En defensa de Dido: una lectura de Rosario Castellanos

25 noviembre, 2023

Lamentación de Dido, de Rosario Castellanos es un poema de largo aliento que cuenta con 74 versículos de variada longitud, divididos en 25 estrofas. En voz de Dido, fundadora del pueblo de Cartago, recuperamos el mito de sus tragedias: fue exiliada cuando su hermano Pigmalión asesinó a su esposo; fue inmolada en una pira de fuego cuando Eneas la abandonó sin decirle nada. Pero la tragedia de Dido no es esta en realidad, sino otra enraizada desde los inicios de la historia. Su tragedia proviene del culto a los héroes y dioses solares, el cual narra el pase de un sistema matriarcal a uno patriarcal en el orden social del mundo.  La historia, de acuerdo con Joseph Campbell, ocurrió como sigue:

Hacia el año 3500 a.C. (los pastores seminómadas) suponían ya un peligro para las aldeas agricultoras y las ciudades, pues aparecían de improviso en bandadas que saqueaban y se marchaban, o, lo que era más grave, se quedaban para esclavizar a la población. (…) En el año 3000 a.C., estos invasores estaban creando Estados poderosos, (…) mantenían una relación con la diosa por completo diferente. (2018, p. 111).

El viejo culto a la diosa era la base del matriarcado, se relacionaba con la naturaleza a través de la fertilidad, la serpiente, la luna, las cuevas. Pero el nuevo orden patriarcal llegó con una nueva narrativa.  En palabras de Robert Graves, el patriarcado modificó o falsificó los antiguos mitos matrilineales (2016) dando pie a las narrativas del héroe solar, las cuales se ajustaban a los nuevos cambios sociales. Gilgamesh en Babilonia, Ra en Egipto, Zeus y Apolo en Grecia, Eneas en Roma, Yahvé y Cristo en la tradición judeocristiana son ejemplos de este nuevo culto. 

Básicamente cualquier personaje (no importa si es masculino o femenino) que tenga que ver con la conquista por un héroe radiante del monstruo oscuro y desacreditado del anterior orden (Campbell, 2018, p.47) es parte de esta narrativa patriarcal. Hoy en día nos parece algo lejano. ¿Quién en su sano juicio da crédito a los mitos fundacionales? Los mitos, en palabras de Joseph Campbell, son objetivamente falsos (2018, p. 139), es decir, nunca ocurrieron, pero yo agregaría que son subjetivamente verdaderos, es decir, sus narrativas son tan importantes que inciden en la cultura, toda vez que el orden social se ordena en relación a estos mitos. El culto al héroe solar no se limita al mito: es ya parte de nuestro imaginario, y sus narrativas han gozado siempre de amplia popularidad. 

El héroe solar deja estragos en su camino de aprendizajes. En el caso del mito de Eneas, uno de ellos es Dido. Según Virgilio esta recibió a Eneas en Cartago. Los dos se enamoran profundamente. Pero Hermes le revela a Eneas que tiene un destino mayor: seguir su viaje y fundar Roma. El troyano abandona a Dido en silencio. La mujer no puede con la sombra de ese desdén y se avienta a una pira de fuego hecha con las armas que dejaron los guerreros, no sin antes jurar que de ahora en adelante Cartago será enemiga del reino que funde Eneas, o sea Roma. 

Así concluye la historia de la matriarca de Cartago. La versión de Rosario Castellanos también acaba en desastre, pero hay un pequeño cambio: Dido reflexiona su historia, que ha sido en realidad el lugar común del destino de innumerables mujeres, ser destruidas por su pareja. Al reflexionar, le regresa a Dido el dominio de su historia, el poder de la palabra, el poder de hablar por ella misma. No es ya un obstáculo más en el objetivo del héroe (la Circe de Eneas). Su voz, reivindicada, no es de la derrotada por el hermano y el amante, sino de la que es dueña de su propia mitología. Esa reivindicación hace brillar a Lamentación de Dido en la obra total de Castellanos. Para María Luisa Gil Iriarte:

La preocupación central (de la obra de Castellanos) es la búsqueda de un lugar propio desde donde redefinir las imágenes literarias que de la feminidad proyecta el arte. Imágenes esbozadas por manos masculinas en las que se concentran todos los tópicos que la cultura androcéntrica imputa a la mujer (2018, p. 12).

