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Señor de los tristes, de Sergio Ramírez. Maestros y discípulos: Mirando los fulgores a trasluz

1 febrero, 2012

En suma, Señor de los tristes (sobre escritores y escrituras) (Universidad de Puerto Rico, 2006), es un compendio de escritos sobre escritores y escrituras que oscila entre el elogio de la prosa y el elogio del verso y entre el descubrimiento de la una en el otro y vice-versa. Este es un libro sobre el arte de escribir, sobre la pasión del escritor, en el cual su autor, Sergio Ramírez, habla de maestros y discípulos, de sus maestros y de los discípulos de sus maestros, de los compañeros de sus maestros con desbordado amor e incontinente pasión.


El otoño pasado, otoño del año 2011, me pidieron que enseñara un curso sobre literatura y cultura latinoamericana y elegí un texto de Sergio Ramírez, Señor de los tristes,  sobre escritores y escrituras para enseñarlo. Elegí a Ramírez porque en un curso anterior, habíamos leído uno de los ensayos de dicho texto, titulado ‘Primeras letras con Borges’, que me había dado grandes resultados, aun si los estudiantes lo habían considerado de difícil lectura.  En este curso del que hablo, cada semana leíamos un ensayo de Ramírez seguido de un texto del escritor que él analizaba.  El primer ensayo que leímos fue “En el rincón de un quicio oscuro,” ensayo inaugural en el que Ramírez reconstruye la relación imperial de España y Estados Unidos con Latinoamérica a partir de la derrota española en 1898.  La tesis es que la España profunda subyace a esta España decadente y la conclusión es que sólo la modernidad podrá salvarla.  Darío, líder indiscutible del modernismo literario en lengua castellana, esbozará tal idea de esperanza hablando a la Generación del 98 sobre la modernidad continental cuyos polos son Estados Unidos y Argentina.

La Argentina es “el país de la aurora, abierto a las nutridas migraciones europeas…que atasca sus graneros, exporta barco tras barco de carne congelada, levanta enjambres de fábricas, y hace crecer una masa obrera pujante, un espejo que multiplica a Bilbao y Barcelona, nada más, pero que deja fuera de sus reflejos a la España feudal y rural de los caciques.”  Y, los Estados Unidos, en superlativo a lo argentino,

[e]n las tres décadas finales del siglo XIX…habían multiplicado sus índices de producción en hierro, carbón y acero, ya mayor que la de Inglaterra y Francia a la vez; tenían, además, las fuentes del petróleo en su propio territorio, y dos veces más kilómetros construidos de ferrocarril que toda Europa en su conjunto. Su producción de cereales era diez veces mayor que las de Alemania y Francia. No eran todavía la primera potencia naval, pero comenzarían a serlo después de destrozar a la flota española en Filipinas y Santiago de Cuba. La era de las cañoneras…estaba por abrirse. Y pronto empezarían los sufrimientos del caribe…que se vería ocupado militarmente…por la infantería de Marina.

La modernidad brilla en todo su esplendor en este artículo en el que tanto Darío, como Ramírez, su discípulo, despliegan a la vez un enorme entusiasmo por la modernidad—las ciudades feéricas que Darío adoraba, el fulgor, la velocidad—y el enorme peligro del imperio norteamericano. Oigamos hablar a Darío:

Y los he visto a esos Yankees, en sus abrumadoras ciudades de hierro y piedra…parecíame sentir la opresión de una montaña, sentía respirar en un país de cíclopes, comedores de carne cruda, herreros bestiales, habitadores de casas mastodontes. Colorados, pesados, groseros, van por sus calles empujándose y rozándose animadamente a la caza del dolar. El ideal de esos calibanes está circunscrito a la bolsa y la fábrica…

