adriano de san martin

Fragmentos de la novela «La ruta de los héroes»

24 mayo, 2017

Adriano Corrales

– La última novela de Adriano Corrales, escritor costarricense, La Ruta de los Héroes, «es de gran impacto pues toca un tema histórico sensible para el país: una guerra defensora, difícil, peligrosa, que resulta victoriosa para toda Centroamérica; la Guerra Nacional de 1856-57. El autor inicia la narración generando un marco escénico en donde incluye elementos que nos orientan hacia las acciones bélicas cruzadas con el tiempo y las ideas. Porque, sin duda, la novela requirió de una profusa investigación histórica y de una inmensa reflexión. El autor es consciente de que la historia tiene un curso oscuro e imposible, por eso va lanzando piedras incendiarias con audacia y sabiduría, que se pueden captar y tejer en un collar brillante. A partir del capítulo nueve la narración fluye con una rapidez que atrapa al lector hasta el final».(Joaquin Soto, tomado de Semanario Universidad de Costa Rica).


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¿Qué ha sido de la novela costarricense?, apostillaba Don Chico al mismo tiempo que se respondía: se ha diluido señores, se bifurcó desde el poderoso realismo de los 40 hasta una posmodernidad de cartón piedra que amenaza con tragarse nuestra identidad, si es que alguna vez la tuvimos. Ya no hay novela de largo aliento que integre la historia y la antropología en una puesta de texto que nos reafirme como personas en un planeta encogido que ha acelerado los tiempos. ¡Y pensar que el fundador de nuestra novela, Manuel Argüello Mora, ya lo intentaba en el siglo XIX! Debemos indagar en nuestro pasado, pero desde un presente prospectivo para confrontarnos en una Centroamérica que se nos escapa, en una América híbrida que nunca ha sido nuestra porque muchas veces se pierde en sus propias búsquedas y encrucijadas. Debemos cavar trincheras de ideas para combatir la turbiedad de eso que citan y publicitan como posmoderno. Los filibusteros contemporáneos desembarcan de las pantallas de cristal líquido blandiendo incomprensibles tratados de comercio en pdf que no podemos decodificar. La cultura la enlatan y la negocian en los paraísos off shore. Por eso debemos trazar esa ruta; mejor, esas rutas que nos hicieron salir al Caribe en busca de nuestra historia para reconocer, con el mito, y con el maestro Luis Ferrero Acosta, que poseíamos historia precolombina. Ruta que habrá de llevarnos ya no a España, a Europa en general, como pensaría alguien casado con la retroactividad histórica, sino a las diversas avenidas por donde no hemos avanzado aún y que de muchas y variadas maneras convergen; pero tampoco hacia el jardín de los senderos que se bifurcan, no señores, sino a un mercado imposible donde la literatura deje de ser mercancía.


