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Relatos cortos

1 junio, 2020

Minerva del Risco

– Minerva del Risco es una poeta, y ensayista dominicana. Nació en San Juan de Puerto Rico, diciembre de 1961, accidentalmente, mientras su padre René del Risco Bermúdez sufría los rigores del exilio, por su lucha contra la dictadura de Rafael L. Trujillo.


Minerva del Risco

Es Manhattan y es invierno

Amanece. Es Manhattan y es invierno. Escucho el ruido del engranaje del elevador y las voces lejanas de algunos hombres que trabajan en la construcción de un edificio frente al río Hudson.

Mis ojos se entreabren con la misma fragilidad con la que los rayos de sol intentan deslizarse a través de la ventana de mi habitación. Hago un esfuerzo, levanto el torso y siento que los músculos de la espalda se me anudan como cadenas o como lazos.

Me asomo al cristal y miro hacia abajo. Veo los carros como si fueran renacuajos de colores moviéndose en distintas direcciones. El mundo sigue adelante, me digo a mi misma, cientos de personas remolcadas por metal y caucho, de aquí para allá y viceversa. Muevo verticalmente mi cabeza y miro hacia arriba. La estela que deja un avión capta por unos segundos mi interés mientras pienso que la vida sigue sucediendo a mis pies, a mis espaldas, aquí y al otro lado de todos los océanos, de todos los mares, de todos los cielos.

Enciendo la pequeña bocina portátil que siempre me acompaña y escucho una música instrumental que me relaja. Evoco los dedos que la tocan y percibo un ritmo enérgico, tenaz, constante, que me quema, sí, que me quema. La música se mezcla con el sonido de la sirena de un camión que apaga fuegos y ya no escucho la melodía del piano ni imagino su cola.  El cello de Hauser se desvanece en medio del adagio y un claxon me agrede mientras veo un vehículo desplazarse rápidamente por el centro de Manhattan.

Salgo a caminar. Me han dicho que es bueno para la salud y para el peso, por eso camino todos los días después del desayuno. Oigo los ladridos de unos perros que estremecen la cuadra y por alguna razón he recordado a los gallos y sus cantos matinales; los veía todos los días durante mis caminatas en Santo Domingo; eran tres y se paseaban temerosos por el medio de la calle con las patas amarradas a unos cordones largos que le daban varias vueltas al grueso tronco del árbol de amapolas “la idea es que no se escapen porque los domingos los ponen a pelear”, me decía Bibi, un muchacho joven y delgado con cara de caballo, que se encargaba de limpiar las calles y contenes del vecindario. Me explicaba que había uno de poca casta, que las espuelas de los tres eran artificiales y que hasta les ponían navajas en las patas, pero que siempre al final alguno termina huyendo, escapando de la pelea y de la muerte inminente.

Continúo mi caminata y veo a una niña que viene frente a mí.  Se aproxima dando saltos con las puntas de sus pies, como en las danzas chinas del Ballet de Shangai. La veo feliz, posiblemente pensando en el color que escogerá para sus uñas postizas o en el diseño de mariposas y hojas salvajes de sus nuevas pantyhose. A las muchachas jóvenes les gusta usar pantyhose con diseños de flores o figuras geométricas, o espaciales, como la luna, las estrellas, la osa mayor, la menor o tal vez pequeños agujeros, y quien sabe cuantas cosas más pueden caber en unas medias largas de nylon que parecen redes de pescar langostas.

La calle 57 es ancha y muy transitada. El mercado de la esquina está repleto de personas comprando café y tortitas rellenas de queso y jamón. Se me antoja una. Abro la puerta de vidrio templado y el olor a comida me golpea en las narices. Tomo un número y espero pacientemente. El número anterior al mío es un hombre bajito con un perro amarrado a su correa. El perro lleva un bozal y me mira de reojo. Yo también lo miro de reojo. Me pregunto que sentirá ese perro sin boca y sin voluntad en medio de la gente, caminando entre luces y carros y bicicletas y olores a hot dogs y tacos mejicanos. La muchacha del counter llama al número, y el número se acerca al mostrador con el perro. El bozal choca contra la vitrina donde muestran las tortitas de queso. Eso me hace recordar la historia de torturas que leí hace poco. Era un relato donde no había perros con bozales ni gallos amarrados a un árbol, ni adictos tirados en la calle titiritando de frio, arropados con bolsas de plástico verde llenas de basura; tampoco en el relato se esperaba el resultado de una biopsia, ni se hablaba del rostro golpeado, asesinado, apuñalado de Ana, Margarita, Vianca, Kirsys, Santa, Génesis, Francisca o los miles de mujeres que han sido maltratadas este año. Esto le faltaba a la historia, el dolor de lo cotidiano, de lo habitual; el dolor de las torturas que vemos cada día cuando caminamos calle arriba y calle abajo o cuando leemos en el periódico que fue activada la alerta Amber, acompañada de hashtags y fotografías de Fátima, Jacqueline y Claudia, las niñas desaparecidas en México, Texas, Madrid, El Salvador, y en todos los lugares del mundo por donde caminamos libremente esperando a que el miedo nos asesine.

