Omar D'León
#35 - Milagro - Muerte del Monstruo 1 - Omar D'León

Poesía: Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma que los muertos puedan hablarnos (fragmentos)

2 junio, 2021

Publicamos una selección del libro Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma que los muertos puedan hablarnos,de Marco Antonio Murillo, poeta y editor mexicano con el que resultó ganador del Premio José Emilio Pacheco “Ciudad y Naturaleza”, convocado por la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, cuyo jurado lo destacó como “un poemario sólido, profundo, anclado en la palabra y sus múltiples significados, en la travesía de la imagen poética”.

CASA VERDE PARA EL INSOMNIO

Hay noches en las que el sueño cae
como un árbol. Entonces, pongo mi cabeza
bajo las alas de la almohada, me pregunto:
¿Qué cáscara tendrá este sueño
que no llega, pero
despliega sombras
que echan raíz en los ojos?

A pesar del cansancio
me levanto,
abro la más pesada puerta de la casa,
y miro
hacia afuera: la noche,
me dicen algunas luciérnagas en el jardín,
es el infierno de las plantas.

No tarda en llegar el amanecer,
que siempre habla
en este tono: sólo aquellos seres que descansen
bajo el sol no tendrán pesadillas.


CANCIÓN POR LA MUERTE DEL JARDINERO

Quedan pocos árboles en Brasil, 

pero es necesario podarlos a tiempo: 

no vaya a ser que cubran 

las avenidas con ese terciopelo verde 

al que ahora le llaman crepúsculo. 

Brasil, además, tiene una canción que pocos recuerdan: 

los colores de la aurora llegan 

con la muerte…. Mientras baja la luna, 

el jardinero sale con su machete y llega 

por la calle juntando las últimas miserias del mundo. 

Su filo de tímido envés, 

sus botas largas dicen 

al que escucha con las orejas 

buenas del sueño, 

que hay alguien afuera cortando 

la hierba mala de la ciudad.

Y no hay tiempo. 

No hay tiempo de pensar 

que en unas horas, antes 

del mediodía, dejará en su gaveta de trabajo 

el traje, el oficio y el turno vegetal. 

No hay tiempo para saber que hoy 

no llegará a casa.

Como hay prisa, deja 

en las aceras los torpes retazos 

de las plantas, mientras sigue 

su labor tratando de hacer 

el menor ruido posible. A veces 

un rumor se presenta: las aves 

que despeinan una mata, 

un vidrio roto, son los gatos 

que sacan las últimas 

chispas de la luna; no importa, 

porque a esta hora sólo las prisas del lechero 

y la suerte del desvelado escuchan 

la caída de ciertas ramas. 

Esta vez un niño despertó 

en pánico: “hay un monstruo 

que quiere entrar a la casa”.

Nada se veía bien: 

las luces públicas todavía 

bostezaban, el cielo estaba ronco 

y el jardinero se había subido 

al hombro de un álamo. El niño 

pegó un grito. El hombre 

se distrajo… Al caer vio cómo el filo 

echaba raíz y daba flores 

de metal en su estómago, mientras la casa 

del niño cedía a su habitual nocturno.

Pidió auxilio: la voz se le encogía 

en los minutos restantes 

de la madrugada. Era difícil 

saber si aquel claror 

era un vehículo de paso lento 

o la mañana. Mas ahora, 

antes de morirse el jardinero, 

sólo resta decir que el verde 

de la madera desprendida, 

ese verde terroso 

que impregna el filo del machete, 

acaso busca la sangre, acaso 

se entrelaza amorosamente con ella, 

pero no halla el tono 

de ninguna aurora tardía, 

como ocurre 

en ciertas canciones brasileñas. 


DÍAS DE CARLOS CUANDO DESPERTÓ

En Nueva Jersey, William Carlos Williams

se ocupó de la poesía y pensó

en el crecimiento y cuidado

de algunas plantas.

Las procuró diariamente con agua y abono,

ya hinchadas de cierta luz, las vio,

entonces leyó en la enciclopedia

que no eran especiales, se llamaban asfódelos.

