El contador de estrellas

26 septiembre, 2018

Toco el timbre una vez. Con inseguridad lo vuelvo a tocar. Al instante abre una mujer de mediana edad. Le sonrío vacilante y con la mano abierta me peino el cabello hacia atrás.— Buenas, me está esperando el padre –le digo…


A Ernesto Cardenal

Toco el timbre una vez. Con inseguridad lo vuelvo a tocar. Al instante abre una mujer de mediana edad. Le sonrío vacilante y con la mano abierta me peino el cabello hacia atrás.

—Buenas, me está esperando el padre –le digo.
—Si, pase adelante –contesta.

La mujer voltea medio cuerpo hacia el interior de la casa y alza leve la voz mientras cierra la puerta de una hoja.

—Aquí está la persona que usted está esperando.
—Decíle que pase – escucho, y reconozco su voz arrastrada y algo ronca.

Doy unos pasos, lo veo sentado en medio de una sala en una de las sillas abuelitas de varios colores que lo rodean. Está sitiado por grandes pinturas primitivistas, una que otra escultura de metal y de madera en las esquinas, las demás paredes están vacías y una luz tenue tiñe el ambiente de absoluta sobriedad. Su cara es la de un niño a merced del momento, va soltando una sonrisa forzada al verme y no sabe qué hacer, hasta que, tímido, contesta mi saludo. La mecedera que lo acoge es la roja, sus pantuflas ocultan casi enteros sus pies, sus canillas son blancas, peladas y resecas, sus manos que parecen palpitar, se agarran de los brazos del asiento. Lleva la misma cotona campesina de siempre y un pantalón corto, azul como de preso. No veo su boina negra en su eterna cabeza blanca. En persona es más delgado, y su cabello más opaco.

—¿Cómo estás? Sentáte– me dice, y aguarda en silencio.

No me siento, me le aproximo y le doy un beso en la mejilla, me separo, me pongo frente a él y le pregunto sobre su estado de salud. Intuyo al instante que mi trivial expresión la recibe como lo más molesto del mundo. ¿Cómo está su salud? Y peor cuando no hay razón evidente, no hay crisis que lo tenga postrado en la cama, ni siquiera una breve tos.

—Bien, estoy bien, sentáte – me dice otra vez.

Entonces me siento con la certeza de que me levantaré en menos de un minuto para irme, después de mi misión.

—Al fin, aquí le traigo el libro del que le habló Luz Marina.
—Muchas gracias.
—No sé lo había traído antes porque el tiempo siempre lo enreda a uno, pero aquí está –me excuso tontamente.
—Si, muchas gracias –me responde escueto.

Apaga un poco la sonrisa y toma el libro, lo sostiene entre sus manos, concentra la mirada sobre la portada y se detiene en la figura de la mujer descascarada. Después de unos segundos, sigue con la contraportada, curiosea las solapas, alza sus ojos hacia mí, como buscando encontrar algo en mi rostro, vuelve al libro, lo ojea rápido avivando la vista tras sus lentes, lo cierra, luego lo enjaula entre sus brazos y se lo lleva hacia el pecho como un juguete nuevo.

—Aquí estoy yo en esta foto –le digo mostrándole una página–, me pusieron a hablar cuando enterramos a su sobrino en Managua.

—¿A Gabriel o a Toño?
—A Gabriel.

Coloca el libro sobre sus piernas. La sonrisa de cortesía con que me recibe, regresa agradecida. Es una risa delgada con una sombra de cansancio, algo apretada, de esas que dicen una cosa, pero que sienten otra. No lo sé. Tal vez esté pensando: sé quién sos, pero no te recuerdo o, no quiero recordarte o, no quiero saber de vos, solo dame tu libro y andate ya.

—Gracias, lo leeré –dice de nuevo.

Vuelve otra vez a la portada y pasa su mano sobre la foto de la estatua de la mujer de yeso que está en ruinas.

—No está en relieve la fotografía –le aclaro.

Levanta la vista, otra vez busca algo en mi cara y encuentra mi mirada sobre la suya.

—Rafael Renner murió –dice inexpresivo.
—Sí, fue hermano de mi madre –le contesto- y él inclina un poco la cabeza.

Sus ojos brillan todavía, sueltan una luz infantil de desamparo, luego se anegan de un tono ambiguo que, fácil se adivina que me mira solo porque tiene que mirarme. Estoy allí y nada más, y él está allí con mi libro entre sus manos. Se posa entre los dos el silencio, un instante, comprendo que no tengo más que decir, y creo que él prefiere que me vaya. Yo quiero liberarme de ese incómodo momento: el silencio en su grandeza me enmudece. Los dos queremos salir del trance para volver a nuestras vidas cotidianas. Es un miércoles cualquiera a las diez de la mañana, el tiempo sigue alcanzándome la espalda y a él ya lo tiene secuestrado. No quiere percatarse de este instante, ni de millones de instantes similares, frívolos, que seguramente poblaron su existencia.

Yo quiero continuar con los mandados que me quedan en el día, irme y saborear el gustito que siempre queda cuando se cumple con algo especial, como esto. Él, seguramente volverá a la quietud de su estudio a leer mi libro u otro. No lo sé. O tal vez, no haga nada y solo se acomode de nuevo sobre el jergón de su hastío por sus extensos años.

“En realidad odio al tiempo”, dijo en el periódico, tan convencido, como tan lúcido y sensatamente publicado. No le importa que el mundo sepa que sus años ya lo agobian, que no tiene nada que perder o que ganar si no guarda la pose frente a las cámaras. No andará disimulando el tedio de cada minuto que pasa, la agobiante lentitud de las horas aletargando sus días y el fastidio de tener que dormir, comer, orinar, despertar, inventar en qué mover las manos y la conciencia y perder la cuenta de las estrellas que ha contado y volver a comenzar.

Sentirse él mismo “el aburrido solitario de la eternidad” que dice que es Dios, “contemplando impasible su final” que dice de Dios.

Y encima, los recuerdos y recuerdos y recuerdos, saltando de sus neuronas lozanas que se resisten a morir. Los recuerdos, apareciendo en su memoria sin llamarlos y tenerlos que tolerar porque ya no quiere recordar, está harto de recordar, incluso las cosas que más le festejaron el alma o le partieron el corazón. Solo él lo sabe, y sabe que se fueron a los agujeros negros de su tiempo que se acaba, le tienen sin cuidado: ¿Gabriel o Toño? Rafael Renner.

Ahora le resulta vital saber dónde está el vaso o la silla, el pasillo hacia la cama, y qué es lo que va a cenar, almorzar, desayunar, tomarse alguna medicina, cumplir con algún obligado compromiso, y luego esperar las noches para seguir contando las estrellas desde su ventana. Desde ahí, viendo hacia donde él mismo irá cuando sea otra vez “polvo de estrella” y volver a nacer de “nuevas explosiones de supernovas”, o dormirse para soñar con “trillones de galaxias que se alejan a la velocidad de la luz” y con los hoyos negros en que se hunden los astros que se mueren, la alegría y el dolor humano, todo.

Y en algún maldito insomnio, ver hacia sí mismo, buscar la luz, encontrarse con su universo interno, con billones de soles que se apagan y contemplar aburrido su llegada.

—Cuídese poeta –le digo-, le doy otro beso y después, adiós.

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