Escultura de Maruca Gómez
Escultura de Maruca Gómez

Daysi Miller (Premio Carátula 2022)

1 junio, 2022

Cuento ganador del X Premio Centroamericano Carátula de Cuento 2022.


La noche, afuera, pintaba soledad y silencio. Adentro, aburrimiento y desesperación. Las cosas habían cambiado desde que Danilo se había movido a un puesto editorial que le garantizaba un salario tres veces más alto del que había logrado en 17 años de trabajo revisando, noche con noche, que todo estuviera en orden antes de la impresión masiva del periódico. Así, solo quedaban Manuelito Vargas y Charly Rojas al frente de la edición de cierre. Al frente de la revisión de las 20 páginas con imágenes full color de desollados, vapuleados, calcinados y una que otra foto de algún artista emergente.

Y el chance de Danilo, que, para algunos, era el chance soñado, se lo había quedado Charly. Él estaba a cargo de la sección “Ángel del día”: la foto de la modelo de la edición diaria. Una imagen tipo póster destinada a decorar talleres, car-wash, salones, cantinas, puteros, cuartos de solteros o de, simplemente, atrapar al público masculino sediento de sangre y caderas. 

Para las 9:00 p.m. de aquella noche larga, seca, aburrida y desesperante no había, aún, ángel para el próximo día.

—¿No lo ves arriesgado? —preguntó Manuelito. La boca le apestaba a tumba. Los cigarros Modern y el café de la cafetera le daban este efecto que quedaba bien con su cara cuadrada, dura y llena de arrugas.

—Ni que se fijaran —le dijo Charly. Encontró, en la carpeta más antigua del escritorio, la foto de una chica de ojos café y pelo lacio hasta la cintura. Estaba de más decir que era bonita. Que estaba buena, pues. 

—Pero la foto se ve bien vieja —dijo Manuelito. —Y la chera, chiquita…

—En la edición la agrandan, pendejo.

—Que no así, pendejo. Chiquita, pues… Bien bichita. Niña, pues.

Danilo se encargaba de buscar, seleccionar, descargar y organizar las imágenes de la sección. Siempre había de dónde escoger. Claro. Y el truco era, dijo alguna vez, el reciclaje de imágenes. Mujeres de todos los colores, todas las razas, todos los cabellos, todos los escenarios. Lo que las unía entre sí eran las medidas de sus cuerpos y la ausencia de ropa. Eso y que no tenían identidad: algunas eran conocidas. Otras, imágenes por default. De stock, quizá. Y de los nombres, ¿quién se iba a preocupar a la hora de hacerse el pajazo?

—Nombre, vos. Vale verga, total…

Y, en la caja del texto, Manuelito escribió, casi al azar, “Daysi Miller”. El nombre importaba, quizá, porque hubo alguien que imaginó que, en algún lugar, alguna persona coleccionaría como cromos los pósters de taller. Desde entonces, la imagen siempre llevaba la caja con el nombre de la chica. Del ángel. A la morena caderona de bikini blanco, que miraba la cámara con una expresión sexual que no ocultaba muy bien, si uno se fijaba con atención, algo que parecía miedo, le pusieron Daysi Miller. Nombre artístico porque de gringa no tiene nada esta mami, pensó Manuelito. Pasaron la edición y se fueron a dar un par al mismo bar de siempre. Daysi Miller, entonces, se imprimió 20,000 veces esa noche.

***

Marito no sabía por qué su papá se tardaba tanto leyendo el periódico en las mañanas. Suerte, pensaba, que la casa tenía dos baños. Aunque odiaba el de afuera: él le llamaba “la letrina”. Era un cuartito con piso de cemento, un inodoro blanco viejo y una ducha que no tenía calentador. O cortina. Y estaba en el patio, al lado del cuarto de la empleada. Había escuchado que a ese espacio le llamaban “el área de servicio”. Y cuando le tocaba bañarse ahí, en el área de servicio, Marito siempre usaba sandalias de baño. Es que le daba asco el piso ligoso sin azulejos en los que a diario se duchaba niña Marina.

Esa mañana, papá salió temprano del baño. Qué alivio: no iba a usar la letrina. Y cuando sintió la presión en la parte baja del estómago que precedía a las cagadas, el niño se sentó en el sanitario. Vio que el periódico de papá estaba ahí, justo al lado del papel higiénico. Quiso, por una vez, sentirse como papá. Así que empezó a hojearlo mientras hacía fuerzas. Vio un atropellado, vio un ahorcado, vio dos mujeres asesinadas y a un tal Richie Moreno, que anunciaba un sencillo de verano. 

