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La teta mala

1 febrero, 2015

Mauricio Orellana Suárez

Un escritor ya reconocido en Centroamérica es el salvadoreño Mauricio Orellana Suárez, ganador del Premio de Novela Mario Monteforte Toledo en 2011. Autor de novelas intrigantes como Kazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto, con la que fuera finalista del Premio Planeta de Novela en 2002, o de Ciudad de Alado, Mauricio comparte en este número el cuento “La teta mala”, incluido en el libro de cuentos homónimo publicado el año pasado en Costa Rica por la Editorial Germina.


Mauricio Orellana Suárez

Si tuviera que definirme en términos económicos y sociales diría que soy una persona de alto riesgo financiero y un triplemente marginado: escritor/agnóstico/gay, una trinidad que no resulta amenazante en muchos lugares del primer mundo, pero que lo es de manera soberana en país sin remedio que tiene como capital un pueblón con nombre de patrono universal que acentúa más los complejos de inferioridad bien enfundados en sus habitantes. Paso a explicar. Es muy simple: lo de riesgo financiero creo que se explica por sí mismo con mencionar el oficio; de lo contrario, si no lo entiende, busque las razones usted mismo porque no voy a perder mi tiempo y saliva para demostrar lo obvio. Y lo de triplemente marginado no lo digo por decir. Eso es algo que se vive a diario, me guste o no, en la actitud de las personas que parecen no ponerse de acuerdo en alguno de los puntos de las tres cosas fundamentales que soy: está el que respeta sin ambages mi orientación sexual y me margina por agnóstico; el que me entiende como escritor y me margina por gay; el gay que me margina por independiente; el escritor que me margina por medianamente conocido, al menos lo suficiente como para odiarme; el que me acepta agnóstico y me margina por gay; el creyente que no me acepta gay ni agnóstico; el ateo que me acepta gay y escritor, pero no me acepta a mi novio. La verdad, fácil no es. Lo que uno avanza por un lado se lo quitan por el otro. Círculo tras círculo. Acá los márgenes parecen ser un lugar sin tiempo. Los márgenes permanecen. Nunca se acaban. No tienen arriba o abajo, a un lado o al otro. No tienen gravedad. No caen. No evolucionan ni se corroen. Los márgenes son puntos fuera de la realidad, estados de éxtasis sin espectadores, ni shows, ni entretenimiento. Los márgenes son un acto de fe sin devoción y sin devotos. Son. Los marginados están solos. Al final estás solo, sin defensa ni defensores. Si no, miren este ejemplo. Es una crítica típica que se refiere a algo que escribieron el otro día en una columna del periódico, cuando por fin se dignaron, ya lo verán por qué, a darle un espacio a hablar de mi “obrita”, como la llaman algunos, en su Espacio (palabra que tiene que ser pronunciada en mayúscula y tornando los ojos al cielo por el beneplácito obtenido como migajitas caídas como que no de la mesa de la ralea de grandes egos que se discuten los puestos de qué otra cosa iba a ser sino las grandes ligas mediáticas y propagandísticas del pueblorón): La obra y la “propuesta” del señor Barillas se basan en una serie de prejuicios bastante comunes y simples que se tratan además superficialmente y sin base científica alguna, y en conclusiones francamente disonantes e inquietantes. Inquietantes no porque aporten algo en realidad válido y novedoso, sino por las repercusiones psicológicas y sociales que dichas conclusiones, endulzadas siempre con pretendido amor y comprensión (en realidad altanería y miradas sobre el hombro), pueden generar en los homosexuales decentes y en sus vidas, sus entornos, sus familias, sobre todo en sus madres: ejemplos intachables de la bondad más absoluta que pueda existir sobre la tierra. Desde su fundamento, todo el aparataje de la tesis de Barillas se desmorona por el peso mismo de su simpleza y hasta torpeza expositiva, que hace pensar nada más en la necesidad de la profesionalización de una carrera de responsabilidad y de repercusión social como la de escritor, en la que nuestro personaje parece apenas poder sostenerse “a nancas” sobre ese corcel demasiado elegante y de andadura de estirpe y linaje. ¿Pero por qué cabría esperar de él que pudiera escribir con mejor redacción y ortografía algo relacionado con las tetas del ser más amado y bondadoso que todos