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Aguas del Torres me llevan

23 julio, 2019

Toda vez que buscamos ejemplificar el viejo asunto entre periodismo y literatura, recurrimos a Hemingway. En él se conjugan ambos oficios que, desde luego, establecen sus propias reglas y, a menudo, se contradicen. Hemingway dominaba las riendas de estos dos corceles que aparentan galopar a un mismo ritmo…


Toda vez que buscamos ejemplificar el viejo asunto entre periodismo y literatura, recurrimos a Hemingway. En él se conjugan ambos oficios que, desde luego, establecen sus propias reglas y, a menudo, se contradicen. Hemingway dominaba las riendas de estos dos corceles que aparentan galopar a un mismo ritmo. Pero la diferencia estriba en que “lo que distingue a un escritor es que sus afirmaciones son de tipo personal y es su verdad pulsional lo que las sostiene, no el rigor metodológico de tal o cual disciplina científica ni un sistema racional de conocimiento” (J.J.Saer, “El concepto de ficción”).

Carlos Morales es un ejemplo cabal de periodista-escritor. Si seguimos con atención su trayectoria, observaremos que desde su época de periodista en La Nación, La República, El Semanario Universidad, del que fue director por veintidós años, etcétera, hasta el día de hoy, el escritor, por decirlo de algún modo, se ha “impuesto” al periodista.

Los sonidos de la aurora, La rebelión de las avispas, Las aguas del Torres me llevan, así lo testifican.

Como no me considero un crítico literario pero sí un lector atento, diré que esta última novela de Carlos Morales ratifica lo que deduje de las primeras: estar en presencia de un autor que seduce por el magnífico empleo del lenguaje (valga), por la denuncia implícita en su obra contra los errores y salvajismos de la condición humana y por la profundidad de sus planteamientos, no carentes, por cierto, de humor.

Cuando me enteré que la novela tenía en la mira a uno de esos pastores religiosos, predicadores fanáticos de la ilusión y la mentira, tan falsos como atractivos, pensé súbitamente en el personaje de Sinclair Lewis llamado Elmer Gantry, protagonista de Ni malditos ni benditos. Sin embargo, aunque el tema se asemeja, el pastor de Morales relata su propia vida hasta el encumbramiento de su secta religiosa, lo cual le otorga a la novela un clima que fluye entre lo inquietante y lo humorístico antes de la caída irremediable. Angel Ferrandino Soley Rimac, en palabras de su hija mayor “estuvo dos años perdidito en un gran silencio, sólo comía y dormía”. Sin embargo dejó muchos papeles redactados.

Pero Morales escatima la porción de vida del personaje entregado de lleno a los avatares de su “profesión”. Nos deja con las ganas de conocer sus procedimientos, su estrategia discursiva, sus trampas, en fin, su acción en la cumbre. Naturalmente, ése hubiera sido el deseo de este lector; de ninguna manera debe considerarse como juicio adverso a la novela, pues ella se sostiene y atrae sin echar de menos ningún aditamento.

Lo que de verdad fluye como las aguas del Torres son las “memorizaciones” que el protagonista extrae de su niñez. Aquí se vislumbra lo que ya se puso de manifiesto en La rebelión de las avispas: el lenguaje entramado como una sucesiva armonía casi musical; un torrente imparable e imbricado con soltura en pensamientos y reflexiones. Todo lo cual nos hace pensar en la madurez de un escritor que ha transitado sus propios caminos, paso a paso y del que es posible esperar con impaciencia su próxima novela.

Santa Fe, Argentina
5-7-2019.

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