Homenaje. Gabriel García Márquez y el cine de Nicaragua.

1 agosto, 2013

Los años ochenta fue la época dorada del cine en Nicaragua, especialmente entre 1979 y 1987. El país, convertido en la pasarela del mundo porque famosos y reconocidos artistas, escritores (muchos premios Nobel), cineastas, poetas, actrices, actores (algunos ganadores del Oscar) y otros personajes públicos se abocaban a él para presenciar el proceso de la revolución o formar parte de ella ayudando con algún proyecto humanitario o artístico. Nicaragua debe mucho a Gabriel García Márquez no solo en la literatura sino en sus relaciones diplomáticas con el mundo y en el cine.

El 20 de febrero de 1983 una noticia, entre todas las noticias sobre Nicaragua que le daban la vuelta al mundo en todos los tipos de medios de comunicación existentes y en todos los idiomas posibles, se publicó refiriéndose a la postulación de una película nicaragüense, realizada por nicaragüense, filmada en Nicaragua y protagonizada por nicaragüenses que estaba siendo presentada como candidata al Oscar a la mejor película extranjera de habla no inglesa. Ha sido la única película nacional que ha llegado a esos niveles de fama y posibilidad. Gabriel García Márquez escribió entonces, asombrado y feliz, sobre este filme un artículo que se publicó en varios países e idiomas, en el que habla, con humor, resaltando la magia y las realidades de cómo fue realizada y por supuesto, dando su lugar a al significado político, cinematográfico y humano que encuentra en el filme. No es una crítica literaria propiamente sino una crónica magistral de cómo se realizó el filme y de todas las historias, novelas, cuentos, artículos y libros que se pudieran escribir sobre dicho rodaje, rodeado de fascinantes acontecimientos. En este homenaje, hoy en CARATULA reproducimos este artículo publicado originalmente en Nicaragua en la revista Nicarauac número 9, año 4, de abril de 1983. ¡Que se abra el telón!


 ALSINO Y EL CONDOR
Gabriel García Márquez

Entre las muchas que se disputaban este año la postulación para el Oscar a la mejor película extranjera, cuatro llegaron con márgenes muy estrechos a la decisión final: la turca “Yol”, que compartió con “Missing” de Costa Gavras la Palma de Oro en el Festival de Cannes del año pasado: “Fitzcarraldo”, alemana, de Werner Herzog, que ganó en el mismo certamen el premio a la mejor dirección: “La noche de San Lorenzo”, Italia, de los hermanos Taviani, que en el mismo certamen se llevó el premio especial del jurado, y “Alsino y el cóndor” de Nicaragua. Miguel Littin, que andaba dando sus primeros pasos por el mundo. Las tres primeras las conocía muy bien, porque me correspondió discutir sobre ellas en mi condición de jurado en Cannes, y todas son de una calidad tan alta que en un momento determinado se disputaban el primer lugar para la Palma de Oro.

En cambio, tenía buenas referencias de amigos que habían visto “Alsino y el cóndor” en privado, pero no había tenido oportunidad de verla. Acabo de hacerlo ahora, sorprendido, por la noticia de que fue escogida en Los Ángeles como candidata al premio de la mejor película extranjera, en medio de competidores tan bien calificados. Es muy buena.

Sin embargo, tal vez su excelencia no es su mérito mayor, sino el hecho de que lo sea a pesar de las condiciones casi inverosímiles en que fue realizada. Al principio no había ni argumento ni plata. Pero el Instituto de Cine de Nicaragua quería que Miguel Litiin hiciera una película para ellos, y Miguel quería hacerla, tenía una idea antigua y no muy promisoria, inspirada en un cuento del escritor chileno Pedro Prado sobre un niño del campo que se tiraba de los árboles porque quería volar.

Era un buen ejemplo de la obsesión lírica de Miguel Littin, que es el aspecto más vulnerable de sus películas, pero a la cual se rinde siempre como a una amante ilusoria a pesar de las duras críticas de los críticos y de las aún más secretas de los amigos que lo queremos. Por fortuna, no hay maestra más cabeza dura que la realidad. Recorriendo los campos de Nicaragua en busca de ambiente para su niño volador, en busca de árboles para que volara, en busca de justificaciones sociales para que fuera creíble la aventura de su Ícaro tropical, Miguel Littin descubrió en la memoria colectiva los recuerdos nunca contados de la guerra de liberación de Nicaragua, y se encontró de pronto – tal vez sin saberlo – con una película distinta, pero mucho más verídica y conmovedora que la que buscaba. No hay en esto nada nuevo ni raro: así ha sido el arte desde siempre.

Las circunstancias en que fue realizada podrían servir de argumento para otra película. El gobierno de Nicaragua participaba con toda clase de recursos – civiles, militares, materiales y morales – pero sumando todo lo que se puso conseguir en efectivo no se alcanzaban a reunir más de 60,000 dólares, que era mucho menos que lo que iba a cobrar un actor norteamericano, indispensable para el drama. Cuba contribuyó  con equipo técnico, e inclusive con uno de sus directores de fotografía más calificados – Jorge Herrera, de 56 años – que había asentado su prestigio con “Lucía y la primera carga del machete”, México contribuyó con tres actores y otros se ofrecieron como voluntarios. Nicaragua hizo la contribución más substancial con tropas armadas, carros de combate y la única tanqueta de que disponían, y un helicóptero que estaba destinado a ser una de las estrellas de la película. Su gloria duró muy poco: al cabo de una semana de rodaje sufrió un accidente mortal con catorce personas a bordo mientras hacía labores de rescate en una zona de inundación. Y hubo que rehacer todo lo hecho hasta entonces.

