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The cojones affair

16 mayo, 2016

Luis Rafael Sánchez

– Luis Rafael Sánchez, dramaturgo, cuentista, ensayistta y novelista puertorriqueño, ha destacado tanto en el terreno del teatro como en la narrativa. Autor interesado en todas las vertientes de la escritura, ha cultivado también el cuento (En cuerpo de camisa, 1966) el ensayo crítico e incluso el guión cinematográfico.Se le considera un dramaturgo de valor significativo en Puerto Rico, donde sus obras se han estado representando desde finales de la década de 1950. En éste número nos entrega extractos de su libro Textos canallas, que será editado próximamente. 


Luis Rafael Sánchez

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Sara Palin asegura que a Barack Obama le faltan cojones para resolver el problema de la inmigración ilegal a Arizona. Perdóneme el lector. Cuesta trabajo desaprobar una palabra utilizada por quien alardea de intransigente, Sara Palin. ¿Quién es Sara Palin? La ex gobernadora de Alaska. La ex candidata a la vicepresidencia de los Estados Unidos de Norteamérica en la papeleta del Partido Republicano. La enemiga acérrima de cuanto suceso destapa las cloacas de la historia. Digamos la legalización del aborto. Digamos la justicia para el inmigrante. Digamos el respeto a las sexualidades que discrepan del diseño divino, trampa conceptual fabricada con el odio como materia prima. Que una dama de rancio linaje conservador utilice una palabra de rancio linaje genital no es dama a ignorarse. Aun así, como la ciencia de los significados establece que toda dama es una mujer, aun cuando no toda mujer sea una dama, indaguemos un conocido retrato de mujer y un conocido retrato de dama. Después volveremos a la dama conservadora y la palabra malsonante. Malsonante según la élite culta y los diccionarios de lengua española. Pero, reivindicada por la mayoría de la humanidad, mediante tres acepciones. 1. La desfachatez asombrosa. 2. La calidad sin límites. 3. La furia irracional. De la primera supe por los amigos españoles de mis años madrileños. –Tiene más cojones que el caballo de Espartero–, repetían el matemático Santiago Garma Pons y el poeta Manolo Martín cuando hacían referencia a alguien desfachatado o resuelto en exceso. Tras averiguar vida y milagros de Baldomero Espartero me encaminé a la Plaza Mayor donde lo honra una soberbia estatua ecuestre. Honrados también vienen a parar los cojones del caballo, de tamaños descomunales, a un tris de épicos. De la acepción segunda da cuenta la Empresa De los Cojones, situada en la paradigmática Avenida Nueve de Julio de Buenos Aires. La empresa otorga The Cojones Awards a personas y compañías de desempeño laboral superior. De la tercera acepción me entero porque vivo en Borinquen, donde todo ciudadano se proclama encojonao 24-7. Un número considerable de féminas se une a la proclamación. En abierta discrepancia con la ginecología vocean estar encojonás 24-7. Al margen de su carácter metafórico la temeraria proclama ha de poner sobre aviso al macho y al machismo. Ahora toca indagar el retrato de mujer.

