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Menocal

25 julio, 2019

Originario de Diriamba, poeta, crítico literario y ensayista, colaborador asiduo de Carátula, Mario Urtecho es un escritor, editor y depurador de textos, quien ha brindado un gran aporte a la literatura nicaragüense a través de sus obras e investigaciones.


 

En horas tempranas, la brisa del recién estrenado invierno prodigó agradable frescura a la ciudad, caldeada a diario por sus calores cercanos a 40 grados. Después de desayunar con su mujer y sus dos hijos, Menocal no ora pidiendo bendiciones a nuestro Señor, sino que se concentra en su habitual ejercicio mental, en el que, como si de un mantra se tratara, repite varias veces: —Guardar silencio y mantener presencia discreta en la oficina; no responder si no me preguntan; bloquear mis iniciativas profesionales; no comentar nada con nadie; no sugerir lo que mi jefe no ha orientado y jamás criticar sus órdenes ni las del Comisario del Partido.

Seguir tales consejos, dados por un viejo militante despedido por opinar sin autorización, le han servido para conservar el cargo de categoría intermedia que tiene en la institución del Estado. De lunes a viernes, a las 6:30 a.m. sale con su familia en el viejo Nissan. Deja a Saulo y Tiago en la universidad, y a Gema, su mujer, arquitecta graduada por la UNI, en el salón de belleza, donde labora de peluquera, pues carecen de conectes para trabajar en su carrera. La distancia que recorren es corta, pero tardan más de una hora por la multitudinaria cantidad de vehículos que, como inmensos ciempiés metálicos, avanzan con lentitud y atascan las calles y avenidas.

Desde el Nissan observan el despliegue de Managua, despertada horas antes por camiones con mercaderías y buses colectivos en los que, amontonados, algunos terminan de dormir, mientras otros, desde las ventanas, ven indiferentes la extraña mescolanza de vehículos, motociclistas, ciclistas, gente en sillas de ruedas, carretones jalados por caballos, camionetonas, caponeras, patrullas policiales, todos yendo hacia algún lugar y compitiendo por el espacio, mientras los uniformados dan silbatazos y agitan las manos intentando mover el tráfico y descongestionar las vías, donde poco a poco va aumentando el hormiguero que sale de sus casas a ganarse la vida.

En las paradas de buses hay filas interminables esperando la unidad de la ruta que los acercará a su destino. Allí bostezan, fuman, leen periódicos, piensan en sus problemas o en el jolgorio disfrutado la noche anterior. Entre el gentío hay albañiles, enfermeras, fontaneros, electricistas, maestros, enjuncadores, carpinteros, pintores de brocha gorda, trabajadores por cuenta propia, carteristas, costureras, escritores, poetas, chavalos huelepega, niñas que alquilan sus celeques vaginas, mutilados de guerra que no olvidan porqué lucharon ni porqué perdieron partes de sus cuerpos, pero sí recuerdan que fueron olvidados por sus antiguos camaradas.

Las nuevas construcciones de edificios, centros comerciales y lujosos residenciales, propiedad de prosperados, dieron a Managua nueva escenografía y hasta se rumora que, en el país, como gigantesca dry cleaning, a lo mejor se está lavando dinero. En las avenidas, armatostes de lata, con luces y colores chillantes, disputan el espacio visual con anuncios de productos comerciales y gigantografías que rinden culto a la personalidad de quienes olvidaron orígenes y seudónimos, mientras en barrios proletarios proliferan la basura, negocios de sobrevivencia y asaltos a mano armada. Minutos antes de las 8 am. Menocal estaciona el Nissan en el parqueo de su institución, marca tarjeta en recepción e inicia su jornada laboral.

