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“He visto”: poética y espectro en el ángel-migrante en poema corto de Libro centroamericano de los muertos

16 julio, 2019

Este trabajo ofrece un itinerario afectivo a partir del mapa del poema “Migrantes ‘abarrotan’ La Bestia”, incluido en Libro centroamericano de los muertos (2018), de Balam Rodrigo, que, partiendo de la voz del he visto como figura-eje catalizador ante la imposibilidad de contar, recurre a la poética, no para descifrar, sino para ampliar-ahondar en su potencial testimonial. Por esta razón, el “he visto” hace uso de la metáfora del migrante que es ángel, no para afirmar, sino para sugerir espectros en la brutal ruta que atraviesa la geografía mexicana en camino al norte, que —según— es también el camino hacia el progreso. Asimismo, mi ensayo pretende lograr una lectura del poema de Balam Rodrigo que dilucide la poderosa agenda poética-política contenida en apenas dos versos.


Ramón César Méndez

Los muertos hablan en Libro centroamericano de los muertos (2018) de Balam Rodrigo. Poemario palimpsesto y letanía de agravios que dialoga con Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Fray Bartolomé de Las Casas.  El poeta interviene el texto para adaptarlo a manera de que lo destruido es Centroamérica, iteración actual de las Américas. Sus versos intercalan crónicas y testimonios mediante las voces de migrantes y, a veces, los recuerdos de niño del poeta en Soconusco, cerca de la frontera entre México y Guatemala. Dicho libro está estructurado en secciones, cada uno representante de un país mesoamericano, cada uno presentado como “Álbum familiar centroamericano”.  A un tercio de libro, “Migrantes ‘abarrotan’ La Bestia”, poema de apenas dos versos: “He visto a los ángeles caer y desplumarse/ sobre rieles quemados por hileras de sangre.”   Y sí, los muertos hablan. El migrante-ángel-muerto de este poema, a su vez, es testigo. El migrante que es ángel abatido es espectro catalizador en el poemario de Balam Rodrigo ¿Por qué, entonces, a mitad de lo que se percibe como un trabajo comprometido con testimoniar la áspera realidad de las migraciones centroamericanas rumbo a Estados Unidos surge la figura apolínea del ángel?

Este trabajo ofrece un itinerario afectivo a partir del mapa del poema “Migrantes ‘abarrotan’ La Bestia”, que, partiendo del “He visto” como voz-eje catalizador ante la imposibilidad de contar, recurre a la poética, no para descifrar, sino para ampliar-ahondar en los límites de la palabra que nos habrá de llevar a otro lugar, siempre a otro destilar. El “he visto”, utilizado por única vez en el poema, a expensas de estar pero no estar, está-estuvo en su haber visto y ante la imposibilidad de dar nombre a lo que el trauma y el tiempo nublan, poetiza, recurre a la poética del migrante que es ángel para sugerir otros marcos que saturan de sentidos el periplo de emigrar al norte. Primeramente, quiero indagar-profundizar en el campo del “He visto” testimonial cuyo eje relator, limitado, a propósito de situarse como testigo a distancia, propone dar pauta mediante la ambivalencia poética para sugerir y suscitar otras vías que hacen inteligibles la figura social del espectro. Segundo, siguiendo el itinerario referencial de la poética, reparo en la figura del ángel, metáfora del migrante, al mismo tiempo, etimología de mensajero; al mismo tiempo, lo pienso a partir de “el ángel de la historia” que aparece en la novena tesis de Tesis sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin. Tercero, propongo que mediante la poética que hace posible que los acaecidos migrantes-ángeles atestiguados por el testimonio del he visto sean también ángeles de la historia, nace el haunting; figura social del espectro que acecha el presente tiñéndolo de pasado y futuro anterior; es decir, futuro con un pasado que lo acecha. En suma, la voz del he visto ya vio a los futuros acaecidos que estarán por ver; quiero decir, los que habrán de ver. Los que ahora también ven. Repito: “He visto a los ángeles caer y desplumarse/ sobre rieles quemados por hileras de sangre.”