Suena el móvil. Es del hospital. Una puñalada me penetra en el centro del pecho. Me debato entre si tomar la llamada o dejar que mi cuerpo, inmóvil de canguelo, internamente se desangre. Respondo. Era la misma voz medio dulce, medio compasiva, medio alegre, de la doctora con quien antes había hablado. Trato de escucharla, pero siento que la sangre me va a estallar por los oídos, por la boca, por todos los poros de mi cuerpo. Levanto la mirada. El perro me mira de frente sin moverse. Siento sus pupilas penetrantes como balas que cercenan mis entrañas. El número sale con su perro y percibo un alivio, mi cuerpo regresa del vacío, de la cámara lenta en la que se había sumido por unos segundos, de la nube que me protegía del miedo, o tal vez solo regresa de ese mismo miedo mudo que me torturaba. Estallan las palabras que desde hace meses quiero oír, las escucho alerta, en medio del bullicio y los olores. Porque la vida es eso cuando la ficción no es suficiente. Gané la batalla. Una torta de jamón por favor.

Esta y todas las ciudades están llenas de historias, de relatos que podrían ser simulados, disfrazados, fingidos o incluso imaginados. Son como carruseles repletos de fantasmas desde donde se observan fragmentos de la vida, unos fosforescentes, otros son tan grises como el color que le dejan al día las tormentas.


Las luces de una ciudad atormentada

No puedo dormir. Son las tres de la mañana de un sábado frío y nuboso en esta ciudad que hoy está plagada de tristeza. Hace días que todo permanece desierto, las calles, los parques, las estaciones de trenes, las canchas de futbol, los vestíbulos de los hoteles, las tiendas de la avenida Broadway por donde paso diariamente, las aceras en las que hace solo una semana caminábamos tomados de las manos, sin miedo, sin que nos temblaran los labios y sin que la voz se nos entrecortara.

Enciendo el televisor y las noticias que vi hace unas horas vuelven a irrumpir en el pequeño apartamento. Mientras resuena la voz consternada de Chris Cuomo veo el edificio Empire State brillar con los colores de la bandera americana. Me asomo al cristal y siento que la ciudad me invade; veo montones de luces resplandecientes sobre mí, en las paredes vacías, sobre los muebles y los cojines y las sillas y los libros que han quedado desolados, a medio leer.

Los hospitales no resisten una tos más, un estornudo más, un suspiro más, una lágrima más. Todo duele. La señora linda que de repente no volví a ver en las sesiones de radioterapia, duele; la ausencia del conserje que me abría la puerta para que yo no usara mis manos, duele; la falta de mi primo Enrique que me recogía los viernes para comer hamburguers cerca de Union Square y con quien jugaba a saludarnos con los codos, duele. Sí, todo duele. Duele la soledad y este silencio que perfora a Manhattan por todas sus esquinas. Duelen las flores que se marchitan en sus macetas porque no podemos tocarlas, ni llevarlas pegadas al pecho, ni entregarlas con un beso. Duelen las cifras duplicadas cada vez que veo la pantalla del televisor. Duele la media sonrisa del taxista, del que limpia las calles, del que pasea los perros. Duelen los perros que se quedarán sin casa, sin caricias y sin nadie a quién obedecer. Duelen los que han muerto buscando alguna gota de oxígeno que le dé vida a sus pulmones. Duele el sollozo y el miedo de los que con coraje reparten un poco de esperanza. Duele no saber qué va a pasar con el amor.

Entre sorbos de un vino tinto añejado se me pasan las horas, y sigo tan insomne como los pájaros que vuelan en las noches mientras se oyen sus cantos pesarosos. Pronto serán las cinco de la mañana y decido colar café. Me gusta el café fuerte, amargo y en taza grande; así lo aprendí a tomar desde pequeñita cuando mamá Chela, mi bisabuela paterna, lo soplaba para darme chupitos de su taza y de este modo evitar que mis labios se quemaran. El aroma de los granos recién molidos penetra en mi sien y rememoro mi último viaje a la montaña cuando fui con los abuelos, con mis padres y con los niños. Hace solo pocos meses podíamos besarnos, comer del mismo plato y pasarnos la noche junto a la chimenea abrazados, cantando boleros pegaditos, hasta que quedábamos dormidos unos encima de los otros, extenuados por el sueño.