El curso empezó, haciendo notar primero la importancia que Darío cobraba frente a la generación del 98 español y, segundo, cómo la independencia de Cuba de España, señalaba el peligro del nuevo imperio norteamericano.  Poética y política quedaban entrelazadas desde el primer ensayo, enlace que luego se iba a prolongar en todos los artículos subsiguientes.  Por esas mismas razones el ritmo y paso de la enseñanza estuvo marcado desde el arranque primero, por esa relación, por la dificultad de manejar la abundancia de referencias poéticas y políticas y, segundo, porque las imágenes de Darío sobre los norteamericanos no eran aceptables a los estudiantes norteamericanos.  Añádase a estas dificultades una tercera, el hecho de que la juventud, al respirar el aire saturado de postmodernidad, ha perdido su sensibilidad hacia épocas menos tecnológicas que las presentes.  Así, mientras por un lado quedaban a la espera de ser seducidos por el encanto inevitable de la prosa modernista que les llevaría hacia mundos desconocidos, por el otro, rechazaban la interpelación a nivel personal, el oírse llamados «estupendos gorilas colorados«, “bárbaros fieros”, «búfalos de dientes de plata«.  La clase entró en tensión de imediato y la relación [email protected]í[email protected] quedó en el aire.  Se había puesto en la mesa de discusión un reto.  La lectura siguiente correspondía a los dos grandes poetas modernistas, José Martí y Darío y elegí del primero “La niña de Guatemala” y, del segundo, “Margarita, está linda la mar”.  Los jóvenes saben apreciar cuentos de hadas e historias de amor.

Empezamos a leer los poemas en voz alta.  Siguiendo los consejos de José Coronel Urtecho, que fue quien a mí me enseñó a leer poesía, les hice leer varias veces los poemas, cada vez más lentamente hasta que los ojos les empezaron a brillar.  En plena ensoñación olvidaron los epítetos con que Darío había calificado a sus compatriotas del 19, y empezamos a navegar sin obstáculos por el inmenso mar del modernismo literario, dejando atrás toda la tecnología que mediaba sus vidas.   Así llegamos a la idea de la metempsicosis, idea totalmente anti-tecnotrónica, con la que Ramírez postula cómo un autor prefigura a otro constituyendo la historia de las letras en una sola sombra larga de [email protected] y discí[email protected]  La palabra metempsicosis aparece en el ensayo sobre Borges y al leer ese artículo, ya en plena magia, los estudiantes aceptaron sin problemas cómo en Borges renacía Darío y cómo Darío, “ya escribía de la misma manera como décadas después lo haría Borges. Oigan esos versos de Borges escritos por Darío en 1900”:

La tortuga de oro camina por la alfombra
y traza por la alfombra un misterioso estigma;
sobre su carapacho hay grabado un enigma
y un círculo enigmático se dibuja en su sombra.”

Ya dije arriba que mi experiencia con el artículo de Borges había sido anterior, en un curso titulado ‘Introducción a la literatura’.   Si bien leímos este artículo al final de ese curso, me di cuenta que el texto era demasiado elevado para principiantes y, a fin de introducirlos al vocabulario y sintaxis de Ramírez, les hice traducir una enorme oración-párrafo, de esas que no se suelen escribir en inglés, lengua más de Ernest Hemingway que de John Steinbeck, para que se dieran cuenta de lo difícil pero gozoso que era el arte de la subordinación.  La frase era la siguiente:

Yo estaba apenas llegado para entonces a San José, en la meseta central brumosa donde siempre lloviznaba y los contrafuertes de los montes cercanos eran siempre grises, un paisaje manso al que no terminaba de acostumbrarme viniendo como venía de un país donde siempre sobra el sol que sollama la arena negra de los volcanes y enciende en deslumbres calinos el mar siempre cercano, un país donde llueve a ramalazos cuando llueve, y no aquella pelusa difusa fría y persistente que goteaba sobre la seda funeral de mi inmenso paraguas recién comprado.

La traducción que hicieron fue magnífica, tan magnífica que se la envié a Ramírez quien comentó que se leía muy bien en inglés.  Desafortunadamente no la conservé para mostrársela al lector que quizás no sepa apreciar lo arduo que es el arte de enseñar a leer y a escribir y menos aún lo que significa aprender a subordinar en español usando las frases de Ramírez pero, desde entonces, Ramírez se convirtió en el maestro de escritura.

