Photo by Karim MANJRA on Unsplash
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Ficción: El espantapájaros

1 abril, 2021

Para Edson Lechuga

Antes de detenerse en el fusil de repetición automática que el espantapájaros sostiene entre las manos, el observador precisa de ver el fondo: sabe –o intuye- que una imagen miente más que mil palabras. Así que mira el cielo y el cielo es alto, profundo, casi transparente. No hay nubes con las que juegue la luz a refractarse y la ausencia de partículas de agua indica que la humedad relativa apenas alcanzaría dos dígitos –si acaso. De modo que la nada del cielo es nítida y no hay forma de saber a qué horas se capturó la fotografía, ni dónde. ¿Estaría el espantapájaros ahí desde el amanecer? ¿O esperaría ese momento, luego de la aparición de las estrellas, para otorgar el cambio de guardia?

Sólo puede imaginarlo.

Lo mismo que el frío.

O tal vez no: las sombras de las lomas son sólidas y alargadas. Corren hacia la izquierda dividiendo el horizonte en una secuencia de dos colores únicos: un verde vivo, de pasto recién cortado a la diestra y otro obscuro, de bosque negro, intercalado. ¿O sería una selva? ¿Una alfombra de matorrales que se reviste y crece cuando el sol la oculta? Si la persona que imprimió la imagen –o cualquiera de los involucrados- no hizo ningún giro a la captura inicial, es posible pensar que el fotógrafo estuvo ahí, frente al espantapájaros, poco después de la salida del sol. Entonces también se puede suponer que el espantapájaros no estaría bañado en sudor (tal vez tiritando de frío), que tendría poco tiempo de haber tomado la posición designada y tal vez su mente estaría rondando entre las últimas instancias del sueño (¿qué soñó?). Y el caso contrario por obviedad: si antes de imprimir hubo un giro de ciento ochenta grados, entonces el espantapájaros no miraría hacia el sol que brota sino al que se hunde, y andaría en pos de las visiones que llegarían más tarde, cuando el campamento.

Por supuesto, el sueño –o la pesadilla- no puede fotografiarse.

Sin embargo el observador pretende por un breve lapso imaginarlo, las parvadas y el graznar del sol, la infancia o las alegorías menos congruentes, hasta que se da cuenta de que nunca ha pensado qué imagina un hombre como el espantapájaros. E intenta. Pero no logra intuición alguna: un soldado es un soldado. Entonces piensa que si bien las sombras alargadas –no sólo las del lomerío, sino precisamente la del mismo hombre- le dan una idea del momento del día en que se paralizó el mundo, menos le dicen del lugar en que sucedió. El observador ha visto, en sus viajes en automóvil o por las ventanillas de los aviones, esas cordilleras donde la lluvia siempre azota desde una dirección fija, de forma que si la fotografía hubiera sido tomada en otro momento –cuando el cénit, por ejemplo- sólo restaría hacer un inventario mental de las sierras que tienen un costado más mésico que el otro para reducir el número de lugares del mundo en donde pudo haber sido tomada. ¿Cuántos serían?

El espantapájaros está de pie, mirando la salida o la caída del sol, sobre una pradera que se extiende como un brazo de mar y es amarilla, casi un trigal o un campo de cebada aunque no se pueda apreciar el tipo de gramínea, y si es en realidad una gramínea o si sólo es hierva seca con medio metro de alzada. El observador no distingue. Tampoco es que sea muy docto en botánica o que haya tenido experiencia de campo en el rancho de los abuelos cuando niño. No, el observador ha vivido y crecido en un entorno urbano y no obstante quiere averiguar, a través de la imagen, dónde ha sido tomada la fotografía. La ficha técnica no lo informa. Sólo dice “El espantapájaros”, el nombre del fotógrafo, las dimensiones y otros datos irrelevantes para el caso. ¿Por qué “el espantapájaros” si no hay aves en el cielo ni tampoco las hay sobre el llano ni sobre las ramas de la línea de árboles que hay entre el brazo de hierba seca y el lomerío en lontananza? ¿Cuáles serían los pájaros que tendría que espantar el soldado? ¿Habría una pista de aterrizaje cercana? ¿Era un soldado?

