Antonio Monte (1)

Lo gore: eje latente del capitalismo liberal

30 marzo, 2015

Antonio Monte

– La canción de Billie Holiday que abre este artículo nos relata un escenario común en el sur de los Estados Unidos durante los años treinta. Lentamente, la voz anginosa y profunda de Holiday nos describe la vista de los cuerpos de afroamericanos linchados…


Southern trees bear strange fruit,
Blood on the leaves and blood at the root,
Black bodies swinging in the southern breeze,
Strange fruit hanging from the poplar trees.
Pastoral scene of the gallant south,
The bulging eyes and the twisted mouth,
Scent of magnolias, sweet and fresh,
Then the sudden smell of burning flesh.
Here is fruit for the crows to pluck,
For the rain to gather, for the wind to suck,
For the sun to rot, for the trees to drop,
Here is a strange and bitter crop.
Strange Fruit, Billie Holiday

La canción de Billie Holiday que abre este artículo nos relata un escenario común en el sur de los Estados Unidos durante los años treinta. Lentamente, la voz anginosa y profunda de Holiday nos describe la vista de los cuerpos de afroamericanos linchados, pudriéndose en los árboles mientras los cuervos les arrancan los ojos abultados de sangre y el viento tira su carne podrida por el suelo, impregnando el aroma pastoral con un hedor a carroña. La melodía y el tono que le impone la cantante es tenebroso, pero el mismo silencio de la canción es una cuestión todavía más oscura. ¿Quién linchaba a estos hombres y mujeres? ¿Por qué? ¿Existió alguna razón justa para tal castigo? Responder estas preguntas es un tema con muchos matices y complejidades. No obstante, podemos afirmar que los hombres blancos que impulsaron estos actos de violencia pública atroz fueron los empresarios y emprendedores del sueño americano que algunos quieren alcanzar hoy.

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Retomé esta canción recientemente porque  leí sus imágenes a través de la influencia del libro de Sayak Valencia, Capitalismo Gore. El libro aborda el tema del surgimiento y consolidación del narcotráfico en Tijuana, zona fronteriza entre México y Estados Unidos. Valencia, nos muestra imágenes parecidas a los linchamientos sureños, solo que, en México, las mafias y los narcos apilan los cuerpos en las avenidas públicas. Los narcos guindan los cuerpos de los puentes, simulando el espectáculo macabro de los linchamientos, llenando el aire de las avenidas del mismo hedor que describe Holiday. Ambas formas de violencia se centran en los cuerpos y mantienen la característica esencial de mostrarlos masacrados en el espacio público; ambas, son el intento de los grupos dominantes por espectacularizar la violencia, de tal manera que sirva para someter a la ciudadanía.

El linchamiento y los decapitados de los narcos cumplen una función central, ser  un recordatorio constante del poder que afirma su dominio sobre sus vidas.  También, ambas formas de violencia fueron ejecutadas por sujetos cuyo fin era insertarse en la economía capitalista mundial, los empresarios blancos y los narcotraficantes mexicanos. El libro de Valencia nos sugiere la existencia de una relación íntima entre capitalismo y espactacularización de la violencia enfocada en el cuerpo masacrado.  En esa línea, la autora nos exige replantearnos ciertas preguntas e ideas respecto a la violencia, el Estado, la economía y el mercado, y nos presenta muchas interrogantes, algunas de las cuales discutimos dentro del grupo de estudios del IHNCA. Aquí quiero concentrarme solo en un aspecto que me parece fundamental para entender esta obra, y este es el cuerpo.