Cada clase tradujimos ya una de sus oraciones largas, ya una de las oraciones de los otros textos que cita en el suyo y, para mi gran concierto y alegría, los chicos se empezaron a asomar bien y con gusto al arte de la escritura.  Pues de eso, de escritores y escrituras, y no de otra cosa es precisamente de lo que habla Señor de los tristes, pero en el grado superlativo.  Así, cuando con el mismo afán de entender el arte de escribir pasamos a la traducción de otros escritores, como Pablo Antonio Cuadra, constatamos cuán difícil es encontrar la expresión correcta.  Muchas veces, 23 alumnos y yo usamos una hora y media entera en un solo párrafo. Por ejemplo,  el siguiente:

Un  silencio de derrota amarga el cielo como la boca de un desilusionado. Trato de empujar mis ojos y perforar la equívoca vaguedad violenta del llano. ¡Nada se mueve! Ni la estatua negra, humillada, del toro. Ni el círculo, paralizado por el miedo, del rodeo. Ni el árbol. Ni el viento…Solamente allá, sobre su sangre tenue e inocente, leves convulsiones agitan el pequeñísimo despojo del ternero, reducido por la muerte y por el crepúsculo, como si invisibles hormigas lo alejaran lentamente hacia el oscuro vientre del mundo.

Este párrafo nos sirvió para discutir la tesis de Ramírez sobre género literario, la transición de los ‘ismos’ (costumbrismo, regionalismo) a una prosa más a la medida de lo popular-americano.  En Señor de los tristes, los dos ejemplos más claros de esta transición son Juan Bosh y Pablo Antonio Cuadra.  Ya veremos abajo esta idea con más detalle.

* * *

A medida que avanzábamos en la lectura de Señor de los tristes, oíamos a Ramírez hablar de sus maestros.  Maestros suyos lo son todos: todos los que están estudiados en el texto y todos los que están citados en el texto—todos, los grandes narradores latinoamericanos y europeos; los grandes poetas latinoamericanos y norteamericanos; los grandes cuentistas de la modernidad.  Pero llamados maestros explícitamente son solo tres: José Martí, maestro de Rubén Darío; Juan Bosh, a quién todos llamaban maestro; y Pablo Antonio Cuadra, el maestro de Tarca.  Todos son maestros de Ramírez, aunque, el maestro de maestros que no aparece mencionado como maestro sino como discípulo es, por supuesto, para Ramírez, Rubén Darío.   Este poeta de poetas marca la tendencia del texto que es realmente el amor profundo del discípulo Ramírez por su maestro Rubén. En el mero corazón de Señor de los tristes palpita esta inconfundible y ardiente pasión dariana.  Y, al lado de Darío, Jorge Luis Borges—“un escritor clave en (su) existencia”—Darío y Borges, los dos escritores latinoamericanos más reconocidos en Europa, a decir de María Kodama.  Ya vimos como Ramírez propone cómo uno y otro se escriben y reescriben extemporáneamente.

Mas, el primer maestro que reconoce Señor de los tristes explícitamente es José Martí.  Siguiendo este sentido de la unidad de los mundos poéticos y políticos, el artículo “Hijo y padre, maestro y discípulo” empieza con una visita que nunca se cumple.  En Nicaragua esperaron a Martí en vano.  Nunca llegó.  Darío lo conoció en Nueva York en un encuentro narrado en un estilo romántico donde Darío nos cuenta cómo, ‘en un cuarto lleno de luz’ se encontró entre los brazos de un hombre pequeño que le llamó ‘hijo’.  Este era un hombre de ‘rostro iluminado’ que debía de defenderse ese día porque había sido acusado de no sé que negligencia política.  Pero primero lo presentó a él, a Darío, con una prosa de ‘orador sorprendente’ cuyos extraordinarios recursos lucían ‘las mejores galas de su estilo.’  Darío ya contaba con la simpatía de los presentes y Martí ‘pronunció en aquella ocasión uno de los más hermosos discursos de su vida.’  Este marcó el instante del encuentro entre el orador por excelencia, que era Martí, y el mudo por excelencia, que era Darío—dice Ramírez.  Pero también fue el encuentro de la mejor prosa con el mejor verso latinoamericano.  Este romance entre los dos escritores emblemáticos del modernismo continental subraya el vínculo filial entre ambos. Ramírez nos dice: “Darío siempre había tomado partido del lado de Cuba en su guerra de independencia, aunque hubiera lamentado como un sacrificio inútil la muerte de Martí: «¡Oh, maestro! ¿Qué has hecho?» le preguntaba en un artículo recogido en Los Raros.”

