Claridad sin quimera: Rafael Cadenas y la poética de la mirada

1 febrero, 2023

Los ojos: adminículos, utensilios, parte irrenunciable de nuestra concepción del mundo. Se ha repetido hasta el cansancio que la civilización occidental está completamente abocada a la vista, dejando a un lado los otros sentidos. Ahora bien, la repetición no lo hace menos cierto. La vista ha sido coronada, implícita o explícitamente, como el pináculo de la jerarquía sensorial. El olfato, el gusto, el tacto y el oído son como planetas disímiles que orbitan en torno a ese sol. Incluso el lenguaje coloquial da cuenta de esta supeditación. Si no entendemos algo, si algún asunto nos parece confuso, solemos decir «no lo veo claro». Si estamos por señalar el ángulo favorable de cierta situación, empezamos diciendo «viéndolo bien…». La sorpresa es eficazmente expresada con una oportuna «¿has visto?» o la más anticuada «¡habrase visto!» Los interrogantes como «¿viste?» y «¿ves?» puntean nuestras conversaciones, muletillas que sirven para ayudar a caminar al resto de las frases.

Conocimiento claros y distinto, claire et distincte, es como llama Descartes en su Principes de la Philosophie al entendimiento seguro de ciertos fenómenos. Un aliviado «ya veo», se nos escapa de los labios al comprender algo. Sobre la intención denodada de ver se funda el ala más grande del edificio del pensamiento occidental –en especial, aunque en modo alguno de manera exclusiva, el pensamiento científico. Pero no se trata de simple empirismo –aunque siempre tenemos nuestro «ver para creer» a la mano– o de escepticismo ramplón, sino de la convicción de que la realidad sólo puede ser aprehendida de manera eficaz por medio de la vista.

Quien dice aprehendida, dice conquistada. El mundo que hemos fabricado los seres humanos, este cosmos impar hecho a nuestra medida se debe en buena parte a la visión. No me refiero solamente a la percepción sensorial, sino al lugar que hemos dado a la mirada en este mundo. La mirada se proyecta, es arrojada hacia el exterior, como lanza o red, para extraer, cazar, pescar, arrancar. Se trata de nuestro primer y más importante instrumento depredador.

Incluso nuestra tecnología más significativa, la lengua, tiene su costado exclusivamente visual: la escritura. Este artefacto mudo con el que ahora escribo, en el que ahora lees, esta máquina improbable capaz de concentrar o dispersar tanto el espacio como el tiempo, existe sólo gracias a la vista.

La poética de Rafael Cadenas podría ser entendida como un esfuerzo por imaginar una mirada otra. Una mirada cóncava, digamos, no convexa. Ajena a los impulsos colonizadores que parecieran determinar a la visión en nuestra cultura. De ahí la recurrencia de los ojos en su obra: ojos que sirven para acoger la realidad, no para controlarla. Pienso en estos versos de su libro Sobre abierto:

Flor,
el que te mira
en este instante
se aparta
para hacerte sitio.

La flor, nombrada con sencillez monosilábica, ocupa entera el primer verso del poema. Parca flor en primer plano, colocada allí para que no la olvidemos, para que no la «perdamos de vista». Tras ella, fuera de foco, el que la mira, ese yo distante que habla en el poema, dispuesto a replegarse para que sea en la página la flor sola, estallido de color. Cuál flor, no sabemos. Cada lector tendrá la suya. Al decir flor, sin más, el poema permite a cada lector a imaginar una determinada, singular. Cadenas no habla de manera genérica; antes bien, nos conduce a la especificidad por el camino más breve.

Hablamos de lo que hemos visto y, con ello, abstraemos, generalizamos. Tendemos a valernos del lenguaje con esta temeridad, borrando los rasgos precisos de cada cuerpo, las muescas que brindan particularidad a cada objeto. Sin bien se trata de un gesto necesario –sin él, el pensamiento abstracto sería imposible–, al llevar a cabo esta acción, anulamos la historia de cada una de las cosas que hemos subsumido bajo la generalización. Esta tensión se expresa sobriamente en uno de los poemas de Gestiones:

Lo que miras a tu alrededor
no son flores, pájaros, nubes,
sino
existencia.
No, son flores, pájaros, nubes.

