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Sólo lo difícil es estimulante. José Lezama Lima

1 abril, 2011

Producto de la atónita lectura de Corea Torres sobre la novela Paradiso, de José Lezama Lima, este texto titulado «Sólo lo difícil es estimulante» ofrece las palabras de un lector agradecido que ha encontrado cubanía, barroquismo, historia de una familia, descripciones detalladas, ambientaciones y hasta gastronomía, en un cuerpo novelístico donde se dan la mano luces, brillanteces y profundidades, de una obra tenida ahora como uno de los hitos de las letras latinoamericanas.


Exhausto, así quedará cualquier lector después de asistir al espectáculo novelístico que representa Paradiso, del cubano José Lezama Lima. Un periplo por muchísimas vertientes,  todas ellas pobladas de diferentes escenarios, como con la idea de conformar una novela de tintes totalizantes, abarcadora, como sí el mismo Lezama planteara desde la altura de su perspectiva, un mapa cuya hidrografía permita llegar al sitio que desea: un océano donde se recogen las confluencias de sus motivaciones, el mar de sabiduría y lecturas escanciadas con la comprensión lúcida de su mente multiplicadora de visiones, que incrementa con sentido de progresión geométrica su realidad.

Paradiso es una lectura que exige acopio de acervo cultural, detenerse después de cada capítulo, en cuyo caso debió recorrerse pausadamente, y por otro lado repaso acomedido de las construcciones verbales, porque Lezama acude con insistencia a una retórica de insinuante barroquismo en el momento justo cuando siente el prurito de explayarse: una manera de dar hilo, de alargar hasta donde se deje el pez “anzueleado” mientras quiere sacudirse de su apresamiento, pero como el pescador sabe de la vastedad de agua, no le interesa mucho el tiempo, ni tampoco el espacio para permitirle jugar, sino dejar sentado en la presa, la sensación del arribo a un universo mágico donde la degustación de sabores exóticos, la visión colorida de paisajes tan poco visitados, el abrazo a una sensualidad cabalgante, como también el regodeo en los aromas y la sensualidad, el continuo pisar la comarca onírica, son fruto común, es decir, Paradiso resulta, además de aventura narrativa, un ejercicio sensorial de proporciones mayúsculas que inunda, avasalla y conquista.

Una historia se cuenta: el génesis y desarrollo de la familia Cemí-Olaya, ambientada en el medio del siglo veinte, antes de la revolución castrista y situada precisamente en La Habana, Cuba, dicha historia recoge cual depósito de agua lluvia la suma de motivos escriturales de Lezama, pero no solamente los referentes a la escritura, sino aquellos en cuyo sentido se enraíza el basamento de un estilo -a decir de José Prats Sariol: de cerrar puertas: único, imitado más nunca igual, mucho menos sobrepasado, alguien que conozca de literatura hispanoamericana lo identificaría con cierta facilidad-, cuya particularidad es ocioso discutir, que ha resultado hasta hoy, una suerte de paradigma que trasciende a la literatura escrita en español; las consideraciones son de tal magnitud, que llegan a sugerir el posicionamiento del universo literario lezamiano como sustento de la renovada escritura en latinoamérica, pero más allá de este planteamiento, bien vale la pena asomarse a Paradiso con ojos inquisitivos, desprovistos de aliños prejuiciados por los motes de barroco, de excesivamente retórico.

Leer a Lezama Lima en Paradiso, como también en su poesía, requiere un esfuerzo adicional, he manifestado al principio de este texto, que quedé exhausto, no es para menos, los territorios visitados bajo los auspicios de la imaginación de Lezama Lima, no dan respiro, el lector debe asumirse como un viajero que pondrá en práctica un mucho de sus lecturas anteriores, estará alerta ante los giros de las voces narrativas, abrirá bien los ojos para gozar la variopinta paisajística de emociones y de belleza plasmada en el torrente oral, que muchas veces apabulla, y por tanto, hace necesaria la estación, el remanso contemplativo, ya allí detenidos repasar una, dos, las veces necesarias, en el afán de atrapar el punto medular que anda por ahí bailando en la descripción, o en la morfología de las cosas, la más de las ocasiones producto de alguna digresión a la que Lezama es adicto. Por otro lado un lector curioso investigará modismos, vocablos ya arrumbados, acepciones, neovocablos, alusiones filosóficas y mitológicas, engarces escriturales con otros estilos, referencias de autores consagrados, y por lo mismo, propietarios de una expresión original, todo ello a modo de redondear el contenido de las palabras, la alocución inusitada de José Lezama Lima.