El observador quiere creer que la línea de árboles es una línea de caobas, o de ceibas. Sabe que no son pinos pero tampoco podría distinguir entre un roble y un tamarindo. Decide que sean árboles tropicales. Sólo porque sí, porque así le parece más fácil creer que la escena es real y no un montaje, porque el título y resumen de la exposición indican que se trata de fotoperiodismo. Entonces intenta encontrar entre el follaje alguna razón para la presencia del hombre y su fusil. Lo hace por unos cuantos segundos. Primero, alrededor de los árboles más cercanos al espantapájaros. Después, recorriendo del centro hacia fuera el lado izquierdo y luego el lado derecho. Pero el ángulo desde el que está tomada la imagen –en paralelo con la superficie terrestre, a más de metro y medio de altura, como si el fotógrafo hubiera estado de pie al hacerlo- sólo muestra las copas de los árboles como una espuma densa, sin la filigrana de las hojas a contraluz. Y no encuentra, imagina. ¿Habría algo allí? ¿La distancia entre el soldado y la cámara sería la distancia real? El fotógrafo, entonces, iría con la comitiva del ejército, bajo su protección y en complicidad incluso. Pero si fue así, ¿entonces por qué llamar “espantapájaros” al hombre al que le debe su resguardo?

Entre el brazo amarillo de trigo debe de haber algo, piensa el observador. Algo que indique que en esa zona habrían de aterrizar clandestinamente las aeronaves cargadas de armas. O de droga. O de mujeres y niños secuestrados en algún otro sitio del globo y destinados al tráfico. Por eso estarían ahí el reportero y los soldados (los otros soldados, los que no aparecen en la imagen pero se suponen), para tender una emboscada. Y la fotografía se habría conseguido después de ésta, por supuesto, luego de la victoria, porque sería ilógico pensar lo contrario: que se tomó antes, que el general, el cabo o el sargento -o quien sea que tenga el rango necesario para dirigir una operación como ésa, piensa el observador- hubiera dispuesto a sus hombres por la llanura así, a la vista, casi para alertar a los pilotos a que buscaran otro sitio. ¿O será ésa precisamente la metáfora? El espantapájaros está de pie entre las espigas que le cubren las botas, mira con la cabeza ladeada hacia el sol que nace o que se hunde y trae un fusil de repetición automática entre las manos, después hay una línea de bosque, o de selva, y le sigue el lomerío manso bajo un cielo claro, carente de nubes. El observador no encuentra nada más alrededor del hombre, nada que indique que ahí había una pista de aterrizaje. ¿Será que la cubre la hierba? ¿O será que ciertos aviones pueden aterrizar así?

El observador recapacita: lo único que se muestra abiertamente humano en la imagen es el espantapájaros. Sobre la cabeza trae ceñido un casco de última generación. Es decir, tampoco es que sepa mucho de tecnología militar sino que el casco le recuerda más a los que ha visto en los noticieros que a los que ha observado en los libros de historia. Incluso puede percibir que no es sólo una olla de acero forrada con tela de camuflaje, sino que por encima de la frente hay algo que pudiera ser una cámara y, por la mejilla, baja un filamento separado de las correas: tal vez un micrófono. Luego sigue el chaleco blindado, sobrepuesto a la camisa, el cinturón que sostiene el resto del equipo donde el observador no distingue nada en particular que pueda personalizar al sujeto: un fistol, un llavero con un gatito de peluche, alguna insignia civil bordada o un cuchillo de cocina que le hagan pensar que en verdad el espantapájaros es alguien único e irrepetible. Para remediarlo piensa en el fotógrafo, en las razones que tuvo para estar ahí, en lo que podría haberle sucedido antes y después de capturar esta imagen que muestra a un soldado –tiene que ser un soldado, piensa el observador, no un insurgente-, un soldado de pie, con la cabeza un tanto ladeada y los ojos que parecen mirar al horizonte. ¿Será por eso que la intitulo “el espantapájaros”?, ¿por la posición de la cabeza? ¿Estaría vivo el hombre? ¿O sería sólo un cadáver que habrían sostenido de pie con alguna estructura, tal vez un madero?