El libro de Valencia nos muestra el significado del cuerpo en nuestra sociedad, cuerpo que debe ser masacrado sistemáticamente, siguiendo una lógica definida que expone públicamente lo grotesco. Esta situación se da, especialmente, cuando la sociedad, empujada por el Estado Nación liberal, se somete al proceso de acumulación primaria de capital.   Por tanto, la principal circunstancia que yo quiero evaluar aquí es la de la acumulación primaria de capital y su íntima relación con la espectacularización de la violencia demostrada en el cuerpo mutilado.  Esta idea  me atrapó hace unas semanas de manera casual, en una plática informal con la Dra. Ileana Rodríguez mientras conducía por la Carretera Sur. Todo empezó cuando ella me dijo: “¿Cómo puede ser que a nosotras las científicas sociales se nos haya pasado por alto el cuerpo por tanto tiempo?”. Tal vez por mera casualidad, en esos mismos días abordaba el tema de las luchas sociales durante los años sesenta en Estados Unidos, en mi clase de Historia Contemporánea, y me topé con fotos de linchamientos sureños. Mientras observaba los cuerpos guindados de los árboles, fotografiados por blancos que posaban sonriendo ante la carnicería, devenida gore para decirlo con palabras de Valencia, sumido en la canción Strange Fruit de Billie Holiday,empecé a ver tales fotos grotescas muy similares a las  de los cadáveres acribillados por los carteles del narcotráfico en México. Con el pasar de los días, la distancia entre los Zetas y los hombres blancos de empresa norteamericanos se acortó, hasta el punto en que me era más difícil encontrar diferencias que similitudes. Y, como todo historiador que vuelve sobre los documentos y el archivo con nuevos ojos –siempre con el peso de evitar anacronismos y la presión de la objetividad como dice Eimeel Castillo[1]—retomé la película de Steve McQueen 12 años esclavo y la superpuse al texto de Valencia para revalorar el sentido de la acumulación primaria de capital, ancla de todo proceso de desarrollo económico moderno.

Voy a utilizar el texto de Valencia, junto con las película mencionada, para argumentar que el capitalismo no sólo significa la comercialización y alienación del trabajo y la mano de obra, como lo quieren los marxistas, sino que el ciclo de acumulación primaria de capital requiere de algo más profundo, la comercialización del cuerpo –mutilado o sensualizado—, última y primordial fuente de riqueza de cualquier actividad humana. A partir de esta idea, propongo otra problematización, argumentar que  el capitalismo requiere de la violencia brutal contra el cuerpo humano, hasta el punto de exigir su masacre pública y desmembrar su valor en carne y sangre. Este requisito, a su vez, se nutre del deseo  de provocar miedos.

La película 12 años esclavo, es la versión fílmica de la autobiografía de Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), músico afroamericano que vivía libremente en Nueva York durante la época de la pre-guerra civil en los Estados Unidos (1841). Un día es secuestrado y vendido para trabajar como esclavo en las plantaciones de algodón en Luisiana. Solomon pronto reconoce que sus atributos personales, su talento musical, su habilidad para leer y escribir, además de su ingenio y capacidad crítica, son de poco valor en el contexto esclavista. En una escena clave, un comerciante de esclavos negros llamado Freeman (Paul Giamatti), quien apila mujeres, hombres y niños en un cuarto, vende a Solomon. Freeman riega esos cuerpos cautivos por la habitación. Toca brazos, piernas, músculos, nalgas y senos para atraer el interés de los compradores. Para asegurar la transacción, Freeman cambia el nombre de Solomon a “Platt”, un esclavo fugitivo de Georgia, de tal forma que borra cualquier conexión legal de Solomon con su verdadera identidad. Esta venta, en otras palabras, fue contrabando.

Vamos ahora al texto de Valencia, en él, ella describe el contrabando de personas a través de la frontera entre México y los Estados Unidos, 150 años después de los eventos presentados en 12 años esclavo. No obstante, la trata y contrabando de personas sigue siendo una importante fuente de riqueza, tanto en México como en Estados Unidos. Según Valencia, el comercio de migrantes y de órganos extraídos a los mismos se encuentra a la par del turismo y los hidrocarburos en los ingresos, principales bienes de capital de la economía mexicana. El narcodinero, como el dinero de los esclavos, fluye “libremente por las arterias de los sistemas mundiales”[2].

