“Una oscuridad brillando en la claridad que la claridad no logra comprender”

1 diciembre, 2007

La Fundación Loewe, de España, otorgó este año el Premio Creación Joven al poeta nicaragüense Carlos Enrique Fonseca, por su obra “Una oscuridad brillando en la claridad que la claridad no logra comprender”. Nacido en Managua en el año 1988 y de tan solo 18 años, Fonseca se convierte en el autor más joven en ganar este importante galardón dotado de 7000 euros y con derecho a publicación de su poemario a través de Visor Libros. Carátula se complace en presentar algunos poemas inéditos de la obra ganadora y al mismo tiempo celebramos el éxito de nuestros poetas centroamericanos en España.


En una sola noche infinita
están atrapados todos los Nocturnos que
se han escrito hasta hoy, gimiendo.

Desde allí, las estrellas parecen el reflejo de los lunares de la tierra.

Una mano de polvo reposa sobre mi hombro
mientras mis sueños disfrutan de los paisajes de mis heridas.
Mis ojos –ataúd de la lágrima uno de ellos, ataúd del asombro el otro–
atentos miran para adentro: allí, el Quijote pétreo y el Quijote de polvo,
el sórdido monumento del rostro pensativo del hombre, y un pedestal
donde se podría exponer la miseria que hay en el viento
y de lo que se alimenta la flor de la soledad.

Pero ya el poema empieza a ramificarse.

NOTICIA DE ÚLTIMA HORA

ESCÚCHAME
entre estos silencios pirotécnicos,
entre el tráfago desierto que recorren los biógrafos,
que la poesía ha muerto;

Y por otro túnel viaja la sombra de la Belleza
Y con otro dédalo en el rostro
que duerme entre cadáveres de flores descifrando sus gestos.

En esta tierra los hombres y las mujeres
se cansaron y alistaron sus maletas, se llevaron el celular
para hablar con los muertos a larga distancia
y desaparecieron. Desde entonces, bajo la breve hermosura del alba,
un arqueólogo trabaja excavando en una tierra literaria
buscando restos de alguien, aunque sean cenizas,
aunque sean de nadie.

Llegará el día donde con el pecio de mis ademanes
se innovará en el paraíso de la tristeza
con una forma de llorar con las manos.

Mirá en la cueva de mi pecho y de mi costado:
la rosa de sombra gira, está girando…
y las diez sílabas de ausencia que esconde la noche
resuenan en sus paredes.

Estás y estoy (nadie y todos en la literatura) como un recuerdo se desdibuja:
como un niño que de pronto se transforma en la chimbomba que sostiene,
o como unas manos-diciendo-adiós que lloran inclinadas sobre el aire.
Estamos sin los labios en que floreció el destruido beso
de la musa que nunca aprendió a bailar.
Crucificados
con la espalda tan roja que si se nos pintara
azul a los costados: un óleo de América.

De repente el cielo es demasiado cielo.
La tierra es demasiada tierra.
El hombre es demasiado hombre.
La mujer demasiada mujer.

Por eso lloramos; y cada lágrima es una ciudad donde llueve.

Escúchame
que esto que nos vive
vive de una muerte sepultada
en la metáfora de una saudade.

Mis pasos, separados de mis pies, están buscando el camino que he de recorrer.
Mi mirada, separada de mis ojos, está buscando el espejo que espera por mi imagen.

Esta noche me han visitado todas las tardes
que puestas una sobre la otra, construyen
la tarde que acaba de morir. Después, he querido escribir un poema,
darles una noticia, entrar en el silencio y desde allí dictar mi canto.
Pero he sido nada más un heterónimo de Pessoa:
aquí están mis manos, sangrientas, con evidencias del frustrado crimen.

Soy como un mar que en su lucha por seguir siendo mar, se ahoga.

Sin embargo, aún distingo en el cielo
la línea que indica
dónde comienza la noche y dónde termina.
Desde allí, donde termina, se escuchan los gallos remotos
de la madrugada. Cantan.

La voz que parece haberse apagado en la punta de esta candela,
aún chispea.

Los Demonios Internos

Retrato No. 1:

Una mirada es una biografía

Un poeta norteamericano – Hart
Crane – se suicidó no hace mucho.

