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Desde la pluma de Gide

1 junio, 2013

La literatura de André Gide, escritor francés de comienzos del siglo XIX hasta mediados del XX, pareciera de pronto encapsulada en el tiempo y traída a cuentas sólo como objeto de estudio y de un modo referencial. Corea Torres, poeta y ensayista, posa su observación a la obra de Gide, después de la lectura del libro Al filo de la pluma, en virtud no solamente, a las conceptualizaciones sobre el “predicar el goce de los sentidos y la liberación de todas las leyes morales”, sino también a la belleza de su prosa y claro a su privilegiada ubicación en un tiempo donde algunos de los grandes literatos y artistas franceses estaban en el candelero y de los cuales tomo magisterio, pero también la observancia de conductas, actitudes y anécdotas, para plasmarlas en sus escritos.


De André Gide, escritor francés galardonado con el Premio Nobel en 1947,  se conocen comentarios loables e interesantes, dada la reflexión y su pensamiento crítico, entre ellos, que sus textos están embebidos de notable profundidad cuando aborda algún tema en específico. Reconocido como prosista intenso, en sus palabras pueden encontrase atisbos de consciente exquisitez,  pasión por la letra y sus significados.

Más allá de la crítica acerba, irónica y fina, que pudiese realizar de la obra de escritores que no le simpatizan, Gide guarda desmedidos elogios, lo cual es muy notorio, hacia aquellos cuya obra lo deslumbra. Por otro lado me es necesario consignar su querencia inclinada más hacia lo clásico que a lo coyuntural expresado en las corrientes de vanguardia, sobre todo cuando se llegaba a referir a los románticos (franceses), a quienes les endilga que “la importancia mayor –para ellos- es parecer, no estar emocionados, pasando fácil, y demasiado rápidamente, de la emoción a la palabra”, por supuesto de ahí se deduce el mínimo esfuerzo que hacen para posesionarse de dicha emoción, para dominarla, con otros medios que con la palabra.

Las señales, y en cierto modo, apreciaciones, reflexiones, alrededor de algunos autores y obras, significativos para su persona y observadas por Gide, se encuentran plasmadas en varios artículos recopilados en el libro Al filo de la pluma,  pequeña joya literaria publicada por la Universidad Autónoma de Puebla (México) en su colección Meridiano, esfuerzo editorial de grandes alcances –aunque no se note-, y que se agradece en su justa dimensión, porque permite atisbar en un universo literario de suyo importante y porque además, introduce a prosélitos de la lectura en las motivaciones de otros escritores de alta jerarquía con los cuales le tocó en suerte relacionarse. Bajo la aguda mirada de Gide aprendemos, de alguna forma, a ver de modo distinto, experimentamos aquellas sensaciones de repente ocultas en los recovecos del espíritu, nos tornamos, valga la palabra, por la pluma de alguien propietario, entre otras virtudes, de sensibilidad, en voyeuristas de conductas, actitudes de los autores que en cierto modo, le son cercanos, pero en otra vertiente, los trazos que bien utilizó para exponer muchas de sus ideas acerca del análisis del género narrativo, en su ya famosa y catalogada novela Les faux monnayuers –traducida al español como Los monederos falsos-.

Jorge Luis Borges, a propósito de la obra de Gide, y de la cual tomó la novela aludida para incluirla en la colección Biblioteca Personal – dirigida por el mismo Borges con la colaboración de María Kodama-, y publicada por Hyspamérica-Ediciones Orbis, S.A. manifiesta en el prólogo que, André no dudó nunca de esa imprescindible ilusión: su libre albedrío. Derivado de esa filosofía personal, Gide publicó en 1897 Les nourrituris terrestres, en donde exalta los deseos de la carne aunque no su plena satisfacción y que en escritos posteriores “predicó el goce de los sentidos, la liberación de todas las leyes morales, la cambiante “disponibilidad” y el acto gratuito que no responde a otra razón que al antojo. Por ello fue acusado de corromper a la juventud con esas doctrinas”. La actitud pues de André Gide mostrada en sus actos y en sus escritos, evidencia una posición clara ante los demás, es decir, conducirse con total fidelidad a lo que pensaba, pero sobre todo valentía para expresarlo sin tapujos. En cuestiones de opinión, estas las hacía con la libertad que su pensamiento le otorgaba, sin temor a las controversias.