Estaba a punto de lograrlo, cuando, al pasar la página de las ofertas de un almacén de electrodomésticos, se topó con dos piernas gruesas impresas en el papel. Entendió: había que voltear el periódico. Vio a una tal Daysi Miller. Por un momento, se perdió en los ojos café, en la boquita rosadita, en las manos que sostenían dos senos redondos, gordos y firmes. Vio el pelo que caía a la cintura y las piernas separadas. No iba desnuda: el calzón blanco, que le quedaba chiquito, pensó el niño, cubría debajo de su estómago. Marito dejó de hacer fuerzas: tuvo una diarrea repentina. Eso y una erección.

Nunca antes le habían interesado los periódicos de papá. Aquí solo hay muertos, le había dicho. Nunca le mencionó que salían ángeles. Ángeles bien distintos a los de la capilla del cole. Desde ese día, empezó a guardar algunos de los pósters que aparecían en los diarios. Un niño cuatro años mayor le dijo un día que los podían vender juntos. Que de un dólar, a él le podía dar $0.25. Desde entonces, Marito hurgaba, todas las tardes, los diarios que se amontonaban en una pila de medio metro en el cuarto de niña Marina. Algunos pósters los guardaba, la mayoría los vendía en el patio del colegio o en la colonia.

Y así, Marito decidió que, cuando creciera, quería tener uno de esos ángeles. O muchos. Empezó a pensar que, si ahorraba lo suficiente, podía comprarse uno. O todos los que quisiera. Porque, si estaban impresas en el periódico, pensaba, se podían conseguir en algún lado.

***

—“Quiero verte en calzoncito rojo, mi amor” —le susurró Óscar al oído. Estaba sudado, apestaba. Y lo peor, es que era pesado. Así debía sentirse un saco de los que papá movía en el mercado, pensó Tamara. 

Tenía casi un año de conocer a Óscar. Casi un año de haberse enamorado de él y de haberle entregado “su tesorito”, como le llamaba él. Antes, las visitas al cuartito sucio eran más frecuentes. Ahora, solo podía verlo dos veces a la semana después de salir del instituto. Todavía tenía cicatrices de los cinchazos que su papá le metió después de que alguien en el mercado le contara que la habían visto con el mecánico.

—Pero de esos yo no tengo —le dijo ella. Intentaba rodearlo con sus piernitas velludas, raquíticas, llenas de cicatrices. Ahí, en la colchoneta sucia del suelo, ella se sentía amada. Óscar era su hombre.

—Yo te voy a regalar otra mudada. Y, esta vez, con el calzoncito rojo —le dijo él, visiblemente excitado. No la estaba penetrando, pero ella sentía el bulto carnoso que se levantaba al centro del bóxer marca Fruit of the loom. Ese mismo que tanto le dolía cuando estaba dentro de su mico.

—Me debés el celular con internet —le dijo ella.

—Las dos cosas te voy a dar, mi amor —susurró Óscar. —Vení, abrite…

Y, luego de siete minutos de embestidas, cachetadas, mordidas y jalones de pelo, Óscar, finalmente, se le quitó de encima. Ella tenía, como de costumbre, ganas de llorar. Él se sobaba el pico aguado. 

—Haceme un favor —dijo, sin abrir los ojos. —Traeme el diario que está ahí en la mesa.

Ella se levantó, con esfuerzo, del colchón. Le entregó el periódico.

—Mirá, así te quisiera ver —le dijo él. Sostenía un póster extendido. En él, aparecía una chica que bien podía tener la edad de Tamara. Excepto porque el cuerpo de ella no se parecía en lo absoluto al de la de la foto. A Tamara no le crecieron nunca las chiches. La de la foto, las tenía gordas. Tamara no tenía caderas y sus piernas no eran lisas. Tampoco tenía calzones rojos.

—Se parece a vos. En los ojitos, al menos. Por eso te digo que te voy a regalar un calzoncito rojo de los que vende niña Loly —le dijo él. Y, cuando notó que Tamara estaba a punto de ponerse a llorar, le dijo, en tono que pretendía sonar amistoso pero que, en realidad, salió como amenaza -Nombre, no llore, chiquita. Esas son pendejadas. Alégrese porque su hombre la ve a usted en otras mujeres. Hágame otro favor, pégueme a esta muñeca ahí en la pared, mire.

Y Tamara buscó tirro en la gaveta. Extendió el póster, que estaba arrugado en la parte del pecho de la chica, y lo pegó al lado de las fotos de otras mujeres similares. Leyó la cajita debajo de “Ángel del día”: Daysi Miller, decía. Desde entonces, la niña decidió que empezaría a usar calzones rojos. Antes de que Óscar se los comprara.

Regresó al colchón. Abrazó a Óscar con fuerza. Como si, con el abrazo, hiciera desaparecer los 19 años que los separaba en edad.

