abuela petrona

Retrato de abuela con Sandino al fondo

1 diciembre, 2009

El escritor nicaragüense Sergio Ramírez prepara sus memorias de infancia, bajo el título “Retrato de familia con volcán”. De esta obra, compartimos un relato cargado de historias y transmitidas por su abuela Petrona, un ser beligerante que se sobrepuso a sus dolores. 


Mi abuela Petrona fue bautizada con una ristra de nombres que ella solía repetir desde su mesa de fabricar puros: Petrona de la Concepción Simodosia Proserpina Auxiliadora Prosilapia del Carmen. Era hija de Jacinto Tiffer, de una familia originaria de Masaya, pero que tenía fincas en Diriá -una población de la orilla de la laguna de Apoyo, cercana a Masatepe- padre también de América Tiffer, la madrastra de Sandino.
            Este apellido Tiffer se halla entre los de familias de judíos alemanes que emigraron a finales del siglo XVIII a Bukovina, al pie de los montes Cárpatos, en lo que hoy es Moldavia, y que luego pasaron a América en el siglo XIX.
            La madre de mi abuela, María Gutiérrez, pertenecía a los Gutiérrez Sabino, tronco común de buena parte de las familias de Masatepe.  Para realzar el carácter de patriarcas que todos los varones tenían, era llamados Tatas: Dolores Gutiérrez Sabino, Tata Lolo Sabino, que fue intendente militar bajo los gobiernos conservadores tras la caída de Zelaya en 1909; Francisco Gutiérrez Sabino, Tata Chico Sabino, el más rico de todos ellos porque estaba casado con Concepción Navarrete, heredera de una importante fortuna; Pedro Gutiérrez Sabino, Tata Pedro Sabino, famoso por su rudeza y sus bromas jayanas, y apodado también Pato, nombre que heredó su descendencia, porque en las fiestas de San Juan era el más diestro en el rito salvaje de arrancar la cabeza a un pato que colgaba amarrado de una cuerda, corriendo a galope tendido; y Aureliano Gutiérrez Sabino, Tata Chano Sabino.
            Si Jacinto Tiffer embarazó a mi bisabuela siendo novios de formalidad, o amantes clandestinos, es asunto que no ha llegado a mis oídos. Y por qué no se caso con ella, si era ella de familia tan principal, es un misterio que mi tía Laura Ramírez, la última sobreviviente de las Ramírez, resolvía diciendo que fue porque ella no quiso, algo que no hace sino espesar el misterio.
            Hasta hoy ignoro el nombre de pila de esa bisabuela, que era, según todo indica, una mujer de espíritu libre, pues siguió prodigándose como madre soltera.  Tuvo un segundo hijo, Napoleón, que murió aplastado en el terremoto de 1931 bajo los muros de la Penitenciaría Central de Managua donde purgaba condena por haber acuchillado a un hombre, una historia oscura que mi abuela contaba siempre con ribetes dramáticos, al borde del llanto.     
            El trato que mi abuela tenía con su padre era lejano, sino inexistente. Y cuando murió, no dejó de haber en la casa un desasosiego de esperanza, porque los bienes, en fincas y casas, eran jugosos. La espera se resolvió a los meses, al presentarse un enviado de la familia Tiffer a entregarle a mi abuela un retrato en óvalo del difunto, dibujado al crayón y enmarcado en una pesada moldura negra. Era su herencia.
            Hubo cólera y estupor en todos, menos en ella, que al día siguiente buscó un martillo, y subida a una silla lo colgó con sus propias manos en la pared de la sencilla sala donde mis tías recibían las visitas de sus novios y la orquesta Ramírez ensayaba. Las burlas de sus hijos no tardaron. Con sorna lo llamaban El Buchón, por sus carrillos inflados, orlados de largas patillas. Ese retrato a lápiz yo me lo traje de Masatepe, también entre las burlas de mis hijos.
