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Historia de Jesucristo y sus Relatos (relatos)

1 agosto, 2010

David Ocón (Acoyapa, 1949) ha publicado tres colecciones de relatos en el Fondo Editorial del Centro Nicaragüense de Escritores (CNE): de bien decir y de maldecir (2001), La feria de la carne (2003) y Escritos abrasivos (2006). A estos títulos se le suma Historia de Jesucristo y sus Relatos, que ha resultado ganadora del Certamen para publicación de obras literarias que convocó el CNE este año. Arquitecto de profesión, su trabajo literario ha sido descrito como «literatura indefinida e indefinible, situándose en lo que llamaríamos metaliteratura en Nicaragua. Humor, erotismo, irreverencia exuberante».

Historia de Jesucristo y sus Relatos, contrario a la primera impresión causada por su título, no es una obra con matices religiosos. El libro nace a partir de un personaje real, Haroldo, alias Aroldo Taylor o Jesucristo, indigente limosnero que deambula en su barrio y desde hace unos tres años ha hecho amistad con Ocón, por lo que –como bien señala el texto de contraportada- la narración se plantea a manera de encuentro al alimón entre el autor que ficciona y su personaje real que brinda ciertos tips a cuentagotas desde su condición de indigente, antihéroe por elección y vocación, andariego en un típico barrio de clase media en vías de extinción. Fiel al estilo del autor, también entremezcla referencias musicales, cinematográficas, literarias y populares.

En su edición 37, Carátula presenta tres textos de Historia de Jesucristo y sus Relatos, como un adelanto a su próxima publicación.


Semilla de árbol

A mi abuela Margarita.

A todos nos jode el invierno con su coletazo dual de alegría y tristeza, júbilo al ver en la mañana las campánulas rosa lilas brotar entre la hierba tierna, pesar ante las correntadas de agua lodosa que inundan y arrastran cuanto encuentran a su paso. Los eslabones de la cadena de lluvia pesan en la memoria cual plomo, firmes ante el desgaste emergen cuando el temporal persiste.

Ese día el color del aguacero menguó dejando ver tras la niebla lechosa el zacatal mojado de la Plaza, las casas de tablas grises empapadas. El vapor saturaba el aire con humedad relativa del noventa por ciento, a veces algunas rachas frescas aliviaban la atmósfera sofocante de Múhan. El recinto era oscuro, un solo tono de madera vieja que absorbía la luz de la sala con dos cuartos contiguos, al fondo el comedor y la cocina abrían franja clara por la puerta de salida al patio y el servicio.

La señora despertó lamentándose buscando y describiendo la piedra que le regaló un hindú, quizás era ópalo, jade, en cualquier caso duro cristal opaco sin aristas, redondo como el ojo de un ciego, la había perdido el día anterior cuando el chubasco golpeaba con rumor persistente el techo de zinc oxidado. Mucho apreciaba mi piedra, me daba buena suerte y pensaba engarzarla para dije, el hindú apareció vendiendo telas muy lindas, de ser joven hubiera comprado la roja con orlas doradas, las muchachas de la India lucen esa gama en el sari de gala.

El hombre llegaba a la casa a cenar después de recorrer Cara de Mono, La Gateada, El Cacao y las comarcas, se quedaba contando historias antiguas de su patria. Era un treintañero bien atractivo, nariz afilada, labios finos, pelo ensortijado y ojos negro azabache que relumbraban intensos, olía a sándalo y pachulí.