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13 de abril 

Anteayer fue la refriega de verdad. Cerca de las 9 de la mañana se recibió un parte urgente. El Jeneral Mora mandaba replegar la tropa hacia Rivas porque el propio Walker los había atacado. Avisados todos a una voz exclamamos: ¡Viva Costa Rica! ¡Muera el invasor de nuestro suelo! Y dando un beso a nuestras cantimploras o calabazos con coñac “martum” o cususa, jefes, oficiales y soldados, partimos aceleradamente dejando medio batallón al mando del coronel Alejandro Escalante. Llegamos a Rivas cerca del mediodía. La cosa estaba fea. Había mucho muerto del lado nuestro. Los filibusteros que habían atacado por la madrugada de sorpresa se habían refugiado en un mesón. Nos acuartelamos en una gran casa cerca del Mando principal. Me contaron que mi Mayor don Juan Francisco Corrales, que había regresado la noche anterior, cayó valientemente espada en mano en la calle que teníamos al frente. Nos tenían a fuego graneado desde el mesón y los techos de otras casas. Se escuchaban las voces de los oficiales enemigos. ¡Un cañón, un cañón, tomad aquél cañón!, gritaba alguien que luego, según traducción de Barillier, supe era Sanders, uno de los mejores capitanes de Walker. ¡Ya tenemos artillería! ¡No tenemos fuego para prender la mecha!, le respondían. Desde la casona donde estábamos presencié el acto heroico de Juan Santamaría. Lo vi desprenderse del cuartel donde estaban los compañeros de Alajuela, los que estaban al mando de don Juan Francisco Corrales; llevaba una tea, atravesó la calle y la aplicó al alero de una esquina del mesón. Regresó sano y salvo. A rato lo vi salir de nuevo y hacer lo mismo, pero esta vez, al retirarse, cayó hacia media calle. No tengo palabras ni fuerza para contar todo lo demás. Estoy muerto en vida. Después de la partida de Juan y del incendio el tiroteo fue más intenso. Toda la noche pasamos en refriega. Hoy como a las cuatro de la mañana los filibusteros huyeron dejando muchas bajas. Los perseguimos hasta las afueras y en la carrera recibí un balazo en el muslo derecho. Por suerte, como estábamos agotados, se dio la orden de regresar a recoger heridos y enterrar a los muertos. Hubo mucha mortandad. Hiede a azufre, pólvora y carne chamuscada, a podredumbre, a infierno. Según el capellán, don Francisco Calvo, mi herida no es grave y sanará pronto. Por dicha y gracias al consejo del Dr. Don Carlos Hoffmann, me han dado una cantimplora casi llena de coñac “martum” para poder dormir.


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A lo lejos la silueta del Irazú se presiente, aunque no se ve. Se diluye en aguada que resbala en jirones, cirros o cúmulos por Rancho Redondo hasta el pie del Barva. Sopla el viento de diciembre a través del Paso de la Palma y las Tres Marías. Las calles se levantan despobladas luego de la noche de barahúnda etílica en la calle de La Amargura y sus alrededores. Un sabor a ceniza regurgita en el interior. Alas negras tratan de desplegarse en el centro de su vientre. Asco. Horror de este paisaje en la soledad del apartamento…

Los asuntos sin cuajar, rumia mientras chorrea café por segunda vez para no olvidar que es el máximo dilatador de la memoria y de las crisis espirituales. No cuajan por mi indisciplina y mis deficiencias en la planificación. Debo reevaluar el proyecto político, distanciarlo de lo meramente literario, de lo artístico en su lomo de espuma, para evitar los excesos etílicos y su espesura. Si no cambio, no puedo hacer que ellos cambien. Para fundar la Nueva Hermandad, que deberá transformarse en Vanguardia político/militar, la disciplina militante se impone. Estamos por ingresar al período donde las vacilaciones no se permiten.

Así reflexionaba casi todas las mañanas. En realidad la polémica interior era más profunda y espesa. Se trataba de un conflicto mucho más dramático: el hecho de inducir a un grupo de chicos hacia una vida austera y militante, casi en la clandestinidad, para lograr objetivos que aún no estaban muy claros, era la espada de Damocles que pendía desde y sobre sus escrúpulos más esdrújulos. Luchaba en su interior por dilucidar si tendría derecho a disponer de vidas y talentos en una causa que a lo mejor no era la de ellos y que, probablemente, seguirían por una suerte de culto a su personalidad, pero jamás por convencimiento político/ideológico. La lucha lo ameritaba, la situación sociopolítica lo exigía, terminaba por responderse, pero nunca totalmente convencido.

¿Sería capaz de convencerles hasta el grado de hacer suyos sus puntos de vista como convicciones profundas, éticas, históricas, sociopolíticas? Con ese conflicto convivía los últimos meses. Y con el mismo salió esa mañana a la universidad a reunirse con antiguos militantes de la izquierda tradicional para conseguir un posible patrocinio al proyecto. Debía persuadirlos acerca de lo políticamente correcto de sus apreciaciones de acuerdo con la grave coyuntura, pero sin permitir que ellos intervengan en la organización ni en sus principios. Difícil.

