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Memoria e intimidad

23 enero, 2015

Eimeel Castillo

Intimar viene de íntimo, una palabra que proviene de intimus. Dicho vocablo refiere al timo, una glándula que se encuentra dentro de la cavidad torácica que sirve para el desarrollo del sistema inmunológico y nos protege al nacer. Intimar también alude a la acción de un cuerpo u otra cosa material que se introduce por los poros o espacios huecos. De tal manera, intimar refiere a sentir dentro de mi pecho, cerca de mi corazón, en mis afectos.


La necesidad de indagar el significado de la palabra intimar me surgió luego de una de las discusiones que se generaron en el seminario “Memorias públicas/personales/íntimas” que impartieron las doctoras Mónica Szurmuk e Ileana Rodríguez el mes pasado en el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA-UCA). Desde la primera sesión, al aludir al tema de la memoria, la audiencia expresó opiniones que referían de alguna forma a uno de los hechos que ha marcado el pasado reciente de los nicaragüenses: la revolución popular sandinista.

Nací a inicios de 1986 y conservo únicamente tres recuerdos de la Revolución. El primero, haber sostenido la mano de mi abuela materna durante largo rato mientras ella hacía fila para comprar algún alimento en la pulpería de la esquina. Luego, recuerdo haber asistido a la vela de Johny Sáenz, mi vecino, un muchacho que mataron en una emboscada pocos meses después de haberse alistado en un grupo de ‘cachorros.’ Así se llamaban los que iban al Servicio Militar Patriótico. Era un ambiente lúgubre pero sin llanto alguno. Su madre, una mujer muy alta y fuerte, era militante del Frente y esa noche soportó su pérdida en silencio y con orgullo. Mi último recuerdo fue haber visto grandes helicópteros del Ejército volar cerca de mi casa. Los vi y sentí terror. Esos extraños animales verde olivo que generaban un zumbido ensordecedor parecían querer aterrizar en los predios del parque frente a mi casa. Confieso que esa imagen de helicópteros gigantes nunca me ha abandonado. Lo cierto es que no estoy segura si lo viví o lo soñé porque nadie de mi familia ha podido corroborar ese hecho.

Todas estas son memorias de lo cotidiano, de las vivencias familiares y de barrio que, en ocasiones, parecen ser parte de un juego macabro entre el recuerdo y la fantasía, la memoria y la ficción. Esta relación entre lo vivido como experiencia y lo recordado como memoria fue uno de los temas discutidos a lo largo del seminario. En particular, me interesó la vinculación intimidad-memoria porque me hizo reflexionar sobre mi historia personal y cómo este intimar también implica, en términos de la memoria, un esfuerzo por descalzarse desde la experiencia propia y acercarse a la de los demás. Imagino un espacio de creación, una reescritura de la historia donde lo vivido asume un papel central.

En este artículo quisiera comentar la idea de la intimidad en relación con la memoria partiendo de las reflexiones de las ponencias de Szurmuk y Rodríguez, ambas especialistas en el tema. En su trabajo “Memorias de lo íntimo”, Szurmuk analiza la novela “Yo nunca te prometí la eternidad” de la escritora argentina Tununa Mercado. Esta es la historia de una mujer judía que parte al exilio de la Alemania nazi con su familia y recorre varios lugares hasta establecerse en México. Por otro lado, en “Huella, vestigio y rostro: los que perdimos”, Rodríguez retoma dos producciones audiovisuales post-revolución sandinista, Nicaragua: una revolución confiscada de Clara Ott y Gilles Bataillon (Francia, 2012), y El sueño de una generación de Roberto Persano, Santiago Nacif Cabrera y Daniel Burak (Argentina, 2011) para evidenciar la presencia de síntomas corpóreos de la memoria en el rostro de los protagonistas, en su infinito movimiento entre pasado y presente. En ambos trabajos, la esfera íntima reflejada en la narración literaria o el documental da cuenta de experiencias históricas marcadas por el dolor y la pérdida. Experiencias que son, a su vez, llevadas a la esfera pública por estos trabajos de memoria.

