Sergio Ramirez, escritor nicaraguense. Managua 19 de abril de 2017. FOTO LA PRENSA/Lissa Villagra
Sergio Ramirez, escritor nicaraguense. Managua 19 de abril de 2017. FOTO LA PRENSA/Lissa Villagra

El futuro que se nos vino encima

1 junio, 2020

Sergio Ramírez

Hay un cine de vaqueros del lejano oeste, así como hay un cine negro y criminal, y otro de musicales en escenarios de fantasía. Y hay también el gusto de Hollywood por las catástrofes, que ha dado un cine de las explosiones termonucleares que borran la vida en la tierra, los tsunamis gigantescos que ahogan a centenares de miles, los terremotos que hunden ciudades enteras…


Hay un cine de vaqueros del lejano oeste, así como hay un cine negro y criminal, y otro de musicales en escenarios de fantasía. Y hay también el gusto de Hollywood por las catástrofes, que ha dado un cine de las explosiones termonucleares que borran la vida en la tierra, los tsunamis gigantescos que ahogan a centenares de miles, los terremotos que hunden ciudades enteras, y cómo no, el avance letal de los virus que, siendo invisibles, demuestran su naturaleza traicionera atacando a mansalva.

A veces los virus los traen los extraterrestres; a veces son el fruto de descuidos fatales en los laboratorios; o, más emocionante aún, vienen a ser fabricados por mano de científicos criminales que pretenden dominar el mundo.

Todas son, al fin y al cabo, películas para que nos divirtamos con nuestro propio miedo. Un antecedente clásico es Pánico en las calles, dirigida por Elia Kazán y estrenada en 1950, donde la policía debe hallar a unos matones que han asesinado a un extranjero enfermo de peste negra, porque siendo portadores del mal, hay que ponerlos urgentemente en cuarentena. Nadie debe enterarse de la operación secreta para evitar el pánico.

Es precisamente el pánico lo que atrae a los espectadores del cine de catástrofe. Acompañar, desde la butaca, al errante último hombre con vida sobre la tierra, rodeado de hogueras y silencio, después que el género humano ha sido exterminado por un virus, como en la película de Francis Lawrence de 2007, Soy leyenda: el último hombre es un científico que está aún vivo porque es inmune al virus. Pero en realidad no está solo. Tiene que vérselas con otros sobrevivientes, convertidos ahora en vampiros sedientos de sangre, a los que debe redimir.

Pero es un género que tiene también cualidades proféticas. En Contagio, la película de 2011 de Steven Soderbergh, la pandemia se origina en China (aunque no en Wuhan, sino en Hong Kong), provocada por un virus que, sigamos con las coincidencias, es transmitido a los humanos por los murciélagos, y los cerdos, y luego se extiende por el mundo con efectos devastadores: la cifra de muertos llega a ser de 26 millones.

Ahora estamos dentro de la película. La película de nuestras vidas. Nos levantan de la butaca para meternos dentro de la pantalla, como en La rosa roja del Cairo, de Woody Allen.

El corona virus es una superproducción colosal que presenciamos desde nuestras pantallas, y de la que somos a la vez los actores, desplegados en un escenario global. Filmamos, y nos están filmando. Pánico financiero, aeropuertos sin un alma, ciudades desiertas y silenciosas, clases suspendidas, catedrales e iglesias bajo cerrojo, estadios vacíos, museos y teatros clausurados, carreteras sin tráfico, países que decretan el aislamiento y cierran sus fronteras porque se trata, otra vez, de la peste recurrente que cabalga a través de los siglos con la guadaña enhiesta.

Vivimos dentro de la película, y también dentro de la distopia. El futuro que no se parece al presente, y que en la ficción se nos figura tan extraño, está ocurriendo ahora mismo. Cambian las formas de saludo, o no saludamos del todo. Tenemos miedo del prójimo, portador de la enfermedad y de la muerte.

Por fin la soledad perfecta. El encierro, mientras el bar de la esquina queda entre las sombras, y la marquesina del cine ha sido apagada. Se aplaude desde los balcones de los edificios multifamiliares a los nuevos héroes, médicos y enfermeras, trabajadores sanitarios. También se canta desde los balcones.

Son fiestas distantes entre vecinos demasiado lejanos. Los músicos de las orquestas tocan desde sus hogares. Los escritores aparecemos en las pantallas. Señales de humo. Estamos vivos.

Uno de los libros claves para aprender las reglas de elaboración de la imaginación con apariencia de verdad, es Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, donde el autor reconstruye, con datos absolutamente falsos que parecen absolutamente creíbles, el avance y desarrollo de la Gran Plaga, causada por la peste bubónica, que entre 1665 y 1666 mató a la cuarta parte de los habitantes de Londres.

