9. La muerte del cisne

1 agosto, 2007

Perspectivas actuales

De nada vale hablar del cine como arte, si no lo relacionamos con las estructuras comerciales y económico-financieras del cine como industria, que son las que determinan el auge o decadencias de las “modas” de acuerdo con la rentabilidad de sus productos y el surgimiento o declinación de los realizadores. Muy pocos han logrado zafarse de estos férreos condicionamientos. Quizás Federico Fellini sea hoy el paradigma del realizador independiente, como lo fueron Ingmar Bergmar, Visconti y Antonioni en su tiempo.

Es cierto que el cine no puede prescindir de una sólida base industrial y es impensable sin ella. Es cierto también que en las estructuras de la nueva sociedad capitalista actual no podemos esperar espontáneas concesiones de parte de la industria copada por intereses de lucro comercial y por el poderío incontrastable del capital financiero multinacional. Otro tanto puede decirse de la televisión y de los mass media, en general, los que debido a estas razones han logrado desplazar casi completamente al gran cine de otro tiempo. El gran “cisne” de nuestra civilización de la imagen, que nació mudo, blanco y negro, para luego tener voz y desplegar los colores del iris y de la fantasía, al cumplir sus cien años de vida está agonizante.

Es un fenómeno comparable y creciente, sobre todo en los países ricos, de gran desarrollo industrial – me estoy refiriendo en particular a los de Europa occidental, los países de la opulencia y la sociedad de consumo-, sin excluir, por supuesto, a los países pobres de bajo nivel de vida y de cultura.

Por todo esto podría afirmar melancólicamente que si en la historia cultural del siglo  hemos visto nacer un arte al que se debe la inauguración de la civilización de la imagen, también estamos asistiendo al proceso de su paulatina extinción absorbido, desplazado, por la  pujante industria televisiva. Esta ha convertido a nuestras sociedades en vasallas culturales o, mejor dicho, en vasallas descuartizadas de este poderoso instrumento de comunicación, desvirtuado en sus objetivos esenciales de formación, información y elevación cultural de los grandes públicos, hipnotizados veinticuatro horas sobre veinticuatro, ante la “pantalla chica” que se ha metido en los hogares convirtiéndose en el protagonista todopoderoso y en el rector incontestable de la vida familiar.

Ante el televisor la familia se desintegra en espectadores mudos y pasivos a los que se bombardea sin cesar con escenas de  violencia, crimen, de degradación de las costumbres y de un erotismo directo, brutal o subliminal. Este pretendido erotismo –utilizado profusamente hasta en los avisos publicitarios casi siempre de mayor calidad e impacto visual que el resto de la producción televisiva-, no es más que pornografía barata. Ella trafica con el misterio y la seducción del cuerpo rebajado a la demostración del desnudo femenino a mero objeto sexual. Estas incesantes escenas de crimen, de  violencia, de prostitución afectan los sentimientos del ser humano individual y colectivamente, arrasan la sensibilidad de los niños y hacen germinar en ellos, por los mecanismos de repetición, imitación e inducción, la avidez morbosa de emular a los héroes violentos de los folletones televisivos. El fenómeno de los reflejos condicionados demostrados por la experiencia de Pavlov con los perros, ilustra bien este fenómeno en la psicofisiología del ser humano, adulto o infantil, con respecto a la acción perturbadora de la televisión. Los horarios “adecuados” para adultos y niños son una coartada hipócrita e inútil. Por otra parte, los programas  genuinamente culturales son poquísimos y se emiten en horas avanzadas en las que los niños de edad escolar no pueden verlos.

De este modo, la televisión que pudo ser un instrumento insuperable de cultura, de elevación y de fortalecimiento de los mejores sentimientos de las colectividades humanas, hoy por hoy, en la sociedad consumista y de mercado, no es más que una cátedra de violencia, de horror y degradación. El  hecho de que este rol se invierta en un futuro incierto no es descartable.

El paulatino desmantelamiento de las armas nucleares, el desarme espiritual y social demuestran que la solución de los más complejos problemas de la violencia en el mundo es posible. En un reciente seminario de científicos y especialistas de todo el mundo, organizado por el Departamento de Psicología Clínica y Psicología de Santiago de Compostela (España), sobre el problema del impacto de los mass media en el comportamiento humano, Paul Watzlawick, eminente profesor de esta materia en la Universidad de Stanford (EE.UU), manifestó su espanto ante la nefasta influencia que los medios de comunicación (en particular la TV) tienen sobre el comportamiento humano.