***

Había dejado la casita de lámina con el mismo miedo de todos los días: que el techo, por fin, decidiera caerle en la cabeza. Siempre cerraba con la tranca de alambre, a pesar de que algunos de los palos que formaban la cerca estaban casi en el piso y que cualquiera podía saltarse las púas oxidadas que le daban falsa seguridad en las noches. 

Esa mañana era distinta. Se había levantado temprano y había tenido una idea mientras leía el diario que su vecino le pasaba por el techo todos los días. No era que leía, porque donde había titulares que anunciaban descabezados o cifras de cuántos minutos le tomó al de la foto morirse ahorcado, ella solo veía borrones y manchitas. Pero a las fotos sí les entendía. Y la entretenían.

Antes le daban aflicción, pero hoy la entretenían.

Y esa mañana, Dora había tenido una idea brillante. Tomó una página del periódico y la metió en su carterita, al lado del monedero de la Virgencita y de su celular de $15. Esa mañana, las piedras y el lodo del camino no le parecieron obstáculo alguno. Había llovido la noche anterior.

Llegó a la delegación. “Ahí viene la niña Dora”, dijo un sargento al fondo de una oficina a la entrada del lugar. Cuando vio al agente Peña, el que la recibía siempre que llegaba, sacó la página. Estaba doblada en cuatro partes, los lados exteriores mostraban ofertas de electrodomésticos.

—Buenos días, niña Dora. ¿Qué se le ofrece este día?

—Buenos días, Sargento. Mire, que vengo con una gran pena porque hoy sí está bien temprano.

—No, madrecita, dígame —dijo Peña. Como si no supiera qué le iba a decir la viejistilla de pelo canoso trenzado. 

—Solo le quería preguntar si sabe ya algo de mi nieta —dijo, con un hilo de voz. 

Controlarse había sido para Dora una odisea que le tomó ocho meses. Fue hasta que otra abuela que estaba en la delegación le dijo que los agentes no le hacían caso a las viejitas chillonas. Que si quería que le ayudaran a encontrar a su nieta, que tenía que calmarse. Que ella, luego de tres años, había aprendido a pedir las cosas con paciencia.

—Todavía no, madre. Pero créame que hacemos todo lo posible. Ya tenemos su dirección y ya le dijimos: cualquier cosa, le llamamos.

—Es que fíjese que le traía una foto mejor. Tal vez así se les haga más fácil encontrarla.

Y Peña, que ya se podía de memoria las fotos de título, de graduación de noveno, de primera comunión, de confirma y de cumpleaños de Zulma Reyes, la nieta que llevaba nueve meses desaparecida, pensó que no podía ser tan cruel con la anciana. No esa mañana, pues.

—A ver, madre. Enseñe. La vamos a pegar en la cartelera. Pero solo dos días, tenemos bastantes afiches que ir pegando y todos tienen derecho. Usted entiende.

Dora extendió un póster. Peña guardó silencio. Dos agentes que barrían la delegación se quedaron mirando la escena. La viejita de 86 años sostenía una foto del “Ángel del día”. La bicha de la imagen estaba rica, pensaron los hombres. Iban a comprar la edición de esa mañana. Los barrenderos no pudieron evitarlo. Se fueron a la parte de atrás a cagarse de la risa de la viejita de falda evangélica hasta los tobillos que enseñaba a una mujer desnuda a toda la delegación.

Peña se armó de valor.

—Mire, niña Dora, usted sabe que a los hijos de Dios hay que tenerles respeto. Y aquí, nosotros, a usted, la respetamos. No saldríamos con estas cosas.

—No, señor policía —dijo Dora con la voz cada vez más agitada. —Hoy salió esto en el diario y, créame, me sentí bien mal de ver así a mi nietecita —ahora hablaba entre sollozos. —Yo siempre le dije, pero esta niña no era sencilla. Siempre le dije.

—Madre, vaya a ver al pastor Tobar y háblele de lo que acaba de hacer —Dora lloraba con fuerza. Volvía a ser la misma anciana atribulada que llegó a interponer una denuncia por desaparición nueve meses atrás. Peña le quitó el póster de las manos y lo dobló en cuatro de nuevo. Puso su mano en los hombros de la anciana para invitarla a salir de la delegación.

—Ayúdeme, señor policía, ayúdeme. Quizá ya me la mataron a mi niña. Ayúdeme, por favor —decía entre gritos. Otras madres que, en algún punto, habían estado en la misma situación pero que, ahora, se limitaban a suspirar con los ojitos bien hinchados la miraban desde una banca a punto de sucumbir por el peso. Desde el silencio la acompañaban. Dora se desmayó.