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Pocos retratos de mujer perduran como el retrato que elabora Agustín Lara en el bolero cumbre de su ciclo tardomodernista. Un tardomodernismo que frecuenta la cursilería sin tapujos, a diferencia del modernismo fundacional. Que aviene a cursi como consecuencia de machacar su recurso preferido: embellecer la belleza hasta hastiar. Si Rubén descubre en el cisne el emblema de la belleza inalcanzable, Agustín descubre en la mujer el emblema de la belleza alcanzable. Alcanzable por las vías del halago y de la seducción y con el auxilio imprescindible del dinero y las joyas. El retrato aludido se titula Mujer. Nadie como Agustín Lara para revertir a atributo la fastidiosa cacofonía, nadie cacofoniza con tanto genio. Ni el cubano José Ángel Buesa o el español Rafael de León, cacofonistas eminentes y poetas superiores a lo que reconoce la crítica. Párese la oreja seguido, que de cacofonía a ultranza se trata. Mujer, mujer divina, Tienes el veneno que fascina en tu mirar. Mujer alabastrina, Eres vibración de sonatina pasional. Cuatro desinencias, o cuatro inas, se regodean en el marco que les prestan a la mujer dos adjetivos, un verbo y un sustantivo: divina, alabastrina, fascina, sonatina. Solo a un fornicador asiduo se le tolera la jactancia de escribir -Cada noche un amor, distinto amanecer, diferente visión. Solo un varón fogueado en mil y una camas acumula la habilidad necesaria para desglosar los encantos de la mujer con clasificación de divina. 1. Tiene el veneno que fascina en su mirar. 2. Tiene el perfume del naranjo en flor. 3. Tiene el altivo porte de una majestad. 4. Tiene la divina magia de un atardecer. 5. Tiene la maravilla de la inspiración. 6. Tiene el hechizo de la liviandad. ¡El hechizo de la liviandad! Y pensar que el diccionario define la palabra liviandad como inconstancia y deslealtad, particularmente aplicadas a mujeres y en asuntos amorosos. Y pensar que la semántica hispánica despacha a la mujer liviana con un pronombre agresor: esa. Si hablo de pronombre agresor debo aludir a la filmografía de Sarita Montiel, un opíparo banquete de esas. En el banquete destaca, como plato suculento, el titulado Esa mujer. Y en la novela prodigiosa que acunan las entrañas de Don Quijote de la Mancha, una breve novel within a novel, Lotario le recita a Anselmo un verso que encapsula una advertencia –Es de vidrio la mujer. Por ser de vidrio la palabra más anodina quiebra su dignidad y le macula el honor, le escamotea el nombre de pila y amenaza con reducirla a pronombre: esa.

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Si la semántica establece que toda dama es una mujer, aunque no toda mujer sea una dama, toca indagar un conocido retrato de dama. Pocos retratos de dama perduran como el retrato elaborado por Alfonsina Storni en el poema cumbre de su ciclo feminista, Tú me quieres blanca. Pocos aprovechan, tan a perfección, las tintas del sarcasmo a la hora de castigar a los hombres necios que acusan a la mujer sin razón. Pocos parodian, con tan ácida evidencia, los descarríos de la hombría. Pocos manifiestan, con ferocidad análoga, la venganza de la hembría. El sarcasmo y la parodia les sirven a Alfonsina Storni para encerrar a la dama en el calabozo de la albura, el espumaje, el nácar. Pues, siglo tras siglo, la dama azucena y sobre todas casta, la dama de perfume tenue, se contrapone a la mujer, una criatura amasijada con demonio y carne al decir de las lenguas impías. El autorretrato A Julia De Burgos coloca a la dama y la mujer en las esquinas opuestas de un imaginario ring boxístico: Tú eres dama casera, resignada, sumisa, atada a los prejuicios de los hombres; yo no. ¡Jamás el tú y el yo habían debatido con saña tal! Por casera, resignada, sumisa, por atada a los prejuicios de los hombres, nunca la dama traspasa la mesura, nunca acude al lenguaje soez, nunca se indecenta. Por ejemplo, una puta venida a más como Margarita Gautier nunca traspasa la mesura, nunca acude al lenguaje soez, nunca se indecenta, en tanto que dama de las camelias. Paradójicamente, una dama, Anabella, da pie al título enigmático de la obra del inglés John Ford, Lástima que sea una puta. ¿Lástima porque no le basta ser dama? ¿Lástima por ser tan desprendida con el bien al sur del ombligo? En el lado contrario, una obra teatral de Jean Paul Sartre, estrenada a mediados del siglo veinte, rescata de la ignominia el trabajo de puta por la vía de un epíteto que sobra cuando se habla de damas: respetuosa. La puta respetuosa se titula. El respeto lo propicia el hecho crucial que dispara la trama: si bien ella peca por la paga no negocia sus certezas morales. Dirán los inicuos –Hay que tener cojones para adjudicarle certezas morales a una puta. Contradigo la iniquidad. En la viña del Señor nada falta. Enanos de grandeza sobrecogedora. Gigantes con cabeza de alfiler. Putas que ensayan la virtud, como las que habitan la narración espléndida De putas y virtuosas, del colombiano Oscar Collazos. Monjas que ensayan la putería, como las que habitan la narración espléndida Eses fatales, de la ecuatoriana Sonia Manzano.