Más adelante dice que la obra de la chiapaneca es pionera en la crítica feminista por abordar tres líneas teóricas principales: Escribir sobre sí misma, deconstruir el propio cuerpo y destruir los mitos del patriarcado (2018, p. 42). Esta última es la tarea que emprende en Lamentación de Dido. Tarea crucial, pues ataca al patriarcado desde sus orígenes fundacionales. Estos son los versos con que inicia el poema: 

Guardiana de las tumbas; botín para mi hermano, el de la corva garra de gavilán;
nave de airosas velas, nave graciosa, sacrificada al rayo de las tempestades;
mujer que asienta por primera vez la planta del pie en tierras desoladas
y es más tarde nodriza de naciones, nodriza que amamanta con leche de sabiduría y 
de consejo;
mujer siempre, y hasta el fin, que con el mismo pie de la sagrada peregrinación
sube arrastrando la oscura cauda de su memoria
hasta la pira alzada del suicidio (Castellanos, 2006, p. 100).

Esta primera estrofa crea el tono sobre el cual funcionará el monólogo dramático, mientras resume al lector el mito de Dido, desde que es traicionada por su hermano hasta que se suicida por culpa de Eneas, su amante. Destaco los últimos tres versos, en los cuales pareciera existir un destino ineludible en su historia, en cuanto a que mujer siempre, y hasta el fin: sacrificarse, esto es, huir de Tiro para llegar a Cartago / subir las escaleras para arrojarse a la pira de su muerte. Castellanos redondea estas dos acciones con el sustantivo peregrinación, ello le da un sentido mítico, trascendental a los hechos que la marcaron. Como si existiese una predestinación en su vida. 

El nombre es destino para Luz Aurora Pimentel, pues: El nombre es el centro de imantación semántica de todos sus atributos, el referente de todos sus actos, y el principio de identidad que permite reconocerlo a través de todas sus transformaciones (2020, p.63). El verdadero nombre de la matriarca es Elisa, pero al exiliarse tomó este otro, Dido, que significa la errante. Y nos recalca que su suerte (que la lleva en el nombre) ha sido compartida por numerosas mujeres a lo largo del tiempo, es decir, 

las pautas de género han prescrito un patrón de comportamientos a los que van asociados sentimientos que se aprenden y transmiten de generación en generación y que a pesar de que cambian con el tiempo, conservan su “naturalización” al utilizarse como argumentos para el mantenimiento de la superioridad del grupo de varones y la inferioridad del de las mujeres” (Sau, V. 2000, p. 117).

Las estrofas cuatro y cinco caracterizan a Dido ante la esfera de lo público. En primera, siente que ser líder de su pueblo le queda grande: mujer de investidura desproporcionada con la flaqueza de su ánimo. / Sentada a la sombra de un solio inmerecido / temblé bajo la púrpura igual que el agua tiembla bajo el légamo (Castellanos, 2006, p. 101). En segunda, cuida porque se respete la justicia, aunque las leyes no sean del todo claras. Mientras tanto, la noche, espacio de descanso, la utiliza para el estudio y mejora de su intelecto: los ojos acechando en la oscuridad; la inteligencia batiendo la selva intrincada de los textos (Castellanos, 2006, p. 101).  En la sociedad patriarcal la mujer que se adentra en la esfera de lo público debe probar, muchas veces, su valor, incluso más allá de lo que se le exigiría a un hombre, por ello en la gobernanza de Dido no hay tiempo para la copa del festín, la alegría de la serenata, incluso algo tan necesario como el sueño deleitoso (Castellanos, 2006, p. 101).  

En la sociedad patriarcal la herencia se lleva a cabo a través de la sangre del padre, desapareciendo así (o casi borrándose) la presencia materna. Castellanos sabe bien que esta condición ha traído en parte el éxito del patriarcado, por eso destaca la herencia materna, que no es material, sino de una índole más valiosa: heredé oficios varios; cardadora de lana, escogedora del fruto que ilustra la estación y su clima, / despabiladora de lámparas. Esta herencia, y no la del padre (perdida en el momento en el que su hermano Pigmalión asesinó a su esposo para quedarse con el trono de Tiro) da fruto a los versos de la octava estrofa: Así pues tomé la rienda de mis días: potros domados, / conocedores del camino, reconocedores de la querencia. / Así pues ocupé mi sitio en la asamblea de los mayores (Castellanos, 2006, pp. 101, 102).  

La novena estrofa es un presagio de la llegada de Eneas. La matriarca se ha guardado del matrimonio (no dilapidé mi lealtad (Castellanos, 2006, p. 102) dice, pero “irónicamente” no para beneficio de ella o crecimiento del reino que tanto trabajo le ha costado sostener, sino lo contrario. Es así que el poema se carga de imágenes negativas: el tiempo de las lamentaciones; los cuervos aletean encima de los tejados y mancillan la transparencia del cielo con su graznido fúnebre; la desgracia entra por la puerta principal de las mansiones / y se la recibe con el mismo respeto que a una reina (Castellanos, 2006, p. 102).  Dicho presagio ya nos avisa de la tragedia que le supondrá a la reina dejar atrás su lealtad hacia sí misma para ceder ante la narrativa del patriarcado. Las lamentaciones, los cuervos y la desgracia serán su destino, marcarán la historia futura de Cartago, la cual, según los historiadores del pasado, cae en el año 146 a.C., ante Roma en la Tercera Guerra Púnica. 

