El camino, la verdad y la vida. Homenaje a Flannery O’Connor

1 febrero, 2008

Don Alfonso abrió los ojos y vio todo negro.  Se sentó en la cama y buscó a ciegas la pequeña lámpara de su mesa de noche.  La luz golpeó sus ojos entreabiertos, cansados, legañosos, y paulatinamente empezó a distinguir las pocas cosas de ese espacio familiar.  Pensó que no había diferencia entre el sueño y la vigilia, que si no fuera por la débil lucecita de la lámpara, las cosas seguirían ahí, indiferenciadas, como cuando se abandonaba al descanso y al olvido.  Pero ahora podía ver su ropa cuidadosamente doblada sobre el respaldo de la vieja silla de mimbre, el espejo oscuro donde se afeitaba, la palangana de agua donde flotaban sus pelos blancos cada vez que limpiaba la navaja.  Sintió el cansancio de todas las mañanas, el peso de los años, decía él, pero sintió también la calma interna que da la edad, esa especie de distancia, de alejamiento que da perspectiva y serena el juicio.

Respiró profundo, buscó sus pantuflas con los pies y alargó el brazo para coger el pequeño despertador que le había regalado su hija antes de partir.  Eran las tres y media de la mañana.  Siempre le pasaba lo mismo, se despertaba antes de la hora marcada y apagaba el pequeño aparato antes de que hiciera su escándalo mecánico.  Su hija creía que entre más viejo más le iba a costar despertarse (“recordar”, prefería decir él); lo que ella no sabía era que es al contrario: entre más viejo más temprano recordaba.  Por eso conocía todos los pequeños ruidos de la madrugada, esos que le daban la sensación de viajar en un círculo, de volver siempre a un mismo lugar y comenzar una vez más.  Pero Don Alfonso sentía, a pesar del cansancio, que no estaba llegando a su fin, que todavía tenía cuerda para rato.  Sesenta años de rígidas costumbres y opiniones contundentes habían fortalecido su cuerpo y su carácter.  Y eso podía verse en su ceño fruncido, en su mirada severa y sus labios finos, siempre apretados para no dejar escapar una sonrisa.  Su rostro alargado y sus arrugas bien definidas recordaban los rasgos de un patriarca incuestionable que no sólo conoce su destino, sino también el de los que lo rodean.

Se levantó y, con paso inseguro, caminó hasta la ventana que daba al patio trasero.  Corrió la cortina con cuidado, tratando de hacer el menor ruido posible.  La luna se apareció perfecta, un círculo blanco en un cielo limpio.  Luna de Semana Santa, pensó, y dejó entrar un brillo plateado que, sigiloso, recorrió el piso de colores hasta llegar al pequeño catre donde dormía Carlos, su nieto.  Lo vio por unos segundos sin pestañear y decidió que lo dejaría dormir un rato más mientras preparaba una jarrilla de café y calentaba la comida que había sobrado de la cena.
Carlos estaba tumbado de espaldas, con la boca entreabierta, y por debajo de los párpados podía vérsele una línea blanca que acusaba el profundo sueño en que estaba sumergido.  No era la primera vez que Don Alfonso veía a su nieto como un niño indefenso que dependía casi por completo de sus cuidados.  Le daba un vuelco el corazón pensar que los separaban un poco más de cincuenta años y que a la hora de que le pasara algo, nadie vería por el bien del muchacho.  Su hija mandaba cartas y fotos y promesas de que pronto estaría en condiciones de enviar algún dinero para que se ayudaran.  Pero hasta ahora las cosas no habían ido bien para ella en los Estados Unidos y había que apechugar, les decía a los vecinos y amigos curiosos que hurgaban en sus vidas.
Recogió su ropa de la silla de mimbre, volvió a la cama, apagó la lamparita para no robarle esos minutos de descanso a su nieto y, con alguna dificultad, comenzó a vestirse iluminado sólo con la luz de la luna que cada vez era más clara y le confería un halo de ingravidez azul a las cosas del cuarto y al naranjal del patio que se dejaba envolver en ese aliento frío, de otro mundo.  Cuando hubo terminado se dirigió a la cocina, calentó la comida, tostó el pan, puso agua a hervir y, cuando terminaba de poner la mesa, alcanzó a ver de reojo que Carlos se asomaba en el umbral vestido de cucurucho y con el turno que había dejado bajo la almohada prendido del lado izquierdo, justo sobre su corazón.

―¿Pensaste que no me iba a levantar a tiempo, abuelo? ―le preguntó, con una sonrisa dibujada en su menudo rostro todavía hinchado por el sueño.

―No ―contestó, un tanto aturdido―, sólo quería que durmieras un poco más.  Pero por lo que veo ya estás listo y dispuesto a todo.

Don Alfonso contempló con ternura aquella figurita enfundada en una túnica con todas las de ley: su paletina blanca, su casco imitación de romano con una borla balanceándose en el extremo de la cresta, sus guantes y su cinturón inmaculados.

Está satisfecho, pensó, de haberse levantado sin que yo tuviera que despertarlo.

Eran las cuatro menos cuarto.  En veinte minutos, como máximo, debían estar en la doce avenida esperando el bus que, con rumbo norte, los dejaría a un costado del Convento de Santa Teresa.  Habían previsto el tiempo que se tardaba el bus en pasar, en el viaje, y en la caminata que los llevaría hasta la iglesia para asistir, desde el inicio, a todos los preparativos previos a lo que Don Alfonso llamaba “levantar al Señor”.  Carlos había visto la procesión en la calle, pero nunca había asistido al rito secreto de la iglesia.  Su abuelo quería que ahora fuera testigo de la solemnidad con que el Señor, y todos los fieles, se disponen a cargar con su cruz y, de paso, enseñarle a su nieto, de la forma en que el Señor nos enseñó a amar nuestra cruz.

Se sentaron uno al lado del otro.  Carlos comió en silencio sin quitarse el casco y su abuelo no le dijo ni palabra para no distraerlo y perder así minutos preciosos del viaje que les esperaba.

Don Alfonso había enviudado diez años atrás.  El derrumbe de todo, creía él, porque desde ese día su hija, que no encontraba consuelo, poco a poco empezó a escapársele del control.  Fue el remordimiento, pensaba, lo que desorientó a mi hija, fue el dolor de no poder reparar los berrinches y malacrianzas que habían hecho sufrir tanto a su mamá.  Y después de una prolongada ausencia, se apareció con Carlos recién nacido.  Pero al cabo de cinco años de bregar con los chismes de los que la habían conocido toda la vida, decidió probar suerte en los Estados Unidos.  Me voy, le dijo un día, te dejo a Carlitos porque voy a ser más útil para ustedes allá; aquí, vos lo sabés, no hay nada que hacer, no hay esperanza.