Como muchos años atrás le esperaban en la cafetería de Ciencias Económicas El Varón, Germán El Rojo, Lemar Cora, Picado El Cojo, Guido Reyes y Dimitri El Palestino. Minutos más tarde se les unieron Mónica Pathos, El Planeta Azul, La Macha y Tura la Jefa. Lemar empezó el interrogatorio. Necesitamos que nos expliqués en que consiste el proyecto. Ya hemos movido algunas piezas y contactos en embajadas latinoamericanas, especialmente bolivarianas, y hay disposición para la ayuda. Pero ellos, igual que nosotros, ¿cierto?, también necesitan datos acerca de la nueva organización, de sus principios y sus estatutos y, fundamentalmente, de sus objetivos y metas.

Se trata de una organización juvenil, arrancó Delfín. La hemos denominado, provisoriamente, La Nueva Hermandad. Estamos convencidos, y lo digo con todo respeto, de que los militantes adultos de la izquierda tradicional cargamos con muchos vicios (alerta general); los cuales tienen que ver básicamente con el electorerismo y las desviaciones pequeñoburguesas propias de nuestros orígenes organizativos, es decir, de un parlamentarismo exacerbado gracias al centralismo democrático y a otras prácticas y formas de organización ya superadas. En una palabra, hay demasiado discurso y pocas acciones. Si fortalecemos una organización juvenil que desde ya se vaya curtiendo en tareas organizativas de orden político, pero, además (baja la voz y escudriña con vista de águila a los escasos clientes), con carácter político/militar… (Silencio). Es decir, se trata de crear el germen de una organización de Vanguardia (otra vez casi susurrando),  que tenga clara la toma del poder por la vía articulada, ustedes me entienden, porque en este país ya se cerraron todas las demás rutas o posibilidades.

Luego de otro largo y espeso silencio, Tura la Jefa se atrevió: muy bien, pero nosotros con nuestros vicios, ¿qué pitos tocamos? Bueno, ustedes son un referente para los muchachos, quiero decir que contamos con su experiencia que, en eso estamos de acuerdo todos, no es para nada despreciable compañera, de hecho, desde ya les adelanto una jornada que estamos organizando para el próximo mes en una finca de Orotina, a la cual ustedes serán invitados para que puedan brindar algunas charlas y testimonios, de ello hablaremos más adelante. Pero lo fundamental es que ustedes serán el enlace político con las esferas internacionales y con los colaboradores nacionales. Se les entregarán informes periódicos y podrán aconsejar acerca de la pertinencia de nuestras acciones. Si lo quieren ver de una manera orgánica tradicional, ustedes se convertirían en una especie de pétit Comité Central.

Hubo otro largo silencio interrumpido sólo por la tos persistente de Picado El Cojo, los estornudos de El Planeta y los resoplidos de Guido Reyes. El segundo tomó la palabra. Miren compas y camaradas, me parece una idea excelente, extraordinaria, hay que contribuir con esta nueva organización sobre todo si tenemos en cuenta que nosotros seríamos los guías y los maestros políticos, por así decirlo, pero me preocupa la parte de seguridad, todos sabemos que la CIA anda metida en todo lado y ahora con la tecnología que han desarrollado es mucho más fácil, casi todas las organizaciones han sido cooptadas, pregunto: ¿qué nos garantiza que nosotros no tengamos a algún agente ya trabajando en el interior? Todos se miraron alarmados apurando nerviosamente cafés e infusiones de té verde, tilo o manzanilla…

Guido Reyes se enjuagó con un resto de capuchino y se lanzó: ¿Ven esa cucaracha que va por la ventana? (Todos miran atenta y disciplinadamente) Pues bien, la CIA ya ha desarrollado una tecnología avanzada en forma de insectos y podrían estar grabando esta reunión. Esto me lo enseñó el poeta e ingeniero Noveo Laslíneas, especialista en programación… mmm, no, no, para nada camaradas, no quiero parecer paranoico, pero desde ya debemos implementar normas de seguridad, aquí hay excombatientes y camaradas de experiencia militar, así que presento la moción de establecer hoy mismo líneas de coordinación, comunicación y chequeo concretas.

