El Gran Capricho y el Kamikaze Enamorado

1 junio, 2007

Anualmente la Universidad Tecnológica de Panamá otorga el Premio Centroamericano de Literatura “Rogelio Sinán”. Para este año la mención de honor correspondió al escritor y periodista Arquímedes González (Nicaragua, 1972), quien escribió la novela “La muerte de Acuario” en el 2002. El conjunto de cuentos con el que ganó la mención de honor se titula “Conduciendo a la salvaje Mercedes”. En esta edición publicamos dos cuentos inéditos pertenecientes a su libro premiado.


El Gran Capricho

– No voy a trabajar -, anunció el marido.
La mujer, pensando que era broma porque gastaba una que otra cada día, no hizo caso y se preparó para salir. Vió su reloj. Eran las siete en punto de la mañana.
Cuando estaba perfumada, polvoreada y pintarrajeada, volvió al cuarto. Lo encontró tendido en la cama sobre las sábanas recién dobladas con zapatos y vestido, los ojos cerrados y tres botones de la camisa sueltos.
La mujer fue a la cocina. Ordenó a la criada lo que debía preparar para la cena, rogó limpiar el inodoro con cloro, pulir el fondo con el cepillo, no lavar la ropa con detergente porque la estropeaba, fregar los platos, dejarlos escurrir y secarlos con las servilletas descartables, sacar la basura e hizo énfasis en limpiar las ventanas, pues al regresar las encontraba mugrosas.
Desesperada, se asomó al umbral y con las manos en las caderas, ordenó:
– ¡Levantate perezoso!
Pero él no se movió. La mujer fue hacia la cama, se inclinó y le dio un empujón gritándole:
– ¡Son más de las siete!
Dando tiempo a terminar la farsa, salió, buscó la cartera, sacó la llave del vehículo y se arrimó golpeando tres veces la puerta con la punta metálica.
Reprendió molesta:
– Si no querés trabajar, es tu problema. Sos dueño de quedarte en la cama pero deberías llamar a la oficina para que no te esperen.
Taconeó insistente apoyada en el marco de la puerta, los brazos cruzados presionando la cartera en el pecho, la mirada agria y los labios contraídos. La criada, temiendo la tormenta, escapó a la cocina y se ocupó de los trastos sucios.
La esposa desesperada, dio media vuelta, fue a la cocina, esquivó a la sirvienta, sacó un vaso, lo llenó de agua fría del congelador, bebió un largo sorbo, respiró profundo, lo dejó en la mesa y volvió al cuarto.
En esos minutos el hombre como sintiendo que ella se había apartado, abrió el paquete de cigarros recuperado del bolsillo trasero del pantalón – tenía otro más escondido bajo la almohada -, extrajo uno y lo encendió dando largas chupadas, tirando las cenizas al suelo.
– ¡Te he dicho que no fumés… y menos en el cuarto! -, gruñó la mujer cuando regresó y lo descubrió.
Furiosa, se acercó y trató de quitarle el cigarro, pero él dio la espalda. Aspiró el humo y alejó la colilla más allá de su alcance. Rabiosa, lo golpeó con la cartera. El esposo se volvió y le gritó:
– ¡Arpía!, ¡Andate a la mierda!
Otra vez salió o más bien, esta vez huyó del cuarto, fue al sanitario, se encerró y lloró pasmada por la inesperada reacción del esposo. De su cartera sacó pañuelos descartables y se sonó la nariz. Asomó al espejo, confirmó el daño del maquillaje y se lamentó de lo que tardaría en retocarlo.
En el momento que la mujer reparaba el desastre, el esposo se levantó, cerró bajo llave la puerta del cuarto, volvió a la cama y encendió otro cigarrillo.