Primeramente, el “He visto” testimonial del primer verso es sumario y punto de locución que anuncia la letanía de aniquilaciones de centroamericanos huyendo de una primera aniquilación: aquella que lleva ejecutando el estado-nación y las políticas de mercado desde décadas atrás. Esta es la primera y única ocasión en que se emplea el verbo ver en pretérito perfecto compuesto en todo el poemario; ningún tiempo verbal abarca más eficazmente pasado y presente. Por esta razón, es crucial este poema a pesar de su breve extensión. El “he visto” sitúa al poeta-narrador, o mejor dicho, su voz, como eje relator del poema, informante que ha visto y que ve, que ha sido testigo y que cabe la posibilidad de que lo siga siendo. Pero siendo que su haber visto corresponde a la memoria y su contar cuenta con ese haber visto de la memoria estamos ante el registro incierto e impreciso de recordar. Siendo así, ¿cómo ser testigo? Aunado a esto, Primo Levi escribe.

I must repeat: we, the survivors, are not the true witnesses . . . We survivors are not only an exiguous but also an anomalous minority: we are those who by their prevarications or abilities or good luck did not touch bottom. Those who did so, those who saw the Gorgon, have not returned to tell about it or have returned mute, but they are . . . the complete witnesses, the ones whose deposition would have a general significance. They are the rule, we are the exception» (DS,83-84)

Quien cuenta, entonces, según Levi, es quien está para contarlo; es decir, quien vivió para contarlo. Asimismo,  el “he visto” testimonial delata su fracaso de antemano; el muerto es única epistemología, para Levi, único saber. Para ello, bastó el glacial terror del mirar de la Gorgona, haber volteado — asomado, atisbado, haber abierto los ojos cuando mejor era resguardarlos. Hay, sin embargo, en el poema de Balam Rodrigo la incertidumbre en cuanto a si la voz del “he visto” corresponde a la de un vivo o muerto. Quizá siendo éste un libro donde no hay voz viva que no pertenezca a un muerto, como en Comala, quien cuenta ya tampoco sabe dónde está parado. Aunque vivo. Aunque muerto. De tal forma, el poeta-testigo-muerto de este poema no viene siendo lo que Levi llama “el testigo absoluto”; éste, pareciera decir Balam Rodrigo, no existe, porque al momento de querer contar, ni el lenguaje que da forma al recuerdo ni el recuerdo que informa al lenguaje tienen claro, no lo que aconteció, sino el mecanismo secreto y absoluto de lo que aconteció. El testigo no sabe, imagina, pero imagina a partir de un juego de sombras y siluetas difuminadas de lo acontecido que acontecen en su mente. Logra, repentinamente, asir una de sus formas incompletas y desfiguradas, hasta sumar el valor para decir-escribir: he visto. Y con este verbo compuesto infiero que el eje relator y voz de este poema de apenas dos versos, a pesar de ser uno entre tantos muertos, carga a su vez con la responsabilidad de contar, por ser el único a lo largo del poemario en recurrir al compuesto en pretérito perfecto y no al simple pretérito. Y por eso, reitero que, no obstante de que es un muerto el que cuenta, no corresponde —como ya dije— al testigo completo que comenta Levi. Y no corresponde porque, precisamente, en el momento de erigirse testigo a partir del “he visto” lo que emerge es el referente, o fuente secundaria; es decir, el que en vez de contar lo que vio, primero se siente impelido a contarnos que vio lo que va a contar, pero ese ver ya no nos garantiza el pasado, más bien, una fantasía. Es decir, no es lo mismo anunciar que has visto que algo sucedió a narrar inmediatamente ese suceder. El espacio entre el ver y lo visto ya implica el desfasamiento de lo Real.

El he visto, que también es un muerto, no reposa, cruje inquieto y, convertida su condición en exceso, la ración de pasado que no se puede amordazar, habla desde su imposibilidad, desde su rastro. Es espectro. Pero este espectro es la fantasía-escenario que surge de la imposibilidad de relatar. ¿Cómo intentar, entonces, contar la historia de mujeres y hombres, migrantes, la mayoría centroamericanos, sus cuerpos a merced de aduanales, ejército, policías, traficantes, narcotraficantes, coyotes, las inclemencias de un infernal trayecto de paisajes húmedos, paisajes secos, que, de antemano, no todos lograrán recorrer? Imposible. El muerto, que son todos los migrantes muertos del poemario en este escueto poema de Balam Rodrigo, suspira “he visto”  y lo que sigue corresponde al cifrado espectral de la poética, línea de sombra que traza una luz posterior a lo que fue o ha sido. Nuevamente: He visto a los ángeles caer y desplumarse/ sobre rieles quemados por hileras de sangre.”