No es para tanto, no es para tanto compañero Guido, intervino Lemar secundado por Germán El Rojo y Picado El Cojo, lo mismo que La Macha y Tura la Jefa. Vamos poco a poco, terció El Varón. ¡Eso es! subrayó Cora aclarando e impostando la voz como quien, desde ya, se perfila como futuro Secretario General. En principio creo entender que estamos de acuerdo en el planteamiento del compañero Delfín. (Todos asienten). Nos parece necesario desarrollar ese tipo de organización. Ahora bien, se trata de ver en la práctica cómo caminará, mejor dicho, cómo operaremos. Por lo pronto me interesa esa jornada de la que hablabas, Delfín, tal vez si nos ofrecés más detalles porque creo que allí nos enteraremos de lo que va la vaina, y directamente en el campo de trabajo.

Con mucho gusto, camarada Lemar, con mucho gusto. En esa jornada se iniciará el proceso de elección de las jefaturas, de los mandos medios y  de los enlaces. Será una especie de Congresillo. Vendrán delegados de todo el país, ya que, hemos venido trabajando con grupos ecologistas, grupos culturales y artísticos y organizaciones estudiantiles, tanto universitarias como de secundaria. Habrá formación práctica elemental y se definirán las condiciones del trabajo operativo, para calmar al compañero Guido y al poeta Laslíneas quien, desafortunadamente, no se ha hecho presente, de seguro por sus excesivas prácticas de seguridad (risitas), así como las normas y los procedimientos de seguridad más rigurosos que se puedan esperar. La idea es que ustedes pudieran preparar alguna charla sobre la coyuntura y algunos testimonios sobre su militancia. Nos interesa mucho lo último, para que los jóvenes reconozcan nuestra tradición de lucha. Por lo demás, queremos invitar a un par de embajadores para que vean el trabajo que vamos desarrollando y para que tomen nota respecto de su aporte. No tenemos fecha, pero la estaremos comunicando oportunamente por los canales correspondientes. Lo que sigue es definir una nueva reunión y la periodicidad con que nos seguiremos encontrando para darle continuidad al trabajo.

Muy bien camaradas, muy bien, resumió Lemar. Si ustedes gustan nos vemos una semana antes de esa jornada y allí definimos la periodicidad de nuestras futuras reuniones. Propongo una reunión en mi oficina, puedo hacerla pasar por una sesión de trabajo con empresas residenciales o condóminos que precisan de nuestros servicios de vigilancia. (Todos asienten). De esta manera, camaradas, y aprovecho para agradecer y felicitar al compañero Dorado por su labor, y a ustedes por su presencia, se da por concluida la primera sesión del grupo de apoyo a la Nueva Hermandad.


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Diciembre 22

A las cinco de la mañana entumidos, con hambre y sueño desembarcamos todos y formamos con mucho trabajo algunos fogones adentro de la montaña; temíamos que el humo lo observara el enemigo, pero en los fogones secamos los fusiles y algunos cartuchos. A las diez de la mañana nos pusimos en marcha, por dentro de la montaña hacia el Sarapiquí. Don Máximo nos arregló en cuatro guerrillas y se fue adelante a observar. Regresó y dio la orden de ataque, porque los filibusteros estaban distraídos y entretenidos alrededor de una gran mesa. A la primera descarga, como de cinco fusiles, los filibusteros tomaron las armas. “Mataviejas” fue el primero en atacar, algunos filibusteros salieron despavoridos cuando lo vieron venir al lado del sargento Nicolás Aguilar, que tomó la primera trinchera, y los 50 soldados más disparando y con bayoneta calada. Los hicimos tirarse al agua. En eso llegó Mr. Spencer y la demás gente. Se tomó prisionero al Comandante, un tal Thompson y se mandaron a enterrar a unos nueve, a los demás se los llevó el agua. Según cuentas escaparon seis de sesenta y cinco. Nosotros sólo tuvimos dos heridos. Nicolás Aguilar se ganó 500 pesos que había prometido don Joaquín Fernández para el que cometiera la acción de mayor valor. Comimos carne y galletas de dos barriles que tenían los filibusteros. A las seis de la tarde, marchamos hacia Greytown con la orden de capturar vapores. En esta noche, igual que la anterior, nadie durmió porque íbamos en marcha en cinco botes grandes bajo un aguacero. ¿Cómo estará Lucía?