En su texto, Szurmuk explica que el esfuerzo que realiza Mercado en su proceso escritural sobre las memorias íntimas de la protagonista de la novela es una tarea que puede pensarse como un proceso de calcado. Una de las líneas que amplía esta idea es la que Szurmuk apunta cuando escribe, “Lo que se ha borrado deja huellas”¹ al reflexionar acerca del funcionamiento del registro de la memoria desde la óptica de la psicología freudiana. Así, como la memoria convive con el olvido tenemos la certeza que algún detalle o episodio siempre se nos escapa en el proceso de transmisión pero ello no significa que se ha perdido en su totalidad. Lo curioso de los procesos de construcción de ésta es que sean cambiantes y cada vez que se exploran, pueden emerger elementos, en apariencia, antes inexistentes.

En el acto de calcar, la reproducción difícilmente es exacta al original. Al calcar, nuestra mano puede seguir otras líneas, crear otros trazos. En un descuido del ojo o bien intencionalmente, es posible añadir otros elementos que configuren una nueva imagen. En ese sentido, se nos presenta un asunto metodológico en la relación de lo narrado y el narrador. Esto ocurre en la literatura, como bien lo expone Szurmuk, pero también en el proceso de investigación social. Pienso en la formulación de las preguntas de una entrevista, por ejemplo. ¿No son acaso nuestras interrogantes, en constantes ocasiones, reafirmaciones de nuestras hipótesis, de nuestra posición analítica? ¿No están subyacentes nuestras experiencias como seres inmersos en determinado contexto social? De tal manera, las subjetividades se crean y recrean en la experiencia de calcado. Quisiera sugerir que, en el fondo, me parece que lo que esta metáfora plantea es la condición de inseparabilidad de experiencias que subyace en los trabajos de memoria, sean ellos la puesta en papel de un testimonio oral, la realización de una entrevista o la creación literaria.

La memoria, tal y como ya se ha señalado en diversidad de estudios, no aspira a la totalidad. Posee un carácter fragmentario y multidimensional. Uno de los asuntos que fue establecido en el seminario a través de las discusiones de tres días, y que quizás contribuye a comprender la naturaleza conflictiva de la memoria, es el reconocimiento del hecho que ella está determinada por la posicionalidad particular del individuo en la vivencia de cierta experiencia. De ahí entonces parte su singularidad y cualidad de íntima. Y ¿Qué es lo íntimo, entonces? En el análisis de Szurmuk, lo íntimo es el trauma, la familia y el exilio, o quizás mejor dicho, el trauma de la familia en exilio. Cada uno de los protagonistas ha sufrido una pérdida o posee un sentimiento de remordimiento: la madre que perdió temporalmente el rastro del niño, el niño que se sintió abandonado por sus padres en medio de la guerra y la abuela que sobrevivió a un campo de concentración y cuyo conocimiento atormenta a la hija. ¿Habrá algo más íntimo que la familia, me pregunto? ¿Algo que nos duela más y que sentimos más cerca que esos seres con quienes crecimos? Para Rodríguez, lo íntimo se encuentra en estrecha relación con lo político. Es la revolución y todo lo que ella implicó como hito histórico colectivo así como proyecto de vida individual. Aquí, lo íntimo también engloba el sentido de pérdida, de pérdida de un proyecto de nación que se fue, que hoy parece nada más que una ilusión lejana que se revuelca en gritos de afirmación de que “todo valió la pena”. Una ilusión que hoy parece desvanecerse en las polvaredas que se llevaron los ideales de justicia social, la mística, ese “vivir como los santos” del que nos habla Sergio Ramírez. Una ilusión que se expresa en la mirada de las y los entrevistados de uno de los documentales examinados.

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Para Rodríguez, esta mirada es el síntoma o manifestación del rastro del pasado en el presente. En “Nicaragua: una revolución confiscada”, se nos convoca a observar dos instancias de memoria. Primero, los desgastados archivos de videos que nos retornan al triunfo revolucionario y a la vez, a las reacciones corporales de esas imágenes que emergen de sus protagonistas ayer; hoy, narradores reflexivos. Dora María Téllez y Henry Ruiz, ambos comandantes guerrilleros; Moïses Hassan y Sergio Ramírez, miembros de la Junta de Reconstrucción Nacional; Sofía Montenegro, periodista y María Teresa Blandón, dirigente feminista. El síntoma imprime una estela de dolor mezclado con un sentido épico en los rostros de estos participantes directos. De tal manera, en esta pieza los narradores son también objeto de lo narrado. Experiencia y reflexión convergen en un mismo plano.