tenemos en esta vida? Lo de él es una grafía del orto, más bien. Y si a eso añadimos la conocida militancia anticlerical y agnóstica de este nuevo desdichado “representante”, según presume, de nuestras, letras… y sigue por el estilo. Y también están los comentarios que me traen chismosos eventuales que menganos y perenganos hacen sobre mi barba, sobre mi boca, sobre mi novio, sobre mi panza y hasta sobre la mirada que tengo: esa su mirada seudodistraída con la que trata de ocultar que hasta en el último de los rincones este es una puta en botón siempre lista a abrirse y a ser despetalado por las perversiones de algún cualquierilla que pueda costearle el otra vez un nuevo día adiós hasta el siguiente pago. Y eso duele. Quiero decir que ya sé que muchas cosas se hablan de mí por lo que escribo, porque se me confunde con los personajes que me invento y porque no soy agraciado. Sí, sé que soy feo, feo como la noche, prieto y grandulón, camino torpe y tengo pie plano. El pueblón tampoco me perdona todo esto. Por esa razón y para tratar de contener los comentarios he tenido incluso que buscarme una expresión de foto con la que no aparezca tan idiota, para no afectar tanto al oficio. Es que en todas salgo subnormal, como si estuviera alelado, lo sé. Ya he probado una sonrisa de labios cerrados que medio funciona; pero que repetida y vuelta a repetir provoca un desastre, sobre todo ahora que me acerco a la madurez. Pero por el momento esa sonrisa fingida es la única que me salva un poco de lo cara de idiota que tengo, y además oculta mis dientes amarillos por ingesta de tetraciclina cuando niño (para cualquier cosa nos daban tetraciclina cuando yo era niño, hablo de toda una generación. Dolor de panza: tetraciclina. Dolor de muela: tetraciclina. Dolor de garganta: tetraciclina. Dolor de culo: tetraciclina), y de que tengo un par de roturas en varios de ellos, justo en los de adelante. Bueno, en todos; pero los demás no importan tanto. Son los de adelante los que me provocan ganas de arrancármelos a veces por las burlas solapadas que provocan. Ni de ahí me dejan tranquilo. Además están desgastados y parecen como de ratoncito. A Jaime no le importa. Pero esto y mis lentes redondos a lo Lennon no creo que me favorezcan ni añadan algo de inteligencia a mi rostro de ático vaciado, al que hay que agregarle, por si fuera poco, las oscuridades y humedades de que tengo la costumbre automática de perder la mirada, como si no mirara hacia afuera, como si mirara hacia adentro a una casa vacía hace mucho mucho tiempo desamueblada. Eso lo sé. Pero de ahí a putizarme por la mirada… La culpa es de la teta mala, insiste mi madre. Le mete la culpa a la teta mala toda vez que puede, desde que descubrió que yo era lo que soy en lo sexual y en preferencias y atracciones. Pero ojo, puta no soy, gay sí. Lo de la teta mala le viene de mucho muy atrás, y fue mi tía Márgara la que un día me lo dijo, cuando le eché el rollo sobre esa hijaputa obsesión de mi madre por echarle la culpa a una de sus tetas. Mi tía Márgara cabe decir que se ha vuelto algo así como mi confidente. Somos mugre y bacteria, yo a ella le cuento todo, ni una pisada cana al aire se me escapa de contarle. Una vez que ya estábamos bien a verga (con la tía tomo ron así sin nada, puro puro como ella dice que se debe tomar) y le dije de la teta de mi madre, ella se envalentó y me contó todo. Antes dijo que qué burra era mi madre, ‘mamierda, que cómo se le ocurría, que era una esto y aquello y una feliz sarta de etcéteras que por respeto a mi santa madre no detallo. Si es que éramos bien pobres, me dijo la tía Márgara. Peor que ahora. A tu mamá no hacía mucho que la había dejado el impresentable, ese culero de tu tata, porque eso sí es ser culero, al pan pan (entre otras cosas me contó que cuando mi padre se enojaba, le gustaba humillar en público a mi madre llamándola Chichepacha, porque una de sus tetas era un poco más pequeña que la otra), y apenas se las arreglaba con algún su pisto que le iba saliendo con lo de la costura y algún su otro trabajito cuando allá al tiempo le salía. Y fui yo (lo dijo con orgullo y agravando la voz) la que le dije cuando naciste que debería de aprovechar que estaba cargada de leche para hacerse la nodriza de unas dos que tres criaturas, por lo que yo iba a conseguirle que le pagaran muy bien. Con lo de la penuria que