erick aguirre

Miedo y memoria: una tercia – Una misma noche, novela de Leopoldo Brizuela

30 marzo, 2015

Erick Aguirre Aragón

– “¿Qué tanta potencia tiene el miedo como para modificar los recuerdos de alguien?” se pregunta Erick Aguirre, después de reflexionar la profunda lectura realizada a Una misma noche, del argentino Leopoldo Brizuela (Premio Alfaguara de Novela 2012) y que lo conduce a asestar ciertos puntos de vista cuando se “indaga en los comportamientos individuales en determinadas circunstancias, y por supuesto en la misteriosa función del sueño y la memoria en el proceso de escritura”, como en el caso del protagonista de la susodicha novela, testigo involuntario, desde la ventana de su casa, del asalto de un grupo de paramilitares –uno de cuyos miembros es su padre-, a una residencia vecina en un barrio de La Plata. El recuerdo, imborrable, permanece en la memoria del niño Bazán, a la postre voz narrativa de la historia, quién, en su adultez, se encuentra en la encrucijada de cómo narrarlo.



El argentino Leopoldo Brizuela* ganó en 2012 el Premio Alfaguara con la inquietante novela Una misma noche, que revive ciertas pesadillas en la historia reciente de Argentina, y, sobre todo, provoca en quien la lee esa sensación a veces tan común de vértigo frente a la oscuridad de algunos recuerdos: el miedo de bordear a tientas los lindes entre la memoria, la realidad y el sueño. Una novela que pulsa con firmeza sobre las llagas de la cobardía, el remordimiento y la culpa.

Pero ese valiente pulso quizás haya sido menguado por las circunstancias que rodean a una obra galardonada con un premio internacional como el Alfaguara. Al menos con esa impresión me quedé luego de participar como presentador del autor y la obra en una librería de Managua, el mismo año de la premiación.

Mi impresión final, luego de la lectura de una reseña y una muy parca conversación con el autor frente al público, fue que el Premio Alfaguara le dio tal resonancia a la novela que, el propio autor, por miedo, auto represión o cautela, se sintió íntimamente obligado a no subrayar en sus declaraciones públicas los aspectos más tenebrosos que en ella subyacen.

Pude notarlo en su negación a mi insistencia por abordar el punto, en mi opinión más importante, que acaba por denunciar la novela; es decir: la sobrevivencia e impunidad, a lo largo de más de cuatro décadas, de ciertas fuerzas oscuras entre las estructuras de inteligencia y contrainteligencia en Argentina.

A la luz de funestos acontecimientos políticos posteriores a la publicación del libro en ese país, la novela de Brizuela, en mi opinión, ha llegado a adquirir una vigencia reveladora. Y es que hace apenas unos meses los argentinos recibieron sorprendidos la noticia de la súbita y misteriosa muerte del fiscal Alberto Nisman, quien preparaba un importante informe para el Congreso Nacional.

El informe pretendía demostrar el presunto encubrimiento, por parte de importantes funcionarios públicos, entre ellos la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, del peor de los atentados terroristas en la historia argentina: el ataque con coche-bomba contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en Buenos Aires, ocurrido el 18 de julio de 1994, que dejó un saldo de 85 muertos y 300 heridos.

Nisman ya había acusado formalmente al gobierno de Irán por el atentado, y en consecuencia un juez argentino había ordenado la captura de siete exfuncionarios iraníes y un miembro libanés de la organización Hezbolá. Como parte de un largo proceso, el fiscal preparaba un informe en el que, según adelantó públicamente, demostraba el encubrimiento oficioso de la presidenta Fernández respecto a la causa contra el gobierno iraní. Sin embargo, pocas horas antes de exponer su denuncia fue encontrado muerto en su apartamento, con un balazo en la cabeza.

Al conocer desde Managua la noticia, no pude evitar recordar el trasfondo político evidente en la novela de Brizuela. Mi primera impresión fue que, probablemente, en medio de la conmoción causada por el asesinato de Nisman, el autor de Una misma noche haya estado cruzando los dedos para que nadie recordase la obra, ni las implicaciones –ahora vemos qué tan importantes– de su trama.

Brizuela nació en La Plata, Buenos Aires, en 1963. Además de narrador es poeta, traductor, músico y periodista. Ha sido colaborador de suplementos literarios y coordinador de talleres de escritura creativa; detalle, éste último, que nos hace suponer que la novela está construida sobre ciertos elementos autobiográficos mezclados con hechos reales e imaginados.

La trama de Una misma noche empieza a desarrollarse cuando, una madrugada del 2010, el escritor Leonardo Bazán (protagonista y voz narrativa de la novela) atestigua desde la ventana de su casa el asalto de un grupo de paramilitares a una residencia vecina en un barrio de La Plata. El asalto despierta en Bazán un viejo recuerdo: en 1976 también fue testigo (y quizás cómplice), junto a sus padres, de un asalto parecido a esa misma casa, en los albores de la dictadura militar.