La arquitectura más bella de mi tierra se ha construido por amor. El Sultán de Jaipur encargó los “Monumentos del Observatorio” para complacer a su amada: escalinatas, rampas, segmentos de círculo, plataformas, terrazas y miradores elevados por arcos de medio punto se emplazan en un parque a modo de aparatos de mármol blanco semejando una muestra de extrañas esculturas de arte moderno. Su función original, escudriñar el cielo, jamás se cumplió, el arquitecto descuidó las leyes astronómicas, no ajustó a la geometría de las formas la dimensión de las escalas ni los grados de los ángulos en los cuadrantes y dejó que el poeta desplazara al científico, en suma no fue posible determinar el curso de ningún astro ni predecir eclipses, pero el Sultán quedó encantado viendo la claridad lunar incidir en los volúmenes y esparcirse en las superficies como un bálsamo, al terminar el relato salía a la noche cundida de chirridos de grillos y luciérnagas que chispeaban en la Plaza.

La niña dormitaba en el taburete babeando con la gorra ladeada. ¿Por qué la viste de varón, sólo le pone botas, camisas y pantalones? Así nada parece, ni hombre ni mujer, a lo sumo algo anómalo que anda por ahí haciendo mucho ruido con los zapatones imponiendo en el medio su presencia incierta de greñas y ropas arrugadas. Ella huele a choco, a moho, la lluvia alborota los olores, la figura y sentimientos de lástima se la trajeron de la montaña para acompañarla y ayudar en los oficios a pesar de ser torpe.

La visto así porque pasan camioneros al Rama y Puerto Esperanza, son tipos muy lascivos que andan buscando chavalas, ya comienzan a crecerle las chichitas y a ponérsele duros y paraditos los pezones. Es cierto que la lluvia revuelve sus olores, ese tufo enervante de trapos nacidos, su triste androginia.

La noche que se iba contó que en las aldeas hay árboles inmensos de tamarindo donde los monjes budistas se sientan a pronunciar mantras y a enseñar la doctrina, también arriman vacas sagradas, reencarnaciones de intelectuales y artistas célebres a pacer bajo su sombra. Nos dijo adiós y llevé a acostar a la niña dormida.

Busqué en los rincones, debajo de las tablas separadas del piso de tambo, en el centro del patio vi un montículo de tierra., qué raro, escarbé una cuarta y allí estaba enterrada la piedra. Creí que la niña era tal vez la reencarnación de un bardo estúpido y pensó que sembrando esa semilla vería surgir un frondoso tamarindo.

Las anguilas viajan miles de kilómetros, atraviesan lagos y océanos, vadean deltas, ciénagas, litorales, el cardumen convulsivo remonta a contracorriente los cauces fluviales saltando pozas profundas, promontorios arenosos y todo tipo de obstáculos hasta llegar al lecho donde nacieron a desovar. En “La Prosa del Observatorio” lo narró Julio Cortázar. La lluvia no acaba de amainar.

Martes Rojo

(Primera parte de “Territorio Verbal”, de “Historia de Jesucristo y sus Relatos”)

A Erick Aguirre

En el barrio de Palmira degollaron a un hombre. ¿Con cuchillo de cocina o navaja de barbero?, con cualquier instrumento metálico corto pero no punzante. ¿A qué horas fue?, a las tres. ¿La causa?, celos. ¿Marido o querido?, ambos, ¿cómo así?, marido despechado y querido enqueridado, esa es razón para matar y también para morir. ¿Y la amancebada qué hizo?, gritó, no pudo articular palabra. ¿Estaba la puerta abierta?, sí y se aglomeraron los vecinos y un chavalero. ¿Llegó la policía?, hay nomacito junto con el forense. ¿Capturaron al asesino?, no, huyó. ¿Levantaron en la escena del crimen croquis del occiso?, sí, delinearon la silueta del cadáver con tiza blanca. ¿Y la sangre?, ya estaba seca. ¿Y la ropa?, la tenía toda manchada. ¿Y el gesto?, era pavoroso, aterrador. ¿Y tu madre?, muy bien, pero no se lo contés.

La Cecilia venía lívida., Amparo: vi al degollado. ¿Y cómo estaba?, con el pescuezo abierto, la carne le brotaba ensangrentada con sangre espesa como un collar de frijoles. ¿Y ella qué hacía?, se jalaba las mechas dando alaridos, se paseaba por el cuarto, parecía una loca pegándose contra el biombo.