Dicen que se embriagó en la
víspera de su muerte.
Intentó seducir a marineros del barco,
y lo apabullaron a golpes.

Al día siguiente (Hart Crane)
se lanzó del barco,
para volar en el abismo azul del mar.

Nuestras miradas son como Hart Crane;
se embriagan una noche,
intentan seducirse,
pero al siguiente día: mueren.

Retrato No.2:

Suelo pensar a veces… a veces,
que Dios puso mi tristeza en tu vientre
y que tú la pariste.

Que hasta después de ese acto,
yo aprendí a llorar.
Y que entonces aprendí
que mis lágrimas son seres
que misteriosamente te recuerdan
con igual o más intensidad que yo.

– Arráncate el pecho,
abre tu corazón,
que allí yazgo, extendido sobre una camilla,
como un paciente esperando por ser operado –

Yo te he construido un reino de palabras.
Un reino en ruinas. De agrietados castillos de viento
y un trono fantasmagórico. De fuentes lacrimosas
y jardines inmarcesibles que se han marchitado
desde que tu ausencia posó desnuda en el tiempo.

Y cielos, ¡ay!, cielos inmensos
que no son más que la tumba del cadáver de un crepúsculo.
Un reino,
donde las puertas al infinito han quedado sin cerradura
y mi soledad es un lugar que está en todas partes.
En su arquitectura se disputan las dimensiones del olvido y del recuerdo.
En él, en ese perdido reino, no se ha pronunciado tu nombre jamás.
Sus estatuas no tienen vida. Las personas que lo pueblan son muertos.
Y la voz del día es como un silencio elegíaco.
Y la voz de la noche es como el llanto perezoso de tu sombra.

A veces… a veces, el poeta no me basta.
Quiero arrancar a la palabra amor de la realidad
– dejar su grieta por unos días –
tenerla entre mis manos y llevarla hacia el país de Mí.
…tan inerme que se ve en minúscula. Y
con mis mismas manos de matar,
arrancarle los tendones, disputarme sus vísceras,
enterrar su esencia en el panteón de la palabra olvido.
Hasta que entonces, deformada por mi humanidad,
la renombre “Polvo” y la deje revolotear de nuevo en la realidad;
como un pájaro que viene de la libertad de la jaula
a la prisión de los árboles.

He soñado, también, que nos llovemos sobre los paraguas de la soledad.

Y también conozco la silla de la que te has levantado,
que hoy está vacía. Y la humedad que dejaron tus últimas palabras
en mi pañuelo de despedida, como si alguien
se hubiera secado las lágrimas con él.

Retrato No. 3:

Ángulo que forman mi sombra y el mundo

Mis recuerdos emigraron a tu olvido
y volvieron hechos pájaros.

Te hablo con el lenguaje de las sombras;
cuando el silencio lentamente abre sus ojos,
te he dicho que te quiero.

Luego (esto siempre ocurre) se alza la cresta de la marea del tiempo tratando de decirte algo.

Mi mirada hoy quiso reemplazar a la palabra felicidad.

Pero todo esto es teología.

Entonces, te digo, que quedarás como una estatua en el museo de mi corazón.

(flores blancas se marchitan en el ombligo del silencio).

(Marzo 2005)

Retrato No.4:

El poema jamás escrito

Estoy harto de escribirte versos.

Retrato último:

Diurno

Todo:

HEMOS PERDIDO LA EFIGIE PRÍMULA DE LA NOCHE.
El bote sublunar está vacío, vacío, mientras flota
barcodepapel peinando y despeinando al oleaje.

Lo que queda en el lecho cóncavo
son pestañas que botaste como plumas tremoladas
y ausencias que en su desnudez ríen y bailan sobre la almohada.

…Ya no mires a esta sonrisa donde los dientes ya
no viven, ya no me toques -Isis de mis sueños-
si mis manos se han perdido en tus manos.

Ahora que me busques ya me habré ido.

Ya no espero que se encienda el adiós
como un fuego ante tus tobillos,
que el pañuelo que nos bordó la noche
nos limpie el sudor de la frente
y que mi vejez se rejuvenezca en tu retrato.

—ojalá mi piel algún día te confiese
que iba a tejerse para ser tu mortaja
cuando todos se hubieran ido.

Ayer es mañana hoy es ayer mañana es ayer.