Terminaron de comer y, mientras Don Alfonso recogía la mesa, Carlos fue al baño a cepillarse los dientes.  Cuando salieron a la calle, el aire tibio de la madrugada acarició sus mejillas y vieron, con asombro, cómo esas calles que en unas horas más tarde estarían llenas de peregrinos buscando la procesión, ahora estaban desiertas, húmedas, como bañadas por el llanto de unos ojos que todo lo ven.  Las luces débiles del bus se asomaron en la distancia precedidas por el zumbido del motor.  Carlos se puso los guantes como si alguien fuera a pasar revista a su uniforme.  Don Alfonso sostenía en su mano izquierda una bolsa de papel con seis panes, queso de capas y una maleta de frijoles volteados para el almuerzo.  Ya en la calle, si te da hambre, le había dicho a su nieto, podemos comprar algo para pasar el rato mientras completamos el recorrido.  Al venir a la casa cenamos y el día siguiente lo tenemos completo para descansar.  El bus se detuvo justo delante de ellos.  Al abrirse la puerta plegadiza, vieron al chofer gordo y moreno que los miraba como si les hubiera hecho el favor de detenerse a recogerlos.  Carlos subió el primero y pagó los dos pasajes con unas fichas que había guardado desde el día anterior.  Cuando ya habían entrado, trabajosamente, el bus se puso en marcha y los hizo perder levemente el equilibrio mientras buscaban el mejor asiento para viajar juntos.  Los pasajeros eran todos campesinos que llevaban con sus canastos y redes de vuelta a sus aldeas y caseríos repartidas en la ruta al Atlántico.  Carlos sintió la lejanía de sus miradas, vio sus fisonomías ajenas, impenetrables, como de otro tiempo y latitud y temió, por un momento, no encontrar dos lugares libres y tener que recorrer el trayecto al lado de uno de estos personajes.  Don Alfonso, con mayor perspectiva por su altura, de pronto tocó su hombro y le señaló un asiento vacío.  Carlos se apresuró a sentarse al lado de la ventana, se quitó el casco con la borla blanca y pegó la nariz al vidrio turbio para ver las calles iluminadas de su barrio desde el bus en movimiento.  Le pareció, en medio de su entusiasmo, que se avecinaba una mañana radiante.  Don Alfonso también vio hacia las luces de la calle, pero él tuvo la sensación de estar atrapado en una noche sin término iluminada sólo por los débiles focos de los postes de madera.

Algunos pasajeros dormían con las cabezas echadas hacia atrás y las bocas abiertas por donde parecía que se les escapaba el espíritu, otros dormían sobre el hombro del vecino y cargaban a un bebé también dormido, sudoroso, envuelto en ponchos y perrajes de colores.  Pero los que Carlos había visto primero, que eran los más, viajaban en una vigilia intensa, concentrada, con la mirada fija en un punto.  Mala suerte, pensó Don Alfonso, que nos haya tocado este bus lleno de indios en el que no podemos hablar con nadie.  No estaba seguro siquiera si podrían entender la castilla, como ellos llamaban al castellano.

―¿Y mi mamá? ―interrumpió Carlos los pensamientos de su abuelo― Va a estar con nosotros el año que viene, ¿verdad?

Don Alfonso tardó un segundo en abandonar sus cavilaciones y en cobrar conciencia de la gravedad de la pregunta.  Recordó por un momento que eso mismo le había preguntado el año anterior.  Pero confió en que Carlos no tuviera memoria de eso y creyera que ésta era la primera vez que lo deseaba, que ella nunca lo había defraudado con promesas falsas.

―Mirá ―empezó a decirle―, no quiero engañarte porque ya estás grande.  Ésa es una pregunta que no te puedo contestar.  Sólo ella sabe cómo van sus cosas allá y si va a poder viajar o no.  Mejor hagamos una cosa: ¿por qué no se lo pedís a Jesusito hoy que vas a ver cómo lo levantamos?  Dicen en la Hermandad que ése es el momento en que concede más favores.  La gente le pide de todo por las calles, pero en la Iglesia la cosa cambia.  Allí, tal vez por el silencio y el eco, nos escucha mejor.

―Le voy a pedir que ella venga y me lleve al lugar donde vive ―dijo―.  ¿Tú conoces ese país, abuelo?

Don Alfonso esbozó una sonrisa.

―No, no conozco ―respondió, sereno―.  Pero no estés pensando en esas cosas.  Mejor dejalo a la voluntad de Dios.

―¿Nos vamos a tomar la foto que dijiste para mandársela a los Estados Unidos?―preguntó Carlos, cambiando el rumbo de la conversación.

―Sí ―contestó Don Alfonso―, ella no puede perderse cómo te mirás vestido de cargador.  Y lo mejor es que va a ser una sorpresa.  Tal vez eso haga que quiera volver más rápido de lo esperado.

El bus traqueteaba por las calles vacías y se detenía a recoger pasaje donde quiera que la gente lo paraba.  El ayudante subía la carga a la parrilla, caminaba por el techo con pasos rápidos y seguros, después entraba por la puerta trasera y se abría paso entre la gente dormida hasta llegar al frente.  Atravesaban el centro de la ciudad.  Don Alfonso dejó que su vista se deslizara sobre las fachadas de colores de las pequeñas casas, como si la ventana fuese un cuadro que mutaba sus imágenes al ritmo lento, casi perezoso del bus.  Carlos no se fijaba en las casas, esas hileras dispares de puertas cerradas eran para él largos paréntesis que separaban los pocos edificios que veía con gran asombro.  El Instituto Nacional, la Facultad de Derecho y, del otro lado, las columnas imponentes y las enormes ventanas del Congreso, eran el preludio para encontrarse con los altos, insondables muros del Mercado Central.  Sin saber por qué, cuando Carlos vio sus puertas abiertas como bocas oscuras que se tragaban a los primeros comerciantes que llegaban aquella mañana, pensó en su mamá, en su sonrisa afable, tierna, que se le escapaba entre más quería fijarla.

El bus se detuvo un momento en aquella esquina y algunos pasajeros se bajaron a esperar, en plena calle, que el ayudante les entregara su carga; otros se incorporaban en sus asientos con ojos soñolientos esperando volver a la carretera.  La mañana estaba nublada, gris, el sol era sólo un pálido reflejo detrás de las montañas.  Y mientras Carlos escuchaba los gritos entre el ayudante y los pasajeros que se quedaban en el mercado, de pronto, sus ojos se encontraron con los de una niña indígena que, desde la opaca soledad de la acera, lo veía fijamente sin mover un músculo de la cara.  Entre ella y él se interponía el borroso reflejo del rostro de Carlos en la ventana.  Entonces pudo ver su perplejidad, su asombro ante la mirada fría de aquella niña de la que nunca iba a saber nada.  Carlos pudo ver cómo él mismo miraba lo distinto, lo ajeno, y supo en ese momento que si la tuviera enfrente no sabría qué decirle.  El silencio.  Y los gritos desnudos, claros como relámpagos, de los hombres que bajaban la carga del techo del bus.

Por fin se oyó la carrera del ayudante y se sintió que el bus empezó a moverse como quien, tullido aún después de larga inmovilidad, comienza a dar pasos inseguros.  Don Alfonso vio a su alrededor, notó que la gente se había despertado y que algunos hablaban en lenguas indígenas.  Poco a poco, parando aquí y allá, el bus se acercó a la esquina de la Novena Avenida y Segunda Calle.

―Aquí nos bajamos ―dijo Don Alfonso, sin volver a ver a Carlos.

Se levantaron y, con cierta dificultad, caminaron a la puerta para pedirle al chofer que se detuviera en la esquina siguiente.  El bus se apeó a la derecha, abrió su puerta plegadiza y se quedó ronroneando mientras abuelo y nieto terminaban de salir.  Ya en la acera, mientras Carlos se acomodaba el casco de cucurucho, Don Alfonso vio que el bus se alejaba y que algunas personas volvían a verlos desde las ventanas sucias.

―¿Listo? ―dijo Don Alfonso, mientras le tendía la mano a su nieto y miraba de reojo el Convento de Santa Teresa―.  Vamos a bajar por esta calle hasta llegar al Cerrito, igual que el año pasado, ¿te parece?

―Sí ―respondió Carlos, ilusionado―, subimos y después bajamos por las veredas.

Don Alfonso, sin contestar, tuvo que reprimir el impulso de sonreír mientras pensaba que los juegos de los niños no tienen sentido.  Caminaron sobre la Segunda Avenida en silencio.  Ya habían discutido antes sobre el adorno de la procesión.  Don Alfonso le había explicado a su nieto que lo bonito es llevarse la sorpresa y no tratar de averiguar de antemano cómo iba a salir.  Carlos había visto muy pocas veces la procesión y no tenía memoria clara de ninguna.  Pero en aquel momento no pensaba en los temas evangélicos del adorno procesional, más bien trataba de recordar el paso por el Cerrito del Carmen: sus caminos de piedra, sus veredas secretas, la pequeña iglesia, blanca por fuera y oscura por dentro, en su cima, la virgencita solitaria y triste en el altar.