Cuando la esposa apareció en el pasillo, tenía la expresión satisfecha de haber recuperado el control y el retoque. Al descubrir la puerta del cuarto cerrada, oprimió el pañuelo en su mano derecha y lo tiró transformado en una deforme bola. No lo podía creer. Era el colmo. La empleada, que había visto la mutación del rostro, desempolvaba los muebles y trataba de hacerse invisible para evitar lo que se venía. La patrona pasó a su lado sin verla, fue al teléfono y apurada, marcó.
– Vení ya, tu papá no quiere ir a trabajar -, ordenó en tono inaplazable.
Colgó y pareció recordar la presencia de la empleada mandándola a preparar té de manzanilla. Se sentó en la mecedora, cruzó las piernas, abrió la ventana y vio a la calle con los brazos cruzados balanceando su cabeza con expresión colérica.
Pasaron los minutos, se escuchó la bocina y vio detenerse el carro azul de la hija. La empleada corrió a abrir y entró la hija del hombre que, refugiado en el cuarto, encendía su quinto cigarrillo. La chica vestía jeans y camisa ligera. El cabello suelto recién lavado, brillaba como alquitrán. Una argolla de oro colgaba en la muñeca izquierda y en la derecha, un diminuto reloj.
Su madre estaba enojada y asustada pero parecía más asustada que enojada. El hombre, jamás, en treinta años se había ausentado un solo día del trabajo. Incluso, cuando padecía dolores de oído, había insistido en ir. Más aún, al morir su madre y su padre, no pidió días libres. Más bien, se excusó mucho tener que ausentarse por los funerales y entierros. Lo peor de este inexplicable comportamiento, era el trato tan bochornoso que le había dado frente a la empleada.
Explicó lo sucedido y la hija atravesó sin apuro la sala, pasó por la cocina, el comedor, la sala de lectura y llegó a la puerta cerrada. Consultó el reloj. Eran las ocho menos cuarto de la mañana.
Golpeó pero el hombre no abrió.
– Papá, soy yo…-, se anunció.
Desconcertada, insistió y al no recibir respuesta, preguntó:
– ¿Decime qué pasa…?
Nada. Tanteó el pestillo, estaba bajo llave y no se atrevió a forzarlo. Volvió a tocar, esta vez enérgica con los nudillos. La madre se acercó refunfuñando:
– Puros caprichos de viejo chocho -, remató, con los brazos cruzados en el pecho.
El hombre fumando, escuchó las palabras. Repitió “capricho” y no, no era un capricho. No quería volver al trabajo. No estaba enfadado ni desanimado, más bien, resignado. Dijo: “Viejo”. ¡Ah!, vieja será tu abuela pero en verdad, demasiado viejo para aguantar abusos y “chocho”, ah no, eso no, a los “chochos” los botan en el asilo, se defendió.
La joven al no escuchar respuesta, pensaba en un infarto o algo por el estilo, pero le llegó el aroma del tabaco. Recuperó el ánimo y rogó a la puerta:
– Por lo menos podrías contestar…
La empleada, de reojo, seguía la escena de la indignada mujer y la preocupada hija, también extrañada porque el patrón no padecía de rabietas, más bien, tenía buen ánimo dando bromas, enamorándola, tratando de cogerle el trasero y ella le gritaba: “¡Cochino!” Y ahí terminaba el juego.
– ¡Papá!… Sé que estás fumando… Abrí para que hablemos -, pidió la hija que acarició la puerta como si fuera la mejilla del padre.
– ¡Dejate de mierdas y abrí la puertaaaa! -, rugió la esposa que protegida y respaldada  respingaba la nariz y empurraba la boca viendo en el reloj que faltaban siete minutos para las ocho.
La hija le hizo señas de callarse dando manotazos al aire como si soplara. La mamá se alejó ofuscada, atravesó el lugar y se sentó de nuevo en la mecedora. Recordó el té en la mesa y lo sorbió quemándose la garganta.
La hija volvió y de pie, le preguntó:
– ¿Pelearon?
La madre negó con la cabeza y retorció los ojos.
– ¿Y quién le dio los cigarros?-, volvió a consultar.