            A la muerte de su madre en plena juventud, mi abuela fue criada por su madrina Francisca -y el nombre mama Chica era merecedor de eterna reverencia en su boca-, casada con Tata Lolo Sabino. Y se crió en estrecha compañía con los hijos de los Gutiérrez Sabino, a quienes toda la vida vio como hermanos: Mercedes Palo Blanco, por ejemplo, un comelón pantagruélico de ojo gacho que se ardía los dedos por su afán de meterlos en las cazuelas del fogón para probar los guisos, y al que llevaron a enterrar bajo una incansable lluvia de temporal a bordo de un camión de carga; Isabel, mi tía Chabelita, casada con don Leopoldo Sánchez Rayo, y en cuya casa de Managua fui acogido el año que estudié el sexto grado de primaria en el Instituto Pedagógico de los Hermanos Cristianos;  Fidelina, que tenía en su casa de la calle real una capilla para rezar a solas, casada con don Alfonso Moncada, hermano del General José María Moncada; y Ruperta, casada con don Rigoberto García y cuyo hijo Juan José, que era mi barbero, y soltero sin remisión, tenía su establecimiento abierto en la sala de la propia casa de su madre, a un costado de la iglesia parroquial.  
            De modo que la parentela de mi abuela Petrona se extendía por todas las calles del pueblo, y yo siempre me sorprendía de oírle nombrar a tantos familiares suyos, muchos de ellos acaudalados, finqueros distantes que pasaban a caballo sin decir adiós, y otros, pobres como ella, barberos, sastres y hojalateros, y aún otros, que se ganaban la vida conduciendo carretas de bueyes.
            Menuda de estatura, muy blanca de tez, el pelo negro peinado de manera apretada y que terminaba en una moña, que nunca tuvo una cana, y que yo dichosamente heredé, cordial con todo el mundo, igualmente si eran extraños, de pie en la puerta de la casa buscando a quien saludar cuando no estaba trabajando en la tabla de los puros,  o asomada al horno de las rosquillas, dicharachera, y trabajadora sacrificada. Todavía oscuro ya estaba de pie para encender el horno de panal donde horneaba los sartenes de rosquillas que las vendedoras ambulantes ofrecían de casa en casa y en  la estación del ferrocarril.
            En 1960, recién llegado a la universidad en León, gané una eliminatoria para competir en un concurso centroamericano de oratoria que se celebraba en Guatemala. Era le primera vez que me subía a un avión y la primera vez que salía del país. A mi regreso, mi padre contrató un bus que llenó con todos mis tíos y bastantes de mis primos, para recibirme triunfalmente en el aeropuerto. Mis dos abuelas, que nunca salían de Masatepe, se apuntaron en la comitiva. Mientras esperaban la llegada del vuelo, mi abuela Petrona quiso ir al baño y mi padre la acompañó hasta la puerta del servicio de mujeres. Se quedó haciendo guardia afuera, y alarmado por su tardanza, al fin se atrevió a entrar.
            La encontró subida a la taza del inodoro queriendo abrir la tapa del tanque donde suponía debía orinar, no habiendo conocido en su vida más que el excusado de pon pon de su casa, apartado entre los naranjos en el fondo del solar. Aquella historia, repetida por mi padre con toda suerte de mímicas, la celebraban mis tíos entre carcajadas que más de alguno que pasaba se veía obligado a reprochar, pero nada más común para ellos que reírse de su propia madre.
            Los Ramírez eran liberales acérrimos desde el tiempo de la revolución de Zelaya, y aquella fidelidad fue heredada al general José María Moncada, luego al viejo Anastasio Somoza, y por último a sus hijos. Mi abuela, la más beligerante en la casa, tenía verdadera inquina a los conservadores. Tras el golpe de estado que el general Emiliano Chamorro dio en octubre de 1925 al presidente Carlos Solórzano, el nuevo gobierno conservador se empeñaba en llevarse reclutados a la fuerza a los varones de las casas que se sabían liberales, para que fueran a combatir a sus propios correligionarios del Ejército Constitucionalista, que al mando del General Moncada avanzaba desde Laguna de Perlas, en la costa del Caribe. Ella corría a esconder a sus hijos dentro de los cofres de la ropa cada vez que la milicia se presentaba a medianoche a buscarlos; pero un día le falló su argucia, y muy al alba, los arrearon amarrados, a pie, a Masaya, no sin antes ser paseados con música de viento y estallar de cohetes por las calles del pueblo, junto con muchos otros reclutas, como era la costumbre.