―¿Ya empezaste a recordar? ―preguntó don Alfonso, desviando su mirada hacia Carlos―.  Por aquí hemos pasado todos los años.

―No ―contestó Carlos, con temor de defraudar a su abuelo.

Siguieron caminando y notaron que cada vez se encontraban más cargadores que corrían levantándose la túnica, apenados de llegar tarde a la ceremonia de salida.  Pero cuando ya llegaban a la esquina de la Segunda Calle y Doce Avenida, el recuerdo empezó a invadir a Carlos de la misma forma que llegaba el sueño: familiar, incuestionable.  Hubiera querido correr pero no se atrevió porque todavía iba de la mano de Don Alfonso.  Poco a poco se fue apareciendo la ruta del recuerdo.  Carlos vio en esa avenida truncada la puerta de entrada al Cerrito, vio la calle de piedra que sube con rumbo desconocido, los pinos que ocultan los rostros de las casas y oscurecen el camino incierto, las veredas peatonales marcadas por el paso perezoso de la gente.  Entonces sí, empezaba a recordar, como si fuera ayer, el día que había llegado a la misma hora temprana, primero con su mamá y luego sólo con el abuelo.  Don Alfonso sabía que ahora debía soltarle la mano para que el niño empezara a explorar el camino que recorrerían y del cual le daría noticias a cada instante.  Él también recordó los primeros años que había venido con su hija y su nieto en brazos.

De memoria, Carlos empezó a correr en zigzag sobre las piedras del camino más ancho como si, en lugar de buscar un rumbo que los llevaría a su destino, buscara volver en el tiempo para poder encontrar, en algún giro del sendero, a su mamá esperándolo con los brazos abiertos y sentir que nunca se había ido, que todo había sido sólo un juego.  Don Alfonso lo veía en silencio, pero, de pronto, cuando lo perdía de vista por unos segundos, escuchaba la misma risa de Carlos cuando hallaba a su madre.  Apuró el paso y temió que el juego los retrasara en su cita con el Señor.

―Escogiste el camino más largo ―dijo desde lejos.

―Es el camino de siempre ―respondió Carlos, con seguridad, casi con inconciencia―.  Por aquí no nos perdemos.

De pronto, Don Alfonso pensó que estaban circulando el Cerrito, pero recapacitó y se dijo: mientras sigamos subiendo, no importa caminar en círculos.  Poco a poco, la luz se hizo más presente, los círculos más pequeños y, allá a lo lejos, divisaron la vieja ermita de la ciudad.  Casi por instinto, Don Alfonso volvió a ver hacia atrás.  El camino se perdía en la última curva, pero más allá, mientras la bruma del verano se levantaba, se aparecían, tímidos, los caseríos de la ciudad.  Carlos había llegado a la cima y estaba quieto viendo los muros blancos de la iglesia cerrada.  La imaginaba por dentro, podía escuchar su silencio, podía ver la quietud piadosa de la virgencita triste que esperaba a sus hijos en un lugar inaccesible.

En unos minutos el lugar estaría lleno de vendedores, familias, del bullicio típico del Jueves Santo, y vendría el sol, sí, vendría aunque fuera tras el velo de las nubes que enmascaraban su furia, su ola cálida que borraba a medio día todas las sombras como si evaporara el rastro de los hombres por el mundo, el rastro del Señor, del cortejo procesional y de los miles de fieles que llegaban a desembocar sus pasos, sus vidas en la historia del Señor que había muerto por nosotros.

Don Alfonso puso la mano sobre el hombro de Carlos y le recordó que debían apurarse si todavía querían entrar a la iglesia.

―Aquí entramos con mi mamá, ¿te acordás? ―contestó el niño, sin quitar la vista de las puertas cerradas de la ermita.

―Sí ―dijo Don Alfonso―, pero ahora está muy lejos, y si no nos apuramos ya no vas a poder pedirle a Jesús que la traiga de vuelta.

Carlos bajó la vista y, por un momento, Don Alfonso no pudo ver más que la figurita enfundada en la túnica y la borla blanca del casco moviéndose como una pequeña campana.

―Vamos ―dijo con resignación.

Don Alfonso volvió a tomarlo de la mano, buscó la vereda más cercana para ahorrar tiempo y, por fin, se decidió por la menos escarpada.  Empezaron a bajar con dificultad, con temor de caerse, el abuelo delante y el nieto detrás.  En cosa de unos minutos caminaban ya por la parte plana del Cerrito y enfilaban por el costado de la iglesia.  A cierta distancia pudieron ver una pequeña multitud que empezaba a aglomerarse en la entrada.  Había vendedores que gritaban sus productos, celadores que ordenaban a los cucuruchos, hombres de riguroso negro que esperaban sus turnos de honor, familias que los acompañaban, fotógrafos.  Se comentaba que el Nuncio Apostólico acababa de llegar para bendecir la procesión en nombre del Santo Padre.

―No te vayas a soltar de mi mano ―dijo Don Alfonso, mientras se abría paso para llegar hasta la puerta.

Al entrar, Carlos se sorprendió de ver la iglesia como nunca la había visto.  Habían quitado las bancas y el espacio parecía más grande que de costumbre.  Decenas de cargadores se movían como hormigas alrededor del anda que aparecía majestuosa en el centro.  Carlos vio, de inmediato, el rostro del Señor: sus ojos semicerrados, su boca entreabierta, sus manos cadavéricas y su cuerpo delgado, levemente inclinado, que lucía una espléndida túnica blanca con bordados dorados.

Sin perder tiempo, Don Alfonso caminó hacia la procesión buscando a la persona que le diría qué hacer.  El movimiento precipitado hizo que Carlos sintiera como si el anda se les venía encima.  Fue entonces cuando se fijó en el letrero que estaba delante, escrito en una simulación de pergamino: “Yo soy el camino…”

―Carlos, oíme ―le dijo Don Alfonso, tomándolo de los hombros―, quiero que te sentés en aquella columna y no te movás.  Cuando vayamos a levantar el anda te voy a buscar.  ¿Me estás oyendo?

―Sí ―contestó, sorprendido de ver de repente el rostro de su abuelo tan cerca del suyo.

Obediente, Carlos caminó hacia la columna señalada y se sentó en el suelo.  Los gritos, las carreras, las vueltas de última hora, distrajeron su atención durante unos minutos; pero poco a poco, mientras ese ruido se convertía en un inaudible ruido de fondo, Carlos empezó a fijarse en el adorno del anda.  La figura del Señor estaba en la parte más alta, sobre una especie de montículo.  A sus pasos se abría un camino árido, la vía dolorosa, y en la parte de atrás, el camino se extendía hasta el extremo del anda donde, sobre otro pergamino, se leía: “… la verdad y la vida”.  A los lados había figuras de apóstoles y ángeles que veían con reverencia el paso de Jesús al Calvario.  De pronto, Carlos se dio cuenta de que tenía la bolsa del almuerzo en sus manos, y se sorprendió de no recordar el momento en que su abuelo se la había dado.