Diciembre 23

A las cinco de la mañana llegamos. No se veía casi nada de la niebla intensa. La jente del pueblo y de los vapores dormía, pero cuando unos filibusteros del primer vapor nos vieron salieron despavoridos. Parecíamos fantasmas medio desnudos pero con arma en mano. El que tenía puesta camisa no traía sombrero y el que tenía pantalones, aunque rotos y asquerosos, no traía otra cosa. Empiezan a llegar lanchas llenas de curiosos de los vapores ingleses de guerra y mercaderes, se trasladan y se ríen de nuestra facha. Es una ciudad en crecimiento, las calles tienen nombres en inglés y hay una que se llama Walker. Cerca del atracadero hay un enorme hotel de madera y cerca el Consulado inglés con su bandera ondeando. Es un país extraño. Aquí estuvimos hasta las siete de la noche hora en  que levantamos el ancla con cuatro vapores. Al final comimos algo.


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Setiembre, 30.

Las tropas del Gobierno están al mando del ahora jeneral Blanco (D. Máximo, mi antiguo jefe y amigo) asistido por los señores don Francisco María Yglesias y don Francisco Montealegre, ministro de relaciones el primero, vicepresidente de la República el segundo. Estos señores desempeñan el papel de Comisarios, algo así, según me explicó Manuelito, como en la Convención francesa y el Directorio se estilaba; velan porque D. Máximo cumpla a cabalidad las instrucciones para impedir que se traicione al gobierno. Blanco tiene además tres ayudantes, los jóvenes don Recaredo Bonilla, don Jesús Salazar, y don Joaquín Rojas. El Capellán es “el asqueroso fenómeno llamado Padre Hernández, enano tan pequeño de cuerpo, como grande de vicios y maldades”, según lo describe Manuelito Argüello. 

A nuestra llegada a la ciudad nos enteramos de que se había atacado por el estero y que don Juanito estaba “desaparecido”. Mientras peleábamos en La Trinchera, se desarrolla el desigual combate en la ciudad gracias a la traición de un juez de paz en Puerto Escondido, por donde entraron los gobiernistas. La misma traición que nos hizo el chileno Arancivia dos veces en el río Barranca al cederle la embarcación para cruzar el río al ejército de Montealegre, eso impide el paso de más de 1.200 moristas que venían de San Ramón, Grecia, Alajuela, San José y otras ciudades.

La soldadesca vagaba ebria de licor por las calles. El olor nauseabundo entre las marismas y el estero más la mortandad, me recordó el olor acre de la capital en tiempos del cólera después de mi regreso de Nicaragua. El Jeneral Cañas resolvió entonces asilarse en el consulado colombiano. Nosotros desesperados porque creíamos que don Juanito había perecido, seguimos hacia el cuartel detrás de Manuelito, el cual pronto fue reconocido por un oficial llamado Joaquín López, herediano, célebre por sus fechorías. Con espada en una mano y en la otra el revólver, nos mandó hacer alto y decir nuestros nombres. Cuando Manuel dijo el suyo le disparó a quemarropa, aunque Manuelito también se defendió y las dos balas se cruzaron, pero la de Manuel entró en el cuello del caballo de López que cayó prensándole el brazo y la pierna derechos. El oficial pensó que Argüello lo remataría y le imploró que en nombre de Mora no lo matara, diciendo que el Presidente estaba vivo.