Al filo de la pluma contiene textos valiosos, desde cualquier ángulo literariobiográfico que se les vea. La contraportada anuncia artículos, cartas, conferencias, que componen el volumen, explica su procedencia, situándola como parte de Hojas de otoño (1949); de Incidencias (1924); Las páginas inmortales de Montaigne (1939), y Descubramos a Henri Michaux (1949). Esto significa que las piezas impresas en Al filo de la pluma tienen, por donde quiera entrársele, la connotación de humanidad del artista viendo a su par, además la concepción irremediable del gusto por una literatura, justamente la que él consideraba de fuerza, de valor.

Las aquiesencias que pudieran tenerse con André Gide, los acuerdos y las aceptaciones en las ideas que expone, de pronto también llegan a convertirse en desacuerdos ingratos, porque uno está influido de algunos de sus conceptos, por eso resulta doloroso, ejemplo de ello sucedió en mi lectura, cuando Gide decide expresar en el capítulo Hojas sueltas una inesperada opinión acerca de Flaubert, autor a quien le profesaba gran afecto, pero a la vez no se detuvo para espetarle un: “no es un gran escritor. Él lo sabe perfectamente: no es que escriba bien, sino que se empeña en escribir bien. Los verdaderos maestros, Montagine, Retz, Saint Simon, Bossuet, no se esforzaban tanto. Cuando hoy vuelvo a leer a Flaubert, sin tanta reverencia siempre lo hago con pena, con tristeza. Por doquier veo contención torpeza. Cada frase logra salir del atolladero gracias a una extrema simplificación de la sintaxis… Tampoco obtiene la fusión y el análisis, los elementos permanecen en estado bruto. Pero si tuviese más seguridad… obtendría nuestra admiración”. La extrañeza ante tamaña visión me puso definitivamente en alerta, porque ahora la trascendencia de Flaubert, merced a Madame Bovary (1857); Salambó (1862), La educación sentimental (1869), La tentación de San Antonio (1874), Bouvard y Pécouchet (1871, póstuma); obras con las cuales revolucionó la narrativa, está más allá de Retz, acaso de Saint Simon y de Bossuet –quizá estaría de acuerdo solamente con Montaigne-. Con todo el debido respeto que le profeso a Gide, no puede uno apartarse de esta realidad literaria. Ahora bien, esta desavenencia personal con Gide, en este caso en particular, en ningún momento altera el disfrute Al filo de la pluma, los momentos exquisitos de la degustación de su prosa, son estimulantes, además el descubrimiento de  anécdotas y episodios desconocidos de autores franceses importantes, enriquecen dicha lectura. No está por demás referir una parte del relato Tres encuentros con Verlaine (Capítulo sonsacado de Hojas de otoño) en el cual André platica esos tres acercamientos con la personalidad de Verlaine, los dos primeros se desechan en aras de darle importancia precisamente al tercero: “Un grupo de aproximadamente 20 colegiales muy animados, formando un círculo se divertían ruidosamente. Imagínense: agredían a un borracho… la jauría de pillos aullaban alrededor de él, la curiosidad me hizo acercarme, la víctima de tal espectáculo era ni más ni menos que Verlaine, quien se enderazaba, hirsuto, despavorido, con la ropa desarreglada y llena de lodo… Parecía un jabalí acorralado, contestando con ataques bruscos y violentos a los insultos, con la mirada torva les gritaba: “Mierda…”; Verlaine entró para siempre en la gloria. Pienso que aquellos niños que tendrían entonces unos diez años… quizá alguno de ellos me lea y al recordar diga: “¡Sí hubiera sabido!”.

La sola anécdota conduce a esos momentos decadentes de la vida que están en cualquier ser humano por grande que éste sea, y por eso mismo parecen inauditos, pero así son, y en este caso André Gide fue espectador, con la gran ventaja para los lectores, dada la capacidad narrativa de Gide, que se asumió como la voz de los hechos, contándolos y reflexionándolos con su convincente y eficaz prosa. Muchos de estos episodios son aquí relatados, de tal suerte que Al filo de la pluma resulta no sólo un volumen de apreciación estética de la obra de escritores de la talla de Montaigne, Baudelaire, Rimbaud, Antonin Artaud, Conrad, Dadá, Valéry y otros, sino además una suerte de anecdotario rico en matices.