Por consiguiente, paso a mi segundo punto, paso del poeta-testigo-muerto-relator del he visto a la figura del ángel que, en realidad, son ángeles y cuya distinción entre el singular y el plural es crucial porque el uno en voz del “he visto” prolifera en muchos. Quiero decir que el “he visto” es-son los muchos. Los hemos visto. Regreso a una de mis preguntas iniciales: ¿A qué se debe que, a mitad de lo que se percibe como una poesía comprometida con testimoniar la cruenta realidad de las migraciones centroamericanas rumbo a Estados Unidos, surja la figura del ángel? ¿Será que el “he visto”, en el exceso de su condición —y por exceso me refiero a lo que Judith Butler llama vida precaria no digna del duelo ajeno, invisibilizada, rezagada, olvidada, abstraída del discurso liberal-neoliberal—, imposibilitado de poder contar la historia sin desfase, recurre a la poesía, a Balam el poeta, y lo que encuentra no son migrantes como ángeles sino migrantes que son ángeles? No uno. Muchos. Cayendo. Desplumándose. Abatidos pues. Sobre vías, rieles ardientes, tecnología caduca y mortal que afila y perfila un sendero de sangre ni siquiera sacrificial para evocar al homo sacer de Agamben. Solo que no lo son. No el homo sacer. No si pensamos que sus muertes hablan en el momento que otro muerto los habla. No me refiero a que la poesía en tenor testimonial les da voz. Quiero decir que sus vidas son vericuetos de voces, hilos de una urdimbre trágica pero enunciativa. No es la vida real. Pero es su huella espectral, el haunting de la poética que vislumbra no una salida, mucho menos una solución, pero sí una disonancia en el discurso silenciador de los cuerpos centroamericanos que yacen destrozados en el camino.

La poética, entonces, ofrenda otra vía para decir. Esta misma fabula ángeles que, a su vez, también vieron algo antes de ser arrojados del tren del suicidio. Ángeles y ángel que pensado desde su providencia etimológica griega de “ángelus” tiene oficio de mensajero, heraldo, anunciador. Aunado a esto, para Los Tomistas, con mayor profundidad y sutileza, los ángeles son  espíritus vivientes, videntes, inteligencias manifiestas en su simplicidad. El mensajero, de pronto, no es sobrenatural.  Está entre nosotros. Surge a propósito de las diferencias que genera su presencia en medio de lo que sólo se puede concebir como la otra cara antinómica a la del migrante-ángel: el infierno o la boca de La Bestia en su trayecto por los paisajes y el largo discurrir de los fuegos sacrificiales de México. Cualquiera que fuera su mensaje truncado en vida, la muerte ofrece como haunting o espectro. Pero más adelanto vuelvo a este punto.

En el ya icónico ensayo nueve de su Tesis sobre la filosofía de la historia, Walter Benjamin lee el cuadro de Paul Klee, a su vez, titulado, Angelos Novus. En el cuadro de Klee, el ángel es figura talmúdica creada que sirve y renueva un cántico eterno ante Dios para después disolverse en la nada. No obstante, amplía y profundiza Benjamin sobre su figura:

En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo que le tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

El ángel de Klee, leído y apropiado por la mirada-pluma de Benjamin, está suspendido en su vuelo embelesado por el espectáculo atroz del pasado mientras la inercia brutal del futuro lo obliga hacia su hegemónica voluntad. Aquí la inquietante analogía del Progreso es también Paraíso; canto de sirena, canto que es chillido, chillido que es pasmo ante los pedazos del pasado. El He visto, en medio de su estupor, ha sido, como ahora ha visto a los que, a su vez, han sido arrastrados por el largo e inclemente tramo mexicano, lejos-cerca de la patria, que revuelto el estómago, los ha expulsado a lo largo de geografías inhóspitas. El ángel de la historia es-son los ángeles de la historia, son los inculpados en la escena del crimen que tiene autoría intelectual. Pero también quien, en palabras de Roberto Bolaño, inocente y envuelto en las plumas de la voluntad emprende el vuelo terrestre. Pero no inocente de ingenuo, sino inocente de quien no la debía ni la temía pero que la historia lo alcanzó poco antes de limpiarse las manos.