Menocal es de clase media baja, porque la media alta está escasa. Recién cumplió 55 y espera los 60 para jubilarse. Es sociólogo, sabe metodologías de investigación, tiene maestría en proyectos de desarrollo y posgrado para dirigir ONG. Pero, al aplicar al cargo, los más calificados no incluyen en sus CV todo lo que saben. Así no opacan a los jefes, designados por el Partido. Cada lunes el suyo les repite orientaciones que a él le repitieron. Durante la semana le pide informes sobre logros de tareas y, a veces, sugerencias que ayuden a sobre cumplir las metas y estar bien con el comisario político, a quien con sarcasmo velado apodan El Sheriff, como en el viejo Oeste.

Es ley no escrita, pero acatada por los empleados estatales nicaragüenses, estar disponibles ante cualquier llamado del Partido, sin importar el día ni la hora, si le gusta o le disgusta, si vive en Managua, en ciudades distantes o en la Cochinchina. Sobra decir que incumplir ese mandato equivale no sólo a quedar desempleado, sino a no trabajar nunca más en ninguna institución del Estado y, peor aún, a ser considerado enemigo o traidor al Partido.

Algunas tardes el jefe invita a Menocal a beber ron para hablar con más confianza. Eso, que en cualquier país sería una deferencia, aquí es peligroso, porque el alcohol suelta la lengua y hay precedentes de que, al día siguiente, varios invitados han sido despedidos. Si hablar es un riesgo, decir la verdad siempre es un peligro. Nadie está autorizado a dar entrevistas a La Prensa ni a cualquier medio, sin importar si es estatal o independiente. Lo saben las ministras despedidas, aunque hay quienes aseveran que detrás de esas decisiones hay misoginia encubierta, pues son más ellas que los ministros cesanteados.

Axioma en el Estado es que a los empleados se les contrata para obedecer, no para pensar. Y quien cree tener derecho a expresar pensamientos propios, está frito. Por eso apena ver tantos profesionales bozaleados, incluso con maestrías y doctorados. Sólo les falta pedir permiso para ir al baño, si es que no lo hacen. A veces, Óscar aborda a Menocal en un pasillo y en susurros critica la última decisión del jefe. Menocal calla. Es trampa. Su trabajo y el de otros, es descubrir a los que no se han insertado al sistema, a los no incondicionales del Partido. Incondicional significa entrega absoluta de tu pensamiento, voluntad, palabra, obra, cuerpo y alma.

En las oficinas y fuera de ellas todos se cuidan de todos. Han aprendido a fingir y a mentir, como El Güegüense. Tienen prohibido visitar a quienes disienten con el gobierno y a los tildados de traidores, cuyos nombres están en la lista de los proscritos. Algunos cortaron de tajo viejas amistades. Otros las mantienen en secreto, ocultas, como infidelidades, pero celebran juntos sus fechas especiales, hablan de lo que les da la gana y se carcajean de las soberanas idioteces de sus jefes. Es triste cuando despiden a quienes machacaron a los amigos y, con el rabo entre las patas, regresan a ellos. A veces las amistades retoñan, otras, se marchitan para siempre.

Hubo un tiempo en que, a los empleados públicos, más a los de menor rango, los llevaban a las rotondas de las principales arterias de la capital, a desempeñar el extraño ritual de rezar por la paz, o a contramarchas a las organizadas por la sociedad civil, según el Partido, promovidas y financiadas por el tenebroso imperialismo yanki, en contubernio con partidos vendepatrias de la derecha, la burguesía y una caterva de traidores. A cada uno le daban un listado de consignas hechas con la antigua retórica revolucionaria de los 80 para gritarlas en las movilizaciones.

De eso, el ingenio popular inventó el verbo rotondear, que según expertos rotonderos significa estar de pendejos bajo el solazo gritando pendejadas. Después, en total irrespeto a su dignidad, los echaron a pelear contra manifestantes apodados culitos rosados. Una noche, después de una insufrible rotondeada, Menocal se sorprendió al verse en el televisor. Las cámaras de un noticiero del gobierno le hicieron close up mientras gritaba consignas. Sintió vergüenza y no quería ni ver a sus vecinos. Al día siguiente, su jefe lo felicitó por su fidelidad partidaria. Algunos se esconden entre el tumulto para que sus conocidos nos los vean en su triste papel. Otros fueron despedidos, porque con una firmeza ausente por mucho tiempo, se negaron a seguir agrediendo a su gente.