Detrás de ambos sistemas de mercado existe una necesidad endógena de violencia. A su vez, ella debe ser ejecutada públicamente, llevada hasta el extremo de lo obsceno, escenificada con riqueza de detalles grotescos y centrados en la desfiguración total del cuerpo. El libro Capitalismo gore nos ayuda a ver que el linchamiento, la descuartización o la decapitación y el perrereo, deben ser espectacularizados a propósito, porque deben dejar un mensaje bien claro: la legitimación del dominio necesario para mantener la estructura de producción. En este caso, es el cuerpo como mercancía, el que se somete a este régimen mediante el uso sistemático del  cuerpo mutilado que infunde miedo.

En ambos casos, la violencia física cumple un fin psicológico y social, ya que reafirma las estructuras de dominio y explotación económica, permitiendo el uso de otras prácticas intimidatorias que son más normales en el día a día, pero no menos dañinas. En 12 años esclavo, por ejemplo, Solomon es acosado verbalmente por John Tibeats (Paul Dano), un carpintero blanco, quien al ser superado por Solomon al idear una mejor forma de transportar madera, decide dejarlo casi ahorcado durante todo un día, a la vista de todos los trabajadores blancos y los esclavos negros en la granja. A Solomon se le deja colgado. El dueño de la plantación, William Ford (Benedict Cumberbach), esclavista ‘benevolente’, lo ayuda a sobrevivir, pero no a escapar la esclavitud. Ford le explica a Solomon que todavía tiene una deuda que pagar por su compra, y que deberá revenderlo para asegurar la vida de ambos. Luego, Solomon pasa a manos de Edwin Epps (Michael Fassbender), quien no parece tan benévolo como su dueño anterior.

Dentro de la granja de Epps, la película nos adentra en un mundo todavía más sádico. Solomon debe vestir un permiso visible para caminar entre las granjas, o será linchado en su camino. Vemos a Edwin Epps violar periódicamente a Patsy (Lupita Nyong’o), otra de las esclavas mientras les recuerda día a día, biblia en mano, que es su deber evangelizarlos en la esclavitud. También, Epps refuerza constantemente que ellos son de su propiedad. Los levanta a media noche para bailar, con el único propósito de entretener a su esposa, quien se pone celosa al ver que su esposo Edwin muestra cariño a Patsy. Entonces le tiende una trampa a fin de ver a su esposo castigarla a latigazos, frente al resto de los esclavos.

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Edwin Epps y sus bienes de capital en 12 años esclavo

De la misma manera, el acoso físico y la presión  psicológica de dominación son puestas en práctica en las poblaciones más vulnerables del México transfronterizo. Las mujeres y los emigrantes centroamericanos padecen acosos y violaciones similares a las que fueron sometidos Solomon y Patsy hace 150 años. Los principales blancos de la violencia narco son las mujeres violadas y decapitadas en videos que corren las redes de internet. Los centroamericanos, son el principal producto que satisface el comercio de órganos. Además que ambos se apilan en La Bestia, tren que cruza a los emigrantes a través de las fronteras, pero cuyo nombre –además de El tren de la muerte—detalla el gran riesgo que conlleva abordarlo.

