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Cuentos en las tierras de los escarabajos de agua

4 diciembre, 2017

Ana Ilce Gómez

Cuentos inéditos de Ana Ilce Gómez, publicados en la revista Ventana el sábado 4 de agosto de 1984.


Tomados de la mano jugaron a la ronda.

Era el mediodía cuando llegó al pueblo el rebañito de niños. Cansados, sudorosos, con los ojitos abiertos como platos del horror. Venían de San Antonio de Yacalwás. Sangre y fuego llovía por los cuatro costados de la comarca. Casas humeantes. Cadáveres. Trastos tirados en los caminos. Desolación donde minutos antes la vida brotaba hermosa y tranquila de la tierra.

Burlando el olfato de las bestias se habían escapado. Saltando alambradas, amparándose en la complicidad de los montarascales. Sorteando ríos. Hurgando entre el miedo y la esperanza, abriéndose paso entre cañaverales y monte cerrado, llegaron. Tomados de la mano venían como un racimo de platanitos tiernos y conducidos por aquel otro niño de ojos claros y crecido de golpe ante el dolor.

Los padres y los abuelos se habían quedado allá. Con la frente en alto entraban al martirologio defendiendo aquel pequeño pedazo de patria llamada San Antonio de Yacalwás. Entonces fue cuando este niño recién egresado de la cuna se fajó como los hombres. Agrupó a los otros niños. Se puso a la cabeza de la pequeña tropa y evadiendo los peligros de un camino signado por la muerte, los arrancó del ara, cuando ésta se encontraba ya dispuesta. Y Herodes impotente no encontró sangre joven para su oscura sed.

Recuerdo cuando en una humilde ceremonia de zapatos rotos y miradas limpias le entregaron el fusil que se había ganado. Yo sentí entonces como el corazón de la patria se ensanchaba por los cuatro costados y estallaba en millones de voces que confirmaban la decisión de libertad o muerte.

No supe cómo aquel niño se llamaba. Sólo sé que era hijo de Tino Escobar, un campesino militante del Frente Sandinista. Sólo sé que tiene los ojitos claros y mirando hacia el futuro como los de Carlos Fonseca.

Vos buscabas el amanecer y el amanecer ya era

En Wamblán alguien me narró la historia de un miliciano evangélico. Dicen que era persistente. Cuántas veces por día recorría los grupos, las escuadras, las champas donde descansaban los compañeros, en tono admonitorio repitiendo a cada uno: – No matarás. El evangelio dice: No matarás.

Y el jefe de compañía a duras penas contenía su impaciencia. Aquellas palabras en el alma sencilla de algunos combatientes sembraron el desconcierto. En otros despertaban el atavismo, el miedo secular al infierno prometido.

Un día los contrarrevolucionarios les cayeron encima. En medio del estallido de bombas y morteros el amigo se acordó de él. ¿Qué estaría haciendo en aquellos momentos? ¿Cómo enfrentaría aquella situación en que el enemigo impone la alternativa única de matar o morir? Se lo imaginaba resignado con el fusil a un lado esperando la muerte. En un alto del combate alcanzó a verlo pecho a tierra entre el polvo y la humareda. Preocupado le gritó: -¿cómo estás, camarada, cómo estás? – dicen que el evangélico con voz salida como de las entrañas mismas, textual le contestó: -Aquí, hermano, volando verga, bola verga vos también y no te preocupes por mí.

Pasó el tiempo y varios combates después cayó el mejor amigo. Desde entonces y desde aquella tarde de polvo y humareda, este combatiente evangélico reclama, pide, exige estar allí, en cada primerísima línea de fuego.

La peregrina

Bernadé, doña Águeda, Marvin, Cesario, la doña Julia, hermanos que se encienden en mis sueños. Cada quien mirándome desde sus ojos con elogios, con reproches, con ternuras. Cada quien a su manera hizo un lugar en este corazón de madre selva.
Pero ellos se quedan en Wiwilí, yo me marcho. Esto es así. En mis espaldas llevo marcadas las miradas de los seres hermosos que cada vez se despiden de mí. Sin embargo, a pesar de los adioses, tengo la certeza, de que yo vine a la tierra cálida y redonda para quedarme.

Ellos iban de sombras y soles encendidos

A eso de las coordenadas yo no lo entendí nunca. Víctor y Arturo se pasaban noches enteras hablando sobre eso. Tendían un mapa sobre la mesa y entre inagotables tazas de café iban sacando cuidadosamente cifras, cálculos, rayitas para un lado y para el otro. Y al final allí estaba resumida la estrategia del próximo combate, la estrategia del próximo revés al enemigo. Yo no entendía ni me esforzaba por entender. El derecho al secreto militar no me pertenecía. Pero aquello era un ejercicio de paciencia que terminaba con los papeles celosamente guardados en lugares que sólo ellos sabían.

Desde mi hamaca yo los miraba todas las noches. A veces no se ponían de acuerdo y discutían fuertemente bajo la escasa luz del candil. Los largos brazos de Arturo se dibujaban entonces sobre la pared de tablas y su figura encorvada crecía desproporcionadamente en los cuartones como un fantasma larguirucho y enfermo. Siempre terminaban pactando la paz.

Eran tipos vitales. Amaban profundamente la causa de la lucha. También amaban la vida sin rehuir por ello el riesgo abundante de la muerte. Yo conversaba largamente con ellos. La montaña multiplicaba voces oscuras que subían de Berlín y del Valle de los Condega. Voces humanas mezcladas con ladridos de perros y gallos lastimeros. Entonces ellos cerraban los ojos y me contaban sus sueños, sus esperanzas, los amores inciertos sostenidos en aquel batallar donde lo cierto, lo seguro, lo no discutible es que se lucha para vencer o se muere para vivir en la esperanza de otros hombres.