Las siguientes dos estrofas son una especie de interludio antes de la tempestad. Dido pasó su juventud en el ámbito doméstico, en la celebración de ritos cotidianos / en la asistencia a los solemnes acontecimientos civiles (Castellanos, 2006, p. 102).  Su vida, incluso de adulta, se rodea de cierta tranquilidad y confianza en el reino que ella ha forjado; hasta que, de pronto, los últimos dos versos violentan el tono tranquilo de la estrofa: Y el incendio vino a mí, la predación, la ruina, el exterminio, / ¡y no he dicho el amor!, en figura de náufrago (Castellanos, 2006, p. 102).   

En la estrofa número trece, cuando confiesa su misericordia al recoger a quien el mar rechaza (Castellanos, 2006, p. 102) revela su nombre, Eneas, y lo describe de esta forma: piadoso con los suyos solamente; / acogido a la fortaleza de muros extranjeros; astuto, con astucia de bestia perseguida; (…) hermoso narrador de infortunios y hombre de paso…. (Castellanos, 2006, p. 103).  Dichas imágenes presentan a un Eneas distinto del mito; mientras que el de Virgilio es un aventurero que ha salvado su vida del incendio de Troya y salido avante de numerosos obstáculos, para Castellanos es un oportunista con don de palabra, que llegó a Cartago a reunir fuerzas para emprender de nuevo su viaje en la conquista de su objetivo. La estrofa prosigue, y después de decirnos que Eneas es un hombre con el corazón puesto en el futuro, abre paréntesis y nos revela la terrible verdad de las relaciones amorosas: La mujer es la que permanece; rama de sauce que llora en las orillas de los ríos (Castellanos, 2006, p. 103).   

En los relatos del patriarcado la mujer suele relacionarse con un rol pasivo, mientras que el hombre con uno activo. Esto se debe a que las relaciones entre los dos géneros han sido marcadas históricamente por lo que Hegel llamaba la dialéctica amo / esclavo. Escribe Gil Iriarte: 

La dialéctica Amo / esclavo, traspuesta a la problemática femenina, niega a la mujer y la convierte en principio pasivo y subyugable (…) otorga al Hombre-Amo el poderío de la Razón y la Autoconciencia, la Historia, el Poder, y relega a la mujer-esclavo a los poderes ocultos de la vida y la naturaleza domeñadas. (2018, p. 18).

Después agrega que ello ha causado que la mujer sea objeto pasivo en la literatura. De ahí la importante labor subversiva de Castellanos en este poema, pues al darle voz a Dido la convierte en sujeto activo, es decir, protagonista de su propia vida. Es ella misma (no Virgilio, no Eneas ni otro hombre) la que habla por ella: Yo era lo que fui: mujer, ha dicho el personaje de Dido.

Lo que sigue son tres estrofas, cada una de un solo versículo, en donde la matriarca confiesa que amó mal: Y yo amé a aquel Eneas… // Lo amé con mi ceguera de raíz, con mi soterramiento de raíz, con mi lenta fidelidad de raíz. (Castellanos, 2006, p. 103).  El tercer versículo llama la atención: es el más largo del poema, tan largo como el amor ciego y patético que ella le profesa al troyano. Está lleno de imágenes desbordadas, revelando un lenguaje que pone al ser amado masculino en el pedestal del amor romántico: 

No, no era la juventud. Era su mirada lo que así me cubría de florecimientos repentinos. Entonces yo fui capaz de poner la palma de mi mano, en signo de alianza, sobre la frente de la tierra. Y vi acercarse a mí, amistadas, las especies hostiles. Y vi también reducirse a número los astros. Y oí que el mundo tocaba su flauta de pastor(Castellanos, 2006, p. 103).   

El amor de Dido es ciego en todo instante, su entrega es mayor que la de Eneas. Esto es un rasgo que se espera de la mujer en las relaciones patriarcales. Como dice Claudia Coria:

La organización de nuestra sociedad patriarcal ha preparado durante siglos al género femenino para transitar por la vida al servicio de las necesidades ajenas. Desde pequeñas, las mujeres aprenden a entrenarse para descifrar los deseos de quienes las rodean, primero los padres y las personas de su entorno, luego sus compañeros amorosos… (2005, p. 29).

