Encuentro con la juventud. Prólogo de Cita con Sergio Ramírez, de Karly Gaitán

1 diciembre, 2012

Conversando con la escritora y periodista Karly Gaitán Morales y tras haber sido su primer editor en jefe cuando se inició en el periodismo cultural, podría afirmar, según los temas que hemos destacado y lo que he observado de su escritura, que desde niña ha sido poseedora de su propio Pájaro Azul, ya que un día algo lejano, a sus ocho años, se inició en la lectura de obras literarias, encontrándose en el camino con los libros de Sergio Ramírez Mercado, quien influiría en gran manera en su propia forma de crear literatura. La pasión por las letras de aquella niña se identificó plenamente con la creación del escritor nacido en Masatepe el 5 de agosto de 1942, quien es siempre nutrido por la poesía, según él le manifiesta en este libro a la autora: “Cuando estoy escribiendo una novela dejo de leer novelas. Leo poesía, porque el lenguaje se siente mucho mejor, volviendo a mis poetas preferidos, leyendo poesía para meterme en un lenguaje literario a la hora de escribir… Leo poesía para escribir novelas”.

Sergio se inició como poeta. Poemas suyos están en los primeros números de Ventana, la revista que en la década de los sesenta dirigiera con Fernando Gordillo. Pero es más, en el primer libro Cuentos de Sergio, con ilustraciones de Leoncio Sáenz, publicado con impecable gusto tipográfico por Mario Cajina Vega en su Editorial nicaragüense el 30 de septiembre de 1963, el prologuista es nada menos que el escritor y entonces rector de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, doctor Mariano Fiallos Gil, quien exaltando éstas y otras cualidades de su pupilo, escribe: “Ahora tenemos aquí a Sergio Ramírez, poeta, cuentista y organizador. Él dirige la revista Ventana y se ha desarrollado en el ágora universitaria. Cuando llegó por primera vez un poco antes de que la matanza del 23 de julio de 1959 hiciera madurar de repente a los jóvenes adolescentes, recitaba poemas ajenos con el desgarbo de quien todavía no puede manejar su cuerpo en crecimiento. Luego, comenzó a escribir poesía, cuentos, crítica. Vendrá el tiempo —ya está llegando— en que escribirá dramas y novelas”. Y concluye el autor de Horizonte quebrado augurándole a Sergio este futuro que se volvió realidad: “Entonces le queda el horizonte abierto para siempre”.

En 1965, Sergio Ramírez publica un justo y recatado homenaje a su magnífico mentor. En la cara interior de la portada de Mis días con el Rector, está una paternal dedicatoria, manuscrita, del doctor Mariano Fiallos Gil: “A Sergio Ramírez: Afectuosamente. Sergio: Lo principal, escribir, te lo dice uno que ha perdido mucho tiempo con la imaginación en marcha, pero con acción escasa. Es aquel viejo principio que ya Rubén recomendaba: crear”. Y Sergio, de poeta a poeta, le corresponde diciendo en ese libro: “El Pájaro Azul fue el símbolo de su juventud. De su juventud son también sus cuentos, sus poesías, la guitarra, el piano, los pinceles. Todas las cosas del arte eran en sus últimos días no más que viejos recuerdos de pasados tiempos. Su vida intensa estuvo acorde con su vida de poeta”.

Todo esto y más demuestra saberlo, a la hora de fraguar este libro, Karly Gaitán Morales. Me consta que reconoce con orgullo la influencia literaria que sobre ella ejerció Sergio Ramírez, expresada desde que comenzó a publicar a sus 21 años. Al solicitarme este prólogo me comentaba que este libro es su regalo de admiración y respeto para Sergio, con motivo de estar cumpliendo sus 70 años. Estoy seguro que este homenaje a él, de una joven escritora que se inicia, será uno de los mejores regalos a este joven escritor de 70 años, que nunca dejará que se le considere definitivamente “iniciado”, pues nunca se deja de aprender.

A Sergio me une un tiempo entrañable que incluye la adolescencia. Somos compañeros de generación, y yo, por tres meses, menor que él. Por ello el que Karly haya escogido a Sergio como objeto de su estudio, y a mí como prologuista, me parece una afortunada casualidad que nos reúne en 140 años entre ambos. Setenta marcan el inicio de la senectud, pero cuando la senectud es acumuladora de juventud, es también divino tesoro: ¡Ah, senectud, divino tesoro, cuando no es decrepitud! Como es también otra afortunada casualidad, que no quiero dejar pasar por alto, el que en aquel primer libro de Cuentos de Sergio Ramírez la viñeta de la portada sea de Pablo Antonio Cuadra, y que 40 años después de aquella “inicial” publicación, en 2003 Sergio haya ocupado el sillón de Pablo Antonio Cuadra en la Academia Nicaragüense de la Lengua.

