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Se llevaron el oro, nos dejaron el oro: Balastro, novela de Pedro Avellán Centeno

1 octubre, 2012

Sorprendido al reconocer una historia conocida como velada, Corea Torres nos introduce en la novela Balastro del narrador nicaragüense Pedro Avellán Centeno, extrayendo de ella algunos de los puntos convulsos, embebidos de indignidad, en virtud al pasado de filibusterismo, de saqueo de los recursos naturales y del sometimiento oprobioso de los habitantes de una Costa Atlántica sufrida, vapuleada por los mercenarios sin escrúpulos, en su afán por adueñarse de las riquezas que ofrece la región. Punto aparte del suceso histórico, la vida de los personajes insertos en la narración, merece especial atención por cuanto Avellán los despliega y perfila con atingencia, entregando una obra de alto contenido humano. 


«… La noche es un insulto perfumado en la mejilla de la bestia…»

Virgilio Piñera, del poema La isla en peso

Cuna de una cultura indudablemente distintiva con respecto a la de la masa continental de América, la región caribeña se expresa con igual sello, con diferencia.

Simbiosis, religiosidad, confluencia de razas, el específico sentimiento y la relación con el mar, con su selva y fauna, se combinan en una retícula de sino único.

Quienes abordan el tema desde la perspectiva del género literario en donde se sienten más cómodos para expresarse, saben – pues sienten en sus venas la ebullición tropical, y la noche con su olor, ese olor tan bien precisado por el poeta cubano Virgilio Piñera en su Isla en peso: “… La noche se cruza de paralelos y meridianos de olor,/… el olor lleva la batuta de las cosas que pasan por la noche,/ … El olor sabe arrancar las máscaras de la civilización…”- que es un artefacto explosivo, capaz de hervir la sangre hasta el punto de la violencia extrema, pero ¡oh prodigio de la creación!, también soliviantar la generosidad.

Ese Caribe muy bien cantado por poetas de las distintas lenguas insertas en su seno, creole, francés, inglés español, árabe, mískitu hindú, chino, siboney, africano, se ve sustentado en su ser, precisamente por la contribución de la diversidad, y en semejante mezcolanza surge, como materia prima para la definición de su idiosincrasia, una esencia que lo identifica.

Territorio sujeto a conquista, a batallas entre invasores y propios, el Caribe ha originado una historia de continuada lucha por la posesión de sus riquezas; ahora ya se sabe la brutal naturaleza de estas expoliadoras empresas asentadas en la región, suenan así merced a la voz testimonial de Avellán: George D Emery of BostonBragman´s Bluff Lumber CompanyStandar FruitSteem Ship CompanyNicaragua Leaf Pine Lumber Company (NIPCO); Neptune Mining CompanyVentures Mining LimitedLuz Mining LimitedRosario Mining Limited y una lista no tan larga de otras explotadoras.

De todos es sabido la inigualable flora y fauna, así como las zonas dotadas de minerales preciosos, de maderas, caucho, chicle, bálsamo, pero también es sabido la depredación hecha por oportunistas y filibusteros acostumbrados a robar mercenariamente para hacerse de los valores asentados en esa tierra, quienes han dejado heridas profundas al interior de las comunidades.