Cuando podía, Don Alfonso volvía a ver a su nieto para cerciorarse de que estaba bien.  Al cabo de un rato notó que el niño cabeceaba, que se le cerraban los ojos y hacía un esfuerzo para mantenerse despierto.  Pero para Carlos la experiencia era de un sueño interrumpido.  Soñó que su abuelo, vestido de cucurucho como andaba, era uno más de los apóstoles que se hincaba ante el paso del Señor; y que su mamá, unos pasos atrás de Jesús, era la Verónica que sostenía un lienzo ensangrentado donde se dibujaba el rostro del Cristo.  Soñó que estaba solo en la iglesia y que podía oír el eco pausado de sus pasos rodeando el anda.  El Señor, quieto en el centro, con sus ojos dormidos fijos en el camino, parecía a punto de moverse, de respirar con la boca abierta, de levantar los ojos y llamarlo por su nombre.  ¿Qué le pediría si Él le tendiera la mano?  ¿Qué nombre invocaría para responder al llamado?  “Yo soy el camino… la verdad y la vida”.  El camino por delante, esperándolo en silencio; la verdad y la vida por detrás, acosándolo, saliéndole al paso, haciéndolo recordar el dolor acumulado en sus pocos años.

―¡Carlos! ¡Carlos! ―le dijo Don Alfonso, agitándolo con cuidado―.  Ya es hora.  Despertá.  Vamos a levantar al Señor.  ¿No querías caminar debajo del anda?

Carlos se levantó de un salto haciendo un esfuerzo por abrir los ojos lo más que podía.  No contestó.  Sólo cogió la mano de su abuelo y se encaminó hacia el anda que ahora estaba rodeada por decenas de personas: cucuruchos, hombres de frac y trajes oscuros muy elegantes, los sacerdotes y el Nuncio con su cinto rojo y sus manos cruzadas al frente.  Poco a poco, el vocerío se fue apagando y las dos filas de cargadores se ordenaron.  Carlos, temeroso, ya estaba debajo del anda que todavía descansaba sobre seis pequeños pilares de madera labrada con motivos religiosos.

De pronto, en medio de aquel silencio con eco, sonó un timbre sordo, persistente, que llamaba a la penitencia.  Los cargadores doblaron las rodillas, metieron sus hombros y el anda crujió de tal manera, que Carlos pensó por un instante que se había quebrado toda y que una catástrofe se les venía encima.  En ese momento, las notas de una marcha de tonos luctuosos empezaron a resonar, a llenar las naves, las cúpulas, los altos techos de la iglesia.  Y el anda (Carlos imaginaba a Jesús allá arriba, caminando inexorable a su destino) empezó a balancearse rítmicamente sin avanzar.  Imperceptiblemente, los cargadores empezaron a caminar (Carlos imaginó que Jesús había iniciado su camino, con la verdad y la vida a cuestas), daban pequeños pasos sincronizados, dos hacia adelante y uno hacia atrás.  Bailaban, casi, la danza del dolor.  La puerta abierta dejaba entrar una luz matinal fresca, potente.  Las calles retorcidas del norte de la ciudad estaban, como todos los años, repletas de fieles que callaban y se recogían al paso del Señor.  Unas cuadras atrás, la virgen dolorosa, con un puñal en el pecho, seguía el cortejo de su hijo.

Carlos caminó durante unas horas sin quejarse.  Pero cuando la hora de almuerzo se acercaba, Don Alfonso le sugirió que buscaran dónde comer.  Con algún esfuerzo salieron del camino de la procesión.

―¿Qué te parece si vamos a comer al atrio de Santo Domingo? ―preguntó con tono de decisión―.  Digo, porque dentro de un rato estará pasando por allí y así le hacemos tiempo.

―Sí ―contestó Carlos, sin objetar la propuesta.

Caminaron por calles desiertas encontrándose de vez en cuando con gente que buscaba la procesión.  Por fin, al cruzar en una esquina, se apareció la mole del templo al fondo.  Se apearon al muro y cruzaron la puerta de hierro forjado.  Buscaron una banca en el jardín, a la sombra de un pino, y Don Alfonso abrió la bolsita donde habían traído sus panes.

―¿Tenés hambre?  ―preguntó a su nieto.

―¿Me comprás un helado después de comer? ―contestó Carlos, con una sonrisa tímida.

―Claro ―dijo Don Alfonso, sin dudar―.  Tu mamá te diría que no porque te podés enfermar ―agregó después de un momento.

―Soñé a mi mamá cuando te esperaba en la iglesia ―dijo Carlos con tono preocupado.

―¿Ah, sí?  ¿Y se puede saber qué soñaste?

―A ti también te soñé ―dijo, mientras se preparaba para contar―.  Ahí estaban los dos, en la procesión.  Tú eras un apóstol y ella la Verónica que sostenía un lienzo ensangrentado.  Jesús pasaba en medio de ustedes sin verlos.

En silencio, Don Alfonso levantó la vista mientras comía.  Vio hacia el fondo.  El templo blanco, incólume, le pareció un testigo de lo que hablaban.

―Voy a decirte lo que te diría tu mamá si estuviera aquí ―repuso, por fin, en un tono solemne―.  Jesús nunca nos deja de lado, nos invita a que lo sigamos, y no necesita vernos con sus ojos para saber de nosotros.  Él siempre está pendiente de nuestras vidas, de nuestros pecados y nuestras alegrías; y, como dice el Evangelio, está en cualquiera de los que nos rodean, en el que te pide abrigo, en el hambriento, en el amigo que necesita consejo.  Somos nosotros los que debemos abrir los ojos para buscarlo, para verlo.

Don Alfonso, que era hombre de pocas palabras, sintió que ya había hablado demasiado.  Calló, terminó de comer y le dijo a Carlos que todavía tenían tiempo, que descansaran mientras se asomaban las filas de cucuruchos.

Al cabo de un rato, Carlos notó que su abuelo cabeceaba.  Decidió no molestarlo para que descansara y se puso a jugar con la borla blanca de su casco.  En unos minutos, Don Alfonso dormía doblado sobre su lado izquierdo.  A su lado, Carlos se estiraba de vez en cuando para ver si la procesión se acercaba.  De pronto, a unos metros de distancia, descubrió a un hombre enorme, obeso, que no tenía piernas y se movía como una foca doliente que se arrastra con dificultad.  Llevaba un pequeño recipiente de plástico en la mano y se movía al centro del camino para pedir limosna.  Carlos sintió miedo al pensar que, en un momento dado, debía pasar muy cerca de ellos.  El hombre gemía cada vez que avanzaba unos centímetros arrastrándose sobre un cuero inmundo.  Hasta ese momento, su deformidad no era más que una masa indiferenciada para Carlos, que no le quitaba los ojos de encima.  Pero cuando estaba ya a unos pocos metros de distancia, el hombre se detuvo.  Carlos deseó que fuera para tomar un respiro.  Vio su piel lacerada por el sol, sus manos con viejas costras de sangre, su ropa ajada, sin un color definido, lustrosa de suciedad.  De pronto, como si escuchara sus pensamientos, el hombre volvió el rostro dirigiéndose a ellos.

Carlos dio un salto sobre la banca y perdió la respiración al ver el rostro del mendigo deformado por una llaga sanguinolenta, al ver sus ojos vacíos, anegados de nubes grises que habían borrado sus pupilas.  El hombre estiró su cuello y parte de su torso torturado como si quisiera olerlos y permaneció así por unos segundos.  Carlos sintió que era un animal ciego y mudo, incapaz de pensar, sumido en el dolor, y sin darse cuenta, estiró la mano y apretó el brazo de su abuelo.  Lentamente, Don Alfonso volvió en sí.  Mientras tanto, el hombre reanudó su camino y Carlos volvió a oír su lamento rítmico, pausado.

―¿Ya viene la procesión? ―preguntó Don Alfonso, ajeno a todo.

―Ya debe venir cerca ―dijo Carlos, que no había salido del susto―.  Mejor si vamos a buscarla

―Donde veás las filas de cucuruchos, ahí viene el Señor, es su camino ―agregó Don Alfonso.

Entonces se levantaron, se pusieron los cascos, botaron la basura y salieron cogidos de la mano.