El narrador en primera persona comienza diciendo que “en aquellos días carecíamos de periódicos impresos para divulgar rumores y noticias de los hechos, o para embellecerlos por obra de la imaginación humana”. Las informaciones sobre la peste, que avanzaba de país en país, sólo llegaban a Inglaterra por medio de cartas de agentes comerciales, y las noticias fragmentadas que daban en los puertos los marineros, y pasaban de boca en boca.

Hoy, el formidable aparato de información del que todos somos partícipes a través de la red, hace que la paranoia se desborde porque sabemos demasiado, o creemos saber demasiado. Por todos lados aparecen los científicos y expertos improvisados amenazando que cualquier esfuerzo de contención es inútil, nada detendrá al virus.

Nos enseñan, hasta la saciedad, acerca de la contaminación del rebaño. No habrá salvación mientras no nos contaminemos todos, y habrá que sacrificar a los elefantes viejos. Los hospitales serán desbordados, no habrá camas suficientes, ni ventiladores, ni fuentes de oxígeno. Igual que los santones y los frailes que en la antigüedad gritaban por las calles que había llegado la hora de arrepentirse.

Estamos dentro de la película, y esta es una película de catástrofe, no lo olvidemos. Y tampoco olvidemos que el miedo a la muerte, por mucho que vivamos en este siglo de las luces tecnológicas, sigue siendo ese oscuro y pequeño animal de presa que llevamos escondido, dispuesto a saltar a la menor incitación.

Anotemos que la inolvidable y aleccionadora película Los pájaros de Alfred Hitchcock, no termina con un amanecer esplendoroso, donde el sol alumbra un nuevo día porque toda amenaza ha desaparecido, y los protagonistas, tras el terror del ataque sin sentido de las aves, antes tan inofensivas, despiertan a una vida feliz, sin más sobresaltos.

Al contrario. Los pájaros siguen allí, por miles, en los techos, en los tendidos eléctricos, en el pavimento de las calles, porque sólo se trata de una tregua. Volverán a atacar. No se sabe cuándo, pero no han hecho las paces con nadie.

Quizás sea uno de los mejores símiles para imaginar el futuro después de esta fase crítica de la pandemia, cuyo final comienza a avizorarse ya en algunos países, donde se avanza, por etapas, hacia el retorno a la vida normal. Pero no habrá un corte de escena de la noche de terror hacia el alba limpia de amenazas, y más bien deberemos acostumbrarnos a convivir con el enemigo invisible, cuidándonos de su acecho y buscando mantenerlo a raya, sabiendo que está entre nosotros.

Habrá cambios fundamentales inmediatos, no sólo en el sistema mundial de producción y consumo, sino en las relaciones sociales, y en los límites y alteraciones que tendrá la vida pública y en comunidad, tal como hemos estado acostumbrados a llevarla hasta ahora.

Saludarse estrechando las manos, los besos en la mejilla, pueden ser ya un asunto del pasado, porque la regla para evitar el contagio de un virus agresivo, que no sabremos si ya se ha ido, o ha mutado, o ha sido reemplazado por otro más agresivo aún, porque son toda una familia, será la distancia social.

Viviremos bajo otras normas que hasta hace pocos meses no sospechábamos. Un virus ha tenido el poder de provocar un cambio más radical en las maneras en que nos relacionamos y nos comportamos, que el causado por la revolución tecnológica basada en el paradigma digital.

¿Volveremos a sentarnos lado a lado en la sala de cine a oscuras con alguien que no conocemos, y de quien nunca dejaremos de sospechar si es portador activo? ¿Podemos imaginar un estadio lleno de miles de fanáticos alentando a su equipo de futbol desde las graderías, o un concierto de música pop masivo, como el de Woodstock? ¿Cuáles serán los parámetros de la diversión y el entretenimiento? ¿Cómo funcionarán los bares, los gimnasios, los restaurantes? ¿Tendremos confianza en las manos de quienes preparan la comida en la cocina que no vemos, y en las manos de quienes nos la traen a la mesa? ¿Y los trenes, los vagones del metro?

El turismo masivo, que ofrece paraísos a mano baratos. Abordar un avión se volverá un proceso de control sanitario tedioso, por riguroso. Los cruceros. Nunca antes habíamos visto barcos errantes llenos de viajeros que no pueden atracar en ningún puerto porque la peste los hace indeseables.

