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Conversaciones: Con la muerte de Narciso

1 abril, 2011

De las resonancias y luces suscitadas a partir del X Congreso Internacional de Poesía y Poética 2010, el texto siguiente nos conduce hacia laberintos de lectura del poema «Muerte de Narciso», de José Lezama Lima, exégesis sugerente debida a la pluma de Juan Galván Paulín, antes que nada, poeta, pero además escritor, académico y sociólogo, originario de México, D.F., a quien agradecemos su generosidad por permitirnos conocerla, «Conversaciones con la muerte de Narciso«.


Parte 1 … Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo… y es ahí, en la conjugación de dos imágenes, la gran Diosa aquea, y el fluir inmortal y siempre reviniente del río de Osiris, en la plenitud de su Muerte de Narciso que da inicio la intención poética de Lezama Lima… un primer verso, inaugural y genitor como pocos: la Diosa como advocación del destino, la progresión hacia lo que debe ser cumplido por el acto de la voluntad; y el curso perenne de inundaciones cíclicas que conduce hacia la inmortalidad señalan esa profundidad de lo que para el hombre deberá significar la resurrección por la poesía… La imagen como un absoluto, la imagen que se sabe imagen, la imagen como la última de las historias posibles […] al verse y reconstruirse como imagen crea una sustancia poética… una resonancia, no un eco; toda palabra que se eslabona verso en este poema es evidencia de lo primigenio, de un espacio y de un tiempo originarios que encarnan en un presente en devenir: el poeta nombra lo existente y éste entonces aparece por primera vez haciendo posible nuestra estancia en una realidad que, por cotidiana, y sólo gracias a ello, es revelación de su portento y del milagro que somos… el poeta -todo hombre, así lo querría Lezama- debe enseñar que lo que nos parece desgastado, agobiado por la rutina de una mirada ya incapaz para el asombro -en realidad lo es porque en su uso se han erosionado sus nombres-, y que para ser debe nombrarse a semejanza de la primera vez; sólo así la realidad, este entorno nuestro puede ser habitado; sólo así será, más que lugar, ámbito para el cumplimiento del destino, que no es otro que la realización de la existencia, aquella que se desempeña con su carga de anhelos y en la certeza del azar que es la vida… Vertical desde el mármol no miraba[…]/ Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo./ El espejo se olvida del sonido y de la noche/ y su puerta al cambiante pontífice entreabre: como un generoso otorgamiento, acceder a mirar y habitar la extrema firmeza del infinito, es, como bien lo dice d’Algange, posibilidad del metafísico y del poeta; Narciso que va adquiriendo la mirada y el tacto necesarios y exigidos para habitar el camino que asciende -una progresión cotidiana- hacia la conciencia de sí, que es asumir la estancia en la realidad como religiosidad; y he dicho camino porque el hombre no se planta porque sí en tal conciencia, sino debe llegar ahí a través del peregrinaje que supone la revelación de tal realidad por lo poiético; y la poesía no es literatura, es mirada profunda… el poeta, el hombre, Narciso, aquel que es, no es y quiere ser, se asoma al espejo, una alteridad que es umbral, la creciente del río que reviene y al mismo tiempo es una inmovilidad en la imagen que refleja: un rostro que se observa y que en esa imagen aparentemente estática del espejo el poeta, el Narciso, se ensueña, pero no se enamora de la apariencia, en realidad está hechizado por las transmutaciones que en él advierte: el tiempo, su paso, que si bien es inclemente, cruel y terrible, no es otra cosa sino la certeza de lo ineludible, y por ello debe ser celebrado: el devenir, Dánae, el destino que cobra apariencia en ese rostro: Máscara y río, grifo de los sueños./ Frío muerto y cabellera