A partir del salario diario pagado a técnicos y profesionales, alguien calculó cuánto le costaba al Estado cada rotondeada. Resultó que la relación beneficio-costo, además de caras, era estéril y decidieron no sacarlos más. En vez de ellos reclutaron pandilleros, de menores costos operativos y más efectivos, pues agredieron sin discriminar sexo ni edad. Incluso, en la toma pacífica hecha por adultos mayores frente al Seguro Social, los nuevos asalariados demostraron iniciativas de emprendedores, pues varios carros y motos nunca más fueron vistos por sus dueños.

Aunque la Policía resguardaba el lugar, nadie vio el atraco. Además de cadenas de hierro, fajas y garrotes, cargan y disparan armas de fuego, como aquel delincuente que, en las cercanías de Metrocentro, huyó después de dispararle a la gente a pocos metros de los policías. Cuando los periodistas preguntaron a un jefe policial por qué no lo capturaron, éste declaró que no lo vieron, y que además ése no era su trabajo. Lo peor ocurrió cuando el sultán tropical, intentando justificar la actuación criminal, dijo que el muchacho no había disparado a matar.

En diciembre, por órdenes de arriba, en cada institución estatal hacen altares dedicados a María, la Purísima. Menocal nunca ha militado en religión alguna, pero igual que todos los empleados públicos es obligado a trabajar en ellos, a rezar el novenario y cantarle a la madre de Dios. Por ser el de Nicaragua uno de los pueblos más católicos de Latinoamérica, muchos lo hacen con devoción, y de paso aprovechan para pedirle a la virgen el milagro que los libere de su martirio, del Sheriff, del Partido y del Presidente.

En febrero conmemoran el asesinato del General de hombres libres, como llamó Gregorio Selser a Sandino, pero junio y julio son meses ajetreados para militantes del Partido. A finales de junio, secretarios políticos de barrios de Managua y otras ciudades y Sheriff de instituciones, organizan El Repliegue, marcha de Managua a Masaya en recuerdo de la inédita retirada de miles de personas que se escabulleron de la capital burlando a la Guardia Nacional. Aquella gesta heroica fue liderada por jefes guerrilleros que, en el intento de alcanzar Masaya, vieron morir decenas de bróderes despedazados por ametralladoras y roquetazos de los aviones Push Pull de la Guardia.

El día anterior, a lo largo de los 27 kilómetros entre ambas ciudades, cada institución instala su toldo y lo adorna con flores y motivos típicos, alegrado con música revolucionaria y chavalas bailando en chorcitos. El guaro y las cervezas son pagados con nuestros impuestos. Dicen que no es prohibido, pues los héroes merecen más que eso. Miles llenan ese tramo de carretera y la enorme romería de novias, maridos, esposas, amantes, obligada o voluntaria, avanza a pie, en motos, camiones, camionetas, en lo que sea, agitando banderas del Partido, bebiendo, bailando.

Ahora esa marcha la encabeza Daniel y su mujer. Él no participó en aquel inmenso éxodo, porque entonces estaba refugiado en Costa Rica. La tarea principal de los funcionarios es permanecer en los toldos y saludarlo a la hora que, en su Mercedes Benz o su bus climatizado, pasa con su adorable familia, diciendo adiós y tirando besos a la fanaticada. Y Dios guarde al ministro que no levante tienda. ¡Hasta allí llegó su hueso!

Cuando gobernó la derecha, Menocal iba a esa caminata por su voluntad. Y lo disfrutaba. Ahora los citan a la oficina, les designan sitio de concentración y gente del Sheriff constata la asistencia. Para evitar la deserción que ocurría los primeros años después de pasar lista, a mitad de camino le toman fotos al grupo, para ponerlas en el mural de la oficina -les dicen- pero es para saber quiénes se fueron y despedirlos. En Nindirí hay otra sesión de fotos, y en el barrio indígena de Monimbó, fin del repliegue, la última.