Don Alfonso abrió los ojos y vio todo negro.  Se sentó en la cama y buscó a ciegas la pequeña lámpara de su mesa de noche.  La luz golpeó sus ojos entreabiertos, cansados, legañosos, y paulatinamente empezó a distinguir las pocas cosas de ese espacio familiar.  Pensó que no había diferencia entre el sueño y la vigilia, que si no fuera por la débil lucecita de la lámpara, las cosas seguirían ahí, indiferenciadas, como cuando se abandonaba al descanso y al olvido.  Pero ahora podía ver su ropa cuidadosamente doblada sobre el respaldo de la vieja silla de mimbre, el espejo oscuro donde se afeitaba, la palangana de agua donde flotaban sus pelos blancos cada vez que limpiaba la navaja.  Sintió el cansancio de todas las mañanas, el peso de los años, decía él, pero sintió también la calma interna que da la edad, esa especie de distancia, de alejamiento que da perspectiva y serena el juicio.

Respiró profundo, buscó sus pantuflas con los pies y alargó el brazo para coger el pequeño despertador que le había regalado su hija antes de partir.  Eran las tres y media de la mañana.  Siempre le pasaba lo mismo, se despertaba antes de la hora marcada y apagaba el pequeño aparato antes de que hiciera su escándalo mecánico.  Su hija creía que entre más viejo más le iba a costar despertarse (“recordar”, prefería decir él); lo que ella no sabía era que es al contrario: entre más viejo más temprano recordaba.  Por eso conocía todos los pequeños ruidos de la madrugada, esos que le daban la sensación de viajar en un círculo, de volver siempre a un mismo lugar y comenzar una vez más.  Pero Don Alfonso sentía, a pesar del cansancio, que no estaba llegando a su fin, que todavía tenía cuerda para rato.  Sesenta años de rígidas costumbres y opiniones contundentes habían fortalecido su cuerpo y su carácter.  Y eso podía verse en su ceño fruncido, en su mirada severa y sus labios finos, siempre apretados para no dejar escapar una sonrisa.  Su rostro alargado y sus arrugas bien definidas recordaban los rasgos de un patriarca incuestionable que no sólo conoce su destino, sino también el de los que lo rodean.

Se levantó y, con paso inseguro, caminó hasta la ventana que daba al patio trasero.  Corrió la cortina con cuidado, tratando de hacer el menor ruido posible.  La luna se apareció perfecta, un círculo blanco en un cielo limpio.  Luna de Semana Santa, pensó, y dejó entrar un brillo plateado que, sigiloso, recorrió el piso de colores hasta llegar al pequeño catre donde dormía Carlos, su nieto.  Lo vio por unos segundos sin pestañear y decidió que lo dejaría dormir un rato más mientras preparaba una jarrilla de café y calentaba la comida que había sobrado de la cena.
Carlos estaba tumbado de espaldas, con la boca entreabierta, y por debajo de los párpados podía vérsele una línea blanca que acusaba el profundo sueño en que estaba sumergido.  No era la primera vez que Don Alfonso veía a su nieto como un niño indefenso que dependía casi por completo de sus cuidados.  Le daba un vuelco el corazón pensar que los separaban un poco más de cincuenta años y que a la hora de que le pasara algo, nadie vería por el bien del muchacho.  Su hija mandaba cartas y fotos y promesas de que pronto estaría en condiciones de enviar algún dinero para que se ayudaran.  Pero hasta ahora las cosas no habían ido bien para ella en los Estados Unidos y había que apechugar, les decía a los vecinos y amigos curiosos que hurgaban en sus vidas.
Recogió su ropa de la silla de mimbre, volvió a la cama, apagó la lamparita para no robarle esos minutos de descanso a su nieto y, con alguna dificultad, comenzó a vestirse iluminado sólo con la luz de la luna que cada vez era más clara y le confería un halo de ingravidez azul a las cosas del cuarto y al naranjal del patio que se dejaba envolver en ese aliento frío, de otro mundo.  Cuando hubo terminado se dirigió a la cocina, calentó la comida, tostó el pan, puso agua a hervir y, cuando terminaba de poner la mesa, alcanzó a ver de reojo que Carlos se asomaba en el umbral vestido de cucurucho y con el turno que había dejado bajo la almohada prendido del lado izquierdo, justo sobre su corazón.

―¿Pensaste que no me iba a levantar a tiempo, abuelo? ―le preguntó, con una sonrisa dibujada en su menudo rostro todavía hinchado por el sueño.

―No ―contestó, un tanto aturdido―, sólo quería que durmieras un poco más.  Pero por lo que veo ya estás listo y dispuesto a todo.

Don Alfonso contempló con ternura aquella figurita enfundada en una túnica con todas las de ley: su paletina blanca, su casco imitación de romano con una borla balanceándose en el extremo de la cresta, sus guantes y su cinturón inmaculados.

Está satisfecho, pensó, de haberse levantado sin que yo tuviera que despertarlo.

Eran las cuatro menos cuarto.  En veinte minutos, como máximo, debían estar en la doce avenida esperando el bus que, con rumbo norte, los dejaría a un costado del Convento de Santa Teresa.  Habían previsto el tiempo que se tardaba el bus en pasar, en el viaje, y en la caminata que los llevaría hasta la iglesia para asistir, desde el inicio, a todos los preparativos previos a lo que Don Alfonso llamaba “levantar al Señor”.  Carlos había visto la procesión en la calle, pero nunca había asistido al rito secreto de la iglesia.  Su abuelo quería que ahora fuera testigo de la solemnidad con que el Señor, y todos los fieles, se disponen a cargar con su cruz y, de paso, enseñarle a su nieto, de la forma en que el Señor nos enseñó a amar nuestra cruz.

Se sentaron uno al lado del otro.  Carlos comió en silencio sin quitarse el casco y su abuelo no le dijo ni palabra para no distraerlo y perder así minutos preciosos del viaje que les esperaba.

Don Alfonso había enviudado diez años atrás.  El derrumbe de todo, creía él, porque desde ese día su hija, que no encontraba consuelo, poco a poco empezó a escapársele del control.  Fue el remordimiento, pensaba, lo que desorientó a mi hija, fue el dolor de no poder reparar los berrinches y malacrianzas que habían hecho sufrir tanto a su mamá.  Y después de una prolongada ausencia, se apareció con Carlos recién nacido.  Pero al cabo de cinco años de bregar con los chismes de los que la habían conocido toda la vida, decidió probar suerte en los Estados Unidos.  Me voy, le dijo un día, te dejo a Carlitos porque voy a ser más útil para ustedes allá; aquí, vos lo sabés, no hay nada que hacer, no hay esperanza.

Terminaron de comer y, mientras Don Alfonso recogía la mesa, Carlos fue al baño a cepillarse los dientes.  Cuando salieron a la calle, el aire tibio de la madrugada acarició sus mejillas y vieron, con asombro, cómo esas calles que en unas horas más tarde estarían llenas de peregrinos buscando la procesión, ahora estaban desiertas, húmedas, como bañadas por el llanto de unos ojos que todo lo ven.  Las luces débiles del bus se asomaron en la distancia precedidas por el zumbido del motor.  Carlos se puso los guantes como si alguien fuera a pasar revista a su uniforme.  Don Alfonso sostenía en su mano izquierda una bolsa de papel con seis panes, queso de capas y una maleta de frijoles volteados para el almuerzo.  Ya en la calle, si te da hambre, le había dicho a su nieto, podemos comprar algo para pasar el rato mientras completamos el recorrido.  Al venir a la casa cenamos y el día siguiente lo tenemos completo para descansar.  El bus se detuvo justo delante de ellos.  Al abrirse la puerta plegadiza, vieron al chofer gordo y moreno que los miraba como si les hubiera hecho el favor de detenerse a recogerlos.  Carlos subió el primero y pagó los dos pasajes con unas fichas que había guardado desde el día anterior.  Cuando ya habían entrado, trabajosamente, el bus se puso en marcha y los hizo perder levemente el equilibrio mientras buscaban el mejor asiento para viajar juntos.  Los pasajeros eran todos campesinos que llevaban con sus canastos y redes de vuelta a sus aldeas y caseríos repartidas en la ruta al Atlántico.  Carlos sintió la lejanía de sus miradas, vio sus fisonomías ajenas, impenetrables, como de otro tiempo y latitud y temió, por un momento, no encontrar dos lugares libres y tener que recorrer el trayecto al lado de uno de estos personajes.  Don Alfonso, con mayor perspectiva por su altura, de pronto tocó su hombro y le señaló un asiento vacío.  Carlos se apresuró a sentarse al lado de la ventana, se quitó el casco con la borla blanca y pegó la nariz al vidrio turbio para ver las calles iluminadas de su barrio desde el bus en movimiento.  Le pareció, en medio de su entusiasmo, que se avecinaba una mañana radiante.  Don Alfonso también vio hacia las luces de la calle, pero él tuvo la sensación de estar atrapado en una noche sin término iluminada sólo por los débiles focos de los postes de madera.