En la reunión con tus ojos,
de cada pupila nacían dos bocas para decirse
lo que los Adanes del silencio aún no han nombrado;
y en aquellos decires -en aquellos ritos crueles que se llaman miradas-
nuestros ojos hacían lo que nuestros cuerpos no nos permiten.

Lo mío ya no es mío y lo tuyo ya no es tuyo.

(A veces éramos
dos sombras sin forma precisa
que cambiaban a diario su aspecto,
tomando cotidianamente el de una pareja distinta
que no conociera ni el polvo ni el fuego)

((así, vos a diario eras otra mujer pero siempre la misma
y yo otro hombre sin dejar de ser tuyo))

(((y eso era ser más que nosotros mismos)))
Canciones que los muertos cantaban a los vivos
estaban en tus manos, guardianes de los sueños
donde se despuntan flores que se encienden como antorchas en la noche.

Ayer es tiempo hoy no es hoy mañana no es mañana.

Todo es tu espejo amarrado con mecates a mi espalda.

Sos la poeta: me nombras y existo;
desenvuelvo desde un punto geométrico
y crezco como un árbol anhelando follaje en medio de la ciudad.

Una muerte más muerte y una vida más vida
busca uno—mendigo viajero sueño—
ante el pecho convertido en un país desconocido.

Los hijos que no tuvimos
eran las cosas que nos rodeaban,
pero con una sonrisa de quien descubre
a una madre y a un padre.

Yo, verso caminante,
bajo la sombra del agua me escondo como debajo
de una piedra—

yo busco trémulo el olvido trémulo,
-y pronto iré a mi tumba a depositar flores-
llevado por la mano de tu nombre.

Lo que el beso le dijo a la ausencia

Está tu espalda en la herida albura de mi memoria.
Por ahora sólo tu espalda. Ahora están tus labios.
Y su sabor que todavía danza sobre los míos.
Recuerdo tus labios y tu espalda.

Pero viene formándose desde el mar de vos
una ola que poco a poco crece
y aumenta su volumen y el de su cabello de espuma
hasta que rompe contra mi rostro.

Entonces, de golpe, estás completa y total.

Y no sólo está tu espalda sino la astronomía de sus lunares
Y no sólo están tus labios y su sabor sino
la dulce sangre de todas las palabras que asesinamos
mientras ocurría el beso.

Ahora puedo escribir que
en tu desnudez, la belleza se viste de sí misma.
Que quisiera que (ahora, en este instante)
tu brazo extendido sobre la cama se convirtiera en la imagen
del alambre sobre el cual los pájaros de mis labios
vieron el amanecer
y cantaron.
—Que tengo una caricia derrotada por tu ausencia.

Ahora un magro no-sé-qué navega lerdo por mi boca.
Un desasosiego con cola y dientes.
El perdido marbete de una estrella danzante.
Es que imágenes fantásticas desean desembocar en algo único:
en el espacio entre tus senos y la noche,
mis palabras se vuelven manos.

Por eso me he aguantado hasta ahora
para escribir sobre la playa que es tu nombre,
la playa reservada para tu mirada sin ojos
y mi sonrisa sin dientes. Sobre
el árbol que crece sobre tu vientre,
el coro de gigantes que se aproximan que trae tu caminar.

Busco las llaves de tu habitación.
Sé que allí encontraremos las letras que faltan en el alfabeto del silencio.

El poema de amor

Quise no escribirlo, luché contra él,
desprecié los poemas de amor que se han escrito antes que tú,
pero entonces—

Este poema debería estar escrito por un hombre
que nunca aprendió a amar,

que nunca aprendió a escribir,

por un hombre que nunca te conoció.

I

Por alguien que no escuche el monótono trueno de la palabra
que nunca te dije.

Por el que no conoció el mar a través de la última playa de tu ser
ni se tapa los oídos al escuchar
el susurroso rugido silente de la silenciosa hélice del silencio
que llega a Mí como el viento a los páramos desconocidos
o como el fuego a las soledades en llamas.

¡Pero adónde está tu sombra cuando la necesito para esconderme en ella!

Que estás en otro país, dormida,
y de repente todas las cosas se han ido a dormir contigo
– sólo la luna tiene algo de sonámbula en este mundo –
mientras yo lucho contra el poema de amor
y lo escupo y lo desprecio
y pierdo.