El síntoma del pasado se evidencia en el rostro pero también en todo el cuerpo. Nos podemos preguntar entonces, ¿cómo se manifiesta la transmisión de la memoria en este caso? ¿qué podría ocurrir en ese momento cuando queda en duda la separabilidad de experiencias íntimas que son también colectivas? El síntoma puede aparecer como instantes extraños donde emergen memorias que parecen ser ajenas pero en realidad son cercanas. Es cierto, la memoria impacta en recursos como la imagen y la música. Cuando vi el pedacito que abre el filme, al escuchar la voz de Luis Enrique Mejía pronunciando la frase, “Yo soy de un pueblo sencillo” no pude sino sentir el recorrido de un escalofrío. Sentí que la pesadumbre y nostalgia de esos rostros envejecidos también eran mías. Me pregunté: ¿Cómo se puede sentir “algo” respecto a la revolución si cuando todo terminó yo tenía tan solo tres años? Mis recuerdos son apenas un ejemplo de otras historias más o menos comunes. Si el espacio de la memoria es instintivamente una cuestión de afecto, entonces, ¿los afectos son siempre políticos? No pude evitar pensar en uno de los afiches que he visto en el IHNCA y que reza así: “Nicaragua, la revolución es también una cuestión de amor”.

Ese escalofrío me llevó a mi familia. Mi madre fue alfabetizadora, miliciana, voluntaria en los cortes de café y algodón. Una mujer que, como muchos, también creyó en un futuro distinto, menos injusto; otra nicaragüense más que perdió a su hermano en la insurrección. Mi madre no me habla mucho de su época de joven comprometida y siempre he querido preguntarle ¿cómo vivió esas experiencias? ¿a qué retos tuvo que enfrentarse para ser fiel a sus convicciones? ¿qué amaba más y que odiaba de esos tiempos? Percibo que un profundo sentido de traición le avergüenza y le impide el trabajo de memoria. También pensé en mi abuela materna, a quien se le llenaban los ojos de lágrimas cada vez que me contaba una y otra vez la forma en la que murió su hijo de dieciséis años, a quien no volvió a ver con vida después que un rocket estallara cerca de él en una barricada. Quizás su dolor fue la tristeza que también sentí ese día.

Pero, más allá de todas las experiencias corporales que los recuerdos pueden hacer sentir es necesario preguntarse, ¿cuál es el valor de la transmisión de la experiencia? Si bien es cierto que el ejemplo de la revolución sandinista, y mucha de la significativa producción cultural que ha inspirado, ilustra a cabalidad la existencia de una dicotomía entre memorias emotivas, reificantes del pasado místico y, memorias de amargura, traición y condena del fracaso es necesario encontrar otro sentido a lo ocurrido. Pasar de la idealización o el desencanto hacia otro lugar.

Una cuestión recurrente del seminario y que nos puede ser útil en este sentido es el tema de los afectos. Las experiencias traumáticas de dolor y pérdida, como las ocurridas en la diáspora judía del siglo XX o la revolución sandinista, y la emotividad que resulta de ellas posee la gran capacidad de nublarnos y hasta de inmovilizarnos. En referencia a la imposibilidad de narrar el trauma para los testimoniantes, en medio de una de las discusiones alguien dijo, “El afecto enmudece”. Sin embargo, ante este planteamiento, se propuso pensar también los afectos como movilizadores, estimulantes de la memoria para la reflexión y la acción; en otras palabras, para el futuro. En su trabajo Rodríguez lo afirma de esta manera: “Así la memoria hace presente el pasado y lo hace porvenir al disolver el miedo y darnos otras perspectivas”². ¿Es posible esto? Entonces, ¿cómo se pasa de lo íntimo a lo colectivo en la memoria?

Según Rodríguez, las interioridades se pueden convertir en exterioridades³. Los procesos históricos de cambios han mostrado su capacidad para darle un vuelco a esas nociones contrapuestas. Nicaragua así lo demostró. Tal y como ocurrió en la revolución sandinista, si lo íntimo –como el amor- es lo político –la revolución; entonces lo íntimo se convierte en público. Estamos nuevamente ante el llamado del amor a la patria de las figuras heroicas del siglo XIX, un afecto mediado por un discurso nacionalista que creó la analogía entre amor romántico con amor a la nación.