El helicóptero, marca Bell, que es el único del que dispone del gobierno nicaragüense, cumplió su misión artística hasta el final, pero con veleidades que ningún productor le habría permitido a su estrella mejor cotizada. Cuando menos se pensaba tenía que desplazarse a las zonas de conflicto de la frontera con Honduras, y el rodaje quedaba en suspenso hasta el helicóptero volvía a quedar disponible. Nada, en general, permitía hacer planes definitivos. Las propias tropas de la película tenían que movilizarse cuando menos se esperaba para la defensa de las fronteras, y cuando volvían llegaban caras distintas, armas distintas y a veces hasta ánimo distinto, y había que rehacer muchas escenas para no incurrir en contradicciones visuales. En alguna ocasión, al volver de un combate, protagonizaban una escena con proyectiles reales, sin que el director se diera cuenta, porque se habían acabado los cartuchos de fogueo. En otra ocasión los habitantes del pueblo quisieron incendiar una tanqueta – como lo hacían durante la guerra – porque gracias a ella los somocistas de la película habían ganado un combate, de acuerdo con el guión. Un actor nicaragüense hizo con tanta propiedad el papel de sargento de Somoza que despertó las sospechas de la población, pensando que tal vez era un antiguo miembro de la Guardia Nacional infiltrado en la película. Un mal día mientras filmaba a bordo del helicóptero, el fotógrafo Jorge Herrera se apretó las sienes con las manos y se quedó inmóvil con una actitud de deslumbramiento. “Era como si estuviera viendo algo que solo él podía ver”, dice Littin. Había muerto de una congestión cerebral fulminante.

El resultado de tantas contrariedades e incertidumbres fue esta película donde el niño que quería volar no es más que un elemento circunstancial. Lo interpretó Alan Esquivel, el hijo de un trabajador de la construcción, que no sabía leer a los 13 años y su aprendió los diálogos que un asistente le leía en voz alta. Es sin duda un actor nato y el propio Miguel Littin dice que al cabo de pocos días le bastaba con hacerle las mismas indicaciones que un profesional. Sin embargo, a mi modo de ver muy personal, el verdadero drama de esta película ejemplar, el que de veras convence y conmueve, es el del capitán Frank, un instructor norteamericano interpretado de un modo magistral por su compatriota Dean Stockel, no es un actor muy conocido en la actualidad, pero los que tengan buena memoria para los nombres del cine recordarán sin duda que es el mismo que a los 10 años hizo el papel de “El niño del caballo verde” de Joseph Lorey. Stockel aceptó no solo hacer la película por una cantidad irrisoria, sino que soportó con estoicismo y buen humor los contratiempos innumerables, y resistió con seriedad a las presiones políticas que se le hicieron de distintos frentes. No hay duda de que es un hombre inteligente que sabía muy bien lo que estaba haciendo.

En realidad, el capitán Frank, que se pasea a lo largo de toda la película más solo que nadie en su helicóptero solitario, no lo hace por dinero, ni por espíritu de aventura sino por la convicción de que su sacrificio es un tributo a al triunfo de la justicia y a la verdad. Es esa la dimensión más patética de los equivocados. Y en el caso del capitán Frank lo es más, porque es un ejemplo perfecto, lírico, humano, de la tercera generación que los Estados Unidos mandan a morir en sus guerras sucias posteriores a la última guerra mundial. Toda una cosecha invaluable de muchachos como estos fue mandada a al matadero de Corea, otra al de Vietnam y una tercera al infierno de América Central, donde el gobierno de Reagan está demostrando una vez más que el país más poderoso y fascinante del mundo es refractario a las elecciones terribles de su propia historia. No es posible que Dean Stockel no sea consciente de que el capitán humano y un poco mesiánico que encarna se ha dejado meter en una trampa sin salida, donde lo menos grave que le ocurre en que nadie lo quiere. Estoy seguro de que lo sabe, y ese es el gran servicios que le ha prestado a su país, al ponerlo frente al espejo revelador de su extraño e inmerecido destino.

Comparte en:

Managua, 1980.
Comunicadora social con énfasis en prensa escrita y cuenta con postgrados en periodismo online y en marketing. Como periodista ha sido editora de revistas digitales e impresas como La investigación y Espacio Vital Magazine, jefa de sección literaria y de cultura de periódicos universitarios, articulista de suplementos culturales nicaragüenses como La Prensa Literaria, Nuevo Amanecer Cultural y la sección Voces del diario La Prensa.
Como escritora ha publicado poesía y narrativa breve. Ha recibido premios y reconocimientos interuniversitarios por su trabajo literario y un premio de fotografía. También se ha dedicado a la investigación histórica, la crítica y producción cinematográfica y a la gestión y desarrollo de proyectos y consultorías con organismos como Plan Internacional, CINEX, la UNESCO y el Instituto Nicaragüense de Cultura.

Es miembro de la Asociación Nicaragüense de Escritoras (ANIDE), del Centro Nicaragüense de Escritores (CNE) y de la Junta Directiva de la Fundación para la Cinematografía y la Imagen (FUCINE).

En el año 2012 publicó su libro Cita con Sergio Ramírez. Entrevistas, Artículos, Crónicas (Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, México) presentado durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en noviembre de 2012 con su presencia y la de Ramírez, y posteriormente presentado en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería en Ciudad de México en marzo de 2013, y en la Feria Internacional del Libro de Miami de 2013. Además, la obra se encamina a una reedición con Uruk Editores en Costa Rica y traducciones al francés y alemán. Actualmente la autora prepara otros libros de periodismo, historia y narrativa para su pronta publicación.