No tan alejada de la Costa Atlántica del norte nicaragüense, pero con mucha relación en lo socio-comercial y cultural se encuentra la zona aurífera correspondiente a lo que hoy se conoce como Rosita, La Luz, Bonanza y Siuna, desarrollada al amparo de la explotación del oro pero también de otros minerales de mucho valor como la plata, el cobre, el acero, el plomo y el zinc, es ahí donde el novelista Pedro Avellán Centeno, originario de Siuna, ubica a sus personajes para relatarnos en esta novela de título Balastro, una historia, dotada de elementos que la sitúan, pese a su naturalismo exacerbado, en el estadio de la literatura donde se contempla la vida como si realmente esa fuera la que se vive. Para ello acude, en la construcción de su estructura, a varias líneas de acción entre las cuales se destacan por su importancia: el proceso histórico de las minas, de cómo se formaron, de la serie de aventureros españoles y norteamericanos atareados en posicionarse del lugar con todas las ventajas posibles para la explotación de los minerales y su traslado a sus países de origen, dejando en el camino, sin ningún asomo de escrúpulo, a los trabajadores con sus familiares, enfermos, desahuciados, si vale la palabra, arruinados de alma y espíritu. Aquí el autor entremete la historia de desamor entre Helcidelia María y Cundano Pérez, padres del que más adelante llevará las riendas del protagonismo en los sucesos y de nombre doctor Elugerio Cristino. Por otra parte da cabida a la recreación del ambiente selvático de la Costa Atlántica con toda su fuerza acuática y verde, todo ello sin dejar de lado la incubación del huevo de la serpiente somocista, mientras por esas montañas el General de Hombres Libres Cesar Augusto Sandino, toma la batuta de la respuesta armada.

Balastro, el título, viene del nombre que mineros y la gente dedicada a estos menesteres de sacar el metal precioso de las minas, le llama aún a la piedra extraída de las excavaciones hechas en el socavón –hoyo o pozo- hasta llegar al filón. El balastro obviamente no tiene ningún valor comercial, es tan sólo piedra plana y filosa, pero triturada sirve al menos para rellenar los caminos de terracería, acaso relleno para los asfaltos posteriores y disculpen ustedes el símil, pero resulta hasta metafórico con la figura de la gente ocupada en la extracción de los metales; ellos –los mineros y sus familiares- son sólo el vehículo para sacar las piedras desde las entrañas de la tierra y después es triturada por la enfermedad y las pésimas condiciones en las que se desenvuelven. Así las cosas, se tornan tarde o temprano en cascajos humanos, un mucho de esta figurativa presencia es relatada por Pedro Avellán en esta novela.

Pero además de la carga de historicidad, del señalamiento específico de la geografía del territorio físico donde suceden los acontecimientos, del desarrollo del personaje Elugerio Cristino, de Adayiba Jazmín, su amada, de Cundano Pérez el padre de Elugerio y las circunstancias que los envuelven, además de la inserción del mundo de fantasía rayano en lo inverosímil, por cuanto algunos episodios torales de la historia, sobre todo las oníricas, en las cuáles Elugerio es la proyección del sueño de un escritor aparecido de última hora llamado Literato Zelaya, a la vez invención del autor, existe un trabajo aledaño relacionado a la recuperación del lenguaje coloquial de los protagonistas que resulta altamente encomiable: “bolo”= borracho; “chintano”= sin dientes; “cagando chirre”= asustado; “guasa” = broma; “cipota” = niña;  habida cuenta de la referencia que el lector logra asir de esa forma de comunicación, modismos y giros asociados a la fauna y flora del lugar, proponiéndolo y sosteniéndolo como la idiosincrasia típica de sus habitantes:  “Adentro de la pocilga dormía un molendero chineando una vieja piedra de moler maíz…”; “Algunas veces los ayacuás; espíritus del monte llegaban a rodear el campamento…”; “Durante las vaqueadas del níspero, los chicleros iban también señalando la ruta del bálsamo, otro árbol generoso…”; “Los pavones parientes de los chompipes…” y aparecen con especial alumbramiento, los nombres de animales como se les conocen en esos rumbos: chanchos de monte, saínos, tepezcuintles o cusucos, dantos, cuyuses, guatusas, guardatinajas, entre otros.