desterrada del aire/ que la crea, del aire que le miente son/ de vida arrastrada a la nube y a la abierta/ boca negada en sangre que se mueve. … el cambiante pontífice, el poeta consciente de lo temporal, el hombre, cabalgado el atisbo a sus edades, está frente al espejo que entreabre su puerta -y señala lo sagrado– y mira , qué, qué abismos, qué gestos en ese estanque, en el espejo en su habitación: Narciso ve detenidamente una profundidad, la suya, y eso es lo que lo seduce, lo que descubre y desconoce pero que ya está ahí… porque debemos imaginar a ese poeta, ese Narciso, ese nosotros mismos, ahí, en el axis que es su alcoba, el mundo todo en esa esfera de su recámara, a solas con ese otro que es él mismo parado o sentado frente al espejo, el río de Osiris que es la libreta de notas -la hoja de papel en blanco, o como sea- para descubrirse y para revelar con una crónica exacta lo que Dánae va tejiendo palabra a palabra, signando con la tinta de la estilográfica lo que se le revela; un muchacho atenazado de ansiedad en la primera juventud mudando acaso la crisálida de una infancia que se abandona para acudir a citas no menos perentorias; así, la mirada que posa en derredor ve lo acostumbrado, sí, pero en la escritura puede destilar el asombro que esto le provoca: Olvidado papel, fresco agujero al corazón[…]/ La mano que por el aire líneas impulsaba [es decir, el poeta se peina frente al espejo]. Ahora llevaba el oído al caracol, el caracol/ enterrando firme oído en la seda del estanque: sí, la hoja en la que se desliza la plumilla con la savia tinta comienza a historiar de la infancia conocida al acabamiento presentido. Para Lezama, Narciso no es quien ama de sí su rostro, sino aquel que, revelado su destino, se entrega a él para habitar lo temporal de la existencia: el estanque es imagen del abismo en el que la vida desempeña su posibilidad. Así la infancia con su asombro rotundo, sus impresiones imborrables: Granizados toronjiles y ríos de velamen congelados: la sorpresa inaudita de una granizada en la Habana; la calle donde la niñez era el tiempo todo en su espacio asaeteado por revelaciones ineludibles de pronto suspende la navegación de esas embarcaciones de papiros, los barcos de papel en un Nilo plagado de esferas irregulares de hielo que aguardan ponerse en movimiento gracias a la acción de Ra, que el poeta describe así: aguardan la señal de una mustia hoja de oro [un rayo de sol en su incandescencia], alzada en espiral, sobre el otoño de aguas tan/ hirvientes; y aquí, por antítesis, el granizo, en su inmovilidad, en el vaho que despide por la acción de la hoja de oro, hierve, y al hervir sublima en Dócil rubí quedaba suspirando en su fuga ya ascendiendo; por esto Ya el otoño recorre las islas, y lo que nos parece una mención cartográfica y estacional se convierte también en la referencia a la edad: El río en su comunión con el atributo de Dánae es el doble sentido de lo temporal que en la suma de sus ojos anunciaba/ lo que pesa la luna en sus espaldas y el aliento que en halo convertía; y de la referencia  a lo temporal pasamos también a la imagen, la viñeta de una luna navegando la superficie de un azogue para después difuminarse en ese tránsito que es el halo, el acabamiento, una muerte donde el Dócil rubí […] en su fuga ya ascendiendo es la posible imagen del ascenso del alma a lo celeste… Pero Narciso, el poeta, continúa su labor, inquieto por las revelaciones que acuden a su memoria escribe; las palabras y las letras contienen algo más que su sonido impreso, y su labor es la de un pontífice -cabalista transido- que nos hace comulgar con lo sagrado, la de un hierofante que permite la manifestación de lo que el umbral del espejo permite se asome: Antorchas como peces, flaco garzón trabaja noche y cielo,/ arco y castillo y sierpes encendidos, carámbano y lebrel; las letras, las