Después del Repliegue viene la actividad central de cada año, la del 19 de julio, aniversario de la Revolución. La meta es atiborrar la Plaza Juan Pablo II, llamada así en homenaje al papa polaco que en marzo 1983 negó una oración para los cachorros caídos en la guerra y, después, en febrero 1996, adjetivó de noche oscura a la Revolución. Pero la bautizaron así por negociaciones políticas con la Iglesia.

En julio desempolvan fotos y biografías de muchachos y muchachas que, creyendo en utopías, murieron por miles en la guerra de liberación y después en la de la contrarrevolución. Y en homenaje a sus preciosas vidas, los exhiben en vistosos murales al entrar a edificios públicos. A Menocal le agrada hacer el mural. Él fue cachorro de Sandino y fundador del runguero Batallón de Lucha irregular “General Juan Pablo Umanzor”. Dos años anduvo en las montañas segovianas aventándole verga a la Contra. Su Sheriff no sabe de combates y con costo quema triquitracas en las purísimas. Le desagrada que el martirio de héroes y mártires sea conmemorado con tanta música, pólvora, guaro y propaganda partidista.

El gobierno central y alcaldías controladas por el Partido alquilan buses, camiones y todo lo que sirva para mover gente de lugares lejanos, controlados igual que en Managua. En cada pueblo pasan lista para asegurar que nadie se quede en el camino. Para muchos el viaje es de uno o más días. Son miles los que llenan la inmensa plaza, porque también hay que decir que a los nicas nos encanta el carnaval, si no, pregúntele a Santo Domingo de Guzmán. El 19 muchos se quedan a lo largo de la Avenida Bolívar. Es menos aburrido que oír los mismos discursos del año pasado o ver a los invitados. Antes venían presidentes de países vecinos, aliados, amigos –Chávez, Correa, Evo, alguien de Cuba, perencejo-, ahora vienen menos, no se sabe por qué.

La enorme tarima multicolor está bordeada con chayopalos. Numerosas muchachas y muchachos de la JS mueven los brazos y se contonean al ritmo de viejas y nuevas canciones reproducidas por gigantescos altoparlantes. La gente de Managua y ciudades vecinas llegan temprano. Antes lo hacían la noche anterior. Pero es en la tarde que entra Daniel y su mujer y, ante una señal, ruge la multitud, suena El gallo ennavajado y empieza el ritual. El prócer purpurado bendice la francachela y la mujer saluda a los hermanos y hermanas, agradece la presencia de invitados, invoca a Dios, la prosperidad y las nuevas victorias, proclama el socialismo, el cristianismo y la solidaridad. Suena otra canción. Y habla. Otra canción. Y habla, bla, bla…

Después va el discurso central. El gran líder se remonta a la época de la colonia, a la guerra contra los filibusteros, recuerda nuestro antimperialismo y otra vez promete eliminar el desempleo y la pobreza. Nunca dice nada del respeto a los derechos humanos, menos de las elecciones, porque aquí dicen que se las roba, en contubernio con el Consejo Supremo Electoral. Los presidentes, delegados de movimientos políticos e invitados especiales lo ensalzan, y la gente, aburrida de oír lo mismo de años anteriores, baila, bebe ron, grita, hace pirámides, pelea por rencores viejos o regresan a sus barrios a seguir la parranda antes que finalice el ritual.

En la Plaza de la Revolución, después de años sin verse, Menocal se ocal, edicion, 91encontró con seis cachorros de su escuadra de combate en el BLI Juan Pablo Umanzor. Contentos se abrazaron, recordaron anécdotas y se carcajearon de sus hazañas y sustos mientras bebían cervezas. Por eso no estaba en su lugar cuando el Sheriff mandó que fotografiaran a su grupo. Después no hubo más fotos, porque un torrencial aguacero desbandó al Sultán, a su mujer, al prócer, a los invitados y al gentío. Menocal no saldrá nunca más con su grupo en el mural de su oficina… ni en la planilla.

Ahuacalí, julio 31 de 2017.

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