II

Tu ausencia es la cárcel donde rayo las paredes con tu nombre
y donde es petrificado el olvido por la punta de tus dedos
o por tu liviana mano que puede transformar cualquier pedazo de oscuridad
en un pedazo de noche.

Entre lo dicho y lo callado
ha quedado una nieve tibia
y talvez un pájaro que está mudo
y talvez un barco del fondo del mar.

(Aquí hace una pausa el poeta, se voltea hacia vos
y te dice con vergüenza: “En los primeros versos
quise hablar sobre tu cuerpo, pero me busqué
en los ojos la mirada y no la encontré”)

Que pudiera saltar de mis ojos
y recorrer la distancia entre tu respiración
y mi corazón. Llegar a tu pecho y cruzar
el puente de tu cuello. Contar tus lunares
uno por uno, hasta ver esa
inquieta pupila azul llena de futuro
y la arrebolada de tu mirada

y

que tu piel sea nuevamente el lugar donde la metáfora reveló sus secretos,
mientras yo descubro la libertad de tu sombra.

¿Qué hacer con el amor cuando el amor en el amor no se basta?

(Así está la poesía desde tu vientre gritándome:
¡Escríbeme! ¡Mira la forma que he cogido!)

Ir adentro de la tristeza contigo, tomados de la mano,
y desde allí inventarnos una infancia.

Por tiranía del azar
se ha poblado de algo de vida
mi corazón deshabitado:

de la misma forma
los hombres descubrieron
esa eternidad en andrajos
que es el olvido.

Pero ahora estoy aquí,
con el corazón en forma de ola,
esperando que el viento se robe mis viejos gestos,
las personas que fui antes que vos, todas mis flaquezas
que no llegaste a bautizar y los ojos que tuve
antes de aprender el lenguaje del silencio.

…Esperando que el viento se robe todo esto
y los bote en el basurero de la nada,
todas las demás cosas han empezado a temblar
y sólo tu nombre ha quedado quieto.

III

En la penumbra sin espacio
donde tu cuerpo es lo único que se alumbra;
en el camino donde caminan mis pasos,
separados de mis pies, buscando tus huellas;
en los versos que yo te he escrito pero que no leerás,
que serán nada más los epitafios de nuestros momentos;
allí te he buscado yo,
como la sombra que busca a su propia sombra.

y te he llamado

en la hora en que he perdido tu caricia,
cuando el tiempo se abre como un gran agujero
donde dejo caer mis recuerdos, uno por uno,
y los veo caer
caer
caer
caer…

Hasta que se pierden de mi vista.

Hasta que mi soledad se desnuda.

¿Cuánto me vale la luz de un sueño herido
que gime dentro de mi cráneo?

(En él estás acariciando mi soledad
con ternura de madre.)

Sobre esta tierra húmeda, quedará la huella del relámpago
– no tu pie – aunque coincida, curiosamente, su forma.

IV

Cartas vi escritas con sangre, pero nunca con tinta de noche—
de las ruinas que quedaron de la noche, después que pasaras por allí—
Hoy escribo con esa tinta.

(También mis lágrimas están hechas de esa noche)

Tendí un puente debajo del mundo,
entre mi soledad y tu soledad.
Me bañé en el llanto del tiempo
y de no haber tenido palabra de ti,
en él me hubiera ahogado.
En tus ojos imaginé una patria lejana
una tumba para mis más profundos secretos,
y la magia de los babilonios.

No sólo los crepúsculos son insoportables.

Lo saben
los extinguidos luceros de mi cuerpo,
mis amargas manos que sueñan
cómo será la próxima vez en que nos tocaremos,
lo sabe lo poco que habitaba en mi desalentado aliento inhabitable.

Imagina tu ausencia
como una noche negra, tan negra y sombría
(como la de Acuña)
que no se ve dónde se alza el porvenir.
Imagina que lo único que hay en esa noche
soy yo y este poema, que se escribe a la terrible intemperie,
mientras monstruos salen de mi cráneo abierto,
hacia la luna.

Este rubio desasosiego…
Este poema que quiere enfermar al tiempo de eternidad
y que tus ojos sean mis únicos relojes.

Tan sólo si pudiéramos ser algo más.

