[[File:Fidel Castro by Edmund S. Valtman.svg|Fidel_Castro_by_Edmund_S._Valtman]]
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Perfil. Fidel Castro: Te doy una canción

4 abril, 2022

Yo recuerdo, cuando chico, una canción. Recuerdo siempre, cuando chico, una canción. La canción decía:

                                  Te doy una canción y hago un discurso
                                  sobre mi derecho a hablar».

                                  Te doy una canción
                                  con mis dos manos,
                                  con las mismas de matar.

                                  Te doy una canción y digo
                                  patria y sigo hablando para ti.

                                  Te doy una canción como un disparo,
                                  como un libro,
                                  una palabra,
                                  una guerrilla,
                                  como doy el amor.

Esa canción de cuando chico, ya adulto, aún me eriza la piel del cuello y hace que muerda los labios y levante las cejas y me eche atrás con los brazos en la nuca como si eso no fuera una canción sino todas las revoluciones románticas que pude pelear. Un libro, un poema, una historia, un amor: en un momento de nuestras biografías sus significados adquieren la incandescencia del incendio y los vivimos con el pecho abierto; en otro, nos preguntamos cómo pudimos ser tan ingenuos o estúpidos o crédulos para caer en una trampa tan evidente. El amor y las revoluciones son engañosas; uno las goza, pero si perduran hasta desangrarse, acabas herido.

Esta canción fue para mí la Revolución Cubana y el Comandante Fidel. Y en esa misma canción –que no vi entonces, que veo ahora– estaba también El Autócrata Fidel. Cuando joven, Fidel era un héroe romántico; pasaron los años y se convirtió en un héroe romano. Las palabras dicen mucho: en la cercanía nos llamamos por el nombre; en la distancia va el frío de los apellidos. Fidel acabó en Castro.

En aquella canción estuvo toda la Revolución desde siempre pero sólo el tiempo me desveló el artificio. Cuando niñato, yo leía en ella que canción y discurso eran amor porque sí, que hablar era una defensa cerrada de un derecho elemental, que decir patria tenía que hincharte –como hinchaba– el pecho. Canción + patria + libro + palabra + amor solapaban el lado oscuro de la luna. No veía, como los años me dirían, que detrás del libro había un cuento y tras el cuento se escondía un disparo y detrás de la palabra una guerrilla y la guerrilla habría de acabar como una casta. Y no se veía que aquel amor, en el fondo, sería un amor duro, difícil. Golpeador.

Regresaremos a la muerte de Fidel porque para muchos de nosotros habrá sido el último acto de nuestra adolescencia eterna. Como si el pasado respirase entubado y en coma a la espera de que alguien –no uno– lo desconecte. La noche de su muerte este fue mi obituario geográfico: reíamos y bebíamos mezcal y cerveza y comíamos pulpo a las brasas en un restaurante hipster de la Colonia Roma de Ciudad de México entre periodistas españoles, mexicanos y yo, el argentino, remedo guevarista con la espalda cansada y menos ganas de pelear una revuelta que de dormir una siesta. Uno abrió Twitter y una cornucopia se abrió a nosotros. Había muerto Fidel. El Comandante. El Autócrata. El dueño de Cuba.

Brindamos. Chocamos copas, supongo, por la adolescencia y el fracaso de los sueños. Cerramos la puerta echando la última mirada a quienes fuimos. ¿Quién no quiere una vida más justa, quién no se defrauda cuando quienes dicen que lo escribirán resultan unos rufianes? Si hubo lágrimas fueron secas, pero creo que en general nos envolvía más el recogimiento que la congoja. Sabíamos que acontecería. El obituario de Castro se reescribió durante veinte años.

El clima de aflicción acabó pocos minutos después cuando alguien habló de una muerte digna, y esa sola asunción –Castro yéndose auspiciado por alguna forma del heroísmo– abrió el camino a una batallita retórica. Una discusión a trompicones –mesero, más mezcal–, amable, jamás acre. Los tópicos de siempre estuvieron allí: la Cuba educada versus la América Latina analfabeta, la Cuba resistente versus el imperio, la Cuba digna versus las naciones donde las derechas se adueñaron de la Historia. Al cabo, en esa discusión la canción de cuando niños dejó de sonar por el lado amable de patria + libro + palabra + amor, y crujió. La Cuba romántica de Fidel nunca fue sin su anverso de la Cuba autoritaria de Castro.

La muerte de Fidel fue dejar ir. Como al abuelo entubado –dejar ir–. Un coma profundo –dejar ir–. El cerebro vegetativo –dejar ir–. La muerte de Fidel fue una muerte lenta, diaria, en cuotas, exhibicionista: seguida a través del cristal de la pecera donde flotaba, sola, Cuba. Fidel parecía querer aferrarse a la Historia como si ella pudiera darle un milagro o existiese un acuerdo que le garantizase el infinito, en el poder o en el bronce. Y murió como no mueren los héroes románticos sino los dictadores, de viejo chupado antes que con la verga enhiesta, juvenil y enhiesta. Fidel no murió por la causa: la causa fue su muerte. El Fidel romántico acabó como el Castro romano: consumido por el poder absoluto, dueño y creyente, místico y mesiánico, de que Cuba sólo podía ser manejada por un grupo de revolucionarios de geriátrico, demodé, agónicos.