Llamaron a la empleada.
– ¡Maríaaaa!
En cuanto llegó, sabía lo que le esperaba. La interrogaron y confesó: El “señor” guarecido en el cuarto, le ordenó cuando “la señora” se bañaba, comprar dos paquetes de cigarrillos y un encendedor.
– ¡Te he dicho que no lo hagás!-, amonestó la patrona.
La empleada bajó la vista, encogió los hombros y nerviosa, se jaló los dedos. La regañó un rato más y procurando mantener su clase alta, le ordenó lo más elegante posible se apartara de su vista y la sirvienta dejó a las dos mujeres que, en la sala, aún no sabían qué hacer con el obstinado hombre metido en el cuarto.
De pronto, la madre, como si tuviera resortes en las piernas, saltó.
– ¡Ya estoy harta!-, gritó. Fue a la puerta donde paró en seco y sentenció:
– Si no salís, juro que llamo a tu jefe.
La hija se arrimó y le susurró:
– ¿Y si no abre? Tengo que ir a la universidad y vos al trabajo…
Escucharon el chasquido del encendedor y olieron el fuerte aroma del humo de tabaco.
– ¡Sos un desgraciado!-, reprendió la esposa más allá de la rabia.
Fue a la sala, tomó el teléfono y marcó. Consultó el reloj. Faltaban tres minutos para las ocho.
En ese mismo instante, la hija insistió en la puerta tocando, casi mimando la madera con sus largas uñas:
– Papi, papito, acordate del infarto … Te ordenaron dejar de fumar…-, suplicó dulcificando la voz.
La madre esperó que la telefonista de la planta pasara la llamada a la extensión. Escuchó la melodía de fondo y un “espere que tiene la línea ocupada”, de nuevo la música y finalmente, la voz del jefe del esposo.
– ¿Aló?
– Buenos días – dijo con voz inofensiva— ¿Cómo está?
– Buenos días… Bien, ¿Quién habla?
– La señora de Gutiérrez.
– Ah, señora Gutiérrez, ¿En qué puedo servirle?… Su esposo aún no llega… Debe estar atascado en el tráfico.
– No, está aquí.
– ¿Enfermo?
– No, no quiere ir a trabajar.
Silencio. No escuchaba respuesta. Pasaron varios segundos y el hombre habló:
– Ah, debe ser por lo de la silla …
Esta vez fue ella que enmudeció.
– Es que ayer abandonó sus labores porque no encontró su silla. Me acusó que lo quería despedir, pero le expliqué que las están reparando. Se enojó mucho… Creí que estaba claro. Ayer mismo la trajeron.
– Le diré -, aseguró la mujer. – Disculpe. Muchas gracias.
La hija la vio avanzar. Tenía el rostro muy enfadado. De nuevo acomodó sus brazos en el pecho resaltando sus senos y sermoneó a la puerta como si fuera el hombre que fumaba dentro del cuarto.
– ¡Sos un grandísimo caprichoso!, dice tu jefecito que ya tenés tu estúpida sillita intocable. Salí porque son más de las ocho.
Por fin, el hombre habló tras la puerta:
– De todas formas, me van a despedir …
La mujer y la hija se miraron confundidas oliendo el humo del nuevo cigarro. Consultaron sus relojes. Uno marcaba las ocho en punto y el otro, tres minutos más tarde.

El kamikaze enamorado

Era el más joven y el más guapo del grupo. Llegamos a Tokio para tres meses de aburridas conferencias sobre desarrollo tecnológico. Los orientales se desmayaban en atenciones pero confieso, me dolía la espalda de tanto inclinarme para saludar.
Fue la primera regla que nos exigieron. La segunda, aprender tres palabras que sonaban estúpidas: Ohayogozaimazu, Konichua y Kombawa. Buenos días, buenas tardes y buenas noches. No tenía escapatoria.