¿Dónde están ahora? ¿Bajo qué champas, qué sueños tejen? ¿Qué patria alta y dolida los habita?

Cuando los enigmas son más que simple asombro

Era una pocita pequeña del ancho de la boca de un barril. Junto a ella había unas matitas de rosa y por las mañanas las rosas deshojadas flotaban en la superficie. Era muy lindo aquello. Pero a veces el agua amanecía turbia y cenagosa como agua de malas intenciones. Un día descubrí unos pequeños remolinos que subían desde el fondo. Miré detenidamente y vi que allí estaban los escarabajos.

Me salí apresuradamente. Fui a buscar a doña Eulalia a decirle que fuera a ver la poza. Que unos escarabajos estaban revolviendo el agua. Que el agua se ponía oscura a causa de ellos. Que había que sacarlos en nombre de y por la higiene.

Doña Eulalia me quedó viendo fijamente. Meneó la cabeza desaprobando mi propuesta y en tono más serio aún me reconvino: ¨ que si usted saca los escarabajos la poza nunca más dará agua¨.

Después la Pinita, la hija de doña Eulalia me contó que los escarabajos vivían en unos huequitos hechos por ellos mismos en las paredes de la poza. Que ellos llamaban secretamente el agua. Que su presencia era símbolo de vida. Que si se sacaban el agua se moriría. Que había como una comunicación entre los animalitos y el agua portadora de vida para el hombre y otros misterios más.

Entonces yo, dentro de mí, humildemente le pedí perdón a los escarabajos por ignorar la magia de su oficio. Eso fue en Plan de Grama.

Más allá de trompos y rayuelas

Los conocí en la base del Batallón 3631 en Wiwilí. Exactamente en el mismo sitio donde hace más de 50 años fuera cuartel militar del General Sandino.

Era diciembre y Wiwilí se preparaba intensamente para enfrentar una nueva ofensiva contrarrevolucionaria. En medio del hervidero de tropas, en medio de viejos guerreros al fragor del combate estaban ellos cargando sus fusiles.

Silvia Monterrey me contó entonces la historia de aquellos tres niños. Eran alumnos de Carmen Sánchez Santander, la heroica profesora de Plan de Grama. La mujer que se atrevió a increpar en su cara a un jefe de las fuerzas de tarea. La compañera de Enrique. La madre de dos niños que paraditos en la puerta quedaron esperando para siempre la visita de la madre que nunca llegaría.

Porque sucedió que una mañana de septiembre vinieron a decirle a Enrique que la espalda generosa de Carmen estaba sangrando sobre el camino. Sobre el camino a Laguna Verde, sí. Había sido asesinada. El padre de Carmen también había perecido. Hasta las bestias en que montaban estaban acribilladas.

Y a la escuela de Plan de Grama llegó también la noticia. De boca en boca corría el tristísimo parte: Carmen ha sido emboscada. Carmen está muerta. La profesora no vendrá más.

Impávidos aquellos tres niños escucharon la noticia. Lentamente cerraron sus cuadernos. Se despidieron del trompo y la rayuela. Le dijeron adiós al abecedario cuyas letras resultaban inútiles para dibujar la rabia y el dolor. En el fondo de sus salveques raídos guardaron para siempre la inocencia y levantándose de sus pupitres con voz cargada de siglos dijeron: ¨No venimos más. No habrá más escuela para nosotros hasta que venguemos la sangre de la profesora¨.

Y desde entonces van por las quebradas, por las cuestas, por los martirizados cerros de Wiwilí, afinando la puntería.

Espejismo

Mi memoria insiste siempre en recordar aquel día de espejismos. El ataúd estaba allí a la orilla del río. El negro desteñido de la madera contrastando con el gris claro de la arena. Era mediodía y allí estaba -absurdo en el paisaje- como un barco encalado sobre la ribera reseca y solitaria del río. De repente cargando un niño en brazos una mujer desembarca hacia la costa. Ella ha divisado el ataúd. Apresura los pasos. Corre ahora y cae de rodillas ante el féretro. Y comienza a gemir quedito, a secretearse con su muerto. Largo rato está allí y solamente por los hombros convulso uno sabe que solloza.

Dentro de la caja está el cadáver de su compañero. Un combatiente de la tropa de Juan Rojas, caído hace tres días en Kilambé. El cadáver empieza a descomponerse y unas burbujitas azules y violetas comienzan a reventarle el pecho. Nadie se atreve a interrumpir a la doliente. Su pensamiento flota en otras esferas lejos del frío y del calor, de la sed y el sueño.

José, mi responsable del grupo, me dice que me le acerque, que le de consuelo. Y yo sinceramente no se qué decirle a esta mujer cuyo universo cruelmente desgarrado estaba ahí encerrado y sellado en una caja de madera. Me acerco y a mis labios sólo acuden palabras absurdas. Frases que enfrentadas al dolor pierden sentido. Y no sé si decirle: ¨compañera, cálmese, no llore¨. ¨Su marido no ha muerto realmente¨, ¨en estos momentos hay que tener fortaleza¨ y cosas así. Al final aprieto los dientes y extrañamente me oigo decir: ¨compañera, son las doce del día, está haciendo un calor muy fuerte y el niño puede que tenga sed¨.

La mujer, como saliendo de la niebla o del sueño levanta pesadamente la cabeza. Me mira sin comprender. Abraza el ataúd, lo acerca a la ensenada seca de su pecho. Y llora.

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