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Algunos poemas del argentino Jorge Boccanera

1 junio, 2010

Tiene una obra compleja que trabaja cada verso hasta pulir al máximo su margen de significación. Surrealista, poeta social, viajero, autor del caos y del erotismo, son algunas de las definiciones que ha ido reuniendo a lo largo de sus treinta y cinco años de escritura en el panorama literario internacional. Residente en la provincia de Buenos Aires sigue con su tarea periodística como ya hiciera anteriormente en las Revistas Plural (México), Crisis (Argentina) y Aportes (Costa Rica), combinándola actualmente con la dirección de la revista Nómada de la Universidad de San Martín, en Buenos Aires. Revista cuya determinación es sacar a la luz la literatura de su país (principalmente la de los autores de las provincias del interior, tradicionalmente olvidados por la metrópoli), así como la literatura internacional, dándonos una buena muestra del interés que tiene por los poetas menos conocidos y por aquellos que, pese al espacio en el que les ha tocado vivir, luchan por seguir creando y publicando como antes hiciera el propio Boccanera en sus años de extranjería.

Del poemario Palma Real, con el que obtuvo el Premio Casa de América en Madrid, 2008.
(Editado en Visor, Madrid, 2008.)


I

La selva está hecha a lápiz, punta fina
sobre papeles rotos, garabatos que se alzan en el
       aire y cajitas de música y el oso perezoso.
Una lágrima verde rueda sobre la lengua del jaguar.
Tierra tatuada, selva
con la palma en el centro que en un aire de reina
despliega su penacho, su cabellera de hilos,
       su serena ebriedad.

Abajo, el viento junta restos del universo.

X

La selva es lo inminente, eso que está por
       desencadenarse.
Es lluvia detenida. Espuma a punto de plumaje.
Urgencia.
Estar y devenir en una misma boca.
Lo que se viene. Pronta. Y se va a desatar.
Telegramas que ruedan por el aire.

Mi oficio es recibir eso que vive de anunciarse.
Ser la rama de aquello que no se posa nunca.

XXIV

Ni crece, ni se expande la selva.
Nunca se multiplica.
Nunca asciende la selva,
       vive
de imaginar al tiempo.
Todo el tiempo.

XXXVI

El relato del viaje, la palmera.
El trayecto de todo, la longitud, el peso del
enigma y los temblores, se miden por sus hojas.
Por la extrañeza: el riesgo.
Por lo desconocido: la aventura, el azar.

Transitoria, se sacude la plaza (se des-plaza)
se deja ir, explora, se hace otra. Sabe de dónde sale,
       ignora dónde va.
¿Esa imaginación reordena el mundo?

Pronta siempre a partir
tiene a la mano un maletón de ruidos.
Ese rumor filoso es la piratería del insecto,
larvas que desmantelan árboles caídos.
Y un tepezcuintle, un abejón gigante, un escorpión látigo,
       un zanate.

Van en el maletón los borradores de la selva y un mapa de
senderos – La Tigra, Monteverde, el bosque húmedo –,
un dios desmenuzado y una rana dorada.
Voracidad en el olfato y la fascinación por descubrir.

Se reinventa la Esbelta, no copia nunca nada.
Cada paso es una pregunta.

XXXVIII

Centellea, entre mandíbulas del diablo, una brizna
       de hierba, señales del derrumbe.

Lo siento entre las vísceras como un ala de filos, silbos
       de sucumbir.

Ciego frente a la Palma Real, ignora que ella es muchas
       si abraza, corre, gira por la espuma del goce.

Hay un bosque quemado en el centro de mi juventud.
Son treinta mil esos sueños talados.

Quiero urgencia y memoria
cuando el horro enjuague su rostro en el follaje.
Que nadie ofenda al bosque.

Palma cortada es holocausto.

XLIV

El colibrí garganta brillante, dice:
«El color blanco es una selva que nadie sueña».
La ranita dorada dice: «Siempre estamos despiertos».
Las aves del pantano dicen: «Los opuestos se envían
       cartas rotas, se dedican linternas herrumbradas,
       se buscan para decirse adiós».
El pájaro sombra dice: «Para juntarse los amantes,
       uno de los dos muere».
Los cuervos de voz áspera, dicen: «El árbol del aullido
       da corazones rojos».
El zopilote rey –blanco y mudo- piensa mientras planea
       sobre los hormigueros gigantes:
«Lo que no es selva es pobre mundo».
Luego, todos se callan.
Nieva.

Esta selección fue realizada por el escritor Octavio Pineda Domínguez (Gran Canaria, 1979).

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Poeta y periodista argentino.