Es un recuerdo que Bazán, entonces de doce años, había arrumbado en los siempre traicioneros confines del olvido. Ahora se propone enfrentar un proceso complejo y angustioso para entender las implicaciones profundamente individuales (aunque inevitablemente evocadoras de un trauma colectivo) de ese recuerdo; algo que sólo logrará con la escritura, específicamente con la ficción; con la novela.

Narrada en primera persona, como la historia del proceso de escritura de la misma novela o como los apuntes de un investigador o un psicólogo que, pista tras pista y recuerdo tras recuerdo, se indaga a sí mismo y abre las compuertas de su propia historia pero también de la Historia (con mayúsculas), Una misma noche explora el funcionamiento de la memoria y sus intrincados conflictos con la realidad y el sueño. También, inevitablemente, abre una posibilidad de reflexión acerca del papel del ciudadano frente al poder.

Aunque es lo que suele denominarse como novela seria, Una misma noche es también una novela, digamos, del género negro, puesto que asume la intriga como valor novelesco. “Un thriller existencial, perturbador, hipnotizante”, ha dicho Rosa Montero, presidenta del jurado que otorgó el premio.

La historia transcurre en dos tiempos: entre 2010, cuando el asalto de los paramilitares a la casa vecina le recuerda al protagonista el asalto anterior, hasta entonces dormido en su memoria, y 1976, cuando ese viejo recuerdo empezó a cubrirse de telarañas. Ese recuerdo del 76, que Bazán nunca había podido recobrar con claridad, empieza a obsesionarlo y lo lleva a investigar qué fue lo que en verdad ocurrió.

Pero en ese anterior asalto, los miembros de “la patota” (los paramilitares) llegaron a su objetivo (la casa vecina) utilizando como plataforma o punto de operaciones la casa de los Bazán, donde el padre, un antiguo recluta de la Escuela de Suboficiales de Mecánica de la Armada, no solo presta colaboración, sino que los acompaña en el asalto.

El niño Bazán, que ha subido a una escalera para ver desde el borde de una tapia lo que hacen aquellos hombres cuando ya están al otro lado, es efectivamente testigo de casi todo: su padre pateando la puerta de los vecinos. “Ellos, tan elegantes, y él en ropa de cama. Él, viejo y aindiado, y ellos jóvenes y altos. ¿Con qué expresión en los ojos, tras los anteojos negros? ¿Aprobación o burla?”.

El niño baja la escalera con sigilo, regresa a su casa y olvidándose de su madre se refugia en el piano. Se sienta en el taburete y se pone a tocar. Mientras dura el asalto él ensaya la Polonesa en Sol Mayor, para Anna Magdalena, de Bach. “No habría querido ver lo que vi… La cara de mi padre pateando la puerta ¿Por qué no piensa en nosotros?… Que nadie más la haya visto es mi único consuelo”.

La novela está dividida en cuatro partes: Novela, Memoria, Historia y Sueño, y cada una de esas partes, presumo, está narrada desde la perspectiva o la atmósfera de cada uno de esos ámbitos. Como ante toda buena novela, me asalta la pregunta de si es la ficción literaria, auxiliada del sueño y otros más oscuros acicates a la memoria, la mejor manera de entender nuestras propias historias individuales y de paso la común historia de nuestros semejantes, con todo lo que eso significa.

Porque la realidad es difícil de contar: todos la percibimos desde distintas perspectivas. En alguna novela del estadounidense Paul Auster leí que las cosas recordadas tienden siempre a subvertir lo recordado, es decir: lo que se recuerda y lo que se cuenta (o lo que se sueña y se cuenta) nunca se corresponderá con lo que en realidad ocurrió.

En un pasaje de la primera parte del libro el protagonista sube a la planta alta de su casa, a escribir, y se dice a sí mismo: “Lo que tengo que hacer, de una vez, es narrar lo que sucedió esa noche. Una novela… Y comprendo que la escritura es una manera única de iluminar la conexión entre el pasado y el presente. Y eso me alienta a empezar: no como quien informa, sino como quien escribe”.

Más adelante, dice: “¿Qué es el bloqueo de un escritor? No la simple incapacidad de escribir, sino de escribir de acuerdo con su verdad más profunda: conectado a la imaginación con el centro oscuro de la personalidad que exige salir a flote en forma de relato”. Y después: “Cuando una experiencia se calla durante tanto tiempo, y ya no puede distinguirse si fue real o imaginaria… sólo el cotejo con la realidad puede sacarnos de la duda”.

Todo eso me parece una confirmación de algo que, creo, el autor seguramente comparte con muchos otros narradores, digamos, “serios”: que desde el ejercicio de la ficción se puede llegar a una mejor comprensión de la realidad, esa materia indescifrable o inasible que vive dentro y fuera de nosotros, hasta en el sueño.

Hago recuento de algunos pasajes interesantes que he subrayado:

Cuando el narrador conversa con el personaje Miki, y hablan sobre los primeros apuntes del protagonista, surge una pregunta: “¿Hay algo concreto que no pudiste contar, algo que se te haya quedado afuera? Y de pronto, casi sin pensarlo, como una extraña floración de esa exacta y sola circunstancia, digo: Mi padre. Y siento que es mi padre quien me apunta desde el fondo del bosque de la memoria”.