Un mes antes de terminar las conferencias, el equipo fue separado para convivir dos semanas con familias y conocer sus hábitos y costumbres y con ello, me alejaron de una preciosa mexicana de rasgos morenos que desde el principio, me dirigía miradas incendiarias.
El último día antes de irnos al interior del país, confieso que estuvimos metidos en mi cuarto del octavo piso en el Hotel Ana y en la mañana, nos encontramos en la cama, los dos cansados, ella de resistirse y yo de intentar todo. ¡Todo! Fue una larga batalla con pírrica victoria.
Antes de salir, la muy desgraciada, dijo triunfante levantándose la falda:
– ¡De lo que te perdiste!
Y no tuve más que tocarme la bragueta abultada y contestarle:
-¡De lo que te salvaste!
Cuando bajamos, los japoneses consultaban sus relojes caminando de un lado a otro como hormigas locas. En el alboroto de salir cuanto antes, no tuve tiempo ni de decir gracias ni adiós a mi aztequita, más que tirarle un beso de te busco a la vuelta porque íbamos a diferentes destinos. De consuelo, llevaba su fragancia en mis dedos y subí al autobús oliendo esa pegajosa comida. ¡Y yo con tanta hambre! Ya nos volveríamos a ver.
Viajamos diez horas. Uno a uno se quedaban en cada pueblo. Llegamos a mi destino, Shimane, una ciudad según decían, agradable y de gente muy afable.
Y ahí estaban, la mujer y su hija esperándome en la estación. Tan pobres que no tenían vehículo y tan descorteses que me obligaron a cargar las dos maletas. La mamá, una mujer de unos cincuenta años, se llamaba Toshie y la hija, una muchacha de unos veinte años, tenía un nombre atractivo: Miho. Parecía enferma de tan delgaducha, con cintura tan fina que podía abarcarla con las dos manos, pero se notaba la presencia de caderas, senos pequeños, boca fina con labios de cuchara y la estropeada dentadura característica de los japoneses.
No era atractiva, pero había algo en ella que me provocaba una sensación de furiosa conquista y por el momento, el expediente tequila estaba cerrado y tenía en mis manos otro caso qué resolver.
El camino a su casa se hizo una eternidad bajo el ardiente sol y como Cristo, hice estaciones para descansar. En una de esas paradas, divisé una máquina de refrescos que son como oasis. Una moneda y ¡Zas! la botella fría. Recuperado, seguimos. La joven me miraba y me dedicaba sonrisas coquetas y traviesas.
Toshie explicaba no sé que de un lago artificial con su limitado inglés para colmo mal pronunciado sin comprender mi cansancio de tanto cargar y arrastrar las maletas. Para callarla, le conté que en mi país, aunque no era ‘mío’, y eso de ‘país’ quien sabe, pero había un inmenso lago lleno de mierda y orines que nadie quería volver a ver y ella quedó tan sorprendida que no pronunció palabra.
Las calles estaban desiertas como si fuera fin de semana, en perfecto estado como los paisajes de los cuentos, pintadas las casas, las avenidas limpias y brillantes, los edificios calmos, los jardines recién cortados, el agua fluyendo delicada como si le hubieran dicho: ¡Cállese! Daba miedo incluso pisar fuerte el suelo.
Llegamos a una vivienda de tres pisos con fachada de madera a semejanza de un templo shintoísta en miniatura. Metí el bendito equipaje y antes que les pidiera un descanso, Toshie me llevó de la mano hacia las escaleras del que sería mi cuarto, pero insistió dejar la carga. Subimos y al llegar al tercer piso, aclaró que era el cuarto de ella y del esposo, Hideo. ¡Ah! Tanto dolor en la columna para el colmo de la estupidez. Bajamos al segundo piso y reveló que era de sus hijos Hidemi y Miho. ¡Qué aclaración tan oportuna!