se agravaba porque vos estabas recién nacido y eso eran otros gastos y otras fichas que de dónde iba a sacar, fue dicho y hecho. Dos semanas después se puso a la tarea de amamantar ajeno a cuatro o cinco criaturitas, no recuerdo. Pero el asunto es que tu madre tenía una teta que le daba menos leche, y esa te la dejó toda a vos. También me contó la tía Márgara que yo buscaba siempre la otra teta y que mi madre me obligaba a no tocarla. La otra teta era, pues, una teta prohibida. Ni mi tía ni yo pudimos sacar una conclusión lógica, un por qué relacionaba mi madre mi homosexualidad con lo de la teta; pero suponíamos que algún vínculo psicológico relacionado con la culpa de prohibirme la otra teta debía existir, y que por tanto, anclando su negación en esto, mi madre se echaba la culpa de una condición que para ella, y para su fe, debo decir, era una condición inaceptable y anormal. ¿Pero por qué digo “para su fe”?, se preguntarán. Porque para ella eran buenos contra malos, su canon para juzgar a otros era la Biblia y en esas fronteras se acababa todo. Con todo y que ese libro está lleno de contradicciones, ella siempre buscaba la manera de encenderles los infiernillos a los otros en base a pasajes seleccionados con esmero; y si algún otro pasaje la contradecía, no importaba, ya estaba dicho en el primero y además así lo decía el pastor. El asunto es que hace años, cuando yo andaba saliendo con un muchacho llamado Jaime, con quien después de una noche de parranda en la llamada zona real que quedaba por la casa y a la que mi madre se refería como zona Gomorra (cosa extraña, su templo también quedaba por ahí), me había pedido quedarse en mi casa porque en esas condiciones algo etílicas y a esas altas horas de la casi madrugada no podía llegar a la suya. Y como un favor así no se le niega a nadie, yo cedí; de paso me hacía ilusión presentarle a mi nuevo amigo a mi madre el día siguiente para que se fueran relacionando y rompieran así las barricadas de las amenazas de infiernos que mi madre siempre pero siempre siempre siempre colocaba cada vez que me veía llegar con un amigo nuevo, desde cuando sospechó que yo podría andar en malos pasos porque ya casi llegaba a los treinta y ni una sola novia me había conocido: tema al que recurría una y otra vez cada vez que se daba la menor oportunidad. Para entonces, en casi una docena de veces me había preguntado directamente en medio de las discusiones si yo era homosexual, que le dijera, que si era así ella me ayudaría a salir del pecado y que dame la mano y pidámosle al señor. Yo no lo negaba ni lo afirmaba, entre sonrisas nerviosas y ofuscamiento le exigía respeto a mi vida privada y le decía que no tenía por qué andarle hablando a ella de con quién me acostaba y quién me gustaba. En más de tres ocasiones mencionó como de pasadita que la mala suerte que teníamos (se refería a que a veces no podíamoss llegar a fin de mes con el pírrico sueldo que yo ganaba como mesero en un conocido café-pastelería fina, lugar maldito en que ni la propina repartían a final de mes y donde nos descontaban hasta la última Crème brûlée que se arruinaba, pero que para mi madre era una bendición puesta por Jesús para aliviarnos la carga no sé de qué, quizá de no ser explotados) era debida a que Jesús odia a los maricones y que por eso si yo era maricón no pararíamos jamás de no poder llegar a fin de mes, y se me quedaba viendo de reojo. Ay, mamá, le decía yo, usted y sus cuentos. Y entonces explotaba y alarmada me decía que esos no eran cuentos y que me fuera a lavar la boca por andar hablando así de cosas sagradas y no sé cuántos rollos más de los que yo me terminaba cansando, diciéndole sí a todo para no perderle a fin de cuentas el respeto que a pesar de todo esto yo le tengo. No se acordaba por conveniencia de que yo había sido el asistente personal, el mano derecha, el trabajador de confianza de la pastora R, en otro templo, por años, y que había quedado curado de ellos por todas las artimañas, embustes, chismes y problemas en los que me había metido. No se acordaba que la pastora me había prácticamente robado el carro que yo con mi sueldo pagaba mes a mes pero que ella nunca había puesto a mi nombre, ni que le había salvado de la ruina unos restaurantes de carne asada que tenía y al que ella, por mantener otros negocios por otros lados, unos de importación de