“Cuando mi madre vuelve a casa, yo la abrazo. No les ha dicho a las Kuperman (las vecinas asaltadas) que mi padre acompañó a la patota por los fondos. Yo tampoco le he dicho que mi padre les rompió la puerta. Esa profunda solidaridad une dos coartadas. Siento un extraño alivio: al fin pasó el vértigo que yo sentí al subir por aquella escalera… Y ahora, a dormir. A empezar el olvido”.

Como en los viejos laboratorios fotográficos donde las figuras surgen poco a poco del papel bajo el líquido revelador, así, ahora, ante Bazán, junto a su secreta complicidad, se hacían visibles aquellos hombres que había creído del pasado: “Guardianes de ese orden secreto que nos rige, y que yo, más que nunca, me proponía descubrir escribiendo”.

Cuando conversé con el autor durante la presentación del libro en Managua, fue para mí inevitable intentar indagar acerca de las implicaciones más bien colectivas y catárticas que un libro como este puede tener en Argentina, y quise hacerle la misma pregunta que los editores se hacen en la contratapa: ¿Cómo es posible que una estructura criminal, montada décadas atrás, todavía exista y que la gente siga reaccionando de la misma manera, con el mismo miedo?

Entonces comprendí que el miedo como metáfora de la novela, trascendía de una forma misteriosa el ámbito literario y se instalaba en el mismo sitio de donde surgió: en el alma del propio Brizuela, y por consiguiente en el alma de los hombres y mujeres que vivimos bajo las condiciones de una realidad en efecto atemorizante.

Me di cuenta que el interés del autor, al menos esa noche, era olvidar todo eso y que nos concentrásemos más bien en abstracciones sociológicas, sicológicas o existenciales acerca del texto; por ejemplo: en la indagación de los comportamientos individuales en determinadas circunstancias, y por supuesto en la misteriosa función del sueño y la memoria en el proceso de escritura.

Entonces recordé lo que el autor dijo en una entrevista: que Una misma noche es también una reflexión acerca de cómo se forja la masculinidad, un proceso que se ve mucho más claramente en tiempos de violencia. Y por ese punto de interpretación Brizuela insistió en redundar durante la presentación de su libro en Managua.

Pero esta novela es también una indagación (y lo ha señalado el jurado) “sobre la esencia del mal y nuestra corresponsabilidad en la violencia y la injusticia”. Cito de nuevo un fragmento de la obra: “Creyendo buscar la verdad sobre Diana Kuperman, se me había abierto el misterio de mi propia cobardía… Creyendo salvarme, había entrado lenta, plácidamente, en la maquinaria. El miedo al miedo”.

¿Qué tanta potencia tiene el miedo como para modificar los recuerdos de alguien? ¿Cuál es la responsabilidad civil de quienes, como el narrador (incluso siendo un niño), en cierto momento vieron hacia un lado ante las acciones de un régimen represivo? ¿Hasta dónde, en estos casos, se es víctima o se es cómplice del verdugo? Son preguntas que me sigo haciendo, y no es precisamente el autor quien tiene la obligación de contestarlas.


* Leopoldo Brizuela nació en La Plata, Buenos Aires, en 1963. Narrador, poeta, traductor, músico y periodista. Ha sido colaborador de suplementos literarios y coordinador de talleres de escritura creativa. De padres españoles, su padre trabajó en los barcos de transporte de petróleo en la Argentina, de ahí el conocimiento de Brizuela sobre el territorio sureño sudamericano. Estudió el bachillerato en un colegio de Hermanos maristas y Letras en la Universidad Nacional de La Plata. Ha practicado el canto y el piano. Obra de su autoría ha sido traducida a varios idiomas. 

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Managua, Nicaragua.1961.
Poeta, narrador, crítico y periodista. Es autor de los libros de poesía Pasado meridiano (1995), Conversación con las sombras (2000) y La vida que se ama (2011); este último ganador del Premio Internacional de Poesía “Rubén Darío” 2009, convocado por el Instituto Nicaragüense de Cultura. También ha publicado las novelas Un sol sobre Managua (1998, 2000, 2003), Con sangre de hermanos (2002, 2011), y los volúmenes de crítica Juez y parte (1999), La espuma sucia del río (2000), Subversión de la memoria (2005) y Las máscaras del texto (2006). Ha sido redactor y editor en los más importantes periódicos de Nicaragua. Ha ejercido la docencia como profesor de Géneros periodísticos y Escritura creativa en la Facultad de Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA), en la carrera de Filología y Comunicación de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) y en la carrera de Periodismo de la Universidad Hispanoamericana de Managua (UHISPAM). Graduado de Filología y Comunicación por la UNAN-Managua, con Maestría en Literatura Hispanoamericana por la UCA. Miembro del consejo editorial de la Revista Virtual de Estudios Literarios Centroamericanos, Istmo; miembro de número de la Academia Nicaragüense de la Lengua y miembro correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española.