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Curiosidad filológica: en Borinquen la palabra dama se recicla como elogio al caballero que nunca traspasa la mesura, nunca acude al lenguaje soez, nunca se indecenta. A dicho caballero singular los borincanos lo galardonamos con un elogio que raya en la hipérbole y acaba en oxímoron: –Es una dama. Fuera los malpensantes: el caballero galardonado con el elogio de dama jamás va en busca de la bragueta perdida. El caballero galardonado con el elogio de dama siempre va en busca de las muchachas en flor. ¿Se podría concluir que la dama es forma y la mujer es contenido? No endosaría dicha conclusión. Después de todo la una y la otra están hechas de sueños semejantes, si bien la dama se inclina a la servidumbre del sueño ajeno y la mujer al gobierno del sueño propio. Ajenos o propios, la referencia a los sueños me retrotrae a un verso de El oso bailarín, poema que figura en Penultimátum, libro áspero e inolvidable del puertorriqueño Hjalmar Flax: Deja de bailar en sueño ajeno. Gran consejo para cuantos bailan a cualquier son en habiendo billete. Sobre todo el político son que bailotea tanto jodido buscón.

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Sean de derecha, sean de izquierda, las fuerzas políticas acicalan sus dogmas con palabras que rimbomban. De buenas a primeras cojones parece ser una. Si no, por qué emplearla una dama conservadora como Sara Palin y una dama liberal como Madeline Albright, secretaria de Estado durante la presidencia de Bill Clinton. Sí, Madeline Albright lleva vela en este entierro. Sí, Madeline Albright es máscara de esta comparsa. Durante un intercambio de pareceres la dama liberal recurrió a la palabra malsonante para contestarle a Fidel, un cojonático histórico –This is not a cojones thing. ¡Vaya confrontaciones! Una dice que Obama no tiene los cojones para resolver un asunto de complejidad enorme. La otra dice que hay asuntos de complejidad enorme para nada relacionables a los cojones. Del empleo que hizo Sara Palin de la palabrota me enteró un noticiario transmitido por el canal televisivo CNN. Del empleo que hizo Madeline Albright de la palabrota me enteró una noticia publicada en el New York Times. Cuando oí a Sara Palin decir lo que dijo me dije –Oíste mal, no dijo cojones. Cuando leí lo que dijo Madeline Albright me dije –Leíste bien, ahí dice cojones. Que la vulgaridad doblegue el idioma y le imponga decir cuánto se creía indecible, en público al menos, es mérito. Que la vulgaridad opere como luz denunciante de la generalizada cochambre universal deja de ser mérito y asciende a triunfo. Lo repito cuando razono el entusiasmo amargo que me suscita la novela Cinco esquinas, de Mario Vargas Llosa: desgraciadamente, la vulgaridad rastrera ya iguala al género humano, la vulgaridad rastrera se ha impuesto como norma.

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Y esta es la moral de mi oda, escribe Pablo Neruda en la estrofa final de la Oda a los calcetines. Exhibiendo más cojones que el caballo de Espartero incurro en la audacia de refrasear a uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, como lo cataloga uno de los prosistas insignes de nuestro tiempo. Y esta es la moral de mi texto canalla: una palabra más qué importa a un mundo envejecido por las palabras. Words, words, words protesta Hamlet. Parole, parole, parole, repite una canción que Rafaella Carra volvió superhit. El arte clásico y el arte fugaz cierran filas tras la misma idea: la palabra envejece cuanto nombra. Peor aún, la palabra agua lo nombrado, lo relativiza. ¿Son relativos los cojones o es relativa la palabra que los nombra? ¿Son relativas la dama y la mujer? ¿Son relativas la decencia y la indecencia? Un refrán antiguo lo contesta: Va como va, mas como debe ir no va. Un filósofo contemporáneo terciaría –Ahí está el detalle.

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