palabras cambian su apariencia y se vuelven substancia, formas y figuras que urden imágenes, el llamado de otras realidades; en su trance, el poeta sólo escribe lo que le es dictado, lo que de sí mismo, de esas sus profundidades emerge como contenidos encarnados de su mirada y de su experiencia, y sabe que es médium para el éxtasis de quien se encuentra con el poema: Ecuestres faisanes ya no advierten mano sin eco, pulso desdoblado: los dedos en inmóvil calendario y el hastío en su trono cejijunto: el rictus solemne de quien ya sabe, el gesto en el rostro del hombre, del Narciso a quien la edad se le ha venido encima y arruga el ceño en su frente… Pero antes, antes la fulguración de una imagen; el joven poeta ha ido a las catacumbas quizá motivado por un crucifijo encima de su cama; una imagen que ya nos anuncia esa resurrección en la que tiene fe y que cobra sentido mientras lo escribe sin saber qué es lo que anota: pez mirándome, sepulcro… y regresa al estanque, al espejo, al río donde Dánae teje el tiempo para saber de éste que no únicamente es fugaz, sino que en su mentira están la esencia y la certeza de sí mismo: apariencia con la que se disfraza lo incondicionado: […] así el otoño que en su labio muere, así el granizo/ en blando espejo destroza la mirada que le ciñe… ¿qué más fugaz que el granizo que deviene agua después de ser agua de lluvia paralizada?… que le miente la pluma por los labios, laberinto y halago […]/ La ausencia ya en el cabello que en la playa/ extiende y al aislado cabello pregunta y se divierte; sí, esa progresión del tiempo enriquece y devasta del mismo modo a la materia, al cuerpo; en su cotidiana evidencia es esa tierra yerma, esos arbustos raquíticos que provocan la sonrisa: no es otra cosa sino la temporalidad señalada por la calvicie, por ese inicio de la declinación del otoño del cuerpo que exhibe ya en la cabeza el pelo ralo (y también la tierra baldía, la de Elliot o la del rey Pescador); pero no es sólo la apariencia, o, más bien, a esta apariencia la acompaña -debe acompañarla- una sabiduría; por eso pregunta y se divierte, porque se conoce también lo que tal madurez entraña: Narciso sabe de sí, y quizá cada vez sea menos lo que ignora… pero como ese estanque, ya lo he dicho, es un umbral, su temporalidad otra permite también un fluir: la mirada de Narciso va de una edad a otra, porque, sí, todo momento prefigura a otros, y cuando la fulguración de la conciencia alcanza a iluminar somos capaces de ver en los gestos de la infancia los rictus de la senectud, o el asombro del hombre o de la mujer que se detienen a observar en el vidrio de un aparador la plenitud que les devuelve ese rostro opalescente: Muerte de Narciso se nos aparece como un continuo de imágenes que invocan en su conjunto la aparición de la analogía entre lo diverso; al hacerlo, la fracción de la realidad de la que somos testigos y personajes, bien por la mirada, la razón o el acto, se va adicionando de lo que lo/nos rodea, incluso de lo más lejano y desconocido: el mundo completa su sentido y la realidad aparece emblema, «antigua imagen heráldica que [habla] en figuras.» …así, la ascención que asume, […] la curva corintia[…] traiciona los confitados mirabeles porque ha llegado el momento de separar mirada, afecto y cuerpo de la madre; entonces, por la imagen, Narciso penetra la revelación de la tragedia de Edipo, que es también un albedrío, una libertad conquistada por las evocaciones que el espejo reúne y que navega el ciego desterrado: es expulsado, sí, pero este exilio está hecho para caminar a ciegas -como debemos hacerlo todos- los contenidos de la vida que nos apropian; es expulsado, sí, no para expiar una culpa sino para adueñarse de su peso que es habitar el enigma de la esfinge y no sólo resolverlo, porque esto es lo que hace el poeta, habitar y hacernos habitar, en