Tercero, el he visto es, a su vez, testigo de los que, en corto, habrán visto, de los que están por ver, de los migrantes, ángeles-mensajeros cuyo mensaje si bien en vida no llegó a su destinatario, como ya había dicho, la muerte ofrendará en forma de haunting, espectro. El ver del He visto, de Balam Rodrigo anuncia la semilla del pasado en el presente que siembra el pasado del futuro, futuro anterior, futuro antecedido por la cosecha de más hauntings, más espectros; un tiempo y una pérdida por venir en palabras de Judith Butler.

Los rieles en camino a El Progreso se pueden pensar como ese tiempo que es, pero que también viene, y perfila la pérdida por venir, los cuerpos por caer. Cabe decir que son ángeles, pues, caídos y desplumados sobre rieles quemados por hileras de sangre. Así, entonces, como la sangre ardiente quema los rieles, la sangre —se sugiere— es el exceso que permea el marco epistemológico de un avanzar hacia El Progreso. El exceso es un espectro. El espectro es una poética; el trémulo signo vital ansioso del sujeto que busca ser reconocido e interpretado.

Avery Gordon a propósito del espectro, escribe “Being haunted draws us affectively, sometimes against our will and always a bit magically, into the structure of feeling of a reality we come to experience, not as cold knowledge, but as transformative recognition.” (9) Es justo este signo vital una fuerza afectiva, cuya capacidad transformativa si bien no llena las lagunas del saber, las dota de un pulso enigmático haciendo del no saber otro tipo de saber. Consecuentemente, el he visto testigo de ángeles caer y desplumarse en infinitivo; es decir, cuyo caer no cesa, cuyo desplumarse no para, como si la memoria, escenario-fantasía se prestara para el teatro del deseo donde, más que perpetuar, busca conservar para poder contar los jirones de lo posible en el lenguaje de lo imposible; la poética que espectralmente tiñe de rojo las vías, los rieles, el camino de acero a la modernidad, y el chillido de El Progreso.

Para terminar, el itinerario que trazo a partir del poema “Migrantes ‘abarrotan’ La Bestia”, es uno de tantos, a veces accidental, siempre posible. Fibra luz entre tantos otros prismas narrativos, el mapa poético que se despliega mediante la voz-testimonio “he visto”, mediante la poética, amplía y potencia pistas por inventar en la escena del crimen, en otro de nuestros modelos del espanto mexicano: las carreteras camposantos de cuerpos de migrantes que son ángeles, tendidos, avasallados por las esquirlas de la detonación ensordecedora llamada “El progreso” y que confundimos por canto. La inscripción poética quizás no reacomoda aquello que la vorágine del pasado destruyó en vida, no obstante, palpa las amordazadas afonías que bullían ya bajo las aguas pantanosas del presente para liberar los murmullos de más “he visto”, pistas sembradas que a su vez siembran otras, y más, hasta hacer temblar la promesa de El progreso, La Bestia que brama y destruye, y nuestros estados-nación que ninguna otra opción nos dejan. Hacerlo temblar todo hasta el silencio. Escuchar la corriente de la historia, un respiro, redil en medio de las geografías sangrientas y las batallas que no cesan. Corriente, también, que no cesa. Que casi murmura, intacta, en un no del todo inteligible hilo entrecortado de voz lo que hemos visto.


Bibliografía

– Benjamin, Walter. Illuminations. New York. Harcourt Brace Jovanovich, Inc., 1968.

– Gordon, Avery F. Ghostly Matters: Haunting and the Sociological Imagination. New University of Minnesota Press edition, 2008.

– Levy, Primo. If This Is A Man. New York: The Orion Press, 1958.

– Rodrigo, Balam. “Migrantes ‘abarrotan’ La Bestia.” Libro centroamericano de los muertos. México: FCE, ICA, INBA, 2018.

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