adriano de san martin

«La sed de los días», de Celso Romano

30 septiembre, 2017

Adriano Corrales Arias

A partir de una investigación antropológica “sobre los veteranos de la guerra civil del 48”, conducida por el Dr. Alejandro Barquero y apoyado por los historiadores Rubén Juárez y Beltrán Salas, tenemos la oportunidad de conocer y adentrarnos en la historia de vida de Teodoro Villegas Ulate, también conocido como Teo, Doro y David, seudónimo político, este último, durante la compleja guerra civil de 1948 con sus errores, excesos y horrores.


A partir de una investigación antropológica “sobre los veteranos de la guerra civil del 48”, conducida por el Dr. Alejandro Barquero y apoyado por los historiadores Rubén Juárez y Beltrán Salas, tenemos la oportunidad de conocer y adentrarnos en la historia de vida de Teodoro Villegas Ulate, también conocido como Teo, Doro y David, seudónimo político, este último, durante la compleja guerra civil de 1948 con sus errores, excesos y horrores.

“Teodoro nació en 1920 en San Isidro de Coronado en un hogar muy pobre y combatió en el bando del Gobierno durante la guerra civil del 48 –Teodoro era militante del partido Vanguardia popular -. Desempeñó los oficios más diversos: desde repartidor de carbón en Coronado a obrero de una siderúrgica en Puerto Ordaz, en el oriente de Venezuela, pasando por peón cañero y mecánico en un ingenio de Grecia, operario de la Compañía Bananera en la zona sur, botero en los caudalosos ríos del norte costarricense, en el San Juan y el Lago de Nicaragua, electricista de mantenimiento en un hotel de Caracas… En su infancia recolectó café en fincas de Guadalupe, Moravia y Curridabat junto a su padre. Y a su llegada a la capital venezolana laboró en la construcción. Y fue conserje y camillero en el hospital san Juan de Dios, un trabajo muy a propósito – o muy a despropósito, depende de la perspectiva – para un antiguo combatiente. Y, justamente, Teodoro Villegas siempre amó esta palabra, combatiente, y cuanto ella connota. Y esta palabra, según él, lo definía – quienes lean su testimonio le darán la razón sin chistar-.” (“La sed de los días”, Prólogo del Dr. Alejandro Barquero, págs. 8-9).

 

Bajo ese manto supuestamente académico, que justifica muy bien su tipografía, se desenvuelven los acontecimientos de esta bien escrita y estructurada novela que hurga en las heridas abiertas por la contienda bélica durante el año clave de 1948. Celso Romano (seudónimo de Francisco Rodríguez Barrientos) nos confronta con los horrores de la guerra civil costarricense de ese año y sus secuelas: fusilamientos, ejecuciones sumarias, aplicaciones falsas de la ley de fuga, persecuciones, torturas, violaciones de mujeres frente a familiares, asesinatos a mansalva, exilios, etc. Es decir, nos enfrenta a una realidad oculta y borrada por la historia y la historiografía nacional, léase oficial.

Pero, además, a través de la historia de vida de su personaje central, nos presenta el marco casi salvaje de la colonización de la bajura sancarleña y del norte de Costa Rica. Asistimos a la brutal experiencia de este hombre frente a un caporal, gamonal o, sencillamente explotador, violador y asesino (Isaías Reyes Campoamor, alias “Cebú”), quien administra su hacienda cual señor feudal con siervos en vez de peones, y se permitía el acoso y la violación de mujeres, así como la desvalorización de varones sin que nadie se le enfrentara. (Dicho personaje me recuerda, por cierto, a algunos de esos seres entrevistos en mi lejana infancia rural). Es matoneado, por supuesto, y el lector, de alguna manera, lo agradece.

Esos acontecimientos, enmarcados en paisajes ribereños exuberantes y paradisiacos (hoy la deforestación ha acabado en mucho con ellos), más otras peripecias del trabajador/narrador, va cimentando la conciencia social y política de Teodoro, hasta que, de manera orgánica, termina militando en el partido Vanguardia Popular, ya de obrero en la United Fruit Company en el Pacífico Sur. Y acá, a modo de digresión, se debe subrayar el ingreso de nuevos paisajes a la narrativa costarricense. Mejor dicho, la zona norte de Costa Rica ha sido poco frecuentada por nuestra novelística; hay atisbos en Fabián Dobles (“En el San Juan hay tiburón”), José León Sánchez (“La isla de los hombres solos” y “La colina del buey”) y Gerardo César Hurtado (“El libro brujo”). Hay que enfatizar, eso sí, la novelística de la región norte como la de Adriano Corrales Arias y la de Álvaro Vega Sanchez (“Emma”) y, naturalmente, en la narrativa del mismo Rodríguez Barrientos.