mercancía por la cual estuvo presa unos días, desbalanceaba cada tanto con sus arrebatos; ni se acordaba que la hija de ella era una borracha y su hijo un conocido maricón, me consta, que había tenido que mandar a los Estados Unidos para que nadie se enterara, y que había terminado casando con una texana de la iglesia, presuntamente lesbiana, para matar las apariencias. Tampoco se acordaba mi madre lo que me había humillado esta mujer, y que pasé años trabajando para la pastora en los restaurantes de carne por solo la comida y un cuartito. Y se hacía la tonta cuando le recordaba que el pastor de su iglesia andaba sonsacando viejas babosas, o cuando le recordaba la de líos que se le armó cuando dos de ellas en pleno culto se agarraron de las mechas y se comenzaron a gritar en lenguas, quizá danzando poseídas por el espíritu santo de la lujuria, eso, o quizás pensando que había llegado el día del arrebato. La carne es débil, me decía; pero cuando se trataba de mí, ahí no había piedad. Por esos días, cuando se me pasaba el tiempo de la prudencia por las noches por andar en antros gays me iba mejor a dormir donde mi tía Márgara, y por eso incluso mi tía se ganó la ira del señor que usaba en esos actos a mi madre como mensajera. Le fue a decir que se las vería con ella y con su pastor si andaba de alcahueta cubriéndome las borracheras y a saber cuáles otras cochinadas. Pero esa vez que llevé a Jaime a dormir a la casa no hubo manera de matizar las cosas. Al llegar, la Chubis, mi perrita, una faldera mitad french poodle mitad maltés, comenzó a ladrar de la alegría como hacía siempre la muy delatora. Eso debió despertar a mi madre, que dormía en el cuarto contiguo al mío en una hamaca. Al decir contiguo quiero decir que se encuentra aledaño al mío nada más separado por una cortina. Como tenemos solo un baño y el baño queda afuera de ambos cuartos, si mi madre se levanta por cualquier necesidad, obligadamente debía pasar por mi cuarto. Como andábamos con tragos ese detalle no me preocupó. Oí a mi madre preguntar desde su cuarto qué horas eran esas de llegar. Le respondí que no se preocupara, que ya estaba ahí. Nos acostamos con Jaime dispuestos a dormir en silencio. Luego de varios minutos, por aquello de las tentaciones no pudimos aguantarnos y comenzamos a besarnos sin hacer ruido. Nos entusiasmamos tanto que no nos dimos cuenta de que mi madre se había levantado, por varios segundos tampoco nos dimos cuenta de que había prendido la luz y que nos miraba atónita en el acto de besarnos tiernamente. Fue hasta cuando nos gritó qué demonios estábamos haciendo cuando pegamos el salto, pero ya no pudimos contener primero los gritos de amonestación y después el llanto incontrolable de mi madre, que ente sollozo y sollozo recitaba versículos bíblicos relacionados con la sodomía y luego nos hacía jurar que nos arrepentíamos y que no repetiríamos ese pecado, para después volver a condenarnos y mandarnos al infierno. ¡Quién es la mujer! ¡Quién es la mujer!, decía, y yo, madre, que ninguno es la mujer, que ambos somos hombres y que nos queremos. Y entonces más lloraba. La dejé llorando para irle a conseguir un taxi a Jaime, que se había puesto pálido y temblaba. Luego me fui donde la tía Márgara y ahí pase el resto de la madrugada y no volví a casa hasta la noche siguiente. Entonces fue que la escuché decir por primera vez que la culpa la tenía ella por haberme dado de mamar la teta mala, y por más que le decía que eso no era culpa de nadie, que no había ni siquiera culpa alguna que perseguir, nadie la sacaba de la cantaleta del pecado y de las maldiciones. Que alguien trate de razonar con una fanática religiosa. Eso es imposible. Pero después vino la negación. Eso no había pasado, decía, quizás ella había visto mal. Yo le dije que no, que todo había pasado y que había visto bien. Me dijo que si era así, entonces que eso no iba a ocurrir nunca más, y me volvía a recetar los versículos y me decía que si la mala suerte los seguía sería por eso, por esa razón debía enmendar el camino y pedirle al señor que guardara mi alma. Y yo, que ese era asunto mío. Que en todo caso mi relación con el señor era entre él y yo y que no se atreviera a meterse. No hablamos más del asunto. Meses después Jaime volvió a llegar varias veces a visitarme, y en algunas de esas ocasiones se encontraba mi madre en la casa. Ella optó