2 cuentos de Pol Popovic Karic
1 junio, 2026
La pedrera
El camión crujió bajo el peso de los años que lo redujo a la chatarra. Sus faros bizcos abrían paso mal que bien en la noche. La carrocería fue sometida a una prueba de resistencia, salpicaba rechinidos mientras se ensañaba contra la pendiente. El desgaste cobró factura en vibraciones y gases que llenaron la cabina. Al llegar al término de su jornada oficial, el vehículo cayó en las manos de cuatro jóvenes que alegraban la noche con sus cantos, bromas y tonterías regados con licor casero. No hay mejor bebida que esta, levanta a los muertos y mata a los vivos, pensó uno de los jóvenes.
En los vencidos asientos de la cabina, tres jóvenes hacían y deshacían la conversación sobre la manera de podar una vid, aunque ninguno de ellos haya cercenado un sarmiento en su vida. Acalorados por la argumentación sin fin ni sentido, bajaron las ventanillas para sacar los brazos a la frescura de la noche y marcar una tregua en el enfrentamiento de sus sabidurías sobre la viña.
Aconsejado por su juicio, Ibro se ubicó a distancia segura de sus compañeros, en la parte trasera del camión que solía usarse para la transportación de la mercancía. Detenía la antena desgarrada de la radio que transmitía una melodía de la época. Con poca pericia y mucho ánimo, Ibro acompañaba al cantante. Estiraba el estribillo sobre sus cuerdas vocales con pasión, pero su vocalización se asemejaba cada vez más a un aullido. En ocasiones, se levantaba para asestar un par de golpes al techo de la cabina y conminar a sus compañeros a acompañarlo en los momentos de su inspiración musical.
–¡Canten!, ¡Canten conmigo!
–¡Cállate o vas a descomponer la radio con esa voz tuya! –Gritó Momchilo manejando y añadió para los compañeros en la cabina–. Ibro es buen muchacho, pero cuando le entra el licor, lo abandona la razón.
–Oye, Ibro –gritó Momchilo–, pásame un cigarrillo para despejar la cabina de los mosquitos, me están chupando la vida.
–No te hacen falta cigarrillos, se morirán envenenados –gritó Ibro desde atrás. Al rato, un paquete de cigarrillos apareció en la ventanilla del chofer. –¡Tómalo! –y la mano de Ibro sacudió la cajetilla.
–Gracias y despídete de este tabaco –respondió Momchilo al arrebatar la cajetilla–. No quiero que te hagas daño con la nicotina –en la cabina, se escucharon risas–. Si estiras la pata, ¿quién les llevará de comer a los mocosos de tu hermano?
El chofer dio un mordisco a un cigarrillo y lo extrajo de la cajetilla, ofreció uno a los compañeros sentados a su lado y, como ninguno era aficionado al tabaquismo, colocó la cajetilla en el bolsillo de su camisa. El humo, la conversación y las risas remolinearon de nuevo en la cabina.
–¡Regrésame la cajetilla! Ya me la hiciste anoche. –En la cabina vuelta fumarola, los hombres reían mientras un humo bárbaro sacaba sangre de sus ojos.
–Ya sabes, fraternidad e igualdad, tienes que sacrificarte por el bien común –predicó Momchilo–. No podemos fraternizar si tú tienes todos los cigarrillos y nosotros ninguno. –Momchilo echó un vistazo hacia Búmbar que estaba sentado a su lado, pero este permaneció ajeno a la broma.
–Regrésale la cajetilla, no seas así. –Comentó Pavle y extendió el brazo desde el otro lado de la cabina para sacársela del bolsillo. Momchilo siguió resguardando la cajetilla con el antebrazo al tiempo que echaba bocanadas de humo hacia sus compañeros para, como decía él, desparasitarlos.
El camión se salió de la carretera de asfalto dando golpes al rodar sobre baches y piedras sueltas. El cigarrillo de Momchilo echó chispas y los jóvenes groserías. Para rematar el viaje, Momchilo dio una vuelta al volante con ambos brazos, el camión giró raspando el pedregal y se detuvo en seco. Los cuerpos de Pavle y Búmbar se apilaron contra la puerta derecha mientras el cigarrillo de Momchilo alumbraba su sonrisa.
–Este loco de chofer anda desatado –gimió Pavle mientras intentaba zafarse del aplastachurro que sufrió bajo la corpulencia de Búmbar. Pero tuvo que callarse para poder respirar.
–Les dije que hacer negocios con Momchilo es como hacer un pacto con el diablo –murmuró Ibro para él mismo mientras palpaba su nuca al fondo del camión.