Con este trabajo Avellán Centeno logra narrar con eficacia y amenidad los acontecimientos y las circunstancias que envolvieron esa suerte de épica gambusina, en una época en que la costa caribeña nicaragüense, prácticamente estaba abierta a cualquier aventurero cifrado en descubrir alguna riqueza a explotar, y con la intención clara de apropiarse de ciertas partes del territorio y así extraer de su seno, con toda la libertad posible, todo aquello susceptible de generarle dividendos económicos. El contexto histórico posterior a esta conquista subrepticia es necesariamente revolucionario, mientras el dictador Somoza asienta sus reales en el poder, aplaudido, apoyado y secundado por el gobierno gringo, se incuba una incipiente resistencia que apela a la dignidad patriótica jefaturada por el entonces aún desconocido General Augusto César Sandino. Por desgracia, y esto es referido aquí en Balastro, la inhóspita selva y clima en donde se desarrollan las diferentes historias de sus moradores, hace que el acceso se torne sumamente difícil; así las cosas, según Avellán Centeno, para las comunidades en su aislamiento tanto las noticias como el aprovisionamientos de elementos vitales de subsistencia, les resultan de una dificultad extrema; por eso, los retratos físicos de los personajes, como sus comportamientos, responden a esa misma forma de ser, es decir, reflejan las dosis de sincretismo, superstición, machismo exacerbado y otras costumbres naturales de una comunidad en semejantes condiciones. La gran virtud de Avellán, en términos estructurales y de temática, es su habilidad contrapuntística: pasa de lo realista a lo fantástico, con cierta facilidad, acaso excedida, agregaría yo, los momentos oníricos, de ahí que a veces está al borde del despeñadero hacia la inverosimilitud. Sin embargo, la historia se salvaguarda merced a su narrativa y a la atmósfera que logra crear.

Con la mirada de Avellán el lector posa la suya en la Costa Atlántica y cobra conciencia del universo humano, de sus avatares, estableciendo con ello una relación de solidaridad, a la vez de un sentimiento de reprobación contra esa arquitectura de la desgracia y por extensión al deseo de hacer algo que contrarreste tan indigno accionar.

Balastro entonces, se erige como una novela estructurada de manera tal que su contenido ofrece un repaso de la historia del Caribe nicaragüense. Sirve de vehículo para la representación de los perfiles humanos de sus habitantes, en quienes se conjugan usos y costumbres, además de mostrar algunos antecedentes de la incipiente revolución sandinista ejercida precisamente por su generador, el General Sandino, la pasarela del lenguaje, por supuesto la trágica evolución de la minería nicaragüense y la inventiva de un autor que, a la manera de otro caribeño de prosapia como Lizandro Chávez Alfaro, con su Trágame tierra, refieren el siempre vivo y dramático acontecer de la Costa Atlántica de Centro América, registro memorioso de una realidad tantas veces aislada.

*“Se llevaron el oro y nos dejaron el oro”, proviene del texto La palabra del poeta chileno Pablo Neruda, en su libro de memorias Confieso que he vivido (pág. 58, Círculo de lectores, 1974). 

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(Chichigalpa, Nicaragua, 1951). Escritor, poeta, crítico literario. Estudió Ingeniería Química en la Universidad Autónoma de Puebla y laboró en la industria del papel y cartón para envoltura por más de 20 años.
Lector desde siempre. Maestro de talleres literarios en la Casa del Escritor de Puebla. Coordina la Sala de Lectura Germán List Arzubide. Autor de la columnaLibros de la revista semanalMOMENTO en Puebla.
Asesor literario independiente. Colaborador del suplemento cultural El Nuevo Amanecer deEl Nuevo Diario, de Managua. Editor de la sección Crítica y colaborador de la revista virtualwww.caratula.net
Ha publicado: ahora que ha llovido (Poesía, 2009 CNE).Miscelánea erótica (Poesía colectiva 2007, BUAP). Los guajolotes de donde La Güera, Antología de cuento Puebla directo (Ayuntamiento de Puebla y BUAP, 2010).
Colaborador de Radio ABC, 1280 AM, Puebla, con su columnaLibros al medio día, los viernes.
Ha publicado poesía, cuento y ensayo en diversos periódicos y revistas poblanas.