Tan sólo

Si pudiéramos, por ejemplo,
escondernos debajo del tiempo
y jugar a ser estatuas que fueron colocadas frontalmente
en un lugar del que nadie se acuerda.

I

(sonido de gotas cayendo en un balde)

Porque en mis manos nació una sombra que canta. Porque en un triste coro de insectos se refugia mi boca y mis palabras deambulan en un suspiro. Porque a mi pecho lo azotan los recuerdos ajenos y en el declive de esta tarde una metáfora me ofreció una flor de cuatro pétalos, esta voz barroca y hueca es necesaria. Pero ya se levantará mi alma de un cenicero. Porque mi Tristeza, que tiene vida propia, ha sido feliz. Y en cualquier momento todas las lágrimas del mundo se transformarán en seres vivos.

Yo estoy encerrado en una melancópolis, rodeado de animales del ocio. Para pasar mis tardes, aguardo, pienso, y le designo a algunas partes de mi cuerpo metáforas: mis manos pájaros que emigran hacia la nada todos los inviernos, mi pecho el basurero donde van las cosas más bellas del mundo, mi mirada un horizonte sin curvatura. Mi alma esa noche infinita, ese día fugaz, ese momento entre la noche y el día donde mis ojos tienen alas de mariposas.

Yo soy un pescador que no atrapa nada; es la metafísica de los peces que nadan en una pecera con agua de clepsidras.

Juventud (tesoro divino)

De la luna que hubiera sido yo si la palabra nada significara noche, me doy cuenta que la soledad ha partido, dejándome solo, encerrado en la prisión de la libertad. Murmurando la elegía de un pez que ha de errar sobre la tierra. Me estoy llorando (de mis ojos salgo en forma de lágrima pero mis ojos también salen de mis ojos en un llorar-llorarse) con el cuerpo vacío de cuerpo. Me lloro en el centro de una ciudad fútil; demasiada ciudad para mis ciudades. Necio de necedades, un joven no debió ser joven, un nombre no debió ser nombrado, a un ciego nunca le hubieran dado ojos, a un caminante lo hubieran despojado de sus pasos. Se repite esa escena donde mi voz se pierde en lo remoto de la noche, como un gemir alado que busca asirse en medio de la juventud (tesoro divino) primavera marchitada donde los árboles no son árboles ni las flores son flores ni el río es río sino poema jamás escrito.

La traición… o una oda

I

¿Cómo empieza este poema?
(ya se encienden sus fuegos porque se ve el humo a lo lejos,
sus sombras se irguen mientras sus letras se dibujan
y desdibujan, unas mueren, otras nacen, son seres terribles de
ojos furiosos y aúllen, me desgarran de adentro para afuera)
¿Cómo empieza este poema y para qué!
Un día atroz un poeta amanece con todos sus sentidos perdidos.

J’ai créé toutes les fetes, tous les triomphes, tous les drames.
J’ai essayé d’inventer de nouvelles fleurs, de nouveaux astres,
de nouvelles chairs, de nouvelles langues. J’ai cru acquérir des
pouvoirs surnaturels. Eh bien ! je dois enterrer mon imagination
et mes souvenirs! Une belle gloire d’artiste et de conteur emportée!

Moi! Moi qui me suis dit mage ou ange—

Les cris de la nuit m’ont laissé sourd, Arturo. Bajo la luna más zoológica, la nuit, la noche no es suficiente espacio para que yo quepa en ella. Ni yo ni vos. Entre sus pliegues reconozco el hedor de la orina de los monstruos de la literatura, mientras el viento silba un gemido parecido al sonido de la palabra soledad.

—Yo tengo al corazón sangrante
en la palma de mi mano:
niega ser pájaro, niega ser corazón—

Una metáfora de metáforas se posa sobre mi rostro mosqueando el cadáver del espejo. Andadera cambia de rumbo en el aire como una bala y dibuja un espiral rojo antes de robarme la expresión, para darle una cara al viento. Entonces, un solo adjetivo es capaz de matarme. Pero no lo hace: me agujerea.

Con cuatro palabras (azul, espuma, agua, sal) mi mano derecha peina al mar desde donde está, haciendo olas y vientos, peces y gaviotas, mientras el tic-tic-tic del tiempo ya no es más que un silencio escondido en una estrella.