–Bueno, ¿quieren ganarse su dinerito o no? –preguntó Momchilo con seriedad–. Todo lo que necesitan hacer es llenar este camión –y alzó la mirada hacia un montón de piedras filosas que dejó boquiabiertos a sus compañeros de cabina–. Cinco billetes de diez para cada uno. Limpiecitos y honestamente ganados. ¡Andando! Que sean bien grandotas, no quiero piedritas para las niñas que juegan a la matatena.
–Momchilo, ¿no habías dicho anoche que pagabas ochenta? –preguntó Pavle, siempre atento a los números cuando se trataba de su remuneración.
–Sí, pero eso era para llenar el camión que mi hermano se llevó al norte y este es más chico.
–Vas a pagar lo que prometiste o no hay trato. –Mareado por el licor y la zarandeada, Pavle se agarró de la discrepancia numérica para cancelar la jornada nocturna.
–¿Qué les pasa? Conseguí el camión, me arreglé pa’ que me lo presten por adelantado y ustedes siempre quieren más. En sus pueblos, limpian establos de sol a sol por menos.
–Mira –lo interrumpió Búmbar que estaba sentado entre los compañeros en pugna–. Yo no vine aquí para que tú me insultes en este bote de basura con ruedas –y sus ojos centellearon.
–Está bien, que sean ochenta. Apúrense y nos largamos de aquí –Momchilo puso una cara de descontento, abrió la puerta y saltó al suelo.
–Prende tu ferretería y dale en la reversa –gruñó Búmbar–. Acércate al cargamento.
Tras un par de maniobras perfumadas de humo negro del motor, la pedrera quedó iluminada por una lámpara de gas y lista para el despojamiento. Formados en fila, Búmbar, Pavle e Ibro se entregaron al trajín. Se echaban trozos de roca al hombro y los cargaban al camión. De buenas a primeras, el trajín empapó sus camisas de sudor. Empero, hacían gala de su fuerza con pasos firmes y mentones levantados. “Así lo hacen los hombres de a deveras”, este era el refrán consabido y nunca verbalizado.
Tras varias horas de faena, las piedras se volvieron más pesadas y las descargas más espaciadas. Las miradas empezaron a arrastrarse por el suelo, los pies a tropezar y las ampollas en las palmas a hormiguear. Aflojó el ritmo de sus andanzas, pero siguieron cargando, sudando, gruñendo y descargando.
Momchilo permaneció sentado sobre la tapa del motor en compañía de su botella. De espaldas a los jornaleros, su mirada se desplomó del promontorio en dirección del mar que no se dejaba ver en aquella noche de luna nueva. En un par de ocasiones, los trabajadores escucharon el tarareo del hombre aburrido por la espera y embrutecido por el licor.
Para engañar el entumecimiento de los dedos y los primeros anuncios de calambres, se desenvolvió una conversación en torno a un futbolista de tierras altas. Entre una y otra carga, empezaron a chisporrotear comentarios empapados de sudor.
–¿Cuánta lana le habrán pagado por cada día que se pone los tachones? –preguntó Ibro.
Bien informados sobre este deporte masculino por excelencia, sus compañeros se apresuraron a salpicar todo tipo de conjeturas basadas en sus conocimientos. Los montos de honorarios seguían aumentando hasta que los hombres se hartaron de su propia imaginación y adivinanza. Aun cuando la habladuría llegó a su término, los números siguieron revoloteando en su imaginación. Los billetes imaginados contaban con una envergadura de alas más larga que el horizonte.
Luego de un par de horas sudorosas, Ibro encontró fuerzas para tocar un tema delicado, pero en todas bocas publicado sin haber aparecido en los periódicos. Se trataba de un tejemaneje relacionado con la venta de un partido del equipo nacional en la mera semifinal de la Copa. Allí, se destrabaron las lenguas y llovieron cumplidos soeces sobre el instinto ratero de sus dirigentes futbolísticos. La volatilidad de su creatividad aligeró las cargas y alivió la pesadez de las piernas. No hay mejor remedio para el desengaño que la grosería, particularmente cuando el castigo de los culpables permanece fuera de toda posibilidad.
De improviso, Búmbar asumió una postura madura para pedir el respeto que media docena de años le daban de ventaja sobre Ibro y Pavle. Con el desdén en la cara, se sacudió unos comentarios junto con el sudor de su mechón. Felicitó a los responsables del tejemaneje por poner en su lugar a los apasionados del deporte nacional. Enfatizó con un asentimiento que las familias del proletariado debían apretarse el cinturón para poder comprar un boleto para ese partido, anunciado y celebrado en la capital. Añadió con disgusto que los espectadores debían apretujarse como sardinas en las gradas de concreto para que unos selectos se llenaran los bolsillos. Concluyó su perorata diciendo que los boletos pagados con el sudor de los jornaleros no tenían mejor propósito que la compra de una berlina rechinante para un maestro titiritero. Para despedirse del tema, Búmbar lanzó una pregunta que no esperaba respuesta: ¿Para qué cambiar las cosas que funcionan de maravillas?