¿Volveremos a ver las aulas llenas de estudiantes en clases magistrales, o la enseñanza a distancia pasará a ser cada vez más favorecida? ¿Sobrevivirán las formas de comprar en grandes espacios, el mall, que convierte los conglomerados de tiendas en verdaderos parques de atracciones, y los black Fridays, inventados en Estados Unidos, que llevan a la gente hasta el paroxismo? ¿O cederán paso a las ventas a distancia, que ya venían creciendo desde antes, y pronto será costumbre ver a los drones aterrizando en los patios de las casas acarreando prendas de vestir, electrodomésticos, alimentos, libros? Los libros que tanto amamos, verdaderos objetos sensuales. ¿Cuál será la suerte de las librerías?

Somos seres gregarios, y el aislamiento, como norma social, es una anormalidad. No imagino un mundo en el que no vamos a volver a salir a la calle, ni a asistir a un partido de futbol, a un concierto. Pero ¿cuánto de lo que hacíamos antes lo vamos a hacer en adelante de manera distinta, o la vamos a hacer a distancia?
La entidad Board of Innovation ha emitido un documento de previsiones para ese futuro a la vuelta de la esquina, llamado Hacia una economía de escaso contacto, basado en los cambios que se operarán en los modos de producción y en las necesidades y hábitos de consumo, pero que tiene que ver con las reglas sociales, y con el hecho simple de cuánto estaremos en contacto unos con otros. Es decir, que tiene que ver con la cultura.

La premisa es simple: “hasta que haya una vacuna o inmunidad colectiva, el escenario base es un continuo aumento y disminución de interrupciones en la forma en que trabajaremos y viviremos durante los próximos dos años, lo que resultará en nuevos hábitos después”.

La medida del acercamiento, o del alejamiento, tendrá que ver con los sistemas sociales, la seguridad pública, las políticas laborales, la migración, el control de las fronteras, la globalización, y aún será capaz de afectar los modelos políticos. Y la democracia. El autoritarismo, y la demagogia, saben sacar sus uñas en las crisis.

Mucho parecerá provenir de ficciones distópicas, donde se representan mundos indeseables, y los controles sociales contradicen los parámetros de libertad individual que cautelan las sociedades democráticas.

Te podrán detener, por ejemplo, en plena calle, no por portar un artefacto terrorista, sino porque tu temperatura corporal no es la normal, según indica el termómetro instalado en el casco del agente de policía. O aquel que presenta síntomas y queda en cuarentena, controlado en su casa mediante un grillete, como el que se obliga a llevar a los prisioneros bajo fianza. Minority Report.
Estamos viviendo dentro de una de esas novelas pesimistas de futuro, en la que nos metimos de la noche a la mañana. Como dentro de El diario de la criada, de Margaret Atwood, en Gilead, donde de repente, tras un golpe de estado, el orden social cambia, cambia la relación del ciudadano frente a la autoridad. Una dictadura ideológica y puritana. O como dentro de la serie Black Mirror. Todas estas realidades paralelas, que parece están a punto de ocurrir en un futuro inmediato, están ocurriendo ahora mismo.

Dimos un pequeño salto imprevisto, y estamos metidos dentro de ese mundo. ¿Quién nos iba a decir en enero de este año que íbamos a estar viviendo en aislamiento voluntario? Es una experiencia desconcertante, y nunca tuve una semejante. Y eso que he pasado por guerras, revoluciones, he vivido en el exilio, pero ninguna como esta, porque no es mi experiencia, sino la de todo el mundo, en decenas de países.

Y, es, por tanto, una experiencia de consecuencias globales. ¿Cuáles serán, en el futuro inmediato, las consecuencias de la pandemia en los países pobres? Para empezar, las evidencias de que vivimos en un mundo de dos pisos quedarán como nunca al desnudo, como ya está quedando al desnudo la precariedad de los sistemas sanitarios.

La recesión que afectará a los países ricos como nunca desde el crack de 1929, tendrá efectos devastadores sobre las economías más débiles, y desordenadas, países pobres donde las nuevas reglas de conducta social a distancia no serán fáciles de establecer, porque la realidad de la vida diaria las contradice. ¿Educación a distancia sin computadoras personales? ¿Trabajo en casa donde las ocupaciones informales obligan a la gente a salir a la calle en busca del sustento? ¿Distancia social, donde reina el hacinamiento?

El futuro, tan lejano, se nos vino encima.

Pero, ¿cómo será ese futuro? Por el momento, distinto. Lo importante es que no sea peor. Que no vivamos en estados policíacos, como el Gilead, o bajo el ojo siempre despierto del Gran Hermano de la novela 1984 de Orwell, un mundo donde, bajo pretextos sanitarios, se sacrifiquen las libertades públicas.