II

Estoy rodeado de cosas, de objetos, seres vivos y nombres. En el iris de mis ojos guardo sus epitafios, sus sórdidos sortilegios y su silencio de pies harapientos. El molde de sus letras lo encuentro en el aire, al estirar los brazos buscando la nada. Mi mirada está siempre como la de un hombre que ve por vez primera el mar. El mar, el mar y su cuerpo de espumoso centauro líquido: mitad agua, mitad sueños.

¿Y para qué? ¡Y para qué! ¿Para qué el punteado recorrido de la mariposa que gotea tinta? En los hombres descifré destinos y poemas que nacieron muertos. ¿Para qué responderle a esta esfinge que me interroga? Mi soledad es un oscuro emblema de lluvias y banderas rotas que aún ondean ¿Para qué? Hoy tengo en mi mano al monstruo de la belleza.

Son nada más letras, son nada más letras. No hay nuevas flores, nuevos astros, nuevos colores. La misma neblina frota su cuerpo contra nuestros ojos. Esta es una lucha: en lugar de lirios, liriáfaros, lirisperos y lirotrellas. No son flores que sólo crecen en el jardín de mi sombra, son sus sueños heridos.

Con todo esto se me permite delirar: este poema tiene naturaleza de noche. De la noche, que no es más que mi tristeza en un infinito vestido negro. ¡Vamos letras, versos! ¡Conviértanse en algo más! Que les crezcan patas y garras, que adquieran la sonrisa idiota del niño y la mirada de diciembre del anciano ¡Que ocurra algo! Que se vuelvan pájaro, piedra, agua ¡que si no los puedo sostener, se me derramen entre los dedos!

III

Pero todo permanece igual. Este poema tiene naturaleza de páramo.

La mano que agoniza
y que escribe que no agoniza
lo escribió mientras moría.

Reinvento de la soledad

¿Se acuerdan de Los Demonios Internos? ¿Se acuerdan del Adán de la oscuridad? ¿Jeladrana? Ahora estoy inerme. Algo está roto entre las palabras y la voz. Entre las sílabas de la palabra soledad, crece un musgo, y más alto, su sol empieza a derretirse sobre sus letras que ya parecen apagadas candelas que gotean cera; luego, en el centro exacto de la soledad, el hombre es de repente un lugar donde las cosas se marchitan. Y todo esto ocurre bañado en la sangre del corazón de la noche.

La soledad debe ser reinventada, harto es nuestro dolor debido a ella:

– Nuestras soledades tienen alas.
Pero son cosas simples. Más simple
que una manzana, un beso en la mejilla,
el sol ardiente del mediodía. Sólo que estos
tienen garras, son partes de la realidad, tienen una nostalgia
de piñatas quebradas que lloran en sus adentros.
Pero si hacemos un pacto -en estos versos muy contemporáneos-
y de la simpleza (manzana-beso-sol) de nuestras soledades
pudiéramos sacar algo sobreviviente, luminoso entre
tanta oscurana, seríamos menos solitarios. Comenzaríamos
por un brazo, un brazo que salga de una soledad para acariciar
a la otra, sujetarle la mano invisible, darle una palmada.
Luego unos labios como los del silencio, para que mientras una
soledad acaricia a la otra, la otra pudiera besarla, y sembrar en ella, amor.
Luego un ojo. Sólo un ojo. Pero que pudiera ver a través de la otra soledad,
no ver lo que está detrás de ella, sino adentro de la soledad, donde hay una
soledad aun más sola. Y así, poco a poco, iríamos construyendo casi
una persona llamada soledad, para que en lugar de que seamos dos niños solitarios,
seamos dos niños felices, que reinventaron la soledad acompañándola –

Canción y mensaje para la musa con los ojos llenos de un día cualquiera

Con la imagen de una mujer pétrea, desnuda,
que graba en su seno derecho el epitafio de un sueño,
o de una niña de cabello negro y largo que llora en una
esquina de mis ojos convertidos en columpios de la tristeza,
o con las palabras que desde el fondo nocturno del día,
donde se empollan los amores que no comulgan la ostia del tiempo,
como obedientes hijos del agua se me muestran.

Como sea,una musa vestida de musa dice: “Hay en cada piedra un corazón que palpita

La metáfora abre la mano:
mil estrellas descabelladas.