una fulguración, el sentido pleno de esa otra imagen que es la ausencia en la flecha que se aísla: un Narciso que desea tenerse a sí mismo, que su mirada sea su espejo y el laberinto de la existencia su voz, el retorno al origen, la resurrección en el vientre de Dánae que es el tiempo, progresión y retorno del Nilo, evocación del padre muerto; así, la navegación del ciego desterrado es en realidad un otro nacimiento para recorrer la vida, una ausencia de sí y un misterio que deben colmarse: Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,/ forma en la pluma [el hombre sujeto del destino], no círculos que la pulpa [esa materia informe que es cada conciencia de sí y existencia que se arrojan incondicionales o forzadas al devenir] abandona sumergida: incertidumbre que lo real propina al poeta que debe resolver palabra a palabra, nombrando, que es reunir los pedazos de ese Osiris, padre ausente como imagen genitora de una prefiguración -como si de una transposición se tratara: «La diosa [Dánae, Isis] concibió dentro de sí una imagen de Anu [Osiris, el padre], tomó arcilla y modeló un hombre que dejó en la estepa» -para que el hijo pueda ser el cumplimiento de su destino, el cumplimiento de la imagen -como si se tratara de la transmigración del ka– del Coronel; prefiguración, videncia del ciego que es profecía, otra voz del Narciso poeta, anuncio del aliento con el que Rialta-Dánae-Isis ungirá con la palabra a Cemí con el peso de sí mismo -Ce (sé) mí (yo mismo, tú mismo, él mismo): Narciso-Edipo-y poeta, en el capítulo octavo del sistema poético Paradiso

Parte 2.– Así, sin más transición en el poema que la insinuación de una tierra que se renueva, Fronda leve vierte la ascensión que asume, el rostro de Narciso es ahora uno que estrena un aire con el que pretende alejarse de la primera juventud, pero que lo retiene precisamente ahí, en la vacilación de asumir lo que la vida tiene de responsabilidad, de albedrío, o en mantenerse aun en esa distracción y en ese pasmo del muchacho, que es una incertidumbre ansiosa; Narciso parece preguntar al arcano del espejo qué virtudes puede propiciarle el bigotillo sobre el labio, qué gravedad en las decisiones, qué seriedad o faltas dejarán en él las omisiones; pero en medio de ello, como en todo el poema en su decantación de imágenes, las palabras, su comunión reveladora de la densidad de lo cotidiano: la tristeza, la melancolía, estado extático en el que las metáforas advienen evidencia de lo real, que la ciñen y entonces no sólo la nombran sino la hacen aparecer, le procuran su cualidad panóptica, y mirarla es un trance que nos paraliza… eso que entreve Narciso es una visión, un hechizo, porque asistir a ese oráculo es alimento de profetas, no la mirada en el futuro sino, como ya he dicho, un atisbar en el sentido del destino: Ya sólo cae el pájaro, la mano que la cárcel mueve,/ los dioses hundidos entre la piedra, el carbunclo y la doncella. Si la ausencia pregunta con la nieve desmayada,/ forma en la pluma, no círculos que la pulpa abandona sumergida […] pluma cambiante: tenso atlas./ Verdes chillidos: juegan las olas, blanda muerte el relámpago en sus venas… el hombre, Narciso, accede al reino de los arquetipos, los propios de todo mito sobre los que ha fundado el sentido sagrado que da peso a la realidad… y sí, los sueños son las etimologías de nuestros actos; Muerte de Narciso es relato del hombre habitando una realidad, la única, la diaria, que toda ella es sagrada, y en ella el hombre se reconoce objeto de profecías; sabedor del cumplimiento de un destino: ¿ser qué? … qué portentosa puede ser la comunión a que Lezama obliga a  épocas y  culturas para hacer con ellas una historia extendida en poesía, y partir de ahí para unir en un solo verso lo vivo y lo muerto, o, más bien, dotar de vida a la muerte: y otra vez la sospecha de lo ineludible -Lezama diría el peregrinar de Proserpina por el río de la vida-: blanda muerte el relámpago en sus venas; en su belleza, la metáfora es aterradora, en su ritmo, en su sonoridad de golpe de tambor y de latido se encierra el sentido todo del viaje de Gilgamesh para saber que el ser humano tiene como condición ser mortal… y también, con cuánta lucidez en el delirio poiético de ese Narciso ante el reflejo de sí mismo relata lo que acontece en nuestro entorno y lo condensa: puede ser una calle, una ciudad, un arrozal, el pórtico de una casona, una plaza visitada en sueños: Orientales cestillos cuelan agua de luna [como una tirada de I Ching]./ Los más  dormidos son los que más se apresuran [porque los que sueñan adivinan y presienten y profetizan y revelan lo que siempre está frente a nuestros ojos],/ se entierran, pluma en el grito, silbo enmascarado, entre frentes y garfios [es un muelle, son también estibadores y sus faenas, su sudor y su cansancio]./ Estirado mármol como un río que  recurva o aprisiona, pero los ciegos no oscilan [aquí recuerdo Rumbo a peor de Samuel Beckett, al viejo y al niño, sus personajes, recorriendo una ciudad que conformen caminan va apareciendo: Luego de pronto el par se va […] Pelo tenue. Blanco tenue/ y pelo tan claro que en tan  tenue luz tan tenue/ blanco. Gabanes negros hasta los talones. Negro/ tenue. Tacones de bota {irrupción de una imagen fascista}. Ora los dos derechos. Ora los dos izquierdos […] Avanzan igual que en el/ vacío.]  …y vamos de aquí al patio o a la terraza de una casa donde las jaulas de las aves y los cantos de los pájaros decoran las horas: Espirales de heroicos tenores caen en el pecho de una paloma/ y allí se agitan hasta relucir como flechas en su abrigo de noche … en el poema, Lezama hace habitar a Narciso todo aquello que, en el relato del mito, su arrojarse al estanque deja enunciado; Lezama se apropia de una acción, que los recursos del simbolismo paradójicamente quieren estéril, para dotarla de existencia, una que nos refleja a todos: porque la inquisición de Narciso al estanque es la pregunta que desplegamos día a día, sea silenciosa, a gritos o con actos; es la pregunta que nos confirma con su incertidumbre una de nuestras dos posibilidades, estar vivos o ser ausencia a veces evocada; pero como lo único que puede confirmar este devenir nuestro es la vida, aunque larvada ya de acabamiento, entonces -y esta es la sospecha de Lezama que empieza a intuir en Muerte de Narciso, lo que luego en Paradiso es su complementación a Heidegger-: “el hombre no es un ser para la muerte, sino que va a la resurrección por la poesía, a ese renacer que el Enseñador revela a Nicodemo”… Narciso se acicala, sobre la camisa blanca una corbata sujeta por un alfiler: esa visita recurrente al espejo para comprobar que estamos ahí/aquí, que somos devueltos por la alteridad; porque espejo y umbral no sólo el azogue, también los ojos en quienes nos miramos: Relámpago es violeta si alfiler en la nieve y terco rostro. […]/ Polvos de luna y húmeda tierra, el perfil desgajado en la nube que es espejo… Narciso se apresta para salir a los misterios que le depara la noche, a aquello que está hecho para perseguirse y comienza como un maullidoFrescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas/ en su cárcel sin sed se destacan los brazos,/ no preguntan corales en estrías de abejas y en secretos/ confusos despiertan recordando curvos brazos y engaste de la frente: Narciso va a la noche, al encuentro de los otros, hacia los cumplimientos que el deseo ya le intuye; ahí mismo, en ese espejo, en ese umbral irrumpe una fiebre, que aunque no le dé la sed, lo cerca; Narciso al abordaje de su pulsión más interna, la que también le asegura de la vida, su erotismo, y su imagen se desdobla en las posibilidades de lo sexual y acaso de lo