Ambas posibilidades son planteadas, pareciera, con igual validez: lo particular y lo general se encuentran en tensión. No obstante, en una segunda lectura, resalta ese No que abre el último verso del poema, una negación que impugna la validez de una abstracción como existencia. Bajo el yugo de este término, con su carga de debates centenarios a cuestas, pierden su libertad flores, pájaros, nubes y, con ellas, todos los otros cuerpos y fenómenos que componen la realidad. Cadenas escoge deliberadamente estas palabras, casi pueriles, para elaborar con ellas una declaración de simplicidad. Un habla sin pretensiones, deliberadamente frugal. Una poética que desconfía de los poderes distorsionadores del lenguaje.

Existencia: el poema también puede ser leído como una réplica a nuestro afán clasificatorio. La facilidad con la que ocultamos la multiplicidad inconcebiblemente precisa de los seres vivos, su profusión incontrolable y detallada, con una palabra que no da cuenta de nada de esto. La poética de Cadenas se pronuncia contra estas falsas maniobras de la lengua, inclinándola hacia la precisión, haciéndonos ir con ella a lo real sin encubrimientos.

Afán imposible, lo sabemos: volcar el lenguaje contra el lenguaje mismo. Aún así, esta es una de las marcas definitorias de la poética de Cadenas. Valerse de las palabras para descubrir, no encubrir. Por ello suelen aparecer en sus poemas, cada tanto, interrogantes como este, perteneciente al poema 23 del libro Intemperie: ¿Quién sabe ceder el paso al deslumbramiento como el que se siente incumplido? O este otro, que encontramos en el poema 6 de Memorial: ¿Qué lengua traerá los tesoros sin tocarlos? Procurar los tesoros, el deslumbramiento, no es sino dirigirse hacia la incandescencia de la realidad. Ensayar nombrarla, a pesar de que los nombres sean artilugios inadecuados para la tarea. Pero es la única herramienta que poseemos –y es, quizás, la única tarea a la que nos debemos. 

Hay un impulso edénico en esta obra. Una pesquisa del Paraíso que no es ya geográfica o siquiera imaginaria. Mucho menos espiritual. Se trata, más bien, de la indagación de un edén cotidiano, el escueto jardín que ofrece la mirada cuando no la oscurecemos con vocablos ni nos valemos de ella como medio de conquista. De allí la recurrencia en la obra de Cadenas de ese espacio, que inicialmente es nombrado en términos bíblicos, como cuando declara en el cuarto texto de Los cuadernos del destierro: Todo aquí es génesis. Pero que luego cambia a una suerte de vida primigenia, como enuncia en el décimo poema de Memorial:

Estoy bañado por lo que vive, por lo que muere
Cada día es el primer día, cada noche la primera noche,
y yo, yo también soy el primer habitante.

Esta poética atiende a la idea del Paraíso atraída por el fulgor del primer instante. Sin embargo, no tarda en deslastrarla del aparataje teológico, de imágenes imperiosas, de un peso ingobernable. Prefiere encontrar en cada día el primer día y en cada persona el primer habitante de la tierra, llanamente. Es un aterrizaje en el momento que transcurre, una contemplación de lo que sucede en el instante mismo. Dice en el poema Fragmentos, de su primer libro, Una isla: Los ojos inocentes reconquistan territorios perdidos. Como si se tratara de una declaración de principios, la afirmación del proyecto que vertebrará toda su obra. Y lo enuncia en presente: reconquistan. No reconquistarán o reconquistaron. Los ojos, zambullidos en el presente, retoman regiones perdidas gracias a su inocencia.

Elaborar, afinar, acotar esa noción de inocencia ha sido la labor de muchos de sus poemas. Pero tal vez valdría decir: restituir. Estos textos trabajan para restituir la inocencia a la mirada. Para desarmarla, despojarla de ínfulas, desarticular sus designios más funestos. Y ver sin invadir, sin oprimir.