Avistando a Cemí, el protagonista de Paradiso nos convertimos en espectadores de una obra en donde la aristocracia criolla cubana, recibe un trato deferente, personajes adheridos a un modo de vida construido bajo los influjos insalvables de la conquista y la sumisión, elementos sustanciales del ser cubano a través de la historia, y que se representa en el accionar de ese criollismo embebido de protocolos, tradiciones y apariencias, cuyo summun es recogido por Lezama, quien muy en su papel de adorador físico de las palabras y empapando de erotismo su lenguaje, hace la reflexión honda del ser cubano de esa época, porque vale decir, no sólo es el protagonismo de las dos vertientes familiares Cemí-Olaya, sino también de aquellos personajes secundarios, e incidentales a veces, que proporcionan al cuerpo de la novela, los otros modos, las variadas formas de la cubanía en el sustrato del tejido social isleño; ahí están además de Rialta Olaya, del coronel e ingeniero José Eugenio Cemí, de doña Augusta y la abuela Cambita, de don Andrés Olaya, los Adalberto y Sofía Kuller, Luis Ruda, Violante y Eloísa, hermanas de Cemí, Truny, Vivino, Tránquilo, los Michelena, Baldovina, Jordi Cuevarolliot, Frederick Squabs y su esposa Florita, Juan Cazar, el atleta Baena Albornoz, un tal Farraluque cruzado de vasco semititánico y de habanera lánguida; Madame Casilda, la costurera que confeccionó el vestido de novia de Rialta Olaya; sin olvidarnos de los amigos de Cemí, acuerpados en personajes como Fronesis, Foción y Oppiano Licario -protagonista de la otra novela de Lezama, cuyo título es precisamente el mismo nombre-, y que sólo después de haber digerido Paradiso en toda su extensión, llegamos a concluir que el autor, o sea Lezama, es José Cemí, pero también Fronesis, y Foción, y hasta Oppiano, especies de heterónimos con los cuales transita con libertad y autonomía en lo onírico, en los diferentes espacios míticos y reales, visibles e invisibles, como bien lo expresa Cintio Vitier   -Introducción, Obras completas, Tomo 1, José Lezama Lima, ed. Aguilar-: “con un cierto apego al desorden y viendo las cosas con otra perspectiva, aquella que le dan sus alter ego”, al modo de los heterónimos construidos por el portugués Pessoa.

Pasando a otra idea, tampoco puede perderse de vista el sentimiento autobiográfico en Paradiso. El ámbito familiar de José Lezama Lima, su círculo de amistades, son prácticamente imposibles de disociarlos del entorno del personaje Cemí, entonces el paralelismo asoma, Lezama al igual que Cemí cursan estudios de Derecho, ambos pierden a su padres tempranamente   -los dos progenitores eran militares-,  el escritor como José Cemí padecen de asma, además comulgan querencia por la cultura. Si faltara alguna semejanza también se encuentra la similitud entre Oppiano Licario, quien vive con su madre Engracia y su hermana y la relación entre Lezama y su madre doña Rosa Lima y las dos hermanas de este: Gloria y Rosa, cual si fueran vidas gemelas, y como si hubiera en el espíritu de Lezama un duende -a la manera gitana-, tratando de implantar en su escritura la urdimbre de cotidianeidad, vamos, intentando establecer ligas entre biografía y los terrenos parpadeantes, neblinosos del sueño, terrenos por demás caminados por Lezama en sus recurrentes digresiones mientras es habitante de Paradiso, como cuando atendiendo al espacio físico de su bien amada Habana, tanto Cemí, Fronesis y Foción andan por la calle de San Lázaro, por Galiano, Belascoaín, Infanta; por las distintas iglesias, el parque Maceo, calle Refugio, cigarrería Boeck, el Prado, calle Colón, Trocadero, las librerías de O’Reilly y Obispo, las plazas de la Catedral, de Gobernadores, de San Francisco; el embarcadero para la Cabaña, Casablanca o Regla; el Malecón, el Morro, hasta el castillito de la Chorrera y otros tantos sitios habaneros.

Por ello puede decirse, que la lectura de Paradiso es también de algún modo, seguir la ruta bio-geográfica del autor cubano.