“No se trata de verdaderos procesos de comunicación, ya que por el momento son procesos de carácter unidimensional desde el emisor a un receptor pasivo. Los efectos de la televisión, por ejemplo, son de los más destructivos y desintegradores que existen sobre el comportamiento humano tanto individual como colectivo  (…) Han llegado al extremo estos efectos –dice en otro pasaje de su intervención el profesor Watzlawick- de que en forma perfectamente democrática lavan el cerebro al público como ningún gobierno totalitario lo consiguió jamás…” He aquí expresada en forma concisa e irrebatible la situación de horror, que pocos se atreven a mencionar, producida por medios de expresión y comunicación que la tecnología proporcionó a la humanidad y que por factores inherentes a la filosofía del lucro y al desprecio de la condición humana, han llevado a un proceso perverso de corrupción y degradación.

La cinematografía, por su parte, como arte de nuestro tiempo –la gran fábrica de sueños de antaño- ha quedado relegada en el ostracismo de las salas de proyección, como un arrabal de la urbe central de la imagen, en otro tiempo floreciente y verdaderamente creativa. Sus productos se envasan en video-tapes y se venden o se piratean el mercado de consumo, lo que agrava la dependencia de la pantalla chicha a la pantalla grande, que han invertido sus roles en perjuicio de los espectadores.

Esto es así en los países de avanzado desarrollo cultural, tecnológico y económico. Pero en nuestros países atrasados y, en su mayor parte dependientes y sometidos a la dominación económica y cultural, la lucha por un cine independiente se perfila con caracteres mucho más agudos y dramáticos. En los tres países de nuestra América (Argentina, Brasil y México) que poseían una industria cinematográfica organizada, los niveles de creatividad y calidad han descendido enormemente por los factores enunciados, no dejando paso más que a tentativas aisladas de cine independiente de gran calidad, tanto más meritorias cuando difíciles en su obstinada voluntad no sólo de dar continuidad a los ciclos de creación cinematográfica de más alto nivel sino de  expresar los problemas y las angustias colectivas que dominan actualmente a nuestros países  en medio de las grandes mutaciones del agitado mundo contemporáneo.

Los vaticinios sobre los hechos culturales y de sociedad por suerte no  suelen cumplirse y a veces invierten o niegan el destino de extinción que se les atribuye. Así, por ejemplo, durante mucho tiempo se pronosticó la muerte de la novela. El filósofo Ortega y Gasset dedicó una extensa reflexión a este “fin” de la novela. Otros pensadores afirmaron que el cine “mataría” a la novela. Ambos extremos no se produjeron y la novela sigue más viva que nunca. Hoy se anuncia con bastante ligereza el “fin de la historia” y el “fin de las ideologías”.  No se puede despachar con una frase procesos tan complejos que expresan el destino de la sociedad humana. Sólo podemos hablar o reflexionar sobre los grandes cambios y mutaciones que se operan a través de las épocas. La historia no ha muerto ni puede morir en tanto exista la sociedad humana. Tampoco las ideologías pueden desaparecer de la noche a la mañana. Los cambios históricos producen el nacimiento de nuevas ideologías como representación de los intereses y de las nociones de la vida, del mundo y de la sociedad que corresponde a cada grupo humano según su historia y su identidad.

Del mismo modo, expresiones culturales que representan –como la cinematografía-  la concreción de un arte nuevo en la historia de la humanidad, tampoco puede morir por el sólo fenómeno de inanición. Aquí también sólo cabe hablar de cambios y transformaciones como hemos visto que se han producido en la historia del cine que ahora celebra su centenario. La televisión surgió del cine, pero no se puede afirmar que ella sobrevivirá a costa de un parricidio. Son expresiones autónomas en las cuales influyen las coyunturas históricas, materiales y sociales.

Frente al reinado hoy todopoderoso de una televisión que no cumple con sus postulados creativos y culturales, el cine sigue existiendo en medio de grandes dificultades como el verdadero séptimo arte de la imagen audiovisual. El único que  expresa con autenticidad creativa las necesidades de nuestras sociedades humanas. De hecho hay un vigoroso resurgimiento del cine independiente sobre todo en nuestros países subdesarrollados y atrasados. Este cine independiente y creativo es un factor de primer orden para nuestro desarrollo cultural.