En el primer piso, fuimos al comedor que también era sala, a la cocina y al que sería ‘mi cuarto’. Era más bien el almacén. Habían limpiado rápido y al sacar tantas cajas, quedaron las señas en el piso de tatami. Tenían sanitario occidental no como los huecos de ellos en los que se hace pulso con el culo, había televisor y un pequeño armario. Al preguntar por la cama, me facilitaron una colchoneta y una frazada. Frustrado y sin poder retroceder porque a estas horas el autobús había salido de la ciudad, no tuve más remedio que acomodarme.
Descansé un rato. Miho llegó con un termo y dos tazas. Sirvió té y platicó. En resumen: Veinte apetitosos años, estudiante de biología, muchas amigas y le gustaba ver televisión.
Llevaba una falda corta, muy corta. Se podían ver sus piernas delgadas como de pollo, pero eso sí, gustosas. Una blusa celeste transparente que dejaba ver sus tiernas aureolas y  pezones en crecimiento y en sus pies, unos calcetines blancos, como modelo de película porno que se hace pasar por colegiala. La chica al sonreír escondía su boca con las manos para no dejar ver los dientes, que confirmé, eran igual de atrofiados que del resto de los millones de japoneses.
Prendió la televisión, extendió la colchoneta y se recostó. Yo estaba sentado en el piso arrimado a la pared y comenzamos a ver ¡Dibujos animados! El colmo, viajar tanto para ver a un niño retrasado mental llamado Nobita y a un gato medio payaso conocido como Doraemon.
Pasé una hora viendo la pantalla junto a la jovencita de piernas esqueléticas, que estaba comodísima en mi colchoneta. Como la falda era corta, en descuidos de ella, a diario podía ver asomándose, sus calzoncitos floreados en los que guardaba su tesoro y que pronto, muy pronto sería mío. Haciéndome el desentendido, me arrimé para el primer ataque exploratorio pero Toshie abrió la puerta e invitó a pasar a la sala para la cena.
Para mi sorpresa, estaba ahí Hideo, el padre y Hidemi el hijo. Eran tan exactos como gemelos. Los dos de cara cuadrada, anteojos horrendos, ojos rasgados, serios, callados y con la expresión de interés fingido. Parecía que el padre lo había fecundado y parido. Había algo raro en Hidemi. Me miraba con recelo. No me soportaba. Estaba celoso y presentía que me acostaría con su hermana.
Comimos el pescado crudo, ramen y un poco de tempura. Era un banquete, pero no se hubieran molestado. Con un hot dog y un refresco, hubiera bastado. Se nos hizo tarde, ellos, buscando cada palabra en el diccionario y yo, tratando de hacerme entender y al rato, hastiado, les dije Oyasuminazai y me refugié en mi cuarto.
Al correr la cortina del baño, descubrí la tina y me sumergí una hora en el agua tibia y reconfortante. Suerte que me había puesto la ropa porque al salir encontré a Miho sentada en la cama improvisada. Estaba viendo la tele. Tenía sus deliciosas piernas cruzadas y bebía té. Parecía una geisha adolescente.
Platicamos y más tarde como presumía que los padres y el hermano estaban dormidos, me atreví a darle un beso en la mejilla. Se alocó y suplicó: ¡Dame! que significa un “no” rotundo, pero estaba dado. Miho siguió ahí. No estaba enojada. Sacó dos videos y de nuevo el tal Nobita. Me acosté lo más cerca posible de ella y sin pretenderlo, me dormí.
A la mañana siguiente, descubrí lo trastornado que son los japoneses: ¡Tenían vehículo! Y yo cargando las estúpidas maletas por la ciudad. Me dieron ganas de patearles el trasero.
Pasé el día con Miho que estaba de vacaciones escolares.
Pregunté:
– ¿Tenés novio?
Estalló en risas cubriéndose la boca y en un descuido, me dio un manotazo en el pecho. ¡Ah, conque esas tenemos niñita! Juego de manos es de villanos y te voy a disparar con mi Colt 45 de tambor, cañón largo y excelente estado le dije en español y Miho como no entendía, hizo lo que los japoneses hacen: Mirar como tontos y preguntar ¿Eeeee?