La galaxia Lezama -como la nombra el crítico Prats Sariol, agudo observador de su obra-  ciertamente ofrece complejidad, exige un  modo de lectura particular que involucra el manejo puntual del curso délfico propuesto por el mismo Lezama. Soberbio por dicha concepción, parte de la máxima martiana: “Lo imposible es posible, los locos somos cuerdos”, y entonces el tema de la posibilidad en lo imposible pervierte el centro de sus creaciones poéticas como también el de su novelística. Habiendo encontrado tempranamente su tonalidad en la voz desde el poema Muerte de Narciso, no la cambiará, arrogante, Lezama cree innecesario evolucionar poéticamente, sabe -o tal vez no, pero eso que importa- que su estilo es de los perdurables, de aquellos que siembran estigmas y se erigen imbatibles, con ese sentimiento construye, extiende su corpus teórico en ensayos, en la poesía, en su narrativa, la metáfora se convierte para él, en algo más que recurso, llega a constituirse en andamiaje de interpretación, en un erigir formas de expresión hasta llegar a encadenar un sinfin de ellas y apretarlas en Paradiso, completando de ese modo la metáfora mayor que es su obra completa, diciéndole al mundo: la conquista del sueño Paradiso es posible, la identidad puede conservarse, la identidad futura del hombre llegará siempre como consecuencia de su origen -a pesar de que este, el origen, de repente uno lo sienta perdido-, tal y como puede observarse en el “performance” personal de José Cemí, quien a través de una exhaustiva mayéutica y las respuestas de sus amigos Fronesis y Foción interesa en las inquietudes de su espíritu, asimismo el entorno casero, la atmósfera femenina que impregna su vida luego de la muerte del padre, al quedarse bajo el cuidado de su madre Rialta y abuela Augusta, como la intención en cierta medida orientadora de Oppiano Licario en los asuntos de cultura y que lo conducen al pensamiento cristiano de la muerte y su consabida resurrección, van conformando la idea de la preparación del joven Cemí en la aceptación de su génesis impregnada de la alucinación que representó la ausencia de la figura paterna  -como a Lezama-, para llegar al estadio futuro con el corazón bien puesto en la identidad; entonces de ese modo redondear la metáfora, -ya prácticamente una alegoría- planteada bajo la preceptiva lezamiana.

Cualquier realidad es poética si pasa por la imaginación, espeta desde su delirio literario, Edgard Allan Poe, Lezama lo confirma, su universo literario es vasto y por tanto se aprovecha de él, elucubra, juega, atiende una digresión que se le aparece y se va con ella para después regresar ahito de imágenes, de ahí el curso délfico propuesto por Lezama como método de lectura para sus textos; objetivo primordial: seguirle los pasos, descubrir sus planteamientos. Parte de que el estudiante, el lector en este caso, estará siempre en competencia con el conocimiento, con semejante angustia irá arañando los conceptos, seguirá la espiral como línea para llegar a la comprensión, primariamente la overtura palatal: el gusto, la voracidad por las cosas que vienen. Lo palatal, ya sabemos, situado en el techo de la boca: ahí chocan las palabras, se entremezclan, se forman, se deforman y se reforman, aquí se transforman al ser tocadas por las puntas sensitivas de todos los sentidos; después el horno transmutativo: el procesamiento de las informaciones, hacer la lectura enteramente de uno, lo leído tornarlo de nuestra propiedad, metamorfosearlo para nosotros, para nuestra exclusividad;  por último, la galería aporética: aporética viene de aporía: la forma más poética de la paradoja, la galería significa el establecimiento de la escala de valores del lector, por tanto debe estar en constante movimiento, así que mientras la galería aporética cambia, también la overtura palatal y el horno transmutativo permanecen en la dinámica del movimiento dando vueltas,  -la más radical expresión contra la inmovilidad es la literatura (Ricardo Garibay)-  de ahí que la línea sea en espiral, llegado a este punto, el lector elabora la forma personal de un canon, sus propios valores de lectura, sin olvidar en ningún momento que: el arte crea arte, ni los otros conceptos aledaños al curso que son: la vivencia oblicua: un elemento siempre te llevará a otro; el incondicionado condicionante: una realidad hoy convertirla en otra después; y el súbito, que es ni más ni menos: la sorpresa.