Está claro que la población de artistas franceses de renombre, de esos de obra fuerte, cuyos influjos aún permanecen en el imaginario universal, fueron contemporáneos de André Gide, quien a su vez valoró el privilegio de su cercanía, tanto para loar como para señalar aspectos negativos de sus obras y de su manera de escribir, pero éste, además de crear un caudal literario de enorme importancia, así lo testimonian títulos como el referido Les faux monnayuers (Los monederos falsos, 1925), o Los cuadernos de André Walter (1891); Los alimentos terrestres (1897); Prometeo mal encadenado (1899); Cartas a Ángela (1900); Corydon (1924); Los nuevos alimentos (1935); entre otros de gran valor literario; tuvo la fortuna de contar con amistades como la de Pierre Louys, otro gran provocador literario (autor de Afrodita, por la que críticos y cierto público atacó dados los conceptos de aparente inmoralidad y la defensa que hace de su amor por la Belleza sin velos, por la Belleza pura). Louys fue compañero de banca de André en la escuela y juntos, cuenta Gide, descubrieron el amor por la poesía. Louys mismo encaminó a Gide a la casa del poeta Stephan Mallarmé (Golpe de dados), en ese tiempo maestro de inglés en el colegio Condorcet. Mallarmé recibía los martes por la noche, en su pequeño departamento de la Rue de Rome, donde vivía con su esposa y su hija Genoveva, y en donde ejercía el magisterio de la literatura. André Gide no pudo estar más que agradecido con Louys por semejante encuentro, porque para Gide, Mallarmé, además de su magisterio, representaba la alta poesía francesa, en sus palabras: el verdadero “conductor del verso clásico a un grado de perfección sonora, de belleza plástica e interior”. Y por otro lado la relación que tuvo, dada la contemporaneidad con ese otro enorme de la narrativa encarnado en Marcel Proust, le permitió testimoniar de algún modo, la creación de En busca del tiempo perdido, obra que ensalzó y a la que le dirigió encendidos comentarios: “Si ahora busco lo que más admiro en esta obra, creo que es su gratuidad”. Tanto se ha comentado, estudiado y criticado esta novela de Proust ahora en la actualidad, que de pronto se hace necesario escudriñar las críticas de aquellos que la tuvieron en sus manos recién salida del horno, todo ello porque estaban quizá al tanto de las intenciones como de las circunstancias que la rodeaban, de tal manera que esos textos alusivos tendrían, un agregado cualitativo de poderosa envergadura, dice Gide sobre Proust: “Si para expresar lo indecible, le falta la palabra, recurre a la imagen; dispone de todo un tesoro de analogías, equivalencias, comparaciones tan precisas y exquisitas que, a veces no sabemos cual presta al otro más vida, luz, divertimiento, si el sentimiento está apoyado en la imagen o si esta imagen volante esperaba al sentimiento para posarse”.

Al filo de la pluma, así también la obra en general de André Gide, se significan entonces como creación cuyo carácter literario y profundidad, están relacionadas a la combinación humanidad-obra, a la observación crítica de los valores literarios de los grandes escritores de ese tiempo, vista por otro de similares características, Gide,  perteneciente a su misma estirpe, dueño de agudeza, ironía, lenguaje claro, predisposición a la verdad de la apreciación artística y a la vez sensible a la conciencia de la importancia de su propia literatura. Siempre pues un rico viaje la excursión al territorio literario de André Gide.

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(Chichigalpa, Nicaragua, 1951). Escritor, poeta, crítico literario. Estudió Ingeniería Química en la Universidad Autónoma de Puebla y laboró en la industria del papel y cartón para envoltura por más de 20 años.
Lector desde siempre. Maestro de talleres literarios en la Casa del Escritor de Puebla. Coordina la Sala de Lectura Germán List Arzubide. Autor de la columnaLibros de la revista semanalMOMENTO en Puebla.
Asesor literario independiente. Colaborador del suplemento cultural El Nuevo Amanecer deEl Nuevo Diario, de Managua. Editor de la sección Crítica y colaborador de la revista virtualwww.caratula.net
Ha publicado: ahora que ha llovido (Poesía, 2009 CNE).Miscelánea erótica (Poesía colectiva 2007, BUAP). Los guajolotes de donde La Güera, Antología de cuento Puebla directo (Ayuntamiento de Puebla y BUAP, 2010).
Colaborador de Radio ABC, 1280 AM, Puebla, con su columnaLibros al medio día, los viernes.
Ha publicado poesía, cuento y ensayo en diversos periódicos y revistas poblanas.