Así pasaron los días. La chica y yo por las mañanas viendo al mentado Nobita y por las tardes la familia me invitaba a caminar por la ciudad, visitando el lago, subiendo al faro, al mejor restaurante del centro, yendo al puente y a la única calle central. En resumen, en tres días me conocí el cochino pueblo de cabo a rabo y para no aburrirme, improvisaba juegos con Miho como las escondidas, el ahorcado, X y 0 o el yankenpó, papel, piedra y tijera.
Nunca estaba solo. Miho me hostigaba y andaba detrás de mí. Era tan pegajosa que un día se metió al inodoro cuando yo le sacaba veneno a mi culebra. Ruborizado, pudoroso, me cubrí pero Miho evidenciaba una curiosidad como la de los niños por saber cómo funcionan los juguetes. Éste era de chupar, meter y sacar.
Otra vez, metida en mi cuarto, Miho preguntó con su restringido inglés:
– ¿Te gusta el campo?
– No.
Quedó insatisfecha.
– ¿Por qué?
– Porque es aburrido.
– ¿Y por qué es aburrido?
– No hay cafés, ni restaurantes, ni cines, ni discos, ni tiendas, teatros, ¡No hay vida!…
Se quedó callada. Me sentí mal por romper sus fantasías y acaricié su mejilla. Se dejó mimar. La abracé y sentí un incendio en mi interior como fósforo ardiente viendo sus senos juveniles que se asomaban de la blusa. En acto suicida, como kamikaze enamorado, la besé.
Al principio, Miho no abrió la boca pero tras insistir, la hendidura cedió y dejó entrar mi lengua que tocó su órgano inerte como si fuera carne de pescado muerto. Su cuerpo se estremeció y retrocedió. La tomé de la cintura. Resignada, se dejó escarbar, arriba, abajo, adentro, adentro en su boca pequeña y dentadura deforme dejándose llevar como si estuviera desmayada. Metí mi mano en su blusa. Entregó sus senos y sentí la tibieza, la santidad de sus chatos pezones. Me incliné para lamer sus coronas tímidas y chupé como recién nacido.
Cuando nos separamos, llevó sus manos a su boca, bajó la vista, se acomodó la blusa y se quedó quieta, inmóvil, sin decir nada con la mirada en el piso. Se levantó y escapó alocada tropezando como un salmón saltando contra corriente. Temí lo peor. Le diría a Hideo de lo ocurrido y la bomba explotaría, enloquecido me partiría en dos con una de esas espadas de samurai y me haría sushi. Hidemi me molería a patadas estilo Kung Fu y Toshie me echaría té verde hirviendo. ¡En qué lío me había metido!
Pasó el día, la noche y por la mañana apareció la nena de nuevo con el termo y las dos tazas. Le había gustado a la condenada. Respiré aliviado. Platicamos un rato, ella aún sin levantar la vista la bandida. Quería más la calenturienta y yo, que andaba con ganas de vengarme de la otra que me había dejado en ascuas, tenía más que razones para seguir el juego.
El sábado los padres anunciaron que iríamos al mar. Les dije que me sentía mal y me quedaría a dormir. Al final, Hideo, Hidemi y la señora Toshie se fueron y creí que  Miho pero a eso de las once de la mañana la oí llegar.
La escuché dando pasos fuertes en el segundo piso, el agua cayendo en la bañera, silencio y de nuevo sus pasos de un lado a otro apurada.
Estaba a pedir de boca. Esperé y como lo había previsto, apareció con otra falda aún más corta, blusa breve y calcetines blancos. Llegó hacia mí y tomándome la cabeza, me la llevó a su pecho ordenándome:
– Huele.