En el México contemporáneo, los Zetas apilan cabezas de alcaldes frente al parabrisas de un automóvil. En el mismo parabrisas escriben el nombre de su próxima víctima. O La Familia utiliza la vía pública para dejar el cuerpo de un periodista acribillado con más de 37 puñaladas (los puñales todavía clavados en su cuerpo). Estas son las prácticas que Valencia denomina gore.  Podemos apreciar que tanto en el sur esclavista de los Estados Unidos como en el México narco-fronterizo del día de hoy existe una necesidad latente por mutilar el cuerpo públicamente. Infligir dolor, humillar con la descuartización y recordar a los esclavos o migrantes que no están en dominio de su vida, que son mercancía. Esta violencia sensualizada no es una externalidad extraña, es una regla fundamental para el capitalismo mexicano incipiente. La conjunción entre el capitalismo mexicano y el capitalismo global ocurre cuando el sistema de producción de capital se especializa en dichas prácticas gore. En palabras de Valencia “la destrucción del cuerpo se convierte en sí mismo en el producto, en la mercancía, y la acumulación ahora es sólo posible a través de contabilizar el número de muertos, ya que la muerte se ha convertido en el negocio más rentable”[3].

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Ahora bien, sería propicio pensar que estas formas de acumulación de capital son una aberración. Valencia, sin embargo, arguye que es el mismo sistema liberal el que ha producido esta realidad, gracias a los extremos permitidos por el neoliberalismo norteamericano actual. Más bien, este tipo de comportamientos que engendran dichas prácticas gore son necesarias, ya que la tan llamada economía legal necesita de esta contraparte criminal-ilegal para subsistir. La simbiosis de ambos desdibuja la línea divisoria entre ambas, borra cualquier juicio moral, y desfigura las concepciones tradicionales entre el narco odiado y el empresario económico admirado.   La violencia y el dominio comercial del cuerpo es para Valencia el eje central del capitalismo neoliberal. Una vez que la lógica del mercado neoliberal somete a todas las áreas de la vida, su producto es necesariamente gore.

La forma en que el mercado somete a todas las áreas de la vida ha sido desarrollado por distintos académicos bien establecidos.  Muchos de ellos convergen en el detalle de que este proceso de pasar de sociedades con mercados a sociedades de mercados necesita un catalizador.  Usualmente, este catalizador es algún hecho violento o un contexto atroz como el de 12 años esclavo o el contexto narco actual.  Barrington Moore y Giovanni Arrighi, entre otros, ya han abordado la importancia de la violencia y el comercio de cuerpos en el nacimiento del sistema capitalista liberal. Para Moore, la violencia juega un rol fundamental en el cercado de propiedades y la consolidación de la producción nacional en aras de la nación[4]. Ese fue el caso de las cabezas de piratas insertadas en estacas a vista pública, el descuartizamiento de campesinos y pequeños productores que se negaban al cercado de las propiedades con fines comerciales, en la Inglaterra del siglo XVII. Si bien el comercio y el mercado del siglo XIX logró llevar cierta estabilidad económica al campo inglés y el resto de Europa, no opaca el hecho que la forma de forjar una ciudadanía capitalista requirió la intimidación y la subsecuente apropiación del cuerpo, hasta que la era victoriana logró regular, inclusive, la intimidad sexual de los británicos.

Barrignton Moore afirma que las revoluciones y guerras civiles llegan a un punto crucial en el que la población acepta que el orden social ha sido quebrantado. Sus normas y códigos no volverán a ser los mismos. Sin embargo, un importante catalizador de este momento es, en sus palabras, “el asalto a un palacio, la decapitación de un rey o el derrocamiento de un dictador”; estos actos son “un nuevo crimen que se convierte en la base de una nueva legalidad que envuelve a una gran parte de la población en un nuevo orden social”[5].

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Por un lado, la nueva legalidad fue, según Giovanni Arrighi, el producto de las leyes que permitieron el dominio del imperio inglés sobre los mercados mundiales[6]. Por otro lado, estas leyes consumaron el producto de la primera gran acumulación de capital primario. Arrighi, en ese sentido, afirma que el primer gran proceso de acumulación primaria de capital fue la comercialización de mano de obra esclava. La West Indian Company y la Royal African Company fueron las primeras instancias de compañías transnacionales “joint-stock” o “chartered”, cuyo fin era la extracción de materias primas y la venta de esclavos (cuerpos) negros. Por tanto, “lastimosamente para el continente africano”, el manejo comercial de los pueblos africanos fue el costo de la primera gran acumulación de capital mundial, cuyo imperio fue legitimado legalmente siglos más tarde[7].