Fue en mero Martes Santo, el vecindario estaba arreglando la calle para la pasada del “Señor de los Milagros”, ella haría un altarcito adornado con sacuanjoche, corozo y resedas donde pondrían la imagen para rezar una estación. Él le llevó las flores frescas del mercado, mirá que lindas, me las dieron baratas, el aroma floral y el del macho sudado la perturbaron. No te vayás todavía, tomate un fresco, esperate un ratito, ella volvió con una jícara de tiste helado y un vaso de chía con limón, las chichas peladas y en calzón, él se turbó, bajó la vista apenado, le agarró la jícara y de un solo se la empinó, le agarró el vaso y de un solo se lo empinó, le agarró una chicha y se la apretó, le agarró el elástico del calzón y se lo bajó, apurate, metémela rápido que pronto vienen, le abrió la portañuela y se la sacó.

El jaño nomás oía los latidos fuertes de su corazón acelerado y los cantos de la procesión que ya venía, “adorámoste, oh Jesús afligidísimo, en el Huerto de los Olivos”. “No tuvo tiempo de montar en su caballo”, no tuvo tiempo de subirse el pantalón, vio el cuchillo de cocina o la navaja de barbero como un corto relámpago veloz. Frente a sus ojos el vergazo descargado con el arma blanca fue contundente, mortal, decisivo, fatal., contundente la herida manó sangre, contundente la sangre chorrió la ropa y el piso, ¡lo mataste!, ¡lo mataste!, sí hijueputa, sí.

Entre la multitud de viejas horribles hediondas cantando bajo el sol de las tres el marido despechado se escabulló. Mire compadre, aquí los crímenes son pasionales, este pueblo es noble, devoto católico y mariano, a veces mata por robo vulgar, pero casi siempre por amor.

El Lunes de Pascua a las ocho de la mañana ella se presentó en el juzgado a poner la denuncia, el Licenciado Chalcatana se apercibió a tomar las diligencias del caso y levantó cabeza del proceso: en la Ciudad de Granada, Municipio de Piura, Departamento de Arequipa, etcétera.

¿Porqué no lo Mató?

(Segunda Parte: Escritos Fracturados, de “Historia de Jesucristo y sus Relatos”)

¿Porqué no lo mató?, esta pregunta no es del tipo porqué giran en órbitas elípticas los electrones y los planetas o porqué se coagula la sangre expuesta, interrogantes con fáciles respuestas que publican los suplementos infantiles de los diarios, pero si busca a un tío para hacérsela después de sesenta años e indagar en la mañana invernal de frío y niebla del Collell, bosque vecino a Banyoles, qué reflejó su mirada, cuál pensamiento le cruzó más veloz que una ráfaga impidiéndole disparar, son otros cien pesos. Los muchachos corren tras los fugitivos franquistas, los ajusticiamientos están a la orden del día, se mata por docenas en la huída y cuando tiene enfrente inerme y enlodado en el lecho del cauce al pez más gordo de “La Falange” no le dispara, grita que allí no hay nadie, da la vuelta y se va.

Pasaremos la novela buscando a ese republicano en desbandada para hacerle la pregunta, las vías estarán atestadas de gente cargando trastos y maletas bajo el ruido y las bombas de los aviones buscando refugio seguro allende la frontera mientras caen los últimos reductos de La República. Ese es el combustible que energiza el relato, la pregunta pendiente que mueve la trama y debe ser respondida para que concluya, cierre y dé sentido.