Fue tanta la alegría de Manuelito que le ayudó a López a salir del caballo, rogándole que lo escoltara hasta encontrar al jeneral Blanco. Agradecido le aconsejó que se quitara el gabán negro que lo delataría y que nosotros formáramos detrás como soldados presos. A las cien varas había un gran tumulto. Intentaban ultimar a Manuel Aguilar, hermano de la esposa de don Juanito quien gritaba, “¡cobardes, tengan siquiera un poco de puntería, ¿no ven que sufro tanto?” Lo sorprendieron a la entrada del cuartel dormido y allí lo acribillaron y se complacían en tirarle a piernas y brazos hasta que el mismo Manuel le arrebató un revólver a uno de los soldados y se lo introdujo en la boca. Un soldado gritó: “¡Qué bueno, bravo, aunque ese hideputa Mora debió morir al nacer!” Pensaba que era Manuelito Argüello.

A la vuelta de la esquina nos topamos con el coronel Luis Pacheco y un grupo de oficiales. Pacheco reconoce enseguida a Manuel, se suponía que debía cumplir órdenes: todo el que haya ayudado a Mora será pasado por las armas. Sin embargo, se acercó y le dijo al oído algo así como: “¿por qué no se ha ocultado o huido don Manuelito?, ¡corra, váyase para el estero y nosotros los perseguiremos por otro lado!” Manuelito se lo agradeció diciéndole, para ganar tiempo, que reconocía el error de Mora y que necesitaba presentarse ante el jeneral Blanco, que lo escoltara. Pacheco se prestó gustoso. De camino Manuelito le pidió fuego a uno de los oficiales para su cigarro y éste le respondió: “¡no le doy fuego a los muertos!”. Luis Pacheco le dio un cintarazo con la espada.

Llegamos al fin ante el jefe. Blanco venía montado y rodeado por su estado mayor, le acompañaba el Vicepresidente de la República, don Francisco Montealegre. A Blanco le habían puesto ese señor al lado por desconfianza, dada la amistad que tenía con Manuelito. Al verlo, le dijo a Blanco: “¡que se fusile de inmediato a Argüello, yo me encargo de él! ¡Soldados este es el alma maldita de los Mora, expulsó al obispo Llorente!” y otras diatribas. Don Máximo se quedó viéndome y me guiñó un ojo. Luego nos ataron de manos y nos vendaron los ojos colocándonos de espaldas a una casa en la plaza Victoria. Blanco le suplicó a Montealegre que no nos fusilaran, que ya era demasiada la sangre derramada, pero don Francisco no cedía. Entonces no sé cómo don Manuelito se logró dar vuelta y lanzarse al freno de la cabalgadura de Blanco diciéndole que lo deberían matar frente a el. Lo golpearon y lo volvieron a colocar en el mismo sitio. Entonces, don Manuelito tuvo una buena idea: pidió un sacerdote para confesarse, esto para ganar tiempo. Y se lo concedieron.

Llegó el cura enano, el padre Fernández, diciendo“no te absuelvo porque ya deberías estar en el infierno” y otras sandeces. Manuelito pidió entonces que le trajeran a nuestro capellán el presbítero Antonio del Carmen Zamora pero no lo encontraron. Entonces se decidió cumplir la orden. Nos vendaron bien de nuevo y procedimos a escuchar: “¡Preparen armas!”, “¡Apunten!”… ¡Fuego!”. Instantes eternos aquellos. De pronto sonó una descarga pero como lejana. Quedamos petrificados. Manuelito se logró quitar la venda y vio al oficial regañando a sus hombres porque no habían cebado las armas, el tubo dio fuego pero no comunicó a la pólvora que estaba mojada por la llovizna. Se metieron punzones en las chimeneas de los fusiles, se puso pólvora seca, nuevos tubos y nueva venda a Manuelito. “¡Preparen armas!” “!Apunten!”… y en vez de la descarga se oyó un tumulto y la voz de don Máximo que se había regresado diciendo que él era el General en Jefe: “¡No más sangre, ya se ha derramado demasiada!”. “¡Bonilla, Salazar, Rojas, apoderénse de Argüello  y sus acompañantes y condúzcanlos al cuartel de la Aduana!”.