Cuando vemos 12 años esclavo, vemos los Estados Unidos de mitad del siglo XIX. La nación emergente que se construía mediante las relaciones del norte industrial y el sur esclavista[8]. Formalmente, el comercio de algodón entre ambas partes fue el contrato ancla de sus relaciones, ya que creaba una mutua interdependencia. Por debajo de este sistema, yacía el gran mercado esclavista y la represión brutal contra los afroamericanos. Moore, en línea con otros pensadores como James Baldwin, afirman que el gran progreso de la corporación norteamericana nació y se fundamentó en este pilar: la explotación sistemática del negro[9].  A su vez, el sometimiento de la mano de obra esclava proveniente de África fue posible, en primer lugar, al dominio brutal inglés. Más tarde, los linchamientos cumplirían con la misma función, sentar las bases del sistema comercial capitalista de la nueva nación norteamericana, en aras de consolidar el mecanismo de acumulación de capital. Similar situación que encontramos en el México de nuestros días.

Recordemos que Edwin Epps de 12 años esclavo era un empresario de su tiempo, o era parte de un engranaje de acumulación de capital que satisfacía la necesidad de materias primas por parte de los grandes empresario es de la industria en el norte de los Estados Unidos.  De manera parecida,  los capos y los carteles son los grandes empresarios del capitalismo gore, a los cuales Valencia llama sujetos endriagos que, en vez de haberse enriquecido de la gran pena de África, han logrado controlar y enriquecerse de la gran pena de Centroamérica. Ambos  comparten “las características distintivas del empresario/a [que] son: innovación, la flexibilidad, el dinamismo, la capacidad para asumir riesgos, la creatividad y la orientación al crecimiento”.[10]

¿Cuál sería la diferencia entre Epps, Freeman y un capo narco? Sin escalar tanto en la jerarquía del narco, el capitalismo gore ya opera con pequeños productores de cuerpos muertos. Valencia ilustra este acápite con el ejemplo de un sicario capturado en 2009. Su trabajo era “un trabajo común”, disolver en ácido a los deudores. Por este trabajo cobraba 600 dólares mensuales. Llegó a disolver trescientos cuerpos[11]. Así como Freeman contrabandeaba cuerpos entre el Norte y el Sur de Estados Unidos, los narcos contrabandean cuerpos entre el Sur y el Norte del continente. Ambos, acumulan la riqueza que dichocomercio ilegal produce. La diferencia fundamental está en que hoy en día, la misma sangre y carne del cuerpo masacrado genera riqueza, facilitada por el neoliberalismo.

Lo que ambos sujetos (esclavo-empresario y narco-empresario) han logrado ha sido consumar los principios del sistema surgido del contexto de 12 años esclavo (el liberalismo) y llevarlo a su máxima expresión (el neoliberalismo) al ampliar las lógicas del mercado a todas las áreas de la vida, donde la última frontera era el valor de la vida misma, de la muerte, y de las partes del cuerpo, vivas o muertas. Tanto el empresario como el sujeto endriago ven una transacción en áreas que se consideran de dominio social como “la natalidad, la familia, pero también la delincuencia y la política penal”[12].

En 12 años esclavo y en la producción del narco-dinero vemos el funcionamiento de nuestra sociedad de mercado. Este funcionamiento se basa en la intromisión de las lógicas del mercado a todas las áreas de la vida. El mercado que supedita toda la vida ha producido el engendro del capitalismo gore. Karl Polanyi (en línea con Marx y Engels) ya había establecido que el sistema capitalista industrial necesitaba hacer mercancía de todas las áreas humanas, en especial de la fuerza de trabajo, la tierra y el dinero[13]. Más allá de la fuerza de trabajo, Valencia identifica que los humanos no sólo son alienados mediante la comercialización de su actividad, sino que su cuerpo, en partes, vivo o muerto, logra ser comercializado bajo las reglas del neoliberalismo.

