Oda a Ernesto Cardenal

28 enero, 2020

Homenaje a Ernesto Cardenal en sus 95 años: 20/01/20 



I

“En espera de la nueva creación”

Un ángel llega “casi a la velocidad de la luz”
pregonando en todos los rincones del Universo
que “La muerte es necesaria para la evolución”
y lo dice mientras nuestra Galaxia se aleja con nosotros,
astros nebulosos en nuestro sistema solar,
pero estrellas ya visibles en la Vía Láctea.
Porque somos semejantes a nuestra Galaxia
nacimos esparcidos en el Universo y debemos
comprender ese eco cósmico que en cada
instante nos llega reiterando que
“La muerte es necesaria para la evolución”
al unísono con las palabras del Cordero: “Yo soy la luz”.
El cordero que entrega su vida en el amor
como quien entrega un cometa fugaz
a la hora de ser canjeado por Barrabás.
Es el mismo enfermo postrado en una cama
que reclama para su boca ávida
una substancia de garrobo
sinónimo nicaragüense de sobrevivir
desde hace billones de años,
desde cuando los dinosaurios
tenían alas. Hoy, bracitos de un ángel
que moviéndolos está aleteando
mientras sus manos escriben poemas
“En espera de la nueva creación”.

II
“Marcha Triunfal”

Antes, a este ángel, le decían pizote.
Se heredan los apodos y no las alas.
Plantígrados glotones son los Cardenal.
Tienen una mirada vivaz y compasiva.
Al igual que en Pedro Joaquín Chamorro Cardenal
por la sangre de Ernesto corre la animadversión
a estirpes sangrientas, caudillos y dictadores.
Es algo visceral a la vez que racional.
Son así. Así es Ernesto: ángel y profeta.
Siendo yo aún eslabón perdido lo divisé
más de una vez hace tiempo en el Gólgota
desprendiéndose con dolor de su cruz
haciendo saltar clavos y espinas,
clamando al Padre, para seguir en una
noche oscura a su predecesor, el Maestro,
hacia la resurrección
en medio del cortejo
que ya se avecina, hacia la nueva creación.

Comprendí que aquella vez descendió
para estar entre nosotros en Solentiname:
Su plan revolucionario lo había fraguado
con  Thomas Merton en el frío de Getsemaní.
No el plan de una sola revolución, sino
el de la revolución permanente. La de la vida.
Una revolución que de vida y no muerte:
La revolución que no traiciona.
Por eso cuando los esbirros del actual dictador
activaron sus armas contra el cortejo invencible
y se rasgaron las cortinas del Templo de Jerusalén
supe que cuantos estaban cayendo
y han caído por la patria
resucitarían de entre los muertos para integrarse
a ese cortejo multitudinario.
Porque ya es la “Hora Cero”
y el pueblo, nuestro pueblo indómito estremecerá
el Universo mismo con su Marcha Triunfal.

III
“Un planeta está de fiesta”

En el hospital parecía un  ángel caído.
Cuando llegamos a su cama lo vimos
como quien divisa una creatura cósmica en su Galaxia
encogiendo y estirando las piernas con dificultad
pero con determinación otra vez bajando de su cruz
y en su mirada la negación de la nada por el todo
pues conforme vencía lo que lo aprisionaba
un arisco pizote se aproximaba a la libertad.
En sus ojos asomaba ya “un planeta que está de fiesta”:
Había recibido el mensaje del Papa Francisco
absolviéndolo de “censura canónica”.
-Había sido  suspendido “a divinis” por otro Papa-
Y pensé que nunca en todos sus años
de sacerdocio y de predicar y escribir
“palabras evangelizadas” como las de Azarías,
que nunca en su vida tuvo Ernesto Cardenal
algo malo por lo que ser absuelto o suspendido,
algo que fuera tan grave pecado como decir
que  amar al prójimo es revolución
y que vivir  es una necesidad cósmica.
Pero me alegré con la noticia de Francisco
que hasta su lecho le llevó el Nuncio
y me alegré por Francisco y por Ernesto
pues todos nos merecíamos esa absolución.
Sentí que la inteligencia es una necesidad de la vida
cuando vi el sentido de la existencia
de un hijo de las estrellas y en la profundidad de sus ojos
adormecida su mirada de pleamar, no cabe duda,
“un planeta está de fiesta”.

IV
“Por fin llegamos”

Infinito, a 95 años luz de cuando nació, es
desde el 20 de enero de 2020, Ernesto Cardenal.
Nunca podrá ser materia lo inmaterial.
Como Ángel, el Pater, es un ángel nuestro
desde Coronel, Pablo Antonio, hasta los poetas cumiches.
Ernesto, aquí en su nave espacial en forma de cántico
sigue su travesía cósmica.
Un poeta y sacerdote predicándole teología a las estrellas.
La Teología de los patriotas es vandálica, terrorista, y golpista,
se sabe hoy en Nicaragua gracias a quienes nos oprimen.
Es una Teología de la Liberación.
La teología de la rebelión ante injustos y tiranos.
Teología de Luz y Sonido.
Poco a poco las Galaxias quedan más limpias
de lo que eran y de una pureza con color de vida eterna.
La nave de Ernesto surge triunfal
desde el gran hoyo negro
hacia una claridad sin límites,
una claridad colectiva, de todos.
La claridad de todo lo claro colonizando la luz que jamás expira.
Se oyen los claros clarines anunciando la llegada.
Aquí están ya, hasta donde unidos llegaron
y dieron, dimos, con las casas. La Casa.
Exactamente aquí,
donde Homero y Coronel dijeron: “Y por fin llegamos.”