He franqueado la mayor parte de mis años en un tironeo con Castro y la Revolución. Mi yo romántico era desinformado porque para eso es el amor heroico, para enterrarse hasta los huevos y las tetas sin pensar. Mi yo racional entendió pronto que uno puede querer hasta el capricho, pero si ante tus ojos no hay sino un gran engaño, es mejor romper lanzas, desmigajar el corazón y tomarse el buque a otra parte. Es enfermizo: ese amor primario, piensa uno, podría haber sido distinto si. Y entonces la revolución se convierte en un ejercicio de verbos en condicional –de materialidades condicionales: una suma inagotable de y si. Igual ocurre con sus semidioses, vueltos una esfinge que precisa de puntualizaciones y de la voz oficial de los sacerdotes para ser comprendida a cabalidad.

No me resecarán la lengua ni las derechas ni El Imperio. Sus culpas miserables cuentan una gran porción de la historia de Cuba y su Revolución, un palmo de isla cercado por un bloqueo de rufianes que, con el afán dar una lección a sus cabecillas, condenó a sus habitantes. Y no diré más porque de las derechas no abono expectativas: cumplen su mandato a conciencia, el capital no les hará monumentos porque no hay mejor estatua que el dinero pagado por los servicios prestados. Esa fe no entra fácil por la puerta de mi parroquia. Más me interesa la izquierda, pues ella se presupone heredera de la verdad sana confrontada a la alienación y la –disculpen el exabrupto– falsa conciencia de las burguesías proimperialistas.

La izquierda latinoamericana, entonces, envalentonada en una superioridad intelectual que sólo ella se creyó, se ha permitido cobijarse en el ventajismo y el cinismo aun ante la evidencia de la corrosión. Le cantó mil canciones a la Cuba de Fidel a la vez que perdonó a la Cuba de Castro crímenes que jamás toleraría a las derechas de sus países: prisión al opositor, vejaciones, callar la voz disidente, éxodos de millones de hombres-mujeres-niños, hambres, privilegios de casta, homofobias, negación de las minorías, asesinatos políticos. Tomó menos tiempo a Estados Unidos levantar el bloqueo de facinerosos y comprender que es imprescindible lidiar con las miserias de la realpolitik para gestionar las necesidades de una nación que a las izquierdas quitarse la capa santurrona de la Inquisición política y admitir que, bueno, caramba, parece que los cubanos no hicieron todo taaan bien. El psicoprogresismo latinoamericano sigue encerrado en la canción adolescente donde patria + libro + palabra + amor esconden las balas sobre el adversario. Mientras enterramos a un hombre que manejó un país por cincuenta años, hay quienes creen que se puede conservar a Fidel sin Castro.

Pero ya. Uno, ya mayor, quisiera volver atrás y abrazar al romántico que fue: chico, ya pasó, así es esto. Y podría hasta dar El Sermón, una caterva de verdades tamizadas por la Historia que permitirían al chicuelo corregir, antes de que pase, la tropilla de errores que le bordarán el trasiego a la adultez. Pero no. Uno, en el futuro, comete el error de medir el pasado con una vara moderna. Los si hubiera proveen de una calma autocomplaciente. Pero el futuro –que es hoy– tiene una gran ventaja: uno ya no debe adivinar la Historia porque esa Historia acaba barriendo con cada pieza descolocada del pasado.

Puse la canción de Silvio al volver a mi hotel mexicano. Presté toda la atención que pude:

                                  Te doy una canción como un disparo,
                                  como un libro,
                                  una palabra,
                                  una guerrilla,
                                  como doy el amor.

Nada pasó. Me sonó afanosa, poética y, sobre todo, desprovista de la carga elegiaca que le suponía. Volvía a ser romántica, y el disparo no era un balazo de muerte ni la guerrilla un ejercicio destinado al fracaso ni las manos mataban. El universo cuya puertas abrían se convertía en metáforas de lo inmediato, lo espontáneo, lo pasmoso y contradictorio de querer y ser.

La puse como un réquiem a mi pasado –otro más–, no como un recuerdo del Hombre Nuevo muerto. La Historia ha atropellado otra de sus grandes minucias. Se van Fidel con Castro. Con su disparo, la palabra, esa guerrilla.

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Argentina, 1970.
Es escritor y editor, colaborador habitual de The New York Times. Ha publicado diversos libros, entre ellos Crecer a golpes (PRH, 2013); Tiembla (Almadía, 2017); Sam no es mi tío (Alfaguara, 2012); Hacer la América (Tusquets, 2014) y Hamsters (Libros del KO, 2012). Fue editor asociado de Etiqueta Negra y editor jefe de América Economía. Es maestro de la FNPI Gabriel García Márquez y enseña periodismo en Europa y América Latina.