por no enterarse y pudo comportarse; pero no perdía ocasión de decirnos que debíamos acercarnos al señor que por esto y por aquello. Sin embargo, la manera como nos tratábamos con Jaime era algo de lo que ella estaba plenamente pendiente. Una vez nos encontró fuera de casa platicando. No hacíamos nada más que platicar. Había vecinos pasando. Vaya, muchachos, para dentro, nos dijo sin mirarnos, mientras abría la puerta. Para dentro de qué; para dentro de cuándo, recuerdo que pensé. Cada vez que sacaba el asunto a relucir mencionaba la teta mala y lloraba angustiada. Por eso te va mal también en ese cuento de la escritura, me dijo. Si leyeras la Biblia en lugar de andar leyendo y escribiendo ese montón de cosas paganas que escribís y que leés. ¿Para qué necesitás leer algo más que la Biblia, decime? Pero yo tengo la culpa. Si no hubiera, si no hubiera, si no hubiera. Pero tendrá que acostumbrarse. Yo sé que algún día lo comprenderá y dejará de castigarse con ese cuento que se ha inventado. Salí a ella. Me invento cuentos también para castigarme. Lo que me preocupa es que si esta pacotilla de intelectuales y asociados se llegara a enterar de este asunto de la teta mala de mi madre, ni dos segundos pasarían sin que lo difundan para perjudicarme. Llegaría a oídos de mi madre, y a los de su iglesia y su pastor, y yo sé que con eso la mataría. Yo sé que la terminarían de matar. Entonces yo tendría que hablar sobre los pastores y las iglesias. Desnudarlos. ¿Por qué nadie los desnuda?, me pregunto ahora que veo a Jaime aproximarse con una mochila al hombro. Me pongo a pensar que nuestras vidas anteriores caben en estas pequeñas mochilas que llevamos colgadas al hombro con nuestro agnosticismo, nuestro oficio y nuestra incomprendida “condición”. Estoy decidido a irme, a pasarme las fronteras con él, y lo que nos llevamos son los sueños, las maletas de las desilusiones las dejamos. La Chobi se quedó anudada en un rincón, temerosa, pero sin reclamar. Parecía ser la única que sabía que no me volvería a ver. A mi madre nada la saca de su fanatismo y de su paranoia. Prefiere la excusa de la teta que mirar la realidad. La dejo pensando que el suelo de nuestro destino está tapizado de dudas como de aceitunas verdes barridas por el viento está el suelo bajo la sombra del olivo en el famoso monte, y que nuestro oficio es irlas cosechando resignados. Mis dudas son mucho más variadas: quiero nances, quiero mangos, quiero anonas. Nos hacemos la vida imposible acá. Hay un ambiente tóxico en casa que proviene de esta tierra. La tía Márgara me ha dicho que si hay teta mala en todo esto es la de este pueblón que ha hecho de la hipocresía deshumanizada su gran Dios, ‘mamierda. Y está de acuerdo conmigo cuando le digo que mi madre prefiere ver al hijo muerto que verlo enfrentarse al mundo como él es… hasta que de verdad vea el cadáver. Y como yo no pienso darle ningún cadáver para que lo llore y ponga sobre él las flores de las consecuencias de su tan delicadamente oficiada maldición de los maricas hijos mientras el pastor lee los versículos del perdón y la misericordia sobre la caja con mi cuerpo que desciende en una fosa, por eso me voy lejos, ahí que se queden los cadáveres con su teta mala, mamando de ella y culpándose, volviéndose los infiernos de los otros. Que se quemen y que se jodan. Adiós, mamá, dame por muerto para tu tranquilidad, que yo ya me voy a vivir, aunque vivir no me lleve a ningún lado; pero que te quede muy claro que me voy como marica y escritor agnóstico reconciliado con buena parte de su verdadero ser que se alejó del gran libro de costumbres y temores ancestrales del que quizás demasiado tiempo mamó hasta enflaquecer.

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San Salvador, El Salvador. Narrador. Ha publicado siete novelas: Heterocity (Lanzallama, 2011); Ciudad de Alado (Uruk, 2009), La dama de los velos (DPI, El Salvador, 2011), Te recuerdo que moriremos algún día (DPI, El Salvador, 2001), Kazalcán y los últimos hijos del Sol Oculto (Uruk, 2011), Las mareas (Germinal, 2013) y Cerdo duplicado (Uruk, 2014). También el libro de cuentos La Teta mala (Germinal, 2014). Su obra aparece en antologías de México, Guatemala, El Salvador, Alemania y Nicaragua, así como en diversas revistas literarias internacionales. Dirigió y editó tres números de la revista Cultura de El Salvador.