             Tata Lolo Sabino había asumido otra vez como intendente militar de la plaza. También muy al alba se presentó mi abuela a la intendencia a suplicarle que se los devolviera. Ante sus evasivas, en un descuido, se encerró en una de las celdas, dispuesta a quedarse presa sino accedía, para que todo el pueblo supiera que además de arrancarle a sus hijos, la metía en la cárcel.
            Como el otro vio que la amenaza iba en serio, porque mi abuela no salía de la celda, se dio al fin por vencido, y, enfurruñado,  libró la orden de libertad. Con el oficio en la mano, tomó el camino de Masaya, llegando a tiempo porque ya embarcaban a sus hijos en la estación del ferrocarril rumbo a Managua, destinados al lejano frente de guerra en El Rama, hasta donde una parte de las tropas de Moncada venía ya avanzando.
            Aquella fidelidad de mi abuela fue puesta a prueba después que Somoza mandó a asesinar a Sandino, y cuando también pereció bajo las balas Sócrates, el hijo varón de América Tiffer, su hermana de padre.

Mi tía América se había casado en Niquinohomo con Gregorio Sandino, un mediano hacendado que ya antes había tenido un hijo con la campesina Margarita Calderón, cortadora de una de sus fincas de café. Ese hijo fue Augusto Calderón Sandino. Luego de ser reconocido legalmente por su padre redujo su primer apellido a una C, que luego se convirtió en César. La madrastra había terminado por admitir al muchacho dentro de la casa, aunque relegado a comer en la cocina.
            Sócrates llegaba a caballo a visitar a mi abuela Petrona a Masatepe, a veces en estado de ebriedad porque tenía el vicio de la bebida; y fue por ese vicio que don Gregorio lo envió a Estados Unidos, pensando que el trabajo como obrero en las fábricas iba a regenerarlo. Desde Nueva York remitió a mi abuela la efigie de la estatua de la libertad en una postal iluminada de rosa y celeste que ella conservaba pegada en la cara interior de la tapa del cofre de su ropa; allá lo sorprendió la lucha de su hermano, trabajó levantando fondos, y volvió para incorporarse al Ejército Defensor de la Soberanía Nacional.
            Sandino, que muy joven viajaba por los pueblos vecinos a Niquinohomo comprando por cuenta de su padre cosechas de futuro a los agricultores, maíz, arroz y frijoles, visitaba también a mi abuela en sus llegadas a Masatepe. Después desapareció, porque por reclamar un engaño en esos negocios de futuro, hirió de bala a otro comerciante, Dagoberto Rivas, en la puerta de la iglesia de Niquinohomo a la hora de la misa del domingo. El otro le había entregado frijoles infectados de gorgojos y no quería reconocerlo. Fue entonces que emigró a La Ceiba, en la costa norte de Honduras, donde trabajó como mecánico y capataz de cuadrillas de limpieza en las plantaciones bananeras; después recaló en Guatemala, y por último en Tampico, en el golfo de México, empleado como despachador de gasolina en la Huasteca Petroleum Company, de donde volvió en 1926 para incorporarse al Ejército Constitucionalista de Moncada.
            Las fuerzas de infantería de marina de los Estados Unidos ocuparon el país en 1927, y Henry Stimson, enviado personal del presidente Coolidge, impuso el desarme al ejército triunfante de Moncada, en el acuerdo de armisticio firmado en Tipitapa en mayo de ese año. Para Sandino, Moncada nunca dejó de ser un traidor, y se decidió a combatir la ocupación extranjera, y combatirlo a él, en la guerra en las montañas de Las Segovias que duró más de cinco años.
            La guerra constitucionalista se había declarado en la costa del Caribe en mayo de 1926 tras el golpe de estado de Emiliano Chamorro, cuando el reclutamiento forzoso del que mi abuela libros a sus hijos. El derrocado presidente Carlos Solórzano, conservador, había triunfado en las elecciones de 1924 acompañado por el doctor Juan Bautista Sacasa, liberal, como vicepresidente, una fórmula que nunca fue del gusto de Chamorro, entre otras cosas porque había salido derrotado en esas elecciones. Obligado Solórzano a renunciar, el sucesor legítimo era Sacasa. Sin embargo, Chamorro asumió el poder, obligado al poco tiempo por Estados Unidos a declinar en favor de Adolfo Díaz, otro caudillo conservador. Moncada, al firmar la rendición, había obtenido la promesa de no ser estorbado en su candidatura presidencial en las elecciones acordadas para 1928, que fueron supervigiladas por los marines, y que ganó arrolladoramente.