Poética y política siempre unidas encontrarán una segunda instancia en el artículo “Con garra de animal de presa” que habla del magisterio de Juan Bosh.  A Bosh le llaman maestro por su forma didáctica de dirigirse a los demás.  Ramírez cuenta que escuchó de su viva voz su preceptiva sobre el cuento, que leyó luego bajo el título Apuntes sobre el arte de escribir cuentos, publicados en El Nacional de Caracas en 1958.  Estas reglas eran las siguientes:

persistir en el tema central; extraer al tema elegido las consecuencias últimas, con garra de animal de presa; hacer que el relato conserve el tamaño de su propio universo; no darle al relato medidas fraccionadas y distintas; y conseguir un final que sea siempre sorpresivo para el lector, todo resumido en la frase lapidaria de Horacio Quiroga: ‘el cuento es una flecha dirigida rectamente hacia el blanco’.

Los grandes maestros del cuento son Antón Chejov, Maupassant, Sherwood Anderson y Rudyard Kipling.  Más, el maestro de Bosh, confiesa Bosh mismo, fue Eugenio María de Hostos. “Hostos (dice Bosh) fue para mí un maestro a través de su obra…. Él transformó mi destino. Antes de leer la obra completa de Hostos yo era un proyecto de hombre…un proyecto de hombre que quería hacer algo por su pueblo y por los pueblos latinoamericanos. Pero no sabía cómo…”  De nuevo la conjunción entre arte y política que va a señalar a Bosh como doble maestro de Ramírez, como Ramírez mismo confiesa con cierta nostalgia, igualando los dos destinos, el del maestro y el del alumno. Dice:

cuando nos encontramos por primera vez en San Isidro de Coronado en mayo de 1961, nadie podía decirle entonces que le tocaría suceder en el poder a Trujillo, su antítesis ética y política, aunque fuera por pocos meses. Tampoco nadie pudo haberme dicho a mí entonces, aprendiz de cuentista sentado frente a su maestro, que dos décadas después me tocaría suceder a Somoza como miembro de la Junta de Gobierno, al triunfo de la revolución en Nicaragua.

No sorprende oír que, como Bosh, Ramírez afirma que se puede ser cuentista y político pero no ambos a la vez.  Por eso, parece estar hablando de sí mismo también cuando afirma que para Bosh la literatura era un oficio serio que no se podía compartir con la política.  No es que una perjudique a la otra sino que ambas son amantes celosas que no permiten compartirse con nadie; actividades ellas a las que hay que entregarse por completo e incondicionalmente. Pero volviendo al cuento como género literario, Bosh aconseja que los personajes del cuento, a diferencia de los de la novela, deben ser pequeños, y que  “el verdadero arte de escribir consiste en borrar palabras”.  Si, en borrar, tachar, cambiar, alterar, meditar el vocablo, la estructura de la oración, pasar horas enteras solo en compañía de la palabra hasta quedar completamente saciado del delicioso arte de organizar y desorganizar palabras.  Así es que se organizan los universos autóctonos en Bosh y en Cuadra. El afán de Bosch como el de Cuadra es escribir un universo diferente al de la literatura europea; construir una identificación propia, percatándose que la intensión de los ‘ismos’ de constituir una argamasa para las nacionalidades, se equivocó, dice Ramírez, en

la manera de abordar el universo rural que se ofrecía a los ojos del escritor en todo su esplendor y su miseria. Porque la literatura vernácula fragmentó ese universo, o se conformó con extraerle sus colores más banales, como si se tratara de una expedición para explorar lo exótico tierra adentro.”  Bosh, en cambio, tuvo una visión moral, política, y literaria integral de su país y así lo demostró “cuando tuvo la oportunidad de ejercer el poder, quiso hacer desde el gobierno lo que había venido haciendo toda su vida desde la literatura: reivindicar un mundo atrasado, olvidado, oprimido, hacerle justicia.