El estado debe velar por su crecimiento y maduración con una ayuda económica bien organizada, exenta de los condicionamientos y compulsiones burocráticos o ideológicos, que han llevado al fracaso a la cinematografía en los países totalitarios. La creación de una Escuela  y de un Instituto de Cinematografía, en nuestro país, como organismo autárquico y autónomo, es imprescindible para ello.

Un porcentaje sobre el producto bruto nacional puede crear los recursos para la formación de estas dos instituciones indispensables y para el funcionamiento y la continuidad de una producción cinematográfica de progresivo nivel.

Como viejo hombre de cine al mismo tiempo que como narrador, alimento la ilusión de aportar mi antiguo y modesto oficio de guionista a la futura Escuela de Cinematografía Paraguaya. De las muchas utopías que han guiado mi vida, algunas des las cuales por suerte se han cumplido, ésta de trabajar en el cine paraguayo hecho por fin realidad sería el mejor guión que haya soñado realizar en la “fábrica de sueños” que es el cine, pero que también es la usina concreta de las realidades potenciales y futuras de nuestro país que la imagen de nuestros cineastas pueden captar. Este cine independiente puede liberar la imagen tabicada del hombre, la imagen viva, ardiente, sacrificada pero victoriosa de la sociedad paraguaya salida por fin de su ostracismo histórico al horizonte de la democracia y de la libertad.


GUIONES DE AUGUSTO ROA BASTOS

El trueno entre las hojas (1957 producción con Paraguay). Director: Armando Bó. Argumento y guión: Augusto Roa Bastos, basado libremente en su libro “El trueno entre las hojas”.

Sabaleros (1958). Director: Armando Bó. Argumento y guión: Augusto Roa Bastos.

La sangre y la semilla (1959 producción con Paraguay). Director: Alberto Dubois. Guión: Augusto Roa Bastos, basado en el argumento “Raíces de la aurora” de Mario Halley Mora.

Shunko (1960). Director: Lautaro Murúa. Guión: Augusto Roa Bastos, basado en la novela homónima de Jorge W. Ávalos.

Alias Gardelito (1961). Director: Lautaro Murúa. Guión: Augusto Roa Bastos, basado en el cuento “Toribio Torres, alias Gardelito” de Bernardo Kordon.

Hijo de hombre – Choferes del Chaco (1961 producción con España, conocido allí con el título La sed). Director: Lucas Demare. Guión: Augusto Roa Bastos, basado en el capítulo “Misión” de su novela “Hijo de hombre”.

El último piso (1962). Director: Daniel Cherniawsky. Guión: Augusto Roa Bastos y Tomás Eloy Martínez, basado en la novela de Jorge Mascianskioly.

El terrorista (1962). Director: Daniel Cherniawsky. Argumento: Augusto Roa Bastos basado en su cuento homónimo. Guión: Augusto Roa Bastos, Tomás Eloy Martínez y Daniel Cherniawsky.

El demonio en la sangre (1963). Director: René Mugica. Argumento y guión: Augusto Roa Bastos y Tomás Eloy Martínez.

La boda (1964). Director: Lucas Demare. Argumento: Augusto Roa Bastos. Guión: Augusto Roa Bastos y Lucas Demare, basado en la novela de Ángel María de Lera.

La cosecha (1965). Director: Marcos Madanes. Guión: Augusto Roa Bastos basado en el cuento homónimo de Ezequiel Martínez Estrada.

Castigo al traidor (1965). Director: Manuel Antín. Guión: Manuel Antín, Andrés Lizarraga y Augusto Roa Bastos basado en su cuento “Encuentro con el traidor”.

El señor presidente(1966). Director: Marcos Madanes. Guión: Augusto Roa Bastos basado en la novela homónima de Miguel Ángel Asturias.

Soluna(1967). Director: Marcos Madanes. Guión: Augusto Roa Bastos y Marcos Madanes basado en la obra teatral homónima de Miguel Ángel Asturias.

Ya tiene comisario el pueblo(1967). Director: Enrique Carreras. Guión: Augusto Roa Bastos según la obra de Claudio Martínez Payva.

La madre María (1974). Director: Lucas Demare. Guión: Augusto Roa Bastos y Lucas Demare basado en una idea original de Augusto Roa Bastos, Héctor Grossi, Tomás Eloy Martínez y David Kohon.

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