Algunos pasajeros dormían con las cabezas echadas hacia atrás y las bocas abiertas por donde parecía que se les escapaba el espíritu, otros dormían sobre el hombro del vecino y cargaban a un bebé también dormido, sudoroso, envuelto en ponchos y perrajes de colores.  Pero los que Carlos había visto primero, que eran los más, viajaban en una vigilia intensa, concentrada, con la mirada fija en un punto.  Mala suerte, pensó Don Alfonso, que nos haya tocado este bus lleno de indios en el que no podemos hablar con nadie.  No estaba seguro siquiera si podrían entender la castilla, como ellos llamaban al castellano.

―¿Y mi mamá? ―interrumpió Carlos los pensamientos de su abuelo― Va a estar con nosotros el año que viene, ¿verdad?

Don Alfonso tardó un segundo en abandonar sus cavilaciones y en cobrar conciencia de la gravedad de la pregunta.  Recordó por un momento que eso mismo le había preguntado el año anterior.  Pero confió en que Carlos no tuviera memoria de eso y creyera que ésta era la primera vez que lo deseaba, que ella nunca lo había defraudado con promesas falsas.

―Mirá ―empezó a decirle―, no quiero engañarte porque ya estás grande.  Ésa es una pregunta que no te puedo contestar.  Sólo ella sabe cómo van sus cosas allá y si va a poder viajar o no.  Mejor hagamos una cosa: ¿por qué no se lo pedís a Jesusito hoy que vas a ver cómo lo levantamos?  Dicen en la Hermandad que ése es el momento en que concede más favores.  La gente le pide de todo por las calles, pero en la Iglesia la cosa cambia.  Allí, tal vez por el silencio y el eco, nos escucha mejor.

―Le voy a pedir que ella venga y me lleve al lugar donde vive ―dijo―.  ¿Tú conoces ese país, abuelo?

Don Alfonso esbozó una sonrisa.

―No, no conozco ―respondió, sereno―.  Pero no estés pensando en esas cosas.  Mejor dejalo a la voluntad de Dios.

―¿Nos vamos a tomar la foto que dijiste para mandársela a los Estados Unidos?―preguntó Carlos, cambiando el rumbo de la conversación.

―Sí ―contestó Don Alfonso―, ella no puede perderse cómo te mirás vestido de cargador.  Y lo mejor es que va a ser una sorpresa.  Tal vez eso haga que quiera volver más rápido de lo esperado.

El bus traqueteaba por las calles vacías y se detenía a recoger pasaje donde quiera que la gente lo paraba.  El ayudante subía la carga a la parrilla, caminaba por el techo con pasos rápidos y seguros, después entraba por la puerta trasera y se abría paso entre la gente dormida hasta llegar al frente.  Atravesaban el centro de la ciudad.  Don Alfonso dejó que su vista se deslizara sobre las fachadas de colores de las pequeñas casas, como si la ventana fuese un cuadro que mutaba sus imágenes al ritmo lento, casi perezoso del bus.  Carlos no se fijaba en las casas, esas hileras dispares de puertas cerradas eran para él largos paréntesis que separaban los pocos edificios que veía con gran asombro.  El Instituto Nacional, la Facultad de Derecho y, del otro lado, las columnas imponentes y las enormes ventanas del Congreso, eran el preludio para encontrarse con los altos, insondables muros del Mercado Central.  Sin saber por qué, cuando Carlos vio sus puertas abiertas como bocas oscuras que se tragaban a los primeros comerciantes que llegaban aquella mañana, pensó en su mamá, en su sonrisa afable, tierna, que se le escapaba entre más quería fijarla.

El bus se detuvo un momento en aquella esquina y algunos pasajeros se bajaron a esperar, en plena calle, que el ayudante les entregara su carga; otros se incorporaban en sus asientos con ojos soñolientos esperando volver a la carretera.  La mañana estaba nublada, gris, el sol era sólo un pálido reflejo detrás de las montañas.  Y mientras Carlos escuchaba los gritos entre el ayudante y los pasajeros que se quedaban en el mercado, de pronto, sus ojos se encontraron con los de una niña indígena que, desde la opaca soledad de la acera, lo veía fijamente sin mover un músculo de la cara.  Entre ella y él se interponía el borroso reflejo del rostro de Carlos en la ventana.  Entonces pudo ver su perplejidad, su asombro ante la mirada fría de aquella niña de la que nunca iba a saber nada.  Carlos pudo ver cómo él mismo miraba lo distinto, lo ajeno, y supo en ese momento que si la tuviera enfrente no sabría qué decirle.  El silencio.  Y los gritos desnudos, claros como relámpagos, de los hombres que bajaban la carga del techo del bus.

Por fin se oyó la carrera del ayudante y se sintió que el bus empezó a moverse como quien, tullido aún después de larga inmovilidad, comienza a dar pasos inseguros.  Don Alfonso vio a su alrededor, notó que la gente se había despertado y que algunos hablaban en lenguas indígenas.  Poco a poco, parando aquí y allá, el bus se acercó a la esquina de la Novena Avenida y Segunda Calle.

―Aquí nos bajamos ―dijo Don Alfonso, sin volver a ver a Carlos.

Se levantaron y, con cierta dificultad, caminaron a la puerta para pedirle al chofer que se detuviera en la esquina siguiente.  El bus se apeó a la derecha, abrió su puerta plegadiza y se quedó ronroneando mientras abuelo y nieto terminaban de salir.  Ya en la acera, mientras Carlos se acomodaba el casco de cucurucho, Don Alfonso vio que el bus se alejaba y que algunas personas volvían a verlos desde las ventanas sucias.

―¿Listo? ―dijo Don Alfonso, mientras le tendía la mano a su nieto y miraba de reojo el Convento de Santa Teresa―.  Vamos a bajar por esta calle hasta llegar al Cerrito, igual que el año pasado, ¿te parece?

―Sí ―respondió Carlos, ilusionado―, subimos y después bajamos por las veredas.

Don Alfonso, sin contestar, tuvo que reprimir el impulso de sonreír mientras pensaba que los juegos de los niños no tienen sentido.  Caminaron sobre la Segunda Avenida en silencio.  Ya habían discutido antes sobre el adorno de la procesión.  Don Alfonso le había explicado a su nieto que lo bonito es llevarse la sorpresa y no tratar de averiguar de antemano cómo iba a salir.  Carlos había visto muy pocas veces la procesión y no tenía memoria clara de ninguna.  Pero en aquel momento no pensaba en los temas evangélicos del adorno procesional, más bien trataba de recordar el paso por el Cerrito del Carmen: sus caminos de piedra, sus veredas secretas, la pequeña iglesia, blanca por fuera y oscura por dentro, en su cima, la virgencita solitaria y triste en el altar.