Tal vemos en el cuento “Rosa,” donde dice:

No era culpa del campo ser arena de tragedias ni semillero de hombres que se desconocían a sí mismos. Esa era culpa de otros, de los que sacaban de nuestro sudor la parte que usaban en rodearse de comodidades o simplemente en envilecerse, y ni siquiera nos devolvían en escuelas lo que nos quitaban todos los días. Rodando por el mundo conocí muchos de esos culpables y me percaté que gran parte de ellos ignoraban que vivían a costa nuestra. A los que me decían que con lo que yo sabía podía hacerme rico en la capital o en alguna ciudad, les respondía que yo sabía que era un explotado, pero que prefería eso a ser un explotador.

Lo mismo vemos en las enseñanzas del maestro de Tarca.  Lo primero que aprendió Ramírez de él fue el rigor, su amor por la perfección, ser implacable consigo mismo.  Cuadra ponía su trabajo de escritor por encima de todo.  Ramírez aprendió a oír su juicio severo, el ejercicio de su criterio sobre qué publicar y qué no. Luego aprendió la

búsqueda permanente de nuestra identidad en sus raíces populares y en los elementos tan variados del mestizaje. A través de la imaginería de sus poemas hizo trascender el término vernáculo, desde su páramo doméstico, a una dimensión universal. En ellos podemos leer lo nicaragüense lejos de cualquier color local, bajo una luz artística que se vale por sí misma, y se abre por sí misma, sin separarse de esas hondas raíces que están siempre bajando a lo profundo de la tierra solar.

En el ensayo sobre Cuadra encontramos una reflexión sobre la modernidad y el modernismo junto a una reflexión sobre poesía y prosa.  El modernismo se caracterizó por una ruptura con una estilística anterior y la exploración de otros territorios lingüísticos.  La poesía pastó en otros campos tales como los de la poesía norteamericana de avant-garde —que dieron a conocer Salomón de la Selva y José Coronel Urtecho.   Si con Darío se conoció el simbolismo francés—Baudelaire, de Verlaine, de Rimbaud—con los Vanguardistas, dice Ramírez “nos hicimos contemporáneos de los padres de la moderna poesía norteamericana, T.S.Elliot, Ezra Pound,” Edna St. Vincent Millay y Archibald Macleish, de la generación fundacional de la revista Poetry de Chicago.

Mas, si en la poesía los poetas nicaragüenses fueron coetáneos de los poetas franceses y norteamericanos no sucedió lo mismo con la prosa.  No hubo contemporáneos de Hermann Melville, Flaubert, Henry James, Theodor Dreiser, Scott Fitzgerald, William Faulkner.  La realidad continental latinoamericana no dio para eso y persistió en sus ‘ismos’ vernáculos y luego giró hacia la novela de la selva, la narrativa de denuncia y el realismo social.  Pero en Cuadra hay una propuesta filosófica en la visión del mundo campesino, patriarcal pero humanista, apegada a los que habitan ese universo telúrico—campesinos desvalidos, acosados por el infortunio, campesinos de agua dulce, de riberas, tierra firme, y de los llanos.

* * *

Empecé hablando de mi curso de introducción a la literatura y explicando porqué escogí un libro de Sergio Ramírez para enseñarle a mis estudiantes a leer y a escribir, pero la experiencia fue tan hermosa que pensé en escribirle un email al autor para compartir con él esta vivencia tan valiosa.  Mas, estando en Santiago de Chile, una semana después de qué él recibiera el Premio Donoso, mientras leía su artículo sobre este mismo escritor en la propia tierra de Donoso y con su misma gente, recibí un email de Brad Hilgert, mi estudiante graduado que se quedó a cargo del curso mientras yo estaba en Chile.  Y en ese email él me decía: “Parece un libro lindo, este que estás enseñando. Lo voy a comprar para estudiar para mis exámenes.”  Entonces decidí contar el cuento de mi clase, cuyo triunfo agradezco a este libro sobre [email protected] y discí[email protected] que inspiró a alumnos indiferentes, tecnotronizados, a suspirar con su lectura.