Los ojos: espejo del alma. Frase que se ha enquistado en el lenguaje popular, Pero esto implicaría que reflejan lo que hay adentro del sujeto, la sucesión de colisiones y protestas y deseos que no buscan ni necesitan respuesta que hay allí, en eso que llaman, a falta de mejores términos, interioridad o personalidad. Injustificada grandilocuencia la de este adagio. Cadenas, más modesto, escribe en el poema Recuento, de Memorial: El extraviado sólo quiere ojos limpios, espejos simples para vivir. Estos ojos no son espejos para el espacio interior del sujeto; de hecho, son espejos para la realidad que lo rodea. Su azogue se alimenta del exterior, lo refleja con cuidado, desoyendo toda pedantería y fatuidad. La poética de Cadenas apunta a una subjetividad voluntariamente arrasada, aniquilada adrede, para permitir que en su lugar la realidad sea. Para hacer sitio, como ante la flor de Sobre abierto. Por ello se dice en el poema 26 de Intemperie:

Hazte a tu nada 
plena.
Déjala florecer. 
Acostúmbrate 
al ayuno que eres.

Ayunar, abandonar, privarse: hacerse a la nada. Los poemas de Cadenas han hecho de la carencia y la mirada su método de trabajo. Con ellas se aproxima a la realidad. Con ellas el sujeto hablante, desnudado y anonadado, consigue que aparezca en la página eso que en su libro Amante llama la vida a quemarropa.

Mirada cóncava, como decía, mirada hecha cuenco. También en Amante fija de este mismo modo su propósito, casi su voto: es un observador.

Soy
el que observa, registra,
anota,
(no tengo
otra tarea).
¿Quién podría
en estos tiempos,
entre tantos escombros?

Y se responde, varios años más tarde, en uno de los poemas de En torno a Basho y otros asuntos:

Lo que salva de los escombros
es la mirada.

Estos son tiempos de escombros, qué duda cabe. Pero valdría la pena preguntarse cuándo no nos hemos encontrado en una época aciaga. O, en otros términos, cuando la vida humana no ha sido penosa. La tarea de observar, registrar, anotar es imprescindible; si no es posible, debe hacerse posible. Porque es ella la que nos rescata de la ruina: escritura que acoge lo que le dicta la mirada, concisa, sobria.

Los ojos: materialidad precisa. Esclerótica, iris, córnea, humor vítreo, pupila. Entramado de venas como filigrana. Cámara oscura diseñada con extremo cuidado por la mano paciente de la evolución para capturar el rebote de la luz en nuestro entorno. Es decir, los ojos: casa para el resplandor. Para aquella claridad sin quimera a la que se refiere en Cadenas en Una isla y que, desde entonces, está buscando.

 

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Caracas, 1987. Entre otros, autor de los libros de poesía Salvoconducto (XXXVI Premio de Poesía Arcipreste de Hita; Valencia, Pre-Textos, 2015; traducido al alemán por Geraldine Gutiérrez-Wienken y Marcus Roloff como Aus dem Kopf durch die Nacht y publicado por Parasitenpresse en 2021), La ciencia de las despedidas (Valencia, Pre-Textos, 2018; traducido al inglés por Robin Myers como The Science of Departures, publicado por Kenning Editions en 2021 y finalista del National Translation Award in Poetry) y Nuevas cartas náuticas (Valencia, Pre-Textos, 2022), así como los volúmenes de prosa Clarice Lispector: el lugar de la poesía (Santiago de Chile, Ril Editores, 2019), 23 shots (Caracas, Dcir Ediciones, 2021) y Palabras sin dueño. Variaciones sobre la traducción literaria (Ciudad de México, Dirección de Literatura UNAM / Periódico de Poesía, 2019). Entre otras, ha publicado traducciones de Marguerite Duras, Antonin Artaud, Charles Wright, Mário de Andrade, Hart Crane, Pascal Quignard, Mark Strand, Lorna Goodison, Louise Glück, Yusef Komunyakaa, Anne Boyer, Nicholas Laughlin, Shara McCallum, Jamaica Kincaid, Frankétienne, Safiya Sinclair y Patrick Chamoiseau. Su trabajo poético ha sido reunido en las antologías Ai margini di un mondo sconosciuto (Roma, Edizioni Fili d'Aquilone, 2018; traducción de Alessio Brandolini) y De ningún viaje se vuelve (Guadalajara, Mantis Editores, 2019). Tiene un doctorado de la New York University.

Crédito foto: Elisa Díaz Castelo