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Dimas Lidio Pitty: Selección de cuentos

29 septiembre, 2015

Javier Alvarado

– Un pedazo de universo y El invierno (Los caballos estornudan en la lluvia), obra premiada en el Concurso Ricardo Miró, sección cuento, 1978.


UN PEDAZO DE UNIVERSO

 A Tomás Palacio Salinas, indio guaymí, asesinado en 1968
por “no se sabe quién”.

 Tras una ausencia de meses, Ruperto regresó diciendo que había encontrado un universo.  Lo dijo a prima noche, en la cantina del Zoco, y los que estaban en la barra rieron, se guiñaron los ojos, giraron el índice junto a la sien y lo invitaron a beber.  Media hora más tarde, en todo el pueblo se decía que Ruperto estaba loco.

Lo que más lo conocían, lamentaron la noticia y algunas viejas hasta rogaron al cielo que le restituyera el juicio.  Porque Ruperto era como parte de todos, aunque nadie podría decir con exactitud cómo ni cuándo había llegado por primera vez.

Los de memoria más clara simplemente recordaban que una mañana apareció dormido sobre un saco de henequén en el portal de La Abundancia, la única tienda del pueblo.  y desde entonces hasta los perros se acostumbraron a encontrar cada día a ese indio tranquilo que realizaba tareas menudas en los hogares, a cambio de comida, ropa usada y algunas monedas.

De pronto, una noche desapareció del mismo modo que había llegado: nadie sabía qué rumbo había seguido o por qué se había marchado.  Sencillamente, no estaba.  Las conjeturas crecieron y mientras unos afirmaban que había regresado a las comarcas indígenas, otros decían que estaba trabajando en la zona bananera.

Luego, gradualmente, el interés por su paradero decreció y finalmente Ruperto fue olvidado.  Aunque no del todo, porque en muchos persistía un recuerdo compasivo y cariñoso, tal vez derivado de su aspecto desvalido y de su mirada mansa, pulida por el tiempo y por los oscuros dolores de su raza.

Donde el Zoco quedan pocos bebedores con Ruperto, quien desde hace rato no menciona el universo.  Está quieto, apoyado en la barra de tablas sin pulir, fija la vista en la linterna de kerosene que cuelga de un hilo, detrás del cantinero.

Los hombres beben, hablan y a veces ríen, y su risa sale a la calle oscura y se pierde en el viento que baja de los cerros.  Aunque no lo dicen, piensan que lo de Ruperto debe haber sido una alucinación o un desvarío pasajero, causado por la soledad o por la falta de comida.  Porque ya peste ha explicado que pasó los últimos meses en la montaña, sin hablar con nadie, buscando oro en los canjilones de Jilguero y de Bregué.

Repentinamente, el indio vuelve al tema.

-Era brillante,-dice-.  Brillante y negro.  Del tamaño de una sandía.  Pero ni siquiera pude levantarlo porque era muy pesado.  Pesaba mucho más de un quintal.

Los oyentes lo miran y sonríen.  Uno le palmea el hombro.

-Tú no has visto nada, compadre.  Eso lo soñaste.  Bebe otro trago y déjate de historias.

Ruperto mete una manado en la chácara que trae terciada.

-Veo que no me creen-dice, sin enojo-. Pensé que así pasaría.  Por eso traje este pedazo chiquito que estaba junto al otro.  Véanlo.

Así fue como, al dejar la cantina-ya bien de madrugada, afirma el Zoco-, mataron a Ruperto, para robarlo el fragmento de aerolito, creyendo quizá, que esa piedra oscura y pesada poesía propiedades prodigiosas.

Ahora, en el viejo caserón que sirve de capilla, entre letanías y humo de candiles, todo el pueblo vela el cadáver acuchillado, de cuya mano agarrotada los asesinos no pudieron zafar el fragmento de esa extraña piedra del cielo que los indios llaman universo.


 

EL INVIERNO

El agua forma remolinos en la zanja de las goteras y torrentes en el patio sin hierba.  Desde la mañana ha llovido sin cesar, con esporádicas ráfagas de viento y con truenos distantes.  Y tú, cocinando o barriendo la casa de adentro, has sentido llover, indiferente, como si no te importara.  Mejor dicho, no quieres que te importe.  Tu expresión se endurece al mirar la transparencia monótona, con las tristes formas de los árboles al fondo, como difusos, como perdidos, como si ya nunca pudieran ser reales.  Y no es que la lluvia te desagrade, sino que tienes miedo.  Lo noto en el reflejo de tus ojos.  La lluvia te recuerda tiempos amargos, la fatiga de los días interminables y el peso de las noches.

Octubre.  El fango de los caminos cloquea al paso de los caballos.  El lodo salpica y tizna a los hombres, a la carga y a los arbustos que bordean los senderos.  Y es mucho peor cuando llueve seguido.  Los ojos de agua brotan por todas partes:  en los barrancos, debajo de las piedras, al pie de los árboles y hasta dentro de las casas.  Un año había tantos que los caminos eran quebradas.  El agua llegaba a los estribos, entorpecía la marcha de las bestias y una tierra menos inclemente.  Fue un invierno terrible.  Nadie recuerda otro igual.  Fue tan duro y prolongado que muchos viejos no lo resistieron.  Cuando pasó la llovedera, éste era un pueblo sin ancianos.

Lo peor es abrir las sepulturas.  Dondequiera se hunde el pico, brota un chorro de agua.  Hacer que el ataúd baje y permanezca en el fondo es muy dificultoso.  Hay que ponerle piedras encima porque el agua lo impulsa hacia arriba.  Es macabro: los muertos se niegan a quedarse.  Algunas veces, cuando se ha terminado de echar la tierra, ésta comienza a removerse y a cuartearse, como si el finado empujara desde abajo.  Entonces hay que acumular más piedras y más tierra, hasta lograr que el difunto se resigne a la humedad.