Que pueda quedar atrás esta idea del control, cuando deje de ser necesario, y que el control sanitario no se transforme en control político. Que las elecciones pospuestas a plazo indefinido, de verdad se realicen. Que bajo pretexto de la pandemia no se dejen de obedecer las sentencias del poder judicial que mandan preservar las libertades públicas. Y que la demagogia no termine imponiéndose.
Para ciertos gobiernos en América Latina, administrar una emergencia es más sencillo que administrar una democracia. Una cosa es el estado de emergencia sanitaria, y otra el estado de normalidad institucional.

¿Hacia dónde va el futuro tras un cambio tan abrupto como el que la pandemia nos impone? En el último medio siglo, desde la invención de la Internet, hemos venido navegando sobre unas aguas que han ido cambiando de color a lo largo de nuestras vidas. Ya no somos los mismos que hace 50 años. En el siglo diecinueve, un solo invento, el ferrocarril, fue capaz de alterar las vidas de miles, porque moverse a gran velocidad a largas distancias cambio el sentido del tiempo, y el sentido de la cercanía, como lo podemos ver en las páginas de Orlando, la novela de Virginia Woolf. Cercanía, versus alejamiento.

A caballo entre dos siglos, yo aún me subí en aviones de hélice, en la oficina de telégrafos en mi pueblo se ponían telegramas en clave morse; conocí el teléfono de manivela, soy del tiempo de cuando no había televisión, y también del tiempo de la televisión en blanco y negro; fui de la máquina de escribir mecánica a la máquina de escribir eléctrica y de allí al ordenador. Del fax al correo electrónico y al WhatsApp, y ahora aquí estamos, en una videoconferencia.
La cauda de transformaciones del mundo digital ha significado un cambio profundo de civilización, que con el paso del tiempo solemos asumir con naturalidad, desechando de nuestras vidas un objeto tecnológico tras otro, y enviándolo al rincón de las cosas obsoletas.

Se ha producido una alteración constante del concepto de tiempo mediante la instantaneidad de las comunicaciones y la velocidad de los viajes; experimentamos la suspensión del envejecimiento y la prolongación de la vida mediante fantásticos avances de la medicina. Hemos vivido la homogenización del paisaje urbano mediante la repetición de modelos arquitectónicos, la sustitución del mundo real por el mundo virtual, el avance de la inteligencia organizativa, y el de la imaginación, como generadoras de riqueza; el progreso de la imagen a través de íconos y símbolos frente a la palabra.

La robotización del trabajo ha venido creando nuevas relaciones laborales, mientras el deshielo de los mares, debido al cambio climático, abre nuevas rutas marítimas al transporte a través de las zonas polares, y la impresión tridimensional cambia el concepto mismo de transporte de las mercancías; nos preparamos para la sustitución de los combustibles fósiles.

Pero, de repente, la pandemia nos altera la idea de futuro evolutivo, que se transforma sujeto a cierto orden de previsión, en la medida en que, a manera de los viejos positivista aceptamos el progreso como norma, y de la noche a la mañana nos vemos colocados en una dimensión desconocida, sin estar antes advertidos. Un virus quita de nuestras manos algo muy preciado, que es la idea de futuro bajo control.

Todo eso se ha acelerado. Y tememos al futuro. Tememos no poder hacerlo a nuestra medida. La incertidumbre, el primer fruto de las pestes, junto con la inseguridad, se introducen en nuestras vidas. De modo que nuestra primera aspiración de futuro debe ser la de vivir en un mundo que no rebaje sus parámetros éticos, y, por el contrario, los aumente.

Aspiremos a que, como fruto de la crisis, la humanidad sea más humana, si cabe decirlo, y no desprecie en el porvenir los valores de solidaridad y entrega que tanto han florecido en estos meses de incertidumbre, temor y angustia.

Y nada mejor que concluir con las palabras de esperanza que nos ha legado Cervantes por boca de don Quijote, malferido tras ser apedreado en una de sus crueles batallas, por los pastores y ganaderos del escuadrón de ovejas y carneros a los que tomó por gigantes y caballeros enemigos:

—Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca…

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Escritor nicaragüense. Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2017. Fundó la revista Ventana en 1960, y encabezó el movimiento literario del mismo nombre. En 1968 fundó la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) y en 1981 la Editorial Nueva Nicaragua. Su bibliografía abarca más de cincuenta títulos. Con Margarita, está linda la mar (1998) ganó el Premio Internacional de Novela Alfaguara, otorgado por un jurado presidido por Carlos Fuentes y el Premio Latinoamericano de Novela José María Arguedas 2000, otorgado por Casa de las Américas. Por su trayectoria literaria ha merecido el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, en 2011, y el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Idioma Español, en 2014. Su novela más reciente es Ya nadie llora por mí, publicada por Alfaguara en 2017. Ha recibido la Beca Guggenheim, la Orden de Comendador de las Letras de Francia, la Orden al Mérito de Alemania, y la Orden Isabel la Católica de España.