Quizás el elemento clave para este paso sea la transmisión del trauma, entendido como evento político, lo que permita tal transformación de lo íntimo de la memoria. Szurmuk comentaba que las experiencias traumáticas dejan una marca tanto personal como colectiva. Tal y como ocurre con la obra de Tununa Mercado donde el trauma personal del exilio se calca en la obra literaria y se comparte, es decir, se hace partes que se entregan a los otros y otras, se trata de relatos cuyas referencias nos remiten al nazismo y a la II Guerra Mundial. Otras experiencias traumáticas como el encarcelamiento, la tortura o la vivencia de la guerra encuentran cabida en esta dinámica íntimo-pública y, en la medida que los testimonios se socializan se crean ciertos tipos de ciudadanías. En América Latina, en particular, los grupos sociales que logran organizarse, hacer oír sus voces y efectuar trabajos de memoria persiguen algún tipo de demanda. Es ahí donde la memoria trasciende e interviene en esferas de poder como la justicia, la cultura y la economía.

Sobre el contexto de la revolución, los testimonios autobiográficos de mujeres encarceladas durante la dictadura somocista o de los jóvenes que integraron los Batallones de Lucha Irregular constituyen algunos ejemplos de narraciones que remiten a experiencias íntimas. De acuerdo a Rodríguez y Adriana Palacios, “el texto cultural testimoniado por mujeres –durante la lucha antidictatorial- da cuenta de subjetividades en construcción y de la relación que éstas tienen en las exterioridades de la nación, es decir con la cultura política”4. Para ellas, el término más adecuado para nombrar esta producción es el de una memoria íntima que se coloca en un “interior exteriorizado”. En ese sentido, el espacio personal y doméstico que describen estas memorias de las mujeres combatientes, que fueron grabadas en radio y luego publicadas, se traslada a otros lugares que constituyen asimismo espacios de intervención y denuncia política anteriormente censurados para ellas como lo fueron las casas de seguridad, los campos de entrenamiento o las celdas compartidas. Para el caso de los excombatientes del Ejército Popular Sandinista, se trata no sólo de un deber de memoria en su inscripción como sujetos en el libro de la historia de Nicaragua sino en demandas de retribución social ante las secuelas del pasado: mutilaciones, dolencias, trastornos mentales, precariedad de vida.

Con la revolución, más que con ningún otro evento histórico, la frontera de lo íntimo y lo colectivo parece ser tan frágil. Es casi imposible que alguien no haya sido tocado por ella de una u otra manera. Los jóvenes nicaragüenses estamos entre posiciones antagónicas, entre el monumento, la borradura y la banalización del pasado reciente. Nuevas preguntas surgen: ¿Qué se necesitaría para que una memoria inquieta interrogue la revolución sin caer en ninguno de esos extremos? ¿Podremos lograr una reflexión útil, movilizadora, con los afectos dentro? ¿Cómo escapar de las memorias de nuestros padres? ¿Qué más podemos los nicaragüenses expresar de ese pasado fragmentado que no deja de ser presente y anhelos de futuro, o hemos llegado ya a su “límite de representabilidad”?


Notas

[1] Szurmuk, Mónica. “Memorias de lo íntimo”. En: Szurmuk, Mónica y Maricruz Castro Ricalde (coords.). Sitios de la Memoria: México Post 68. Santiago: Editorial Cuarto Propio. 2014. Pág. 213.
[2] Ileana Rodríguez. “Huella, vestigio y rostro: los que perdimos”. Ponencia presentada en el Seminario “Memorias públicas/personales/íntimas” organizado por el IHNCA-UCA en Managua los días 24-26 de noviembre 2014.  En este mismo número de Carátula.
[3] Aquí aludo al título del trabajo de Ileana Rodríguez y Adriana Palacios. Cfr. “Interioridades/Exterioridades: Mujeres y Frente Interno en Nicaragua” en: Cuadernos de Literatura del Caribe Hispanoamérica, No. 17, enero-junio 2013, Cartagena de Indias. Págs. 29-48.
[4] Rodríguez, Ileana y Palacios, Adriana. Ibidem. Pág. 31.

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Licenciada en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-Managua) y actualmente, investigadora-docente del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA-UCA).

También es miembro del Grupo de Estudios IHNCA y del colectivo de pensamiento excentrO. Ha impartido varios cursos de historia a nivel de pregrado y actualmente desarrolla una investigación sobre la figura de Emiliano Chamorro durante la primera mitad del siglo XX.

Está interesada en analizar la pedagogía de la memoria de la Revoluciónn Sandinista y el caudillismo como componente de la cultura política nicaragüense.