Es triste. Primero se retiran los simples acompañantes y conocidos, después los amigos distantes, por último los allegados y los deudos; todos se van en silencio, cabizbajos, abrumados por el agua de tantos días y por la sensación de que morir en este tiempo debe ser más doloroso.  La comitiva se dispersa y el cementerio queda solo, con sus cruces borradas por la niebla, barrido por la brisa de la sierra.  Después la noche desciende y ya no hay nada, sino el silbido del viento y el murmullo del agua entre la hierba.  A veces, en la madrugada, las vacas de los cercos vecinos mugen desconsoladamente.

Entonces nacieron los rumores.  Las iguanas escarban las tumbas recién cerradas, atraídas por el agua que fluye de los sepulcros… de noche han visto ataúdes flotando llano abajo…  El corregidor ordenó la búsqueda de los muertos a la deriva y durante varios días partidas de voluntarios recorrieron los llanos y escudriñaron los montes, pero no encontraron nada.  Y el pueblo volvió a sumirse en la monotonía del agua, de la bruma, de los quehaceres eternos, sin hacer más caso de lo que parecía ser invención de borrachos.

Más tarde, sin embargo, al irse los aguaceros, cuando el viento norte barrió las nieblas y nuevamente fueron visibles los llanos y las comarcas de la costa, gentes de más abajo vinieron alarmadas porque junto a sus pueblos habían parecido ataúdes con cadáveres podridos y (en ocasiones, cuando los féretros se habían desclavado o roto) medio devorados por los perros.  Entonces se organizaron al rescate y la restitución de los difuntos al cementerio, ya vuelto por la bonanza a su naturaleza estéril y reseca.  Ahora los muertos entraban dócilmente en las tumbas, como agotados o arrepentidos de haber emprendido tan extraño errabundeo.

Ese es el tiempo que temes recordar.  Nunca te gustaron los velorios ni los muertos.  No obstante, ahora la lluvia te obliga a pensar en ese tiempo sin luz, hecho de difuntos.  Eso te aflige.  Lo sé.  Pero también deberías recordar que fue en una noche de ese invierno que nos escondimos en el rancho del difunto Emilio.   (Estamos solos.  Afuera llueve, sopla viento y hace frío, pero aquí en el jorón estamos tibios y abrigados.  Hace una semana enterramos a tu abuelo.  También han muerto mi tío Sebastián y el mudito Macabeo.   Y la vieja Isolina, la viuda del pocero Crispiliano.  Han muerto tantos y tan seguido, que ya no quedan lágrimas en el pueblo.  El agua suena en el zinc del caballete.  Suena con un sonido antiguo.  Es triste.  Pero a nuestros cuerpos llega la tristeza).

Tienes miedo de volver a entonces.  Piensa, sin embargo, que el invierno no es sólo muerte.  Recuerda lo que hacíamos mientras, más allá del sonido, en la sombra del llano, bajaban cadáveres errantes.  Piensa en lo hermoso que fueron estos años, en todo lo que hemos hecho desde aquella noche en el rancho abandonado.  La vida nos llevó, nos trajo, nos dio vueltas y en algunos momentos hasta fuimos felices.  Entonces, no hay que lamentarse ni sufrir, porque otra ve estamos al comienzo del invierno.  ¿Qué ya estamos viejos y llenos de achaques?  Sí, es verdad, pero el miedo no remedia nada.  Aunque no queramos verla, la lluvia seguirá cayendo.   Así es de simple, mujer.   Si no es este año, será el próximo, el siguiente o el otro de todos modos nos llegará el turno de irnos, un día de nieblas y de truenos, al viejo cementerio.  Por eso te digo, ¿qué más puedo decirte?, que el miedo no remedia nada, mujer.  Nada.

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Santiago de Veraguas, Panamá, 1982.
Poeta panameño. Hizo sus estudios en el colegio Panama School y después obtiene el título de Licenciado en Lengua y Literatura Españolas por la Universidad de Panamá en 2005.

Ha leído sus poemas en Cuba, Chile, Nicaragua, Costa Rica, México, Inglaterra, Guatemala, El Salvador, Escocia y Uruguay; así como también su obra ha sido incluida en varias antologías de Poesía Hispanoamericana.

Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Poesía Joven de Panamá Gustavo Batista Cedeño en los años 2000, 2004 y 2007; Premio de Poesía Pablo Neruda 2004 y Premio de Poesía Stella Sierra en el 2007. Poeta residente por la Fundación Cove Park, Escocia, Reino Unido 2009. Mención de Honor del Premio Literario Casa de las Américas de Cuba 2010 con su obra Carta Natal al país de los Locos (Poeta en Escocia); Primer Premio de los X Juegos Florales Belice y Panamá, León Nicaragua con Ojos Parlantes para estaciones de ceguera; Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán 2011 en poesía con el libro Balada sin ovejas para un pastor de huesos; Premio Internacional de Poesía Rubén Darío por su libro El mar que me habita.

Obra publicada: Tiempos de Vida y Muerte (2001); Caminos Errabundos y otras Ciudades (2002); Poemas para caminar bajo un paraguas (2003); Aquí, todo tu cuerpo escrito, (2005 y 2006); Por ti no pasa nunca el Tiempo (y otros poemas al espejo) (2005); No me cubre de edad la Primavera (2008); Soy mi Desconocido (2008), Carta Natal al País de los Locos (2011); Ojos Parlantes para estaciones de ceguera (2011); Balada sin ovejas para un pastor de huesos (2011).