Tenía impregnado un perfume dulzón pero no me concentraba en eso, sino en ver sus senos virginales. Retrocedí. Su cara exigía un “Besame”. La tomé de la cintura y la atraje dándole un largo beso que hizo excitarme. Miho sintió que abajo, algo crecía, llevó sus manos pequeñas al cierre del pantalón y lo sostuvo como si pesara una bolsa de papas.
Le había abierto la blusa y de nuevo admiraba los senos dulces, el pecho pequeño como de niña y sorbiendo el manjar, escuché con mucha rabia que llegaban sus padres. ¡Maldita sea!
Se disculparon porque el mar estaba muy picado. Me mordí el puño de tanta mala suerte. No tuve más remedio que domar a la culebra y quedarme con Miho viendo al odioso Nobita y su gato mágico. Me ocupé tanto en otras excursiones y comidas, que el tiempo pasó y de pronto, llegó el día de la despedida. No pude cumplir mi sueño: Tener novia geisha de veinte años.
Resignado, enojado, triste y desconsolado, preparaba las maletas. Miho entró.
– Anoche soñé con vos -, me dijo.
No contesté. Estaba desanimado y volvía a Tokio con otra pequeña hazaña infructífera.
– Estabas vestido como samurai y yo con kimono. Nos casábamos…
– ¡Que bien! -, dije cortante.
Para consolarla, di mi dirección postal, le robé un largo beso y fui al sanitario.
– Miho, creo que no debes…
Como no salía del cuarto, quise cerrar la puerta pero ella lo impidió. Estaba desconcertado. Como si se hubiera convertido en una mujer, desabrochó mi camisa y quedé frente a ella desnudo de la cintura para arriba. Se acercó sin miedo, extendió su brazo y con un dedo, recorrió desde mi pecho al ombligo. Me besó a la altura del corazón y dijo viéndome:
– ¡Qué hermoso sos!
Estalló en llantos y escapó. Terminé de hacer las maletas. Me vestí y salí. En la calle estaban Toshie, Hideo y Hidemi. La madre gritó:
– ¡Miho, vení despedí al joven!…
Pero la chica no contestó. Entramos y la escuchamos sollozar dentro del tocador. La madre extrañada, me miró.
– Es muy sentimental-, se disculpó.
– Lo sé -, dije.
Di las gracias y salí con ellos tres a pie cargando mis malditas maletas en busca del autobús que me llevaría de regreso a la capital y a la mexicana con la que tenía un expediente abierto.

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Managua, Nicaragua, 1972.
Escritor y periodista. Ha publicado las novelas La muerte de Acuario (2002, 2005), Qué sola estás Maité (2007), Conduciendo a la salvaje Mercedes (2009) y El Fabuloso Blackwell (2010), con la que ganó el II Premio Centroamericano de Novela Corta de Honduras. Es autor además del libro de relatos Tengo un mal presentimiento (2010).

Su obra ha merecido múltiples reconocimientos: ganador del IV Concurso Internacional de Relato de Humor en España en 2011; ganador del IV Premio Internacional Sexto Continente de Relato Negro en España en 2011; ganador en 2009, del Certamen para Publicación de Obras Literarias organizado por el Centro Nicaragüense de Escritores; mMención en Panamá en el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán en el género de libro de cuentos en 2007.

Se encuentra incluido en diversas antologías, como Puertos abiertos, publicada en el 2011 por el Fondo de Cultura Económica de México; la Microantología del Microrrelato III; antología El hombre que se ríe de todo (es que todo lo desprecia) y en la antología del relato negro III de la editorial española Ediciones Irreverentes en el 2011; la antología El océano en un pez impreso en Cuba por Editorial Arte y Literatura y presentado en la Feria del Libro de La Habana 2011; la antología Voces con vida impresa en México en el 2009 por editorial Palabras y Plumas Editores, S. A. y en la antología El futuro no es nuestro, escritores de la América Hispana 1970-1980, presentada en agosto del 2008 en la revista colombiana Pie de Página.