Leer a Lezama buscando por principio de cuentas, el sentido visual: “La señora Augusta cuando recibía su mesada, partía de compras con una de sus hijas. Después reaparecía con objetos de arte, que eran la delicia de la casa, pero cuyo elevado costo a todos intranquilizaba. Un día llenó de júbilo más a sus nietos que a sus hijos. Traía un cofre alemán muy ornamentado de relieves barrocos, diciendo al momento que lo enseñaba: Es de un pueblo de Alemania, que vive tan sólo dedicado a hacer estos cofres. Cemí vio el camino trazado entre las cosas y la imagen, tan pronto ese pueblo empezó a evaporar en sus recuerdos. Veía, como en un cuadro de Breughel, el pueblo por la mañana comenzando sus trabajos de forja, las chispas que tapaban las caras de los artesanos, la resistencia del hierro trocada en una médula donde se parecía que se golpeaba incesantemente la espalda del diablo…” (Cap. VI).

Después el sentido del gusto: “Confitados que dejaban las avellanas como un cristal… piñas abrillantadas, reducidas al tamaño del dedo índice, cocos del Brasil, reducidos como granos de arroz que al mojarse en un vino de orquídeas volvían a presumir su cabezote… jamones al salmanticense modo, licores extraídos de las ruinas pompeyanas…” (Cap. I).

Extasiarse y recibir hasta conceptos acerca del sonido: “…en nuestra época la crítica musical tenía que reflejar el sueño que borra el tiempo y la casualidad. El sueño era el reflejo de lo simultáneo. Existía pues un sonido que estaba por encima de la sucesión de sonidos. Así como pueblos primitivos conocieron la visión completiva, por encima de toda unidad visual, existe también la sonoridad completiva por encima de toda sonoridad abandonada al tiempo.” (Cap. XII).

Estar atento a encontrar las sinestesias: la combinación de los sentidos, porque Lezama Lima fascina a través de su retórica, de su “radical barroquismo”, como lo calificó Julio Cortázar, estilo este que el mismo autor consideró como “estilo netamente americano” y en donde refleja a todas luces su virtual amaneramiento -en el mejor sentido del término-, aplicándose a una aristócrata forma en el discurrir de las palabras, en la construcción de las frases, en el regodeo del detalle, en la búsqueda esteticista de cada zona del texto, y que deriva  -de tan sensual manejo en la expresión-  en una suerte de “erótica del lenguaje”.

Con Paradiso, y por supuesto con la poética de José Lezama Lima, habrá que enfrascarse denodadamente con la imago: esa capacidad de irse por la imaginación.

Leer Paradiso también, como una forma de descubrir, según Cintio Vitier, al “único poeta americano que en nuestro siglo, se ha sentido un contemporáneo de las teogonías y las revelaciones”, y porque el propio autor,  congruente con su escritura abona a su favor: “Yo creo que Paradiso, a los que fascina, los fascina porque les ofrece lo muy cercano, lo convidante en el hombre, y, al mismo tiempo, lo más lejano, ese Oppiano Licario que salta en la lejanía de la ruina tibetana, como una ciudad donde ya el hombre ha roto los límites de su frontera corporal, y lo que fluye en él es un ente de la libertad…”

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(Chichigalpa, Nicaragua, 1951). Escritor, poeta, crítico literario. Estudió Ingeniería Química en la Universidad Autónoma de Puebla y laboró en la industria del papel y cartón para envoltura por más de 20 años.
Lector desde siempre. Maestro de talleres literarios en la Casa del Escritor de Puebla. Coordina la Sala de Lectura Germán List Arzubide. Autor de la columnaLibros de la revista semanalMOMENTO en Puebla.
Asesor literario independiente. Colaborador del suplemento cultural El Nuevo Amanecer deEl Nuevo Diario, de Managua. Editor de la sección Crítica y colaborador de la revista virtualwww.caratula.net
Ha publicado: ahora que ha llovido (Poesía, 2009 CNE).Miscelánea erótica (Poesía colectiva 2007, BUAP). Los guajolotes de donde La Güera, Antología de cuento Puebla directo (Ayuntamiento de Puebla y BUAP, 2010).
Colaborador de Radio ABC, 1280 AM, Puebla, con su columnaLibros al medio día, los viernes.
Ha publicado poesía, cuento y ensayo en diversos periódicos y revistas poblanas.