Este libro es una muy personal y lograda experiencia de la autora para aprender a leer literatura y que otros aprendan. Lectura compartida de la cronista, articulista y entrevistadora, con un Sergio siempre novedoso, expuesto y franco, con una obra que se revela —gracias al ameno y variado recorrido que sobre ella y su autor nos hace Karly— seductora en el tiempo, es decir, sin tiempo, culminada por realizada: la culminación que continúa, comprobando cercanías y conquistando remotidades; mentiras verdaderas. Un libro que logra que los 70 años de Sergio sean valorados con ecuanimidad: “48 obras publicadas y traducidas a 15 idiomas”, recuenta el doctor Carlos Tünnermann. Libros y días de amor y de guerra. Tropeles y tropelías mientras Charles Atlas también muere. Y una vez más vuelta a la creación.

Karly Gaitán Morales hizo una cita con Sergio Ramírez. Una cita con la que nos beneficiamos todos, y en la que con palabras de Sergio y pluma propia nos narra sus propias experiencias en el mundo de este narrador que se aproxima al Premio Nobel de Literatura, con un bagaje de justos reconocimientos que a mi modo de ver, después de Ernesto Cardenal, lo califican para que le sea otorgado. La novel escritora frente al posible Nobel. De manera que podríamos concluir que hubo una vez una muchacha de ocho años tan audaz que esperó a Sergio Ramírez en una esquina de la vida para pedirle una cita con la literatura. Y como aquella cita era literaria, se volvieron a encontrar cuando el escritor estaba por celebrar sus 70 años, con 50 años de oficio y un “Adiós muchachos” a la politiquería. En este libro tiene lugar la cita entre una juventud deslumbrada y el esplendor de la plenitud.

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Nació circunstancialmente en Panamá en 1942, pero es nicaragüense por los cuatro costados y, para más señas, hijo de poeta. Efectivamente, Luis Rocha renació en Granada, Nicaragua, pues de Panamá fue traído por sus padres a los pocos meses de vida. Su padre fue el poeta Octavio Rocha, uno de los fundadores del Movimiento de Vanguardia en Nicaragua, junto con Pablo Antonio Cuadra, Luis Alberto Cabrales, José Coronel Urtecho y Joaquín Pasos.

Enviado por su padre a España para seguir estudios de Medicina, pronto los abandonó y se dedicó a lo que sería la pasión de su vida: la literatura. A su regreso de España, ocupó el cargo de Secretario del Departamento de Cultura de la Universidad Centroamericana. Luego fue editor del semanario Testimonio. Dirigió la librería “Club de Lectores” y colaboró con el periódico Semana.

Después trabajó para el diario La Prensa, especialmente en la edición de La Prensa Literaria, como colaborador de Pablo Antonio Cuadra.

A Luis Rocha se debe la celebración anual del Día del Escritor Nicaragüense (18 de enero, día del nacimiento de Rubén Darío). También, como diputado, logró la aprobación de la personalidad jurídica del Centro Nicaragüense de Escritores, del que actualmente es Presidente Honorario.

Entre sus obras podemos mencionar “Códice de la Virginidad Perdida”, Madrid, Cuadernos Hispanoamericanos; “Puerto”, Managua, El Pez y la Serpiente (1964). “Domus Aurea”, Managua, Ediciones Librería Cardenal (1968), “Ejercicios de Composición”, Managua, Ediciones “El Pez y la Serpiente” (1969), “Phocas: versiones/ interpretaciones: 1962-1983”, Managua, Editorial Nueva Nicaragua, “Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío” (1983). Luis Rocha fue, también, por varias décadas, editor del suplemento semanal “Nuevo Amanecer Cultural”, de El Nuevo Diario.

Pertenece a la promoción de los años sesenta, pero no se afilió a ningún grupo. Su obra, recogida en el volumen, “La vida consciente”, ocupa un lugar muy especial en el amplio panorama de nuestra poesía por su vocación doméstica, al punto que José Coronel Urtecho pudo afirmar que Luis Rocha y José Cuadra Vega son los poetas que mejor han contribuido “de distinta manera, a la difícil y peligrosa poesía doméstica, matrimonial, uxórica de Nicaragua”. Difícil y peligrosa, agregamos nosotros, pues si no la respalda un auténtico estro poético, como es el caso de Rocha, puede caer fácilmente en el sentimentalismo. Coronel afirmaba que el breviario Domus Aurea de Luis Rocha es el perfecto manual de ese género de poesía. “Se debería regalar a los recién casados como en España se regalaba La Perfecta casada, de Fray Luis de León”, recomendaba Coronel.

La poesía de Rocha desborda el tema del amor familiar, como lo comprueba la amplia gama de temas de sus distintos poemarios: patrióticos, religiosos, así como sus preciosos y tiernos villancicos al Niño Dios. Sin embargo, el leit -motiv predominante es el de los dedicados a su mujer, (“Mi virgen de Mercedes”), sus hijos, sus nietos y a la felicidad de la vida hogareña y cristiana. Cabe destacar que Luis Rocha, en plena dictadura somocista, escribió poesía revolucionaria y de protesta, siendo su poema “Treinta veces treinta”, de 1962, uno de los primeros y más recios cantos en homenaje a Sandino y a los héroes de la lucha en contra de la dictadura, incluyendo a los mártires del 23 de julio, cuando apenas amanecía la lucha sandinista.

Es de los pocos poetas nicaragüenses que aparecen en “La Historia de la Literatura Universal”, escrita en coautoría por José María Valverde (Editorial Planeta, 1966).