―¿Ya empezaste a recordar? ―preguntó don Alfonso, desviando su mirada hacia Carlos―.  Por aquí hemos pasado todos los años.

―No ―contestó Carlos, con temor de defraudar a su abuelo.

Siguieron caminando y notaron que cada vez se encontraban más cargadores que corrían levantándose la túnica, apenados de llegar tarde a la ceremonia de salida.  Pero cuando ya llegaban a la esquina de la Segunda Calle y Doce Avenida, el recuerdo empezó a invadir a Carlos de la misma forma que llegaba el sueño: familiar, incuestionable.  Hubiera querido correr pero no se atrevió porque todavía iba de la mano de Don Alfonso.  Poco a poco se fue apareciendo la ruta del recuerdo.  Carlos vio en esa avenida truncada la puerta de entrada al Cerrito, vio la calle de piedra que sube con rumbo desconocido, los pinos que ocultan los rostros de las casas y oscurecen el camino incierto, las veredas peatonales marcadas por el paso perezoso de la gente.  Entonces sí, empezaba a recordar, como si fuera ayer, el día que había llegado a la misma hora temprana, primero con su mamá y luego sólo con el abuelo.  Don Alfonso sabía que ahora debía soltarle la mano para que el niño empezara a explorar el camino que recorrerían y del cual le daría noticias a cada instante.  Él también recordó los primeros años que había venido con su hija y su nieto en brazos.

De memoria, Carlos empezó a correr en zigzag sobre las piedras del camino más ancho como si, en lugar de buscar un rumbo que los llevaría a su destino, buscara volver en el tiempo para poder encontrar, en algún giro del sendero, a su mamá esperándolo con los brazos abiertos y sentir que nunca se había ido, que todo había sido sólo un juego.  Don Alfonso lo veía en silencio, pero, de pronto, cuando lo perdía de vista por unos segundos, escuchaba la misma risa de Carlos cuando hallaba a su madre.  Apuró el paso y temió que el juego los retrasara en su cita con el Señor.

―Escogiste el camino más largo ―dijo desde lejos.

―Es el camino de siempre ―respondió Carlos, con seguridad, casi con inconciencia―.  Por aquí no nos perdemos.

De pronto, Don Alfonso pensó que estaban circulando el Cerrito, pero recapacitó y se dijo: mientras sigamos subiendo, no importa caminar en círculos.  Poco a poco, la luz se hizo más presente, los círculos más pequeños y, allá a lo lejos, divisaron la vieja ermita de la ciudad.  Casi por instinto, Don Alfonso volvió a ver hacia atrás.  El camino se perdía en la última curva, pero más allá, mientras la bruma del verano se levantaba, se aparecían, tímidos, los caseríos de la ciudad.  Carlos había llegado a la cima y estaba quieto viendo los muros blancos de la iglesia cerrada.  La imaginaba por dentro, podía escuchar su silencio, podía ver la quietud piadosa de la virgencita triste que esperaba a sus hijos en un lugar inaccesible.

En unos minutos el lugar estaría lleno de vendedores, familias, del bullicio típico del Jueves Santo, y vendría el sol, sí, vendría aunque fuera tras el velo de las nubes que enmascaraban su furia, su ola cálida que borraba a medio día todas las sombras como si evaporara el rastro de los hombres por el mundo, el rastro del Señor, del cortejo procesional y de los miles de fieles que llegaban a desembocar sus pasos, sus vidas en la historia del Señor que había muerto por nosotros.

Don Alfonso puso la mano sobre el hombro de Carlos y le recordó que debían apurarse si todavía querían entrar a la iglesia.

―Aquí entramos con mi mamá, ¿te acordás? ―contestó el niño, sin quitar la vista de las puertas cerradas de la ermita.

―Sí ―dijo Don Alfonso―, pero ahora está muy lejos, y si no nos apuramos ya no vas a poder pedirle a Jesús que la traiga de vuelta.

Carlos bajó la vista y, por un momento, Don Alfonso no pudo ver más que la figurita enfundada en la túnica y la borla blanca del casco moviéndose como una pequeña campana.

―Vamos ―dijo con resignación.

Don Alfonso volvió a tomarlo de la mano, buscó la vereda más cercana para ahorrar tiempo y, por fin, se decidió por la menos escarpada.  Empezaron a bajar con dificultad, con temor de caerse, el abuelo delante y el nieto detrás.  En cosa de unos minutos caminaban ya por la parte plana del Cerrito y enfilaban por el costado de la iglesia.  A cierta distancia pudieron ver una pequeña multitud que empezaba a aglomerarse en la entrada.  Había vendedores que gritaban sus productos, celadores que ordenaban a los cucuruchos, hombres de riguroso negro que esperaban sus turnos de honor, familias que los acompañaban, fotógrafos.  Se comentaba que el Nuncio Apostólico acababa de llegar para bendecir la procesión en nombre del Santo Padre.

―No te vayas a soltar de mi mano ―dijo Don Alfonso, mientras se abría paso para llegar hasta la puerta.

Al entrar, Carlos se sorprendió de ver la iglesia como nunca la había visto.  Habían quitado las bancas y el espacio parecía más grande que de costumbre.  Decenas de cargadores se movían como hormigas alrededor del anda que aparecía majestuosa en el centro.  Carlos vio, de inmediato, el rostro del Señor: sus ojos semicerrados, su boca entreabierta, sus manos cadavéricas y su cuerpo delgado, levemente inclinado, que lucía una espléndida túnica blanca con bordados dorados.

Sin perder tiempo, Don Alfonso caminó hacia la procesión buscando a la persona que le diría qué hacer.  El movimiento precipitado hizo que Carlos sintiera como si el anda se les venía encima.  Fue entonces cuando se fijó en el letrero que estaba delante, escrito en una simulación de pergamino: “Yo soy el camino…”

―Carlos, oíme ―le dijo Don Alfonso, tomándolo de los hombros―, quiero que te sentés en aquella columna y no te movás.  Cuando vayamos a levantar el anda te voy a buscar.  ¿Me estás oyendo?

―Sí ―contestó, sorprendido de ver de repente el rostro de su abuelo tan cerca del suyo.

Obediente, Carlos caminó hacia la columna señalada y se sentó en el suelo.  Los gritos, las carreras, las vueltas de última hora, distrajeron su atención durante unos minutos; pero poco a poco, mientras ese ruido se convertía en un inaudible ruido de fondo, Carlos empezó a fijarse en el adorno del anda.  La figura del Señor estaba en la parte más alta, sobre una especie de montículo.  A sus pasos se abría un camino árido, la vía dolorosa, y en la parte de atrás, el camino se extendía hasta el extremo del anda donde, sobre otro pergamino, se leía: “… la verdad y la vida”.  A los lados había figuras de apóstoles y ángeles que veían con reverencia el paso de Jesús al Calvario.  De pronto, Carlos se dio cuenta de que tenía la bolsa del almuerzo en sus manos, y se sorprendió de no recordar el momento en que su abuelo se la había dado.

Cuando podía, Don Alfonso volvía a ver a su nieto para cerciorarse de que estaba bien.  Al cabo de un rato notó que el niño cabeceaba, que se le cerraban los ojos y hacía un esfuerzo para mantenerse despierto.  Pero para Carlos la experiencia era de un sueño interrumpido.  Soñó que su abuelo, vestido de cucurucho como andaba, era uno más de los apóstoles que se hincaba ante el paso del Señor; y que su mamá, unos pasos atrás de Jesús, era la Verónica que sostenía un lienzo ensangrentado donde se dibujaba el rostro del Cristo.  Soñó que estaba solo en la iglesia y que podía oír el eco pausado de sus pasos rodeando el anda.  El Señor, quieto en el centro, con sus ojos dormidos fijos en el camino, parecía a punto de moverse, de respirar con la boca abierta, de levantar los ojos y llamarlo por su nombre.  ¿Qué le pediría si Él le tendiera la mano?  ¿Qué nombre invocaría para responder al llamado?  “Yo soy el camino… la verdad y la vida”.  El camino por delante, esperándolo en silencio; la verdad y la vida por detrás, acosándolo, saliéndole al paso, haciéndolo recordar el dolor acumulado en sus pocos años.