amoroso: Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran/ al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan/ los tesoros [esa tradición caribeña de la crápula de los piratas] que la rabia esparce, adula o reconviene./ Los donceles trabajan en las nueces [los tornos, los talleres mecánicos] y el surtidor de frente a su sonido/ en la llama fabrica sus raíces y su mansión de mitos soterrados… y en esta estrofa Narciso celebra el trabajo, la rutina obrera que dignifica a la humanidad; esto señala también que Narciso ama, que en la vida está colocado con su azoro frente a una realidad que entiende portentosa, una teofanía que lo lleva a escribirla; entonces el acto de nombrarla es también un nombrarse, un existir rendido a lo incondicionado; y ese amor es la apertura en la mirada, en los sentidos que sabe son los que permiten que el ser posea un espacio y una identidad; Narciso, al mirarse en la alteridad del estanque, en el espejo, se sabe sensual, es decir, volcado hacia lo real y lo tangible intuyendo lo intangible, pues éste es aquello que en los seres y las cosas, en tanto pueden ser aprehendidos por la imagen adquieren densidad, y volumen y peso y pueden ser acariciados y reconocidos: […]huidos los donceles en sus ciervos de hastío, en sus bosques rosados [ciervos de hastío que no son corceles, son automóviles que los conducen a antros para los encuentros, y todo en medio de la algarabía]./ Convierten si coral y doncel rizo las voces, nieve los caminos,/ donde el cuerpo sonoro se mece, delgado cabecea.[…]/ Narciso, Narciso. Los cabellos guiando florentinos reptan perfiles,/ labios sus rutas, llamas tristes las olas mordiendo sus caderas… así como celebra el poeta el trabajo de los donceles en los talleres, del mismo modo se inflaman sus sentidos al contemplarlos luchando con las olas en la playa, donde sus cuerpos son llamas, flautas, dedos mordisqueados; y este inflamarse, si bien es deseo en el primer impacto a las pupilas, se vuelve emblema de sí mismo al prolongarse en imagen: y doncel rizo las voces [carcajadas, gritos, alegría], nieve los caminos [esa sal de desaparición instantánea que deja la espuma de las olas en la arena alrededor de los pies de los donceles cuyas sombras son pinos, ya columna de humo […] y surtidor en viento desrizado]… evocación de los cuerpos, a la manera de Cavafis asomado al balcón al amanecer después de haber amado al muchacho que seguro yacía su cansancio o su intriga en el lecho: Si se aleja,  recta abeja [el aguijón, el sexo], el espejo destroza el río mudo [acalla el silencio, lo transmuta en voz o en gemido, en poema con el que se apresa el incondicionado del deseo].Si se hunde, media sirena al fuego, […] tejen blanco cuerpo en preguntas de estatua polvorienta [así como el doncel de Cavafis o los donceles de Lezama, el poeta, Narciso el lector también encuentra en ese inflamarse de los sentidos al otro,  la otra, que le devuelve la mirada transida por el eros] […]/ Frescas las valvas de la noche y límite airado de las conchas;  lo lunar que expone su misterio y lo oculta en el reverbero de la piel: Cuerpo del sonido el enjambre que mudos pinos claman, para que la imagen se desdoble y pase de lo carnal a encarnar también en el paisaje que es un bosque, o una ciudad o el mar que atrae con su vaivén, como un latido al encuentro y al abrazo de los cuerpos, de esas islas que somos todo Narciso, esas islas llenas de vitalidad o recorridos por el otoño, un placer del que nunca se abjura: Chillidos frutados en la nieve, el secreto en geranios convertido… en su dualidad indisoluble, la vida y la muerte son el secreto que el poeta ilumina con su revelación; misterio y milagro que le dan peso al hombre y voz en su ascenso por la existencia, en su peregrinar los senderos de su tiempo y su rutina: La blancura seda es ascendiendo en labio derramada; del surtidor de