Asfódelos o gamones: 

planta raramente aromática, herbácea

de raíces tuberosas,

de tallo erecto y lampiño

y hojas basales en forma de espada. Sus flores,

como espigas, no sirven para cantar: mueren

cuando se enferma

la primavera.

Después de un paro cardíaco,

Williams recordó las flores de ese jardín.

Luego le escribió a su mujer:

             Del asfódelo

yo vengo, querida

                  a cantarte.

Quiso decirle que justo

en nuestros jardines, los muertos

también participan de algunas labores botánicas:

en su quietud de seca orquídea, en su nada

quehacer sombrío, los muertos cosechan

pequeños bulbos ovalados, falsos frutos

que no podemos comer por ahora.

Mientras anochecía en el jardín, una tras otra

las hierbas iban perdiendo el sol,

se multiplicaban

en una leche oscura, se guardaba

entre sus raíces el tiempo

detenido de los muertos

y en el tallo el olvido de los vivos.

Tal vez el crecimiento de un jardín

sea la única forma en que los muertos

pueden hablarnos.

Los oímos,

        los escuchamos

                    en el crujir de ramas,

en el viento que dobla y mueve

las hojas

como una estación en tránsito.

Estoy seguro que mientras Williams

le escribía a su mujer, pensaba que las líneas

de cultivo en el jardín, irregulares,

se parecían a la duración de algunos versos suyos:

Cuando hablo de flores

                es para recordar

que en un tiempo

              fuimos jóvenes.

Le debemos tanto

a nuestros muertos, el gusto

por algunas especies

de plantas que inútilmente crecen

en nuestro jardín, y la pena

de extrañar la vida

cuando estamos enfermos.


EN DEFENSA DE ALLEN GINSBERG

Como un naranjo sordo

la tarde de Nueva York entra

por las persianas y se lucifera

en el olor pálido de una pipa.

Jadeante de marihuana, exhausta

de cenizas es un colibrí

asomado a la boca de Allen Ginsberg,

como a la luz podrida de un girasol.

Y Ginsberg, enemigo del blanco y negro de ciertos sentidos,

comienza a mirar las ramas

que le salieron a algunas líneas suyas:

¿Es sólo el sol

que brilla

una vez

para la mente, el chispazo

de la existencia

que nunca existió?

Fumar, entonces, es esto:

no una neblina muerta, sino el sol

de quemarse el cerebro

y que las neuronas sobrevivan a las cosas pasajeras.

Los muertos perduran

entre los muebles crudos de la habitación.

Ocre es el oxígeno que respiran para impregnar sus huesos

por última vez de una primavera humeante.

Acaso de las hierbas quemadas vengan

sus olores detenidos en el tiempo,

eso que de su rumor ha quedado:

aspirar es presentirlos,

respirarlos es soñar con los pulmones

un huerto de milagros vegetales.

Ginsberg, el botánico maldito,

el segador de humo, cala

los rescoldos de su pipa

y de una bocanada concluye su poema:

¡Muerte, contén a tus fantasmas!

Ahora las sílabas se han vuelto

delgados tallos de cristal

que astillan y tajan y cortan si la mano

necia intenta corregirlas.

No es cierto que el verso sangre, uno,

acostumbrado a la vida, es el que sangra.

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Mérida, Yucatán, México, 1986.
MFA in Creative Writing por la Universidad de Texas en El Paso. Lic. en Literatura Latinoamericana por la UADY. Premio Nacional de poesía Rosario Castellanos (2009), Premio Estatal de la Juventud en Artes (2015) y Premio de Poesía Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020. Ha sido Becario del PECDA (2009), del University Grant (2013- 2016) de la Fundación para las Letras Mexicanas (2016-2018), y del FONCA Jóvenes creadores (2019-2020). Es Autor de los poemarios Muerte de Catulo (La Catarsis Literaria, 2011; Rojo Siena, 2013), La luz que no se cumple (Artepoética Press, 2014), Derrota de mar (Jaguar Ediciones, 2019), y Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos (UDG, 2020). Como antólogo fue coautor del libro Casi una isla: Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta (SEDECULTA, 2015). Actualmente colabora para las revistas Carátula, de Centroamérica Cuenta, y Blanco Móvil. Es profesor en la escuela de Creación Literaria del Centro Estatal de Bellas Artes, Yucatán.