A través de estos escritos, desde el alma profunda de Ramírez, mis estudiantes, norteamericanos en su mayoría, pero también algunos de descendencia asiática o latinoamericana, conocieron la ensoñación de la poesía y pudieron leer, despacito, frases enteras copiadas de los textos estudiados por Ramírez para entender lo que era prosa, poesía y prosa poética.  Y así nos fuimos enamorando, discí[email protected] y [email protected], a través de estos escritos sobre literatura y cultura latinoamericana que habíamos dejado un tanto de lado pero a los cuales volvemos con Señor de los tristes, que nos permite adentrarnos también en la cultura continental de norte a sur.  Walt Whitman y Edgar Allan Poe, tan cerca de estos chicos norteamericanos eran ya poetas olvidados, pero volvieron a ellos al leer a Ramírez; recobraron el encanto de las praderas norteamericanas al leer sobre los llanos de Pablo Antonio Cuadra; y recordaron la hilera de sus presidentes con el texto sobre Juan Bosh.  Pudieron hablar de sus ruralías y sus campos al visitar los campos nuestros y conocer los ‘ismos’ que precedieron a la modernidad o a la prosa de la modernidad, en sus propias modernidades periféricas, también.  Se transformaron en infantes cuando leímos en voz baja y a trasluz no sólo a Margarita sino también “La guzla del Ravi”.  Supieron lo que era una crítica vigilante de actuares violentos en el ensayo sobre Cortazar y conocieron de ironías al leer “Borges y yo”.  Con Neruda, los chicos se interesaron por la historia de amor entre Matilde y Pablo y pensaron que Neruda cambió de estilo por amor a Matilde; y vieron la película Il Postino y aprendieron que podían enamorar con poemas en español.  Y de Asturias aprendieron la erótica; y de Cortazar, el compromiso político, lo mismo y propio que hicieron con Juan Bosh. Porque el texto de Ramírez les enseñó a pensar y a gozar, a pensar gozando, y hasta se atrevieron a escribir un verso.  Y aprendieron vocabulario que nunca habían usado ni en inglés, como la palabra buril que en inglés es chissel.  Además, les instaba a copiar a Ramírez y les decía que el escritor aprende a escribir imitando y al final del curso ya hilvanaban frases a lo Ramírez.

* * *

Con este trabajo que empecé en Santiago de Chile y termino el día de la natividad de 2011 en Columbus Ohio, hago público este ensayo sobre ese ‘libro lindo’ que mi estudiante graduado supo sentir también.  Esta es en realidad una reflexión extemporánea sobre Señor de los tristes.  Lo conseguí gracias a que un día le pedí que me enviara su ensayo favorito y él me envió el artículo sobre Borges de dicho libro advirtiéndome que era difícil para él elegir uno solo de sus ensayos.  Después de leer el libro y, sobre todo, de enseñarlo, me dí cuenta porqué decía eso.  Una de las razones porqué hago pública esta reflexión es para decirles a todas aquellas que piensan que Sergio Ramírez reprime sus pasiones que Señor de los tristes es la historia de una pasión.

El título, un tanto extraño, aparece una sola vez en el texto pero en plural, “señores de los tristes”.  El más triste de estos señores es aquel hidalgo, protagonista de la prosa castellana fundadora, Don Quijote, ‘nobleza antigua de los bravos caballeros,’ o el simple “D.Q”., del cuento del maestro del verso, llamado a veces simplemente Darío o simplemente Rubén.  En ese mismo ensayo donde aparece la frase ‘señores de los tristes’, cuenta Ramírez que aun si dicho cuento de Darío fue publicado en 1899, en la Argentina, debía haber sido escrito en 1898 en Madrid, año que marca la última batalla contra el imperio español y la primera contra el yanqui.  “Ahora, este otro caballero de armadura -rey de los hidalgos, señores de los tristes- no tiene ya otro recurso que despeñarse frente a la ignominia de la derrota.”  Era el “abanderado de la tropa acantonada en Santiago de Cuba, un enjuto manchego ya maduro en edad y de poco hablar, al que apenas se conoce por sus iniciales D.Q., se arroja al vacío cuando se recibe la orden de rendición ante los Yankees”? Era D.Q., que se daba cuenta que “No quedaba ya nada de España en el mundo que ella descubriera”.  Pero la metáfora se extiende a los escritores de los que hablará Ramírez en todo su texto y que representan lo que Cervantes en Don Quijote, “Rey de los hidalgos, señor de los tristes….que nadie ha podido vencer todavía.”  La metáfora remite a todos los comentados en Señor de los tristes, los escritores que son ‘nobles hidalgos…bravos caballeros’.