Lo anterior es peligroso para la mujer, pues provoca que se enajene del cuidado de sus propios sentimientos, cuando vale más atender a los deseos del otro que las necesidades afectivas propias. Cuando la mujer quiere buscar los deseos adentro de ella, se estrella contra un mar más intransitable que el que le dio Virgilio a la tripulación de Eneas. Continúa el monólogo: 

Ah, los que aman apuran tósigos mortales. Y el veneno enardeciendo su sangre, nublando sus ojos, trastornando su juicio, los conduce a cometer actos desatentados; a menospreciar aquello que tuvieron en más estima; a hacer escarnio de su túnica y a arrojar su fama como pasto para que hocen los cerdos. (Castellanos, 2006, p. 103).   

Las siguientes estrofas, antes del desenlace, desvelan el final de la relación. Están cargadas de imágenes violentas, que nos dejan oscuro el paladar cuando las leemos, pues materializan la miseria que hay siempre al final de una tórrida relación: La tempestad presidió nuestro ayuntamiento; convertida en antorcha yo no supe iluminar más que el desastre (Castellanos, 2006, p. 103).  Eneas parte de Cartago, no porque los dioses así lo quisieron, sino porque en las narrativas del patriarcado el héroe debe seguir una serie de pasos para cumplir con su objetivo final. Del mismo modo, en las sociedades heteropatriarcales el hombre es activo, se relaciona con el movimiento, las grandes actividades humanas como el viaje, la guerra; nunca al ámbito privado, el cual es tradicionalmente vinculado a lo femenino: Nada detiene al viento. (Se lamenta Dido) ¡Cómo iba a detenerlo la rama de sauce que llora en las orillas de los ríos! (Castellanos, 2006, p. 104).  

El desenlace del monólogo dramático sucede en las últimas cinco estrofas. Nos sorprendemos, pues Castellanos reescribe el mito. Dido no muere al aventarse a una pira de fuego, sino que después de correr, destrenzada y frenética, sobre las arenas humeantes de la playa (Castellanos, 2006, p. 104); después de rasgarse el corazón y permanecer incólume como un acantilado, bajo el brutal abalanzamiento de las olas, vuelve al sitio que la sociedad le tiene reservado a la mujer: la casa. Pero algo ha cambiado en ella, el amante la ha desordenado:

He aquí que al volver ya no me reconozco. Llego a mi casa y la encuentro arrasada por las furias. Ando por los caminos sin más vestidura para cubrirme que el velo arrebatado a la vergüenza; sin otro cíngulo que el de la desesperación para apretar mis sienes. Y, monótona zumbadora, la demencia me persigue con su aguijón de tábano (Castellanos, 2006, p. 104).  

El último verso es contundente, presenta una muerte en vida. La voz de Dido ya no le pertenece más a ella, se vuelve arquetípica. El poema todo, de principio a fin, ha tomado la forma del mito: cuando lo leemos con su largo aliento cargado de furiosas imágenes nos arroja del tiempo real al tiempo mítico, un tiempo cero en donde la miseria de Dido se repite en todas las mujeres que viven, han vivido o vivirán la destrucción de sus vidas por la pareja. Así finaliza el poema Castellanos:  Ah, sería preferible morir. Pero yo sé que para mí no hay muerte. / Porque el dolor —¿y qué otra cosa soy más que dolor?— me ha hecho eterna (Castellanos, 2006, p. 104).  

Bibliografía

Campbell, Joseph (2018). Las máscaras de dios. Mitología occidental, Isabel Cardona (trad.). Girona, España: Atalanta. 

Castellanos, Rosario (2006). “Lamentación de Dido”. En Poesía no eres tú. D.F., México: Fondo de Cultura Económica, pp. 100-104. 

Coria, C. (2005). “Otra vida es posible en la edad media de la vida”. En Coria, C., Freixas, A. y Covas, S. (Eds.), Los cambios en la vida de las mujeres. Temores, mitos y estrategias. Buenos Aires, Argentina: Paidós, pp. 19-66.

Gil Iriarte, María Luisa (2018). Debe haber otro modo de ser humano y libre. Huelva, España: Universidad de Huelva.

Pimentel, Luz Aurora (2020). El relato en perspectiva. Ciudad de México, México: Siglo XXI Editores. 
Sau, V. (2000). Diccionario ideológico feminista. Barcelona, España: Icaria.

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Mérida, Yucatán, México, 1986.
Maestro en Creación Literaria por la Universidad de Texas en El Paso. Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas (2016-2018), y del FONCA Jóvenes creadores en dos ocasiones. Es Autor de los poemarios Muerte de Catulo (Rojo Siena, 2013), La luz que no se cumple (Artepoética Press, 2014), Derrota de mar (Jaguar Ediciones, 2019), Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos (Editorial UDG, 2020), y La tradición del viaje a solas (Manofalsa, 2021), que es una antología de su obra publicada hasta el 2020. Es editor de poesía en la revista virtual Carátula.