Roberto Carlos Pérez (Granada, Nicaragua, 1976). Músico, narrador y ensayista, es autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia. Es también editor del libro en homenaje al poeta mexicano José Emilio Pacheco: José Emilio Pacheco en Maryland (1985 - 2007) y de la novela modernista El vampiro (1910), de Froylán Turcios. Estudió en la escuela de bellas artes Duke Ellington School of Arts y se licenció en música clásica por Howard University. Es máster en literatura Medieval y de los Siglos de Oro por la Universidad de Maryland. Sus áreas de interés incluyen la Edad Media, los Siglos de Oro y el Modernismo. Producto de sus investigaciones son los numerosos ensayos aparecidos en revistas nacionales e internaciones como eHumanista, especializada en temas cervantinos y medievales, Carátula, revista cultural centroamericana, Círculo de poesía, revista electrónica de literatura, El Hilo Azul, del Centro Nicaragüense de Escritores, Lengua, de la Academia Nicaragüense de la Lengua, ANLE, de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, Repertorio dariano, Acahualinca, de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, La Zebra, revista de letras y artes, El pulso, periódico de investigación, Alastor y Luvina, de la Universidad de Guadalajara, entre otras. Ha sido incluido en las antologías Flores de la trinchera. Muestra de la nueva narrativa nicaragüense  (2012) y Un espejo roto (2014). Su cuento «Francisco el Guerrillero» fue traducido al alemán y apareció en la antología Zwischen Süd und Nord: Neue Erzähler aus Mittelamerika (2014). Su libro de ensayos Rubén Darío: la modernidad confrontada saldrá publicado en 2018. Actualmente tiene un trabajo en marcha sobre la tragedia en El príncipe constante, de Calderón de la Barca, y una novela corta. Es miembro colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

La noche serena de Ulises

19 septiembre, 2017

Roberto Carlos Pérez

Hacia la segunda década del siglo XVII, desterrado en el señorío de la Torre de Juan Abad, Francisco de Quevedo compuso el soneto «Retirado en la paz de estos desiertos».


Ulises Juárez Polanco

Hacia la segunda década del siglo XVII, desterrado en el señorío de la Torre de Juan Abad, Francisco de Quevedo compuso el soneto «Retirado en la paz de estos desiertos».

Como la «Noche serena» de Fray Luís de León, que enciende los astros con sólo contemplarlos, Quevedo alumbra las cavernas del alma al revivir a los muertos a través de la intensa lectura.

Son los que ya no están vivos quienes sosiegan su espíritu y animan a su conciencia a vivir una vida plena a través de la Anamnesis. Los recuerdos brotan de «doctos libros» escritos por «difuntos» que, al prestarles el lector su voz interior, regresan a la vida y lo asisten en la pena de vivir. En este ejercicio espiritual, el maestro madrileño nos dejó una lección que, aún en el siglo XXI, el siglo de la diversión y de la ausencia de la meditación y el detenimiento contemplativo, sigue vigente.

Tomo el ejemplo de Quevedo y me retiro a mi pequeño estudio, corro las cortinas de la ventana para que la luna alumbre lo que mi pensamiento, tan estrecho en comparación al del poeta, no puede asir. Me olvido que es día de descanso y de ver películas. Abro el libro La felicidad nos dejó cicatrices del ahora más vivo de los vivos, Ulises Juárez Polanco. Le presto mi voz interior, esa por la que clamó Platón y que sólo yo conozco porque nadie más la ha escuchado, y el pensamiento de un joven que aparentemente vivía lleno de alegría y ajeno a la desazón y a las muertes cotidianas, porque «muerte viva es, Lico, nuestra vida», diría Quevedo, resuenan con estrépito entre pared y pared.

He de confesar que las mejores conversaciones con Ulises sucedían de madrugada, cuando el ruido ambiental de coches y aviones cesaba y le abría paso al croar de las ranas y al suave titilar de las estrellas. Interrumpíamos nuestra labor puesto que ambos disponíamos de esas horas para saber el uno del otro o para hacernos consultas sobre nuestro quehacer literario. Las más de las veces era yo quien detenía sus tareas nocturnas para que él me pusiera al tanto sobre los nuevos libros que salían en Nicaragua.

Ulises amaba la noche y por eso escribía de madrugada. Sin hacer alarde de ello, se rodeaba de libros y, computador en mano, se entregaba a la tarea de escribir, o meditar, porque escritura y meditación van de la mano. Así lo reflejan muchos de sus cuentos que transcurren en momentos de vigilia cuando, mientras todos dormían, él comenzaba a crear historias sobre ancianos que asesinan a un héroe de lucha libre, o a tratar de entender a su opuesto («Ulises y yo»), aquel Ulises que él nunca podría ser porque se lo imaginaba inmerso en la diversión, lejos de la vida contemplativa, o a redactar su diario «Los días felices», que casi siempre publicaba de noche, específicamente a la tres de la madrugada, como ha de notarse en muchas de sus entradas.

Como Quevedo, Ulises se comunicaba muy bien con los difuntos, especialmente con Borges, Sabato, con su adorado David Foster Wallace, que tanta huella dejó en él, y hasta con Federico García Lorca. Y nos dice que «siempre pasa algo catastrófico cuando uno persigue la felicidad» («Amor interrumpido») y «Ay, qué terrible, Federico, es ver el reloj y saber que son las tres de la madrugada, las tres de la madrugada cuando la plaza se cubre de yodo; la muerte pone huevos en la herida a las tres de la madrugada…» («Los días felices»).

Contrario de lo que aparentaba ser con su contagiosa felicidad, Ulises estaba abierto a los grandes enigmas del mundo: el paso del tiempo, el amor y la muerte. Le venía todo de golpe en el momento en que los astros tocan su música y nos inundan con la armonía de las esferas, como diría Pitágoras.

Esa armonía ha degenerado en caos desde que «la muerte, la maldita», en palabras de Darío, vino y se lo llevó. Pero él es ahora uno de los astros que alumbran la noche serena y, desde el fondo de «La noche oscura» de San Juan de la Cruz, arde el firmamento iluminado con la alegre sonrisa de Ulises. Seguros de que él nos mira desde arriba, rodeado de «doctos libros», contemplamos ahora el cosmos mientras decimos, para alumbrar la oscuridad en la que hemos quedado, como Fray Luis:

Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,

el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente;
Loarte y digo al fin con voz doliente:
…………………………………………………
¡Ay, levantad los ojos
aquesta celestial eterna esfera!
burlaréis los antojos
de aquesa lisonjera
vida, con cuanto teme y cuanto espera.

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Granada, Nicaragua, 1976.
Músico, narrador y ensayista, desde los once años vive en los Estados Unidos. Autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (Leteo Ediciones, Casasola Editores, 2012), estudió la trompeta en la escuela de bellas artes Duke Ellington School of the performing Arts y se licenció en música clásica por Howard University.

Ha publicado cuentos y ensayos críticos para revistas nacionales e internacionales como El Humanista, revista especializada en temas
medievales y cervantinos; Carátula, revista cultural centroamericana; El Hilo Azul, revista literaria del Centro Nicaragüense de Escritores; Lengua, revista de la Academia Nicaragüense de la Lengua y El Sol News, periódico de noticas de Nueva York, entre otros.

En 2006 publicó su primer relato «El aperreamiento» en La Prensa Literaria. Ha sido incluido en la antología Flores de la trinchera. Muestra de la nueva narrativa nicaragüense (Nicaragua: Fondo Editorial Soma, 2012). Estudia literatura española en la Universidad de Maryland.