1912); La zona ponzoñosa, (1913); Cuando la tierra lanzó alaridos y La máquina desintegradora. Las novelas históricas: La compañía blanca; Rodney Stone; Las hazañas del Brigadier Gerard. Y otras obras con temáticas distintas: El misterio de Cloomber (1889); El gran experimento de Keimplatz (1890); La tragedia del Korosko (1898); A través del velo (1907); The crime of the Congo (1909); Cuentos de la penumbra y lo invisible (1919); El abismo de Marakot (1929).