En suma, Señor de los tristes (sobre escritores y escrituras) (Universidad de Puerto Rico, 2006), es un compendio de escritos sobre escritores y escrituras que oscila entre el elogio de la prosa y el elogio del verso y entre el descubrimiento de la una en el otro y vice-versa.   Este es un libro sobre el arte de escribir, sobre la pasión del escritor, en el cual su autor, Sergio Ramírez, habla de maestros y discípulos, de sus maestros y de los discípulos de sus maestros, de los compañeros de sus maestros con desbordado amor e incontinente pasión.  Al leerlo, da la impresión de estar frente al candor del niño, de ese niño que contempla el esplendor de las letras continentales y nos habla del despertar de su pasión.  Empezando por el artículo de Borges, que fue el primero que leí y discutí con mis estudiantes, hasta el último, que será realmente uno no publicado en ese texto que comento.  Me refiero al artículo sobre Donoso en la recepción del premio que es del mismo tenor que los aquí comentados.

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Jinotepe, Nicaragua. Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México. BA. Philosophy and Ph.D. en Literatura Hispánica de la Universidad de California, San Diego La Jolla, California,es profesora en The Ohio State University donde ejerce como Humanities Distinguished Professor of Spanish. Sus áreas de especialización son la Literatura y Cultura Latinoamericana, la Teoría Postcolonial, los Estudios Feministas y Subalternos con énfasis en Literatura Centroamericana y del Caribe.
Su último libro publicado se titula Hombres de empresa, saber y poder en Centroamérica: Identidades regionales/Modernidades periféricas: Managua: IHNCA, 2011. Títulos anteriores son:Debates Culturales y Agendas de Campo: Estudios Culturales, Postcoloniales, Subalternos, Transatlánticos, Transoceánicos(Santiago de Chile: Cuarto Propio, 2011).
Es autora de Liberalism at its Limits: Illegitimacy and Criminality at the Heart of the Latin American Cultural Text.(University of Pittsburgh Press, 2009); Transatlantic Topographies: Island, Highlands, Jungle. (Minneapolis, London: University of Minnesota Press, 2005); Women, Guerrillas, and Love: Understanding War in Central America (Minneapolis, London: University of Minnesota Press, 1996);House/Garden/Nation: Space, Gender, and Ethnicity in Post-Colonia Latin American Literatures by Women (Durham: London: Duke University Press 1994); Registradas en la historia: 10 años del quehacer feminista en Nicaragua (Managua: Editorial Vanguardia, 1990); Primer inventario del invasor (Managua: Editorial Nueva Nicaragua, 1984).
Ha editado los volúmenesEstudios Transatlánticos: Narrativas Comando/ Sistemas Mundos: Colonialidad/ Modernidad. With Josebe Martínez. (Barcelona: Anthropos, 2010); Convergencia de tiempos: Estudios Subalternos/Contextos Latinoamericanos—Estado, Cultura, Subalternidad(Amsterdam: Rodopi, 2001); Latin American Subaltern Studies Reader ( Durham: Duke University Press, 2001); Cánones literarios masculinos y relecturas transculturales. Lo trans-femenino/masculino/queer (Barcelona: Anthropos, 2001); Process of Unity in Caribbean Society: Ideologies and Literature (con Marc Zimmerman. Minneapolis: Institute for the Study of Ideologies and Literature, 1983); Nicaragua in Revolution: The Poets Speak. Nicaragua en Revolución: Los poetas hablan (con Bridget Aldaraca, Edward Baker, and Marc Zimmerman. 2nd ed. Minneapolis: Marxist Educational Press, 1981); Marxism and New Left Ideology (con William L. Rowe, Studies in Marxism. 1 Minneapolis: Marxist Educational Press, 1977). En la actualidad trabaja sobre abuso—en particular incesto, pedofilia y violación—tal como estos casos son reportados en los medios de comunicación.