la simiente a su espasmo, al canoso bigote de la serenidad, esta imagen contiene esa certidumbre de lo dual en su sentido más profundo: el hombre en su fluir por el Nilo en la urdimbre de Dánae: la vida en devenir permanente en la temporalidad: […]  abre un olvido en las islas, espadas y pestañas vienen/ a entregar el sueño, a rendir espejo en litoral de tierra y roca impura; imagen funeraria, cuerpo yaciente en la muerte, o imagen del instante pausado que adviene posterior al orgasmo, apoteósis donde Eros y Tanatos se han fundido para darle resurrección a los amantes, conciencia que despierta de la lucidez para posarse nuevamente en lo cotidiano: busca en lo rubio espejo de la muerte… entonces el destino de Narciso, su cumplimiento es evidente: atravesar el espejo es ir más allá de sí mismo para, en la otredad, aprehenderse entero; y apresarse a sí mismo a través de su imagen, de esa experiencia religiosa que es lo poiético, es quedar asaeteado con la revelación de un mundo que por fin miramos teofánico con el cinetismo del río, con el discurrir del telar de la Diosa; Si atraviesa el espejo hierven las aguas que agitan el oído: atravesar la transparencia del objeto es permitir que irrumpa, o irrumpir en, una realidad otra para adueñarnos de una mirada otra que no es sino la originaria, la de la primera vez que la realidad estuvo ante los ojos del hombre pasmado por tal majestad… Muerte de Narciso es imagen fundacional de Lezama, imagen a la que referimos esa nuestra condición de Adán a la búsqueda de dar sentido a la realidad pues, como dice d’Algange, «remontándonos hacia la fuente del uso ordinario de las palabras y las cosas, surgen figuras legendarias que amplían el sentido de nuestra existencia»; imagen de nosotros mismos que conocemos y reconocemos apenas inicia el poema; imagen heráldica, imago total pues la palabra, la poesía es origen y devenir, el sentido de la realidad donde se instaura la promesa, la duración de la existencia que es siempre el cumplimiento del destino en el azar que ella misma supone; evidencia del ser que es perseguida por el hombre para, a través de la revelación que propicia lo poiético adquiera la posibilidad de la resurrección: pues lo poiético es contemplar el mundo en su pertenencia a lo visible y lo invisible… este es el acercamiento que nos permite Lezama Lima en Muerte de Narciso, este el sentido de su sistema poético: expresar de la realidad el contenido sagrado del que devienen su cotidiano y el portento y el drama que es el hombre; Muerte de Narciso, una mirada y una verbalización donde lo sagrado y la realidad no se confunden, donde su comunión lograda por la poesía se transparenta para que ante nuestros ojos sea, un instante, en un arrebato sensual de la conciencia, ese aquí y este horizonte que llamamos «lo real» y habitemos en él de una manera poética, religiosaOla de aire envuelve secreto albino [el sueño, el trance, Narciso traspasará el umbral, pero en estos momentos ¿en qué dirección si la puerta entreabierta es un centro, la frontera entre dos realidades que son espejo?] piel arponeada [con las certezas del destino y de la conciencia de la vida y de la muerte, falta, acaso, la del albedrío, pero ésta no tardará en aparecer ante su mirada en las pupilas del estanque]/ que coloreado espejo sombra es del recuerdo y minuto de silencio. […]/ Chorro de abejas increadas [todo deseo y minuto y acto que son el futuro en su advenimiento hacia el presente] muerden la estela, pídenle el costado [la decisión, terrible, apocalíptica, de, siendo Dios volverse hombre para alcanzar la resurrección: «Es en vuestro interior/ donde está el Hijo del Hombre»(Lc.17,21); decisión que es la del Narciso Lezamiano, que atravesará el umbral para entregar el costado; la imagen crística de la lanzada de Longinos que es metáfora del centro, la carne, el cuerpo en