            Cuando llegó el turno de Sacasa, que fue electo en 1932 para suceder a Moncada, y se anunció el inmediato retiro de los marines, Sandino aceptó negociar el desarme de sus fuerzas, y en febrero de 1933 firmó con Sacasa un tratado de paz. En esos días, mi padre, todavía soltero, paseaba un sábado por los alrededores de Niquinohomo con una tropa de muchachas formada por sus hermanas y amigas de sus hermanas, cuando oyeron la noticia de que Sandino estaba en el pueblo, en casa de don Gregorio. Corrieron, siguiendo la carrilera del tren, ansiosos de verlo. Allí estaba, efectivamente. Lo comprobaron por la vigilancia de sus hombres en las puertas.
            Mi tía América los invitó a almorzar. Sócrates compartía alegremente la mesa con los huéspedes imprevistos. Aparte, en otra mesa, en grave silencio, comía Sandino con los miembros de su Estado Mayor, entre ellos el legendario Pedrón Altamirano que mutilaba a machete los cadáveres de los invasores, su muy famoso corte de chaleco.
            Ya para entonces, ella aceptaba como hijo propio a Sandino; la decisión de sentarse con sus hombres, separado de la familia, era suya, por cuestión de carácter, y rigor militar. En el cambio de trato pesaba que Sandino era ahora un personaje; pero también le estaba agradecida porque, siendo él un asceta, se había impuesto en la voluntad del hermano para que dejara el vicio del alcohol, que no se permitía en los campamentos guerrilleros, menos en su presencia.
            Al final del almuerzo se acercó Sandino y fue preguntando quién era cada una de las muchachas. Le tocó el turno a la menor de todas, una belleza de ojos verdes. Mi padre, por imprudencia, inocencia, o malevolencia, que en él nunca se sabía, se apresuró a identificarla.
            -General, le presento a Gladys Valerio, nieta de Moncada -le dijo alegremente.
            Sandino la miró largo rato, azotándose la pierna con el fuete que siempre conservaba en la mano.
            -Dame razón de tu abuelo -dijo al fin-. ¿Sigue haciéndose guabina en la laguna?
            Moncada vivía para entonces en su chalet Venecia, mandado a construir junto a la laguna de Masaya, tras dinamitar los peñascos del cráter y abrir una carretera. Al asumir la presidencia había querido tener una milicia propia, organizada con veteranos de la guerra constitucionalista bajo el mando del General Manuel Escamilla, un mexicano lugarteniente suyo, pero la jefatura de los marines le ordenó desarmarla. Escamilla y sus veteranos se dedicaron entonces a las obras públicas, como aquella de la carretera a la laguna. En recuerdo de la hazaña, en lo alto del desfiladero Moncada hizo colocar una placa de bronce con la leyenda lo que vale la voluntad del hombre dirigida hacia el bien.
            Que Moncada fuera masatepino era razón de orgullo en el pueblo, y no había muchos que lo consideraran un traidor. Además de abrir la carretera al balneario donde edificó su chalet, instaló el agua potable, haciéndola bombear desde el fondo del cráter de la laguna, y una planta de alumbrado eléctrico, ambas compañías negocios suyos; construyó la iglesia del Calvario en la entrada del cementerio, que más bien parece un templete pagano con sus columnas dóricas, y un edificio para escuela de señoritas frente al parque central, a la que puso el nombre de su madre, Zoila, y donde instaló un museo arqueológico con las piezas encontradas en las excavaciones de la carretera a la laguna, vasijas, metates, ídolos indígenas, y armaduras, estribos, espuelas, yelmos y espadas de conquistadores.