Entre vida y muerte se apuesta la poesía capaz de poner a bailar a un individuo con una escoba en medio de un patio agarrándola con la ternura con que se toma a una novia o la ley gravitacional de un astro que hace girar a su satélite dentro de su órbita, el pasodoble más triste que bailó? Miralles con la escoba, “Suspiros de España” dice: Quiso Dios con su poder,/fundir cuatro rayitos de sol/y hacer con ellos una mujer,/y al cumplir su voluntad/en un jardín de España nací/como la flor en el rosal./Tierra gloriosa de mi querer,/tierra bendita de perfume y pasión,/España, en toda flor a tus pies/suspira un corazón./Ay de mi pena mortal,/porque me alejo,/España, de ti,/porque me arrancan de mi rosal. El embrujo acabó cortado de un tajo por la risotada de los compañeros que vieron el baile mudos, y absortos en reverente silencio.

Cuando Miralles fue transplantado al campo de refugiados de la playa cantábrica donde no había más que arena y nieve, siempre poseído por frenesí de lucha retoma la bandera francesa, la de su país de adopción y cruza el desierto norafricano del Magreb al Chad y Trípoli en las últimas campañas de la Segunda Guerra. Los Nacionalistas en el poder se consolidan mandando a la mierda los ideales que los niños bien de “La Falange” copiaron de Il Fascio, el enano feminoide Francisco Franco se erige “Caudillo de España por la Gracia de Dios” emitiendo estampillas, monedas y billetes mostrando su pelona. Rafael Sánchez Maza, primer ideólogo falangista, buen escritor, se automargina del poder acompañado por sus millones.

De nuevo Miralles baila en el camping junto al roulot parqueado en el centro para vacacionistas jubilados o asegurados de clase media asalariada, baila a sus setenta años con su mujer a la luz de la luna el mismo pasodoble que suena en “Soldados de Salamina”. Afirma desde la casa de ancianos que el heroísmo es algo circunstancial, un instante único como el de una bala perdida o la caída de un meteoro, preciso y oportuno, ajeno a lo cotidiano, que después nadie te dará las gracias y no te voltearán a ver ni con el ojo del culo, sin embargo Javier Cercas le deja el estandarte, se lo pone en alto y lo hace marchar adelante, siempre adelante. Hay algo crepuscular, casi un ralenti final de cámara alejándose para esfumar figuras en el panorama espectacular de un film histórico, ¿el narrador y Roberto Bolaño quedarán tranquilos? ¿Los lectores conmovidos?, quién sabe, habrá preguntas sin respuesta, pero no obstante…

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Acoyapa, Chontales, 1949.
Escritor, arquitecto y artista plástico nicaragüense.

Se graduó en 1972 como arquitecto, en la Universidad Nacional Autónoma de México. Realizó en 1979 estudios de Restauración de Monumentos en el Instituto de Restauro en Florencia, Italia, y de Desarrollo Rural en la Universidad Estatal de Bélgica "La Cambre" en Bruselas.

Como arquitecto ha realizado diversos proyectos sociales en diversas partes del país como Prinzapolka, Paiwas, Matiguás, Río Blanco, Mulukukú y La Meseta de los Pueblos. Realizó los diseños del Complejo Habitacional San Antonio Viviendas Duplex de dos plantas, así como las obras arquitectónicas del Parque Luis Alfonso Velázquez Flores, entre otros.

Como artista plástico ha participado en diversas bienales, como la Primera Bienal de La Habana, Primera y Segunda Bienal de Santo Domingo, Sexta Bienal de Cuenca, Ecuador, Expo "Tierra de Tempestades" Harris Museum en Inglaterra. Su obra se ha presentado en destacados centros de arte como el Museo de Arte Extranjero, Riga, Lituania; Museo Galería de la Ciudad de Kazanläck, Bulgaria; Colección de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de York, Toronto, Canadá; así como el Museo Fundación Hugo Palma-Ibarra y el Museo de la Fundación Ortiz Gurdián en Nicaragua.

Como escritor, ha publicado de bien decir y de maldecir (2001), La feria de la carne (2003), Escritos abrasivos (2006) y, próximamente, Historia de Jesucristo y sus Relatos.