Los barrenderos le quitaron el póster a Peña. Se cagaron de la risa. “Viejita pícara, va. Además de loca, pícara”, dijeron. Peña quitó un afiche de un hombre desaparecido de la pizarra de corcho de la oficina. Utilizó la tachuela para fijar el póster de Daysi Miller. “Bien bichitas las que sacan ahora, va”, dijo. 

***

Tres reos en fase de confianza almuerzan bajo la sombra de un almendro. Los militares dejaron que las mujeres que venden almuerzos cruzaran la zona acordonada. Nadie más puede pasar.

Ahora hay pollo guisado. Huesos guisados, piensan los tres. Son las 12 del mediodía y el calor parece fundir todo lo que se encuentra fuera del perímetro de sombra. Tienen 45 minutos para buscar carne entre las vértebras para acompañar las dos tortillas embadurnadas de salsa. Ellos no lo saben, pero esos huesos los vuelven los más afortunados. Los militares no han comido nada en lo que va del día.

Uno de ellos saca el periódico. “Mirá esta mami, ve”, le dice. Los tres se ríen. Cuatro gotas de salsa manchan el póster de la edición de “Ángel del día”. Los tres hombres la miran en silencio.

—¿Y de dónde sacaran a esas muñecotas, vos?

—De internet, vos. ¿Tan pasmado sos?

—Pero yo digo para no confundirse, pues. Imaginate sacan a la misma de la semana pasada. Yo no quisiera estármela jalando con una carita conocida.

Los tres se ríen, sin mucha gana. El viento se mueve entre las hileras del cañal de enfrente. Una patrulla transporta a los fiscales y a los forenses que trabajan en el caso. Van al centro del pueblo, a buscar algo decente para comer. Ellos no comen huesos.

—Pero esa bicha está bien chiquita, vos. Yo me acuerdo que en mi pueblo había una así. Bien chiquita pero picosa. 

—Si no hay pelito no hay delito, vos. Acordate.

Y los tres asienten al mismo tiempo. Mientras bajan los huesos de pollo con un fresco de arrayán fermentado. 

—¿Creés que alguna de las que estamos sacando aquí se veían así?

—Nombre, vos —dice uno de ellos, el más viejo. —No ves que esas son modelos, mujeres de verdad. Estas viejas cuca caliente que estamos encontrando en esos hoyos nada que ver. 

—Te oyeran las viejas feministas —dice el más joven, el que pasa más pendiente de las redes sociales con su paquete móvil de $2.

—Es la verdad. Bien sabés que el que mal inicia, mal acaba. Le duela a quién le duela —contesta el más viejo.

Una mujer de traje formal se acerca al grupo de reos. Cuando ven a la licenciada, como se refieren a ella, doblan la imagen de Daysi Miller. La presencia de la mujer enfundada en su falda tipo lápiz y sus medias les despierta una sensación que pocas veces han sentido en sus vidas: les provoca vergüenza.

—¿Cómo les fue hoy, señores?

—Bien, licenciada, gracias a Dios. Dice el doctor que, solo hoy, sacó siete. Que, la mayoría, son niñas.

—De acuerdo. Descansen un rato. —Y, antes de irse, les recordó —Solamente acordémonos: no podemos decir nada ni a la prensa ni a gente que vaya pasando. Si a usted le preguntan algo, usted no ha visto nada. Si insisten, ya saben. —Señaló a los militares que custodiaban la zona. —Provecho, con permiso.

Los tres responden con un “gracias, igual”. Siguen buscando entre los huesos. Para ellos, no hay diferencia entre los de pollo y los de niña: la técnica es distinta pero, al final, huesos son huesos. 45 minutos hurgando en un plato de comida no son diferentes a ocho horas hurgando en una fosa clandestina, piensa uno de ellos. 

—Bueno, yo me voy a dar una dormidita. A ver si se me aparece una de esas aunque sea en sueños —dice uno.

Los tres sueltan una carcajada sonora. El viento susurra entre el cañal, como si advirtiera que, ahí, nadie era bienvenido. Que, en realidad, nadie, nunca, fue bienvenido en la zona. Todavía queda la mitad de la jornada.

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San Salvador, El Salvador, 1997.
Periodista y narradora salvadoreña. Escribe para la sección de investigaciones Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica. Ha trabajado temas de género y derechos reproductivos, medio ambiente, desigualdad, justicia y políticas culturales. Es narradora de ficción con una antología de relatos titulada “Flores que sonríen”, publicada en 2021 por la editorial independiente salvadoreña “Los Sin Pisto”. Sus relatos aparecieron también en las antologías "Territorios Olvidados" y "Lados B", de la misma editorial. Ha sido publicada en revistas digitales como Galerías del Alma y Café Irlandés.