¿Para dónde se dirige este barco de lirismo? Su pecio lúdico está
enterrado en las costas de un archipiélago de tiempo—
En el cielo hay un globo inflado de Nada,
que es un globo pero a la misma vez un ojo, sin dejar de ser globo.
Es la mirada hecha un pequeño mundo hendido por las espadas del sol.
Una metáfora a caballo recorriendo las calles del cielo.
Es de los desorientados pájaros que migraron a la muerte
y volvieron como objetos redondos que hoy vagan por las calles deste cielo.

Un dedo ciego me toca el pecho y de alli brota una flor.

Mis ojos… cómo decírtelo…
son dos personas diciendo adiós
que se congelaron en el tiempo;
con el tiempo ese adiós se volvió
ígneo
como una antorcha que se prendió sola
y que viaja entre los laberintos
de mis recuerdos.

Una musa vestida de empleada dice: “Hay en cada mirada un ciego que sonríe

En el ángulo que forman mi corazón
y tu respiración, hay cuchillos de ángeles,
un pie del agua, la sonrisa de alfiler
donde cabe la soledad de la luna y un poco más.

Pues Hoy todas las cosas tienen un rostro propio.
Vayamos a visitar la tumba fría del silencio,
a llevarle flores en el cementerio de la tristeza.
Te vas a dar pies para la vida pedestre
y vas a correr por el bosque donde todas las soledades del mundo
corren libres y son soledades acompañadas.

Dame los resbaladeros y columpios que hay sobre tu pelo,
la sonrisa que no sonríe pero es sonrisa,
tus pequeños llantos enfrascados en crepúsculos
y la minúscula nave que navega en las camanances del rostro de la niñez.

Una musa vestida de tortillera dice: “El corazón palmea su tortilla para el amado

En esta playa sin fin, el aire, la marea, las cosas
son un pétreo fantasma que se levanta y se parte en dos
cuando tus manos se reducen al mundo.

Que tuviera Yo,
que conjugué tantos amores con el lenguaje de los ojos: el silencio.
Yo, que todas las noches escucho la elegía que me compusieron los hijos de mi llanto.
Yo, que he soñado con tus ojos inflamados, tu corazón inmenso,
con la hueca melancolía de extrañar el futuro. Que tuviera yo
– al menos – una botella vacía donde reposara encerrado tu aliento.

Una musa vestida de una madre dice: “El nightgown del silencio escogió mis labios

¿Para dónde se dirige este barco de lirismo?
Aquí, al pie de la matriz de la oscuridad, todo es un hortelano de la noche:
el corazón de la poesía que no se escribirá en este siglo
se lo doy de comer a las flores que crecen en el ombligo del silencio.
Buscando entre tus pliegues, navegando mis manos en tu cabello,
poseído por este efugio que es minar en tu carne sin la tristeza
que en su llanto sin agua se ahoga,
sé que en algún rincón del hombre, hay una canción;
en alguna canción de algún rincón del hombre, hay un bemol que sostiene poesía;
en esa poesía de ese bemol de alguna canción en algún rincón del hombre,
hay versos escritos:Un mar atravesado por un trueno de mar. Un sol atravesado por un trueno de sol.
Sendos ademanes hacen los labios del hombre silencioso;
una boca saltó del hombre que callaba, a hablar por sí misma por el mundo.
El Adán del silencio y el Adán de la oscuridad que jamás nombraron las cosas:
Hoy las cosas los nombran. Porque el lenguaje ha perdido a su amante.
Ni el calidoscopio del capitán del barco lírico. Todo es oscuridad silenciosa.
Todo es ojos. El Adán del silencio de tanto mirar al Adán de la oscuridad
se convierte en él. Pero que Alguien encienda una mecha, un fósforo
que quede como la única antorcha del tiempo.

Porque ya nadie dice nada. Porque ya muchos se han callado.

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Managua, Nicaragua, 1988
Es poeta, cuentista, traductor y ensayista. Ha ganado el Premio a la Creación Joven Fundación Loewe 2007 por Una oscuridad brillando en la claridad que la claridad no logra comprender (publicado por Visor Libros en 2008) y el Premio de Poesía Ernesto Cardenal in Memoriam "Juventud Divino Tesoro" 2020 por la plaquette de poemas Rilke y los perros. Es doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Oxford.