―¡Carlos! ¡Carlos! ―le dijo Don Alfonso, agitándolo con cuidado―.  Ya es hora.  Despertá.  Vamos a levantar al Señor.  ¿No querías caminar debajo del anda?

Carlos se levantó de un salto haciendo un esfuerzo por abrir los ojos lo más que podía.  No contestó.  Sólo cogió la mano de su abuelo y se encaminó hacia el anda que ahora estaba rodeada por decenas de personas: cucuruchos, hombres de frac y trajes oscuros muy elegantes, los sacerdotes y el Nuncio con su cinto rojo y sus manos cruzadas al frente.  Poco a poco, el vocerío se fue apagando y las dos filas de cargadores se ordenaron.  Carlos, temeroso, ya estaba debajo del anda que todavía descansaba sobre seis pequeños pilares de madera labrada con motivos religiosos.

De pronto, en medio de aquel silencio con eco, sonó un timbre sordo, persistente, que llamaba a la penitencia.  Los cargadores doblaron las rodillas, metieron sus hombros y el anda crujió de tal manera, que Carlos pensó por un instante que se había quebrado toda y que una catástrofe se les venía encima.  En ese momento, las notas de una marcha de tonos luctuosos empezaron a resonar, a llenar las naves, las cúpulas, los altos techos de la iglesia.  Y el anda (Carlos imaginaba a Jesús allá arriba, caminando inexorable a su destino) empezó a balancearse rítmicamente sin avanzar.  Imperceptiblemente, los cargadores empezaron a caminar (Carlos imaginó que Jesús había iniciado su camino, con la verdad y la vida a cuestas), daban pequeños pasos sincronizados, dos hacia adelante y uno hacia atrás.  Bailaban, casi, la danza del dolor.  La puerta abierta dejaba entrar una luz matinal fresca, potente.  Las calles retorcidas del norte de la ciudad estaban, como todos los años, repletas de fieles que callaban y se recogían al paso del Señor.  Unas cuadras atrás, la virgen dolorosa, con un puñal en el pecho, seguía el cortejo de su hijo.

Carlos caminó durante unas horas sin quejarse.  Pero cuando la hora de almuerzo se acercaba, Don Alfonso le sugirió que buscaran dónde comer.  Con algún esfuerzo salieron del camino de la procesión.

―¿Qué te parece si vamos a comer al atrio de Santo Domingo? ―preguntó con tono de decisión―.  Digo, porque dentro de un rato estará pasando por allí y así le hacemos tiempo.

―Sí ―contestó Carlos, sin objetar la propuesta.

Caminaron por calles desiertas encontrándose de vez en cuando con gente que buscaba la procesión.  Por fin, al cruzar en una esquina, se apareció la mole del templo al fondo.  Se apearon al muro y cruzaron la puerta de hierro forjado.  Buscaron una banca en el jardín, a la sombra de un pino, y Don Alfonso abrió la bolsita donde habían traído sus panes.

―¿Tenés hambre?  ―preguntó a su nieto.

―¿Me comprás un helado después de comer? ―contestó Carlos, con una sonrisa tímida.

―Claro ―dijo Don Alfonso, sin dudar―.  Tu mamá te diría que no porque te podés enfermar ―agregó después de un momento.

―Soñé a mi mamá cuando te esperaba en la iglesia ―dijo Carlos con tono preocupado.

―¿Ah, sí?  ¿Y se puede saber qué soñaste?

―A ti también te soñé ―dijo, mientras se preparaba para contar―.  Ahí estaban los dos, en la procesión.  Tú eras un apóstol y ella la Verónica que sostenía un lienzo ensangrentado.  Jesús pasaba en medio de ustedes sin verlos.

En silencio, Don Alfonso levantó la vista mientras comía.  Vio hacia el fondo.  El templo blanco, incólume, le pareció un testigo de lo que hablaban.

―Voy a decirte lo que te diría tu mamá si estuviera aquí ―repuso, por fin, en un tono solemne―.  Jesús nunca nos deja de lado, nos invita a que lo sigamos, y no necesita vernos con sus ojos para saber de nosotros.  Él siempre está pendiente de nuestras vidas, de nuestros pecados y nuestras alegrías; y, como dice el Evangelio, está en cualquiera de los que nos rodean, en el que te pide abrigo, en el hambriento, en el amigo que necesita consejo.  Somos nosotros los que debemos abrir los ojos para buscarlo, para verlo.

Don Alfonso, que era hombre de pocas palabras, sintió que ya había hablado demasiado.  Calló, terminó de comer y le dijo a Carlos que todavía tenían tiempo, que descansaran mientras se asomaban las filas de cucuruchos.

Al cabo de un rato, Carlos notó que su abuelo cabeceaba.  Decidió no molestarlo para que descansara y se puso a jugar con la borla blanca de su casco.  En unos minutos, Don Alfonso dormía doblado sobre su lado izquierdo.  A su lado, Carlos se estiraba de vez en cuando para ver si la procesión se acercaba.  De pronto, a unos metros de distancia, descubrió a un hombre enorme, obeso, que no tenía piernas y se movía como una foca doliente que se arrastra con dificultad.  Llevaba un pequeño recipiente de plástico en la mano y se movía al centro del camino para pedir limosna.  Carlos sintió miedo al pensar que, en un momento dado, debía pasar muy cerca de ellos.  El hombre gemía cada vez que avanzaba unos centímetros arrastrándose sobre un cuero inmundo.  Hasta ese momento, su deformidad no era más que una masa indiferenciada para Carlos, que no le quitaba los ojos de encima.  Pero cuando estaba ya a unos pocos metros de distancia, el hombre se detuvo.  Carlos deseó que fuera para tomar un respiro.  Vio su piel lacerada por el sol, sus manos con viejas costras de sangre, su ropa ajada, sin un color definido, lustrosa de suciedad.  De pronto, como si escuchara sus pensamientos, el hombre volvió el rostro dirigiéndose a ellos.

Carlos dio un salto sobre la banca y perdió la respiración al ver el rostro del mendigo deformado por una llaga sanguinolenta, al ver sus ojos vacíos, anegados de nubes grises que habían borrado sus pupilas.  El hombre estiró su cuello y parte de su torso torturado como si quisiera olerlos y permaneció así por unos segundos.  Carlos sintió que era un animal ciego y mudo, incapaz de pensar, sumido en el dolor, y sin darse cuenta, estiró la mano y apretó el brazo de su abuelo.  Lentamente, Don Alfonso volvió en sí.  Mientras tanto, el hombre reanudó su camino y Carlos volvió a oír su lamento rítmico, pausado.

―¿Ya viene la procesión? ―preguntó Don Alfonso, ajeno a todo.

―Ya debe venir cerca ―dijo Carlos, que no había salido del susto―.  Mejor si vamos a buscarla

―Donde veás las filas de cucuruchos, ahí viene el Señor, es su camino ―agregó Don Alfonso.

Entonces se levantaron, se pusieron los cascos, botaron la basura y salieron cogidos de la mano.

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Licenciado en Letras y Filosofía y doctor en filosofía por Boston College. Autor de cuentos y ensayos literarios publicados en El Acordeón, El Periódico, Guatemala. Catedrático visitante de la Universidad Iberoamericana, México. Es autor de la novela Por el Lado Oscuro que ganó el premio centroamericano Mario Monteforte 2003. Docente de la Facultad de Economía de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Es uno de los autores guatemaltecos de más proyección. En esta ocasión nos presenta dos relatos breves para leer en Semana Santa.