© Fotografía de Daniel Mordzinski
© Fotografía de Daniel Mordzinski

»Homenaje a Eliseo Alberto»Lichi»: Eliseo Alberto, la continuidad de lo cubano

1 agosto, 2011

Luis Beiro, escritor y periodista nacido en Cuba, emigró a República Dominicana en 1992, país donde reside en la actualidad y donde ha realizado una intensa actividad cultural como editor de libros, revistas y suplementos culturales, y como jurado de diversos concursos literarios. Desde el 2000 ocupa el cargo de editor cultural del periódico Listín Diario y trabaja como corrector de estilo en el Grupo Santillana.


Antes de tocar ‘‘La eternidad por fin comienza el lunes’’ vestida de Alfaguara, vamos a ‘‘Nombrar las cosas’’. Es cierto que hablar en alta voz invocando un título del buen Eliseo es un reto tremendo, pero en eso, coincido contigo: no le tengo miedo a la imaginación.

Hay tres novelistas cubanos a los que en algún momento he llamado ‘‘paradójicos’’ por la novedosa continuidad de mostrar lo cubano dentro de sus respectivos discursos narrativos. Tú eres uno de ellos. Los otros -Cabrera Infante y Reynaldo Arenas- en apariencia nada tienen en común. Son antagónicos, casi divorciados técnica y estilísticamente entre sí, pero a todas luces origninales, e iniciadores de una forma muy peculiar de asumir la cubanía. Los tres viven -Arenas murió- fuera de Cuba pero su obra no ha salido de la alucinante insularidad. Guillermo Cabrera Infante llevó el aire de la bohemia noche habanera a los más altos niveles estéticos. En ese mundo cortante, espectacular y desorganizado desarrolló sus historias ejemplares. Abrió un universo temático que nadie ha superado. Reynaldo Arenas explotó como pocos el asombro del emigrante campesino. En todas sus novelas, de una u otra forma aparece el maldito ejemplar del santo ingenuo antepuesto a la alevosía citadina. Su clave estética es tocar lo cubano a través de la magia interior de sus personajes. El tercero eres tú, portador del complejo mundo del exiliado reciente, con sus periplos, sus orishas y prisiones insatisfechas.

No voy aquí a armar mi tesis. Sólo pretendo asustarte. Que sepas que no te pierdo los pasos y que ‘‘con la punta del cigarro escribo en plena oscuridad: aquí he vivido’’.

El maldito ‘‘Lichi’’

No voy sacar una varita mágica para convertir tu novela en un conejo con enormes orejas, o en un as de espadas, como si yo fuera el adivino del circo ‘‘Arena Cinco Estrellas’’.

Aunque me retratas en alguno de tus personajes circenses, puedo darme golpes en el pecho en pos de la humildad: como muchos cubanos, no me subió el metabolismo después de la tragedia del circo. Cada amanecer portamos una imagen distinta: el espectáculo es igual, pero no el mismo. No lo es porque sus actores conservan ese gesto invisible de los seductores. Para decirlo de otra forma, parece un ‘‘inventario de asombros’’.

En estos episodios, siempre se habla del autor, pero me voy a dar el lujo de recordarte en tu Habana epistolar, dentro de tu otro ‘‘Informe’’, este a favor de ti mismo.
¿Te acuerdas, Lichi? Preferías pasar inadvertido, incapaz de levantar una mano contra nadie. Yo te vi solo cuatro o cinco veces en mi vida y fui tu amigo más que aquellos que todos los días te involucraban en la absoluta irreverencia de los atardeceres. Te vi vencer el reto de la poesía y descubrí tus agallas con ‘‘La fogata roja’’. El cine terminó por marcarte como el hermano mayor de tu generación. Creo que ningún cubano tiene nada contra ti porque aprendiste la virtud de no creer en la fama, sino en la calidad de tu obra. A nadie le diste la espalda, pero tampoco buscaste coros inútiles. No hablabas en ‘‘versiones’’. “Los días de tu vida” sólo pretendieron ser los días de tu vida. Trabajabas en silencio como buen animal salvaje, mientras otros rompían espaldas ajenas. Tus libros, guiones y películas ‘‘luchaban por la felicidad, que es la mejor manera de luchar por un mundo mejor’’.