Entre las piernas del soldado hay algo. El observador no alcanza a precisar qué es: una varilla a posta, ¿o es el tronco de algún arbusto que queda escondido tras el cuerpo? Entonces recuerda los relatos: de los cuerpos suspendidos con una soga al cuello para intimidar a las huestes contrarias; de los cuerpos empalizados, con una estaca inserta en el ano, lo suficientemente profunda para mantener a los cadáveres erguidos y trazar una valla de espanto. ¿Dónde ha leído eso? La nada del cielo es diáfana y las copas de los árboles son una alfombra de espuma. Pero los brazos del hombre sostienen el fusil de repetición automática. Entonces no está muerto. 

El observador respira.

No está muerto.

¿O sí?

La distancia a la que fue capturada la fotografía no permite saberlo con certeza. Sin embargo, el observador que es incapaz de imaginar los sueños del hombre prefiere pensar que el hombre está vivo. Pensar que es un soldado y, por lo tanto, un asesino (ya descartó la posibilidad de que fuera un insurgente o un guerrillero). Pensar que si acaso sueña, sueña con la muerte: él es la personificación de la muerte que procura. Sí: el cielo carece de nubes y es imposible saber cuántas aves habitan entre las hojas de la línea de árboles que hay tras el campo de cebada. Entonces tal vez la distancia a la que se sugiere que fue tomada la fotografía no sea nada más que una ilusión causada por la lente de aumento. Y cree –o quiere creer- que el reportero no pudo acercarse más a la escena sin arriesgar su vida, que estaría encaramado entre las ramas de una ceiba no muy lejana, como ha oído que hacen los cazadores para acechar a su presa (y allí duermen, orinan y cagan durante días de silencio, de inmovilidad casi total para lograr su objetivo: disparar el obturador). ¿Sería así?

Entonces otra vez los relatos, los que ha oído en los noticieros, los que ha leído en las publicaciones periódicas que suelen tratar de los conflictos que acaecen en lugares muy lejanos: ahí donde la gente ha dejado de vivir como gente y ha abandonado las ciudades en medio del pánico para irse a habitar en cuevas y túneles, como topos, como ratas –eso dicen los especialistas-: sin agua, sin baño, sin una cama; con la ropa puesta y tal vez otro cambio. Los relatos de senderos escondidos bajo la maleza de los bosques tropicales, de poblaciones enteras que huyeron a vivir entre las serranías de piedra.

¿Y a los árboles?

El observador imagina que por un momento el espantapájaros ladeó la cabeza porque le pareció ver que algo corría entre la hierba, tal vez una rata de campo. O un cerdo vuelto feral tras escapar de la porqueriza que lo confinaba.  Y empuñó con más fuerza el fusil por si acaso, dejó de mirar las copas de los árboles, de poner atención al fotógrafo quien sólo tomaba imágenes de rutina para pasar un informe, o para alimentar alguno de esos promocionales de las fuerzas armadas: tu patria te necesita. Y un instante después, unos segundos después del abrir y cerrar del obturador, el soldado cayó abatido por una bala que nunca se supo de dónde vino, posiblemente de algún lugar entre las ramas a lo lejos.

La siguiente imagen, de habérsela permitido al fotógrafo, habría sido la del hombre tendido entre las espigas amarillas. Fulminado. O tal vez se vería sólo un hueco –si hubiera sido tomada desde la misma perspectiva –una ausencia, una irregularidad entre la línea de medio metro de alzada. Nada extraño.

El observador cierra los ojos.

Los abre. Trata de imaginar los sueños de las aves y le son tan ajenos como los del espantapájaros.

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Etzatlán, México, 1975
Escritor e ingeniero físico. Ganador del Premio Bellas Artes San Luis Potosí 2001 por su primer libro de cuentos Todos santos de California y del Premio Latinoamericano de Cuento "Edmundo Valadés" 2004 por El cielo de Neuquén, incluido en su libro Ella sigue de viaje. Y del Premio Nacional de Literatura "Gilberto Owen" 2017 por su libro de cuentos Perorata, donde se incluye El espantapájaros. Su Twitter es @lfelipelomeli