Nos colocaron en distintas piezas. Por la madrugada se presentó un veterano a la celda de Manuelito, el sargento Blas Alpízar, con una botella de aguardiente para que lo fortaleciera ya que el Consejo de Guerra lo condenaba a muerte y debían fusilarlo al rayar el sol. Anteriormente don Recaredo Bonilla y don Jesús Salazar le habían enviado una apetitosa cena fría con una botella de vino, pero el cabo de guardia se la repartió con sus compañeros burlándose de alguien que ya estaba muerto y no debía comer. Del cansancio de ocho horas de combate, de la huida, más el viaje desde San José y todas las trifulcas de ese día imborrable y  fatídico para el pueblo costarricense, nos adormilamos. Me despertaron unas risas, era Manuelito que al lado se abrazaba con su grande amigo Teodorico Quirós, quien traía la grata noticia desde San José de la conmutación de la pena de muerte por el exilio. Gritamos abrazados, exaltados y en sollozos: ¡Aleluya!

Recapitulo: además de las decenas de muertos entre la trinchera y el estero y casi hasta Puntarenas, sobre todo en la trinchera donde muchos se cosieron a bayonetazos (a tanteo calculo unos 120 muertos), han sido pasados por las armas don Frutos Mora, Manuel Aguilar, Salvador Guevara y Ramón Pasos más unos quince combatientes más; existimos en prisión, además, claro está, de don Juanito, su hermano y el Jeneral Cañas; Manuel Argüello, Ignacio Arancivia, el padre Zamora, Tirso Navarro (gravemente herido), un oficial menor cuyo nombre no retengo y este servidor.

Lo que anoto a continuación me lo narran Manuelito y Arancivia. Resumo: la noche del 28 de setiembre don Juanito buscó refugio en casa del cónsul inglés Richard Farrer, procurando la protección como sede diplomática pero, este temeroso, se la negó, por lo que debió marcharse. En la madrugada de hoy, domingo 30 de setiembre, en un momento en que Farrer, según contó, se dirigía a la cocina, “cuando menos lo pensaba di una vuelta repentina y me encontré cara a cara con Juanito Mora”. Parecía un espectro, víctima de dos días de ayuno. “Quiero que Ud. me salve”, le imploró. Pero Farrer, ofreciéndole algo de comer, más bien lo persuadió para que se entregara, “no pudo tomar más que un poco de vino con agua”, según relató el cónsul.

A las seis de la mañana don Juanito aceptó su muerte pactando su entrega y presencia en el patíbulo a cambio de las vidas de su hermano Joaquín, el Jeneral Cañas, Manuelito Argüello y Arancivia, para las tres de la tarde. Entonces pidió papel y una pluma para escribir tres cartas. Una de cuatro pliegos para su amada Inés, una breve para su hermano Miguel y sus cuñados José Antonio Chamorro Gutiérrez y Manuel Joaquín Gutiérrez Peñamonje, y otra más para el cónsul Farrer sobre un trámite pendiente con terrenos que le había vendido. Al final, le dice: “Le pido mil perdones a Ud. y a su señora por el susto que les di con mi aparición en su casa, y a haber sabido tal cosa no me habría presentado en ella, pues los peligros no me asustan”. Repito, aceptó ser fusilado ante el comisario Francisco María Iglesias con tal de que no mataran a ninguno de sus partidarios. A Arancivia también lo fusilaron.

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San Carlos, Alajuela, Costa Rica, 1958.
Escritor, ensayista, poeta y narrador costarricense. Prolífero hombre de cultura que ha incursionado en la poesía, la novela, la dramaturgia y la actuación teatral. Ganó en 1996, el premio de poesía de la Revista Nacional de Cultura, UNED. Se desempeña como profesor e investigador universitario en el Instituto Tecnológico de Costa Rica, Campus Metropolitano de San José.