La novela

Cuando escribiste ‘‘La eternidad por fin comienza un lunes’’, no sé en que estabas pensando. Sé que partes de un orgullo legítimo: algunos de tus familiares fueron gente de circo, y entiendo un homenaje a la condición errante del hombre. Pero quiero llegar más lejos. La gente de circo es exhuberante, cada actor se parece demasiado a su peor intimidad y a ella apuesta para hacer reír a los demás. Tú novela es un gran espectáculo, no con luces y fuegos artificiales, sino con ‘‘las heces del café abriendo para cada quien sus redondas bocas amargas’’. Es algo más que un filme. El supuesto ‘‘guión’’ no pretende la diversión sino el caos: desdoblar el tiempo. Tus personajes saltan la ilusión porque no encuentran límite para sus transfiguraciones. Desde el payaso Brunno Uribe (dueño del circo) capaz de vender su alma y la de todos, hasta los enanos y malabaristas que sostienen el show. Todos son brillantes, demasiado inmensos para ese circo de mala muerte que termina en la propia metáfora existencial. Brunno Uribe es un dueño demasiado ocurrente que sobresale por su desmedida ambición de poder. No lo comparo con nadie. Cada lector lo identificará a imagen y semejanza. Esta no es una novela panorámica que toca el mundo exterior con sutiles proezas literarias. Su trama convence y marca porque está elaborada piel adentro de los seres humanos. Aquí hay un canto a la amistad, al amor, a la posible manera de crecer a partir de nuestra propia suerte. Es una metáfora que no esconde palomas en el sombrero del mago. No deslumbra como el circo. Tus personajes -Lecuona, el buen Eliseo, tus hermanos Rappi, Fefé, y hasta tú mismo-, son cubanos de carne y hueso que ríen hasta cuando van a morir: crecen en una geografía exterior demasiado complicada porque delimitan sus propias contradicciones y resortes. No son seres aburridos. Saltan de una aventura a otra sin dejar pérdidas terribles. Por el contrario, la carpa -Cuba- no cierra nunca. Es una propuesta itinerante muy cercana a tu concepto de exilio: ‘‘es no saber de dónde viene el golpe, ni por qué te golpean. El exilio es un eterno desamparo, una rara desnudez’’.

Otra cosa, Lichi, que debí haber dicho antes: con independencia de su particularidad estilística (todo muy tuyo, nada del realismo mágico del Gabo), ‘‘La eternidad…’’ tiene algo en común con tus otras historias: tus héroes no son seres socialmente complicados. Por el contrario, le cantas al tránsfuga, al loco, al bohemio, al perdedor: los haces brillar con el rigor que otros le otorgan a los ricos y poderosos y eso te abre una perspectiva especial. Tus ‘‘gentes’’ se parecen un poco a ti mismo -que no eres un perdedor-: vienen al mundo a servir a los demás sin pedir nada a cambio.

Y ya que menciono ciertas retaliaciones, te propongo un examen de conciencia de tus ficciones: todas distintas y con algo que decir, tal vez lo que muy pocos logran. ‘‘Caracol Beach’’ me deslumbra. Es demasiado ‘‘fuerte’’ como para quedarnos reflexionando en la cama. Explosiva como pocas, es una lección de sabiduría para aquellos que se dicen ‘‘cubanólogos’’. Ojalá que nadie deje de leerla. ‘‘La fábula de José’’ remuerde el mundo interior. Tiene muchas lecturas. Pero yo me quedo con la libertaria estrategia de la falsa libertad. Nos tomaste el pelo, Lichi, una vez más. Con tu ‘‘José’’ nos enseñaste que todo es falso y hermoso a la vez detrás de las ‘‘rejas’’ invisibles, a fin de cuentas, las peores.

‘‘La eternidad por fin comienza un lunes’’ es todo lo contrario: la aventura de la vida, donde aquel rostro que amamos ‘‘se esfuma y en vano es ya la espera: da lo mismo rojo que azul tierno’’. Un homenaje a los que no nos damos nunca por vencido. ¡Bienvenida sea!

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Luis Beiro Álvarez (Cuba, 1950). Es poeta, narrador y periodista. Su novela más reciente es Nadie te vio morir (Banco Central, 2019). Su obra incluye, entre otros, las novelas La carnada en el anzuelo (Cañabrava, 1998 y 2002); y por Editorial Unicornio Luyanó (2009), Los elegidos de Miranda (2014) y Fula Abakúa (2016). Mereció el premio Caonabo de Oro (2000).