            Apodado El Canelo por el color tostado de su piel, hiriente, quisquilloso, y bebedor de marca, consolaba su viudez en brazos de muchachas lavanderas, verduleras y cocineras, prodigando por todos los barrios de Masatepe hijos que heredaron su estatura enteca, su andar chiqueón, y sus sarcasmos. Político, militar, pedagogo, filósofo y periodista, lector de Catón, Plutarco y Cicerón, admirador de las campañas de César y Bolívar, su presidencia, que duró de 1928 a 1932, si un orgullo para Masatepe, fue una tragedia para él. Tras batallar en la política toda su vida, se encontró sin poder ninguno al alcanzar por fin la presidencia, sometido a los dictados de los comandantes de las tropas de ocupación norteamericana, que mandaban en Managua, mientras en Las Segovias mandaba Sandino, su antiguo lugarteniente, como lo describe en sus memorias su secretario privado de entonces, el escritor Carlos A. Bravo.
            Una carta dirigida desde Venecia el 6 de febrero de 1933 a doña Salvadora Debayle, esposa de Anastasio Somoza, recién estrenado como nuevo Jefe Director de la Guardia Nacional al irse los marines, revela como se sentía entonces:
           
            Estimada Yoya:
             Amanecí con buen humor, para invitarla a venir a Masatepe, el día de Trinidad, en mayo o junio. Es el Señor de Trinidad, un Cristo de ébano que suda de su cuerpo muy claras gotas. La gente lleva algodones y con todo respeto limpian el sudor del Cristo para conservarlo como un talismán. Algo parecido ha pasado en Managua ahora con la llegada de Sandino. Todos, con el debido respeto, le han limpiado del cuerpo el sudor.
            Usted que tiene confianza con su marido pídale un algodoncito empapado en Sandino y me lo envía para guardarlo aquí en Venecia como talismán. Si no pudiera Tacho hacerme ese servicio, tal vez lo haría el Dr. Federico Sacasa o su hermano el señor Presidente, o alguno de los que se sentaron a la mesa con el famoso bandolero.
            Esto es de humor, pero puede servir para que don Tacho, su marido, se acuerde de los Galeotes a quienes don Quijote libertó o aquel consejo de Fabard, un escritor militar, quien decía que un buen jefe nunca debe dormirse confiado en la buena fe de un tratado. Muchos saludos y recuerdos de su afectísimo,
 
José María Moncada

Enamorado del estilo mudéjar, él mismo había dirigido la construcción del palacio presidencial de ventanales moriscos en la loma de Tiscapa de Managua, que parecía la morada de un califa venido a menos; igual estilo dio a su casa de Masatepe, frente a la estación del ferrocarril, con agregados singulares, como los grandes ojos humanos por donde entraban los alambres del alumbrado eléctrico; y lo mismo a su chalet de la laguna, anegado más tarde por una crecida. Tenía una barca amarrada en la ribera, y allí hacía subir a la orquesta de mi abuelo para que amenizara sus paseos por las aguas, de uno a otro borde del cráter, en compañía de alguna damisela furtiva, mientras bebía hasta que su calva se tornaba de un púrpura violento.
            Mi abuela se espantaba de las referencias benéficas que mi tía América le hacía del feroz Pedrón Altamirano cuando se visitaban. Lo había tratado por primera vez, contaba, ya declarada la tregua final,  en enero de 1933, en ocasión de acompañar a su marido en una misión a los campamentos guerrilleros de Quinta Guadalupe, cerca de Apanás, en Jinotega, porque don Gregorio ayudaba a facilitar las negociaciones de paz.
            -Si vieras, Petrona, que caballero más gentil es Don Pedro -le decía, embelesada.
            La noche del 21 de febrero de 1934, Sandino fue apresado junto con los generales Francisco Estrada y Juan Pablo Umanzor, por órdenes de Somoza, al bajar en automóvil de una cena con Sacasa en el palacio presidencial de la loma de Tiscapa.  Somoza parecía haber tomado ventaja de la cita que Moncada hacía de Fabard en la carta a su esposa.  En el automóvil viajaban también don Gregorio Sandino y el ministro del Trabajo, don Sofonías Salvatierra, mediador en los acuerdos de paz del año anterior, quienes fueron apartados, mientras Sandino y sus lugartenientes eran conducidos a un lugar de las afueras de Managua, y asesinados. A la misma hora, la Guardia Nacional asaltó la casa de Don Sofonías, donde se alojaban Sandino y su comitiva, y asesinó a Sócrates, que no había asistido a la cena. Los dos hermanos fueron enterrados en la misma fosa secreta. Don Gregorio salió exiliado a El Salvador.