Está amaneciendo. Ya no importa si sale el sol o si está nublado. El pronóstico del tiempo no es tema de conversación ni lo es el nuevo estilo de zapatos que usan los hípsters de Wall Street. Sí, los mismos hípsters únicos y auténticos que fuman cigarrillos franceses y quienes pretenden saberlo todo antes que nadie. Lo que ellos no sabían es que también pueden morir asfixiados igual que Max, el negro que vendía sellos en el correo de la esquina, o como Leila, la señora que se pasaba la mañana limpiando el vestíbulo del edificio mientras iba dejando una estela de olor a curry indio en todos los rincones. Las horas pasan y solo cambia el número de muertos e infectados, lo demás está igual. Un silencio que muerde y que crepita en el mundo y que solamente lo interrumpe el llanto, o el canto de saetas en los balcones de Madrid, o las oraciones colectivas, los aplausos a las ocho de la noche para animar a los sanitarios, o esa guitarra que suena tenue en el fondo del pasillo de mi piso.

Hoy es mi última sesión de radioterapia y debo alistarme. Comencé hace treinta días en el momento en que apenas empezaba la idea del confinamiento en Nueva York. Las peticiones de casi todos los gobiernos del mundo con el fin de que nos quedemos en casa se acentúan cada día más. Se ha paralizado la humanidad de la misma manera que se paralizan algunos músculos del cuerpo durante el sueño, para evitar lesiones. Todo está detenido mientras el aire se limpia, el cielo se aclara y el agua se descontamina, porque solo así podremos seguir viviendo, solo así nos salvamos del limbo donde están sumidos los que carecen del óleo sagrado cuando no hay despedidas posibles o cuando la soledad es lo único que los acompaña. Solo así, la magulladura cruel que nos atormenta y nos castiga podrá recuperarse.

El pasillo está desolado. Solo se oye el rasgueo lento y cansado de la guitarra del vecino. Dirijo mis pasos hacia la calle como todos los días y tomo una ruta que creía menos taciturna, menos lúgubre, menos deprimente. Me doy cuenta de que todas están iguales, no importa si es el este o el oeste, si caminas junto al rio o en el Central Park, si te paras frente a las escalinatas del Museo Metropolitano o si te salpica el agua de la fuente del Lincoln Center. Todo está tan salvajemente triste que ya no quedan almas que no sientan terror.

El hospital no está muy lejos de mi casa. Al principio veía la ciudad llena de gente, de movimiento, de ruidos, de las luces de Times Square donde chillan las pantallas con mujeres casi desnudas o fotografías de caretas de fantasmas añejos, de música sonando por todos los huecos y de teatros con ese olor rancio de muchos sudores. También había un escepticismo indolente, indiferente o tal vez para otros, alentador. Hoy es distinto, solo he visto algunas ratas que he esquivado. Van corriendo como locas intentando sobrevivir la hambruna. No hay desperdicios en las aceras, los restaurantes están cerrados, no hay churros ni manzanas caramelizadas ni café mocha, ya no hay nada que sobre en estas calles.

“Respira hondo. Detén la respiración por 20 segundos. Respira normalmente”. Acostada boca arriba debo obedecer el mandato, así los fotones, neutrones y protones fluirán libremente en mi pecho para destruir a quienes lo han invadido y usurpado. Es como una guerra única y privada en que el cuerpo es el campo de batalla, donde los soldados se mueven, se agrupan, atacan y a veces te destruyen. El contraataque fue exitoso. Había que transgredir al invasor, debilitarlo, minimizarlo y abolirlo, como en las guerras; y como en las guerras, hemos dejado las ciudades vacías para evitar que un recluta execrable y agresor violente nuestras manos, nuestros labios, nuestro cuerpo; para que los ciervos japoneses ocupen las calles, para que los pavos salvajes de Oakland no se escondan; para que los malos humos no le provoquen más manchas al mundo; para que las vacas de Nueva Delhi marchen a paso lento por las carreteras, para que los jabalíes de Israel, las cabras inglesas y las iguanas del sur dominicano lancen sus gritos de esperanza y a todos se nos olvide el miedo.

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