el que se hace evidente la dualidad que da sentido al hombre, vida y muerte… resurrección][…]Así el espejo averiguó callado. [Esa sabiduría del Nilo en su permanencia (ciclo vida muerte), ese devenir que es el tejido de Dánae (la existencia, el devenir, el pasado y el futuro comportando el presente), el reflejo del azogue que es la mirada desde la alteridad, la búsqueda de sí mismo]/ Así Narciso en pleamar [en lo nocturno, en la profundidad del ámbito y del tiempo precisos para la revelación de los misterios y del ser] fugó sin alas [se arrojó al fondo de sí mismo, entró al sendero de su destino, pues este «fugar» no es un huir, un escapar a la comodidad de la inocencia, sino un hundirse en lo incondicionado, afrontar con la poesía, que es emblema de la existencia, lo que el transcurrir de la vida va imponiéndonos]… si de algo podía «enamorarse» Narciso de sí mismo es justamente de aquello que Lezama dice: Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo./ El espejo se olvida del sonido y de la noche/ y su puerta cambiante al pontífice entreabre… la firmeza mentida del espejo es el punto de reunión entre Narciso sin él –Narciso no se tiene- y el Narciso que es un hombre poiético, que es un hombre para la resurrección… como dice el Evangelio de Myriam de Magdala: Y seamos el hombre en su totalidad;/ dejémosle arraigar en nosotros/ y crecer como lo pidió».

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Nació en la ciudad de México, octubre 9 de 1955. Poeta, narrador y ensayista. Cursó estudios en la UNAM: Sociología, Ingeniería Agrícola, Lengua y Literatura Hispánicas.

Obra publicada:
Poesía: Ritual en piedra. Desnudo peregrino de mi boca. La arena de sus huellas. Cuento: De biznagas y otros nombres. Fotografía del cementerio judío de Praga. Novela: Plúmbago Polanco. Ensayo: Me mato por una mujer traidora; La pintura de Abraham Ángel.
Obra inédita:
Poesía: Pavana para dos infantes. Mi cuerpo germina temblor entre tus labios. Novela: Dama León.

Maestro y conferencista especializado en fenomenología y simbólica del pensamiento religioso, en mitología y en las áreas del pensamiento místico judío, cristiano, del islam, así como en el taoísmo, el budismo Zen y el budismo vajrayana o tibetano; en literatura medieval caballeresca del ciclo artúrico; en literatura fantástica; y en literatura latinoamericana, en particular, entre otros, en las obras de José Lezama Lima, Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato, José Revueltas, Amparo Dávila, Esther Seligson y Gloria Gervitz; también en la obra de Yasunari Kawabata.
En el Distrito Federal es catedrático de las materias Mitología y Religiones Primitivas, Seminario del sistema poético de José Lezama Lima, Literatura del Ciclo Artúrico, Metodología de la Investigación, Didáctica de la Historia del Arte, Seminario de Literatura Fantástica para el Instituto de Cultura Superior (1989-2014).
Para el Instituto Cultural Helénico A.C. (2000-2014) catedrático en la maestría Humanismo y Cultura, en el Diplomado y Curso Religiones del Mundo, y la Experiencia Mística. Catedrático en la Escuela Mexicana de Escritores en la materia La Construcción del Imaginario y el Sentido de la Ficción (2013-2014).
Conferencista en diversos foros sobre los temas: Mito y Poesía; Literatura Fantástica: de Lovecraft a Bradbury; Los Poetas Malditos; La Figura de la Diosa en la Literatura Caballeresca; La División del Cosmos en Femenino-Masculino; El Mito y Jaime Sabines; El Mito y Juan Rulfo; La Función del Héroe y el Cuento de Hadas; La Diosa, el Héroe y el Villano, del Poema de Gilgamesh al Código da Vinci; Ciclo de Conferencias titulado De la Batalla de los Dioses a la Tragedia de Edipo, entre otros.
Actualmente, junto con la soprano Aída Rivera de la Cabada presenta en diversos foros el espectáculo Poesía y Canto con el ensamble del mismo nombre.