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Ana Ilce Gómez: Poemas últimos (2014)

4 diciembre, 2017

Ana Ilce Gómez

Ana Ilce se presenta con una voz muy singular, honda e íntima, de persistente calidad, una verdadera escritora de culto para los jóvenes que hoy la buscan en Internet porque sus libros difícilmente están disponibles en las librerías. Empeñada en una terca voluntad de anonimato, cuesta convencerla de acercarse a los reflectores. Huraña y discreta, aunque de risa fácil, se asusta al oír mencionar su nombre en público, como si asomarse al mundo fuera un pecado capital.


He conocido

He conocido el cansancio sin límites,
el amor sin límites,
los extremos de la soledad y del delirio,
pero también he conocido, ¡ay!
el horror de la palabra que no cesa
y que no me deja vivir
ni morir.

Cadalso

entre los escondrijos de herrumbrosas palabras
te busqué
y pretendí encontrarte intacto
como si el tiempo
no hubiera enarbolado su hoz
y segado todo sitio
de esperanza.

Esa otra sed…

Definitivamente esta oficina ruidosa
y gris es un desierto
y yo soy un camello melancólico
que no guardó reservas de agua
para purgar
su sed.

Entre los escondrijos de herrumbrosas palabras
te busqué
y pretendí encontrarte intacto
como si el tiempo
no hubiera enarbolado su hoz
y segado
todo sitio de esperanza.

Guárdame

Guárdame de los sueños
que no fueron soñados y más aún
de aquellos
que fueron tan solo presentidos.
Guárdame del puñal de una mirada
de su insistente sabor a cobre
y de la falsedad de aquel camino
que transité.
Guárdame de los días gastados
por el desamor y la inocencia.
Llévame lejos de lo que ya olvidé
y declaré muerto siete veces.
Acércame a los labios otro cáliz
menos solemne y más humano.
Libérame, por Dios, de la costumbre
de volver al mismo sitio donde amé
y sucumbí
igual que el horrorizado asesino
que sin saber por qué
regresa una y otra vez
al lugar irremediable
del crimen

Agujeros

Un día de tantos uno descubre
pequeños huecos en la memoria.
Unos agujeros finísimos por donde se escapa
la lucidez o se escurre la luz
o se desgasta el pertinaz chorro de
los recuerdos.

Cuando esto sucede nada se puede hacer, nada,
sino pasar a formar parte del paisaje,
páramo borroso
dédalo donde nos perdemos
aguas verdes donde vagan triturados rostros
amados, días en que fuimos felices,
súbitos momentos en los que se instaló una vez
el amor.

La desmemoria
es una pájara lúgubre que descansa acechando
en mi costado.
Ella no canta. Picotea el cerebro,
aja nombres y fechas,
apolilla el pasado aún
prematuro,
destiñe el tinte en el que preservabas tu luz.

Sin embargo, perder la memoria no es tan malo.
Cuando se aleja, deja tibias cenizas en tu lecho
y de vez en cuando te cura
de algún viejo dolor.

Canto y llanto de los abuelos

El viento golpea nuestro cuerpo.
Desde hace tiempo venimos caminando.
Cuántas lunas han pasado.
Cuántos soles han incendiado nuestra frente.

Solo se oye el rumor de los pasos.
Subimos y bajamos.
Nos quebranta el desierto.
Nos descoyunta el viento.

Sangran nuestros pies sobre las piedras.
Huyen las lagartijas al ruido de los pasos.

A lo largo del camino hemos venido
enterrando a nuestros muertos.
Solos los hemos dejado sin una gota de agua.
Sin una vela temblorosa.
Sin nada.

Cuántos días infinitos nos esperan.
Cuántas ciénagas.
Cuántos gritos.

Éramos felices nosotros.
Nos levantábamos al alba. Cazábamos.
Encendíamos fuego junto al río.
Juntábamos las piedras
para edificar junto a la noche
la felicidad
como una casa inmensa.

Nadie nos arrebataba el aire ni la vida.
Nuestros dominios eran nuestros.
Cuando cerrábamos los ojos soñábamos
y en la vigilia tejíamos
o cantábamos el nacimiento del sol.

Nuestros cabellos perdieron su color
en el camino.
Se envejeció el orgullo de nuestra piel.
Se apagaron los ojos buscando la luz
detrás de cada colina que subíamos,
buscando la paz detrás de cada maleza
que bajábamos.

Venimos desde lejos.
Se llevaron el agua donde mirábamos la luna.
Nos dejaron el páramo.
Se llevaron el rumor del viento.
Nos dejaron las penas filosas.
Los racimos de piedras.

Perdimos la memoria y los recuerdos.
Cruje la tierra a nuestro paso.
Perdimos la sal y la ventura.
Tiembla la tierra a nuestro paso.
Perdimos el habla.

Algún día, cansados del acoso
nos detendremos en las planicies solitarias
Reconstruiremos nuestros templos.
Juntaremos de nuevo nuestra raza.
Daremos a nuestros hijos viejos nombres
grabados en los códices: Tonatzin,
Tzotzocolli, Nancimí…

Algún día esa fuerza que nos viene desde lejos,
que cargamos oculta entre la sangre y el aliento,
irrumpirá a las puertas del extraño
para tomar lo nuestro.

Reclamaremos nuestros muertos disecados.
La sal robada.
La amada tierra convertida en losas amargas
de cemento y cal.

Volverá el aire a su pureza,
el oro a sus vasijas,
el orgullo a la raza.

Ahuyentaremos para siempre al que vino desde lejos
a callar con sus metales nuestros pasos de arcilla.

Desafiaremos sus templos.
Por tierra echaremos sus ídolos.
Avanzaremos hacia ellos
cargando en nuestros hombros el desierto
que nos dieron
para que conozcan la sed y la locura.
Les regresaremos sus espejos
donde quedó pintada nuestra angustia.

Nada nuestro les quedará.
Nada suyo nos podrá sobrevivir.

Sobre la tierra arrasada juntaremos huesos
y cenizas.
Soplará un viento nuevo y el sol iniciará
el incendio.
Vendrán entonces nuestros güegües
a escuchar con nosotros el inmenso derrumbe:
Las olas golpeando las estatuas.
La sal corroyendo los mitos.
Los hongos y líquenes borrando los altivos mapas.
Los viejos mástiles hundiéndose por los siglos de los siglos
en el lecho del mar.

Sangran todavía nuestros pies.
Brillan bajo la luna nuestras viejas heridas.
Pero aun así, iniciamos el canto,
encendemos el fuego
y nos preparamos para saludar
el más deslumbrante de los días.

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