             Mi abuela se trasladó por un mes a Niquinohomo a acompañar a su hermana en el duelo, encerradas las dos en la casa sitiada día y noche por patrullas de soldados que en señal de advertencia, a cada ronda, golpeaban con las culatas de los fusiles las puertas clausuradas. Al poco tiempo, mi tía América se fue al exilio tras el esposo.
            Cuando en 1940 nació Luisa, mi hermana mayor, ya estaban de vuelta, porque llegaron en tren a Masatepe a conocerla, y esas visitas a casa de mis padres fueron periódicas por varios años. Alto, moreno y robusto, don Goyo Sandino, vestido de grueso casimir a rayas, la leontina visible en el chaleco, pesados los zapatos, los anteojos de aro metálico, se balanceaba al andar, y ella menuda y blanca como mi abuela, los ojos chispeantes tras los lentes sin marco, el rebozo negro sobre los hombros, de luto para siempre.
             El niño que se apura en volver de la escuela, poco escucha  hablar de Sandino en la rueda de la tienda. Es un tema secreto en la familia. Somoza ya está en el poder hace años, tras el asesinato de Sandino, golpes de estado, constituyentes, elecciones fraudulentas, represiones, pactos y artimañas, seducciones y fidelidades de por medio, como las de mi familia; y aún el libro contra Sandino, mandado a publicar por el propio Somoza, El calvario de las Segovias, es un libro prohibido que se guarda bajo llave.
            Las campanas de la iglesia parroquial de Masatepe sonaban frente a mi casa. Pero en tardes serenas, más allá del rumor de las palmeras reales sembradas en el parque, creía escuchar los sonidos de otras campanas, las de los pueblos tan cercanos, Jinotepe al sur,  San Marcos al occidente, Niquinohomo al oriente, Catarina a poca distancia de Niquinohomo. Próceres y villanos, héroes, soñadores y aventureros, que escribieron buena parte de la historia nicaragüense del siglo XX, y aún del siglo XIX, nacieron y vivieron, por un extraño sino, bajo esos campanarios.            
            Bernabé Somoza, el caudillo que pasó la vida en armas bajo las banderas liberales, y terminó colgado en la plaza de Rivas en 1849, después de entregarse a su compadre, el general Fruto Chamorro, era de Jinotepe, ancestro del general Anastasio Somoza García, que nació en la finca El Porvenir, cercana a San Marcos, y de quien se decía era hijo adulterino del general Moncada, que era de Masatepe, mientras el general Sandino, que era de Niquinohomo, había visto en 1912, aún adolescente, como los soldados yanquis arrastraban con un tiro de mulas, por las calles del pueblo, el cadáver del general Benjamín Zeledón, héroe de la resistencia contra la ocupación, y que sería enterrado en Catarina, en el sitio donde mi hermano Rogelio hizo levantarle un monumento setenta años después, y una revolución mediante.          

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Escritor nicaragüense. Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2017. Fundó la revista Ventana en 1960, y encabezó el movimiento literario del mismo nombre. En 1968 fundó la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA) y en 1981 la Editorial Nueva Nicaragua. Su bibliografía abarca más de cincuenta títulos. Con Margarita, está linda la mar (1998) ganó el Premio Internacional de Novela Alfaguara, otorgado por un jurado presidido por Carlos Fuentes y el Premio Latinoamericano de Novela José María Arguedas 2000, otorgado por Casa de las Américas. Por su trayectoria literaria ha merecido el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, en 2011, y el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en Idioma Español, en 2014. Su novela más reciente es Ya nadie llora por mí, publicada por Alfaguara en 2017. Ha recibido la Beca Guggenheim, la Orden de Comendador de las Letras de Francia, la Orden al Mérito de Alemania, y la Orden Isabel la Católica de España.