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A esta nueva fuente de riqueza se han aferrado las mafias y los carteles de la droga. Quizás porque es el último bastión sin regulación explícita del mundo, o porque es la última instancia que no está sujeta a los cánones del comercio mundial explícito, construido por las potencias centrales industriales. Los carteles entienden la lógica central del Estado, saben cuando un cuerpo vale más vivo o cuando vale más muerto, pero le han agregado la dimensión económica al utilizar hasta el último gramo de carne como un bien de capital. Además, los carteles lograron consolidar como negocio y fuente de riqueza al mismo proceso de masacrar el cuerpo, al obtener ganancias de los mismos medios de comunicación que muestran este proceso y sus resultados a la ciudadanía, espectacularizando la violencia, creando una cultura narco que se entremezcla con el Estado mexicano.

La conjunción entre mercado y Estado ha sido el eje de nuestro tiempo. Los carteles de la droga, según Valencia, han encontrado su lugar en este entramado complicado de relaciones:

… [En] México el narcotráfico y la criminalidad en general desempeñan más de un rol que beneficia al Estado. Ya que, por un lado, representan una parte elevada del PIB del país y, por otro lado, el Estado se beneficia del temor infundido en la población civil por las organizaciones criminales, aprovechando la efectividad del miedo para declarar al país en estado de excepción, justificando de esta manera la vulneración de los derechos y la implantación de medidas autoritarias y de vigilancia cada vez más invasivas[14].

Podemos concluir que el capitalismo siempre necesitará cabezas de piratas clavadas en estacas (Inglaterra), o linchamientos públicos en primera plana (Estados Unidos), y descuartizaciones gore (México). Inclusive, el Estado Nación siempre necesitará de las anteriores para seguir operando. En otras palabras, lo gore es un eje latente del capitalismo liberal, el cual sale a relucir, o pasa al olvido, según sea necesario.


NOTAS

[1]Eimeel Castillo. Interpretación y gesto ético en la investigación histórica. Revista Carátula. Junio 2014. https://www.caratula.net/ediciones/61/estudios-IIHCA-ecastillo.php
[2] Sayak Valencia. Capitalismo gore. España: Editorial Melusina, 2010. P.20
[3] Op. Cit. 16
[4] Barrington Moore. Social Origins of Dictatorship and Democracy: Lord and peasant in the making of the modern world. Boston: Beacon Press, 1967. 39
[5] Op. Cit. 100.
[6] The Poor Law Amendment Act (1834), Peel’s Bank Act (1844), Anti-Corn Law Bill (1846).
[7] Giovanni Arrighi. The Long Twentieth Century: Money, Power and the Origins of Our Times. London: Verso, 2010.  254-258.
[8] Barrington Moore. OP. Cit. 114-118.
[9]Ver el debate sobre el costo del sueño americano que sostuvo James Baldwin con William F. Buckley en 1965. https://www.youtube.com/watch?v=oFeoS41xe7w.
[10] Sayak Valencia. Op. Cit. 46
[11] Sayak. Valencia. Op. Cit. 48.
[12] Op. Cit. 30
[13]Karl Polanyi. The great transformation: The Political and Economic Origins of our time. Boston: Beacon Press, 2001. 75.
[14]Sayak Valencia. Op. Cit. 37.

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Investigador del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA-UCA) y miembro del grupo de estudios IHNCA.

Nació en Santa Fe, Argentina, pero ha vivido la mayor y mejor parte de su vida en Nicaragua. Es Licenciado en Relaciones Internacionales y ha cursado posgrados en Ciencias Sociales y Pensamiento Centroamericano.

Actualmente desarrolla investigaciones sobre la dictadura somocista y la construcción del Estado en Nicaragua.