Aquí, ángeles astronautas e indios americanos
custodian al cura que ya de por sí es una custodia.
Y concelebran con él el sacrificio máximo
que proviene del amor a la humanidad.
La Consagración.
Y a la hora del abrazo de paz,
se descubre el mundo interior de lo apacible.
Se escucha un nuevo Himno de la Alegría, no sé
si en la concha acústica del alma
o en las conmovidas paredes de nuestra historia.
Se enciende el Universo
y las Galaxias pululan como luciérnagas,
circundadas por planetas conocidos y desconocidos.
Una voz dice en griego: Dedójmia t’elson.
Entonces dimos con el lugar
que buscábamos de alguna manera, dice Coronel.
El lugar al que de alguna manera vamos.
De modo que al llegar exclamamos:
“Por fin llegamos”.

V
Vandálico y magnífico

Desde el Génesis hasta el Levítico
se busca al campeón Olímpico,
el del verbo profético, eclesiástico, que no beatífico,
que se levanta contra el paso rítmico
de la muerte: Apocalipsis tiránico
que lleva a la masacre. Festival orgiástico.

Busca a su contraparte mi yo frenético,
para vencer al cínico de espíritu epiléptico;
para repudiarlo en todas las plazas de la república.
Por eso en Ernesto, su contraparte, nuestro intento lírico
es encontrar lo sinfónico en su canto angélico
que a la maldad infunde pánico.
Lo busco y lo encuentro.
Es un astronauta cibernético
a la vez contemplativo y cósmico.
Un artista monástico.
Busco sus cantigas desde el sosegado Índico,
el caribeño Atlántico hasta el indignado Pacífico.
También en el Universo único.
Lo busco y lo encuentro.
Porque he logrado encontrar en un espejo acústico
la imagen cósmica de este poeta místico.
Es justo y polémico y político
y como usted y yo golpista, terrorista y vandálico.
Un hombre, indiscutiblente magnífico.

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Nació circunstancialmente en Panamá en 1942, pero es nicaragüense por los cuatro costados y, para más señas, hijo de poeta. Efectivamente, Luis Rocha renació en Granada, Nicaragua, pues de Panamá fue traído por sus padres a los pocos meses de vida. Su padre fue el poeta Octavio Rocha, uno de los fundadores del Movimiento de Vanguardia en Nicaragua, junto con Pablo Antonio Cuadra, Luis Alberto Cabrales, José Coronel Urtecho y Joaquín Pasos.

Enviado por su padre a España para seguir estudios de Medicina, pronto los abandonó y se dedicó a lo que sería la pasión de su vida: la literatura. A su regreso de España, ocupó el cargo de Secretario del Departamento de Cultura de la Universidad Centroamericana. Luego fue editor del semanario Testimonio. Dirigió la librería “Club de Lectores” y colaboró con el periódico Semana.

Después trabajó para el diario La Prensa, especialmente en la edición de La Prensa Literaria, como colaborador de Pablo Antonio Cuadra.

A Luis Rocha se debe la celebración anual del Día del Escritor Nicaragüense (18 de enero, día del nacimiento de Rubén Darío). También, como diputado, logró la aprobación de la personalidad jurídica del Centro Nicaragüense de Escritores, del que actualmente es Presidente Honorario.

Entre sus obras podemos mencionar “Códice de la Virginidad Perdida”, Madrid, Cuadernos Hispanoamericanos; “Puerto”, Managua, El Pez y la Serpiente (1964). “Domus Aurea”, Managua, Ediciones Librería Cardenal (1968), “Ejercicios de Composición”, Managua, Ediciones “El Pez y la Serpiente” (1969), “Phocas: versiones/ interpretaciones: 1962-1983”, Managua, Editorial Nueva Nicaragua, “Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío” (1983). Luis Rocha fue, también, por varias décadas, editor del suplemento semanal “Nuevo Amanecer Cultural”, de El Nuevo Diario.

Pertenece a la promoción de los años sesenta, pero no se afilió a ningún grupo. Su obra, recogida en el volumen, “La vida consciente”, ocupa un lugar muy especial en el amplio panorama de nuestra poesía por su vocación doméstica, al punto que José Coronel Urtecho pudo afirmar que Luis Rocha y José Cuadra Vega son los poetas que mejor han contribuido “de distinta manera, a la difícil y peligrosa poesía doméstica, matrimonial, uxórica de Nicaragua”. Difícil y peligrosa, agregamos nosotros, pues si no la respalda un auténtico estro poético, como es el caso de Rocha, puede caer fácilmente en el sentimentalismo. Coronel afirmaba que el breviario Domus Aurea de Luis Rocha es el perfecto manual de ese género de poesía. “Se debería regalar a los recién casados como en España se regalaba La Perfecta casada, de Fray Luis de León”, recomendaba Coronel.

La poesía de Rocha desborda el tema del amor familiar, como lo comprueba la amplia gama de temas de sus distintos poemarios: patrióticos, religiosos, así como sus preciosos y tiernos villancicos al Niño Dios. Sin embargo, el leit -motiv predominante es el de los dedicados a su mujer, (“Mi virgen de Mercedes”), sus hijos, sus nietos y a la felicidad de la vida hogareña y cristiana. Cabe destacar que Luis Rocha, en plena dictadura somocista, escribió poesía revolucionaria y de protesta, siendo su poema “Treinta veces treinta”, de 1962, uno de los primeros y más recios cantos en homenaje a Sandino y a los héroes de la lucha en contra de la dictadura, incluyendo a los mártires del 23 de julio, cuando apenas amanecía la lucha sandinista.

Es de los pocos poetas nicaragüenses que aparecen en “La Historia de la Literatura Universal”, escrita en coautoría por José María Valverde (Editorial Planeta, 1966).