En “La sed de los días” las aciones transcurren en el río San Carlos y sus riberas, el río San Juan y el gran lago Cocibolca de Nicaragua hasta el Caribe. Pero, además, ya hemos asistido a San Isidro de Coronado y alrededores, Grecia, Villa Quesada y la “bajura” sancarleña, la zona de los Santos durante la guerra civil, Puntarenas y el Pacífico Sur, San José, por supuesto, y más tarde Caracas y el oriente venezolano. Hay descripciones intensas que se avienen muy bien con el estado de ánimo del personaje, su psicología y el trepidar de las acciones: “Arranqué el bote y lo conduje durante algún tiempo por la margen derecha del río, cuya cobertura boscosa era más densa que la de la ribera opuesta; de esta forma podía ocultarme mejor de las miradas ajenas, caso de haberlas atisbando por ahí. De todos modos la noche era bastante oscura y solo iluminada a trechos en el cielo por el resplandor de las estrellas y de la luna en cuarto menguante. Para mi fortuna, desde hacía varios minutos había dejado de llover. Yo conocía bien el trayecto, casi podía llevar la lancha con los ojos cerrados. No obstante, tenía los ojos muy abiertos y observaba cuidadosamente el cauce del San Carlos, crecido a causa de los recientes aguaceros”. (“La sed de los días”; págs:.203/204).

Por ello me atrevo a afirmar que esta novela es una novela de frontera, o fronteriza, ya no solo por la geografía entre dos naciones, Nicaragua y Costa Rica, sino porque se adentra más allá de las fronteras agrícolas y socioculturales del país en una época de conformación de un nuevo estado nacional, a partir de un singular y renovado pacto social, conocido como la “segunda república”. Es, por demás, una novela de formación, ya que antes hemos conocido parte de la infancia, adolescencia y juventud del personaje principal, junto a artesanos y obreros anarquistas y militantes comunistas; así como los primeros escarceos de amor de Teodoro, el cual, por su vida errante, debe conformarse con variedad de mujeres en toda suerte de prostíbulos.

A medida que se forja la conciencia sociopolítica e ideológica del personaje, se cimienta su cultura a través de los viajes y de las lecturas. Teodoro se convierte en un lector voraz y en un melómano; siempre encuentra maestros que lo orientan en sus pesquisas históricas, filosóficas, literarias y artísticas. En el viaje por la vida de este singular personaje, vamos también tomándole el pulso a momentos importantes de la historia social del país, en diversas localidades y regiones (muchas de ellas, repito, inéditas en nuestra literatura), y a sus particularidades en cuanto a la conformación de fuerzas sociales y bloques políticos. Viajamos hasta la Venezuela del dictador Pérez Jiménez con su represión, crímenes y terrores, lo que le brinda cierta actualidad a la narración.

Francisco Rodríguez Barrientos "Celso Romano"

Francisco Rodríguez Barrientos «Celso Romano»

Por demás, el sustrato de la novela nos coloca frente a disímiles identidades de eso que se ha dado en llamar lo costarricense. Ya sin folclor y sin realismo socialista – sin ninguna tesis que probar-, la novela transcurre con una verosimilitud sólida en cuanto a personajes, locaciones y peripecias, lo que provoca el que sigamos interesados en su lectura y en el epílogo de la vida de Teodoro y sus seres queridos. He aquí una apasionante novela enmarcada en un período de la historia patria poco frecuentado por la literatura criolla, la cual se atreve con momentos dramáticos y desconocidos para muchos posibles lectores, especialmente jóvenes.

En buena hora este autor con seudónimo tan sui géneris, nos entrega una muy bien hilvanada narración novelesca, la cual recomiendo sin ambages. Sé que vienen más, puesto que en el prólogo el autor anuncia una trilogía llamada “Malinconia”. Deseo subrayar, finalmente, que estamos ante un narrador robusto y bien dotado, conocedor de su oficio y sus múltiples entresijos, así como del material que manipula con destreza, y cuyo aporte, no lo dudo, permitirá en mucho la expansión del ya amplio panorama de la novela costarricense y centroamericana.

Comparte en:

San Carlos, Alajuela, Costa Rica, 1958.
Escritor, ensayista, poeta y narrador costarricense. Prolífero hombre de cultura que ha incursionado en la poesía, la novela, la dramaturgia y la actuación teatral. Ganó en 1996, el premio de poesía de la Revista Nacional de Cultura, UNED. Se desempeña como profesor e investigador universitario en el Instituto Tecnológico de Costa Rica, Campus Metropolitano de San José.