–Sí, pero nosotros ganamos la Copa de la transa –añadió Ibro tras un momento de reflexión. No quiso que su pueblo quedara en entredicho. Tenían que salir ganadores de esta contienda a cómo diera lugar. Después de todo, la transa también figura como deporte nacional.
Las caras sudorosas se pusieron a desgranar comentarios para mostrar que ellos eran más informados que Ibro, no podían quedarse atrás cuando se trataba de un asunto de tal importancia. Admitieron con un resabio de amargura que los extranjeros no se quedaron atrás en el arte de la inspiración financiera. Incluso, se salieron con la suya. En la pausa, prometieron un costal de divisas por dos goles en el segundo tiempo, y cuando lo apalabrado fue registrado en el monitor del estadio, se despidieron de nuestros pordioseros echándoles unas migas de consolación.
–Así se paga a los mendigos –dijo Búmbar descargando una piedra con ira.
–¡Oye, tú! –El vocerío de Momchilo interrumpió la conversación–. Sí, ¡tú! ¡Gigante! –Momchilo se ingeniaba para atinarle al nombre de Búmbar, pero su memoria quedó empañada por la evaporación alcohólica.
Haciéndose el sordo, Búmbar dejó pasar por alto la vociferación. Solo masculló entre dientes: “que el borracho guarde sus patrañas para él mismo o lo voy a meter en esa botella para que ruede monte abajo”.
–¿Cómo te llamas? ¿Oyes? Budva, Bubañ… –Despatarrado sobre la tapa del motor, Momchilo atizó una patada a la carrocería con el talón. Resonó el golpe, pero no hizo eco en los oídos de los jornaleros nocturnos. Así como le surgieron de repente las ganas de dirigirse a Búmbar, con la misma presteza se le olvidó el asunto. Pero siguió barbullando para él mismo sin darse cuenta de ello.– Cuidado, cuidadito señor Gigante. Si no, lo primero que tendrás que comprarte con la lana que te voy a dar son unos calzones, pero secos.
Al captar las palabras del hombre embrutecido por el licor, Bumbar vaciló, arrojó la roca del hombro y se dirigió hacia el atrevido. En un remolino de luces y sombras, Pavle vislumbró tres figuras que se repartían estirones, empujones, amenazas y reprensiones. Dio media vuelta y se dirigió hacia la carretera. Apenas pisó el asfalto, sintió una mano en el hombro.
Allí estaba Ibro con su cara bonachona. Le soltó un chorro de susurros sobre la necesidad de quedarse, administrar una cucharada de su propio chocolate al malhablado, cobrar lo merecido por la faena casi acabada, entre otros argumentos de peso en favor de un cierre provechoso de la faena. Como Pavle ya no quiso saber nada del asunto y tenía ganas de alejarse de aquella chatarra en sus funciones de camión, Ibro le mostró una barra de dinamita para persuadirlo de quedarse hasta el final. Disque la barra fue vaciada y rellenada de barro, pero Pavle la vio en la lechosa luz de un día naciente y su color café con la imagen de la calavera roja le dieron escalofríos. Lo mucho es mucho, se dijo, más vale escampar que lamentar.
Al fin y al cabo, Pavle cedió a los argumentos irrefutables de Ibro, reunió sus fuerzas a las de sus compañeros y, en un tris tras, el camión terminó por llenarse. Cuando levantaron cabezas, la madrugada ya había dorado el flanco del monte. Los golpes refrescantes del mar se estrellaban contra el acantilado y despertaban los chirridos de las gaviotas. Estas ya tenían sus miradas fijas en el agua cristalina.
En la ropa hecha sopa, los jornaleros se acercaron con aire desinteresado a Momchilo. Este miraba hacia el horizonte que reunía el cielo y el mar. Los dedos de Pavle no lograban extenderse por lo tieso que estaban y él decidió ignorarlos para darle tiempo al tiempo.
–¿Quién hubiera pensado que se necesitaría tanto sudor para llenar este camión? –dijo Ibro en voz baja. Pavle y Búmbar asintieron sin enderezar las espaldas. Poco a poco, se dirigieron hacia Momchilo sin mirarlo. Este sintió que le tocaba cumplir con su parte del compromiso, se dejó resbalar de la tapa del camión y dio un par de palmadas sobre su pantalón como si estuviera empolvado.
–Bueno, les pago de una vez y nos largamos –dijo Momchilo y trepó en la cabina.
–No se va a ir a ningún lado –murmuró Ibro y sacó de su bolsillo un par de llaves.
–Ladrones –susurró Pavle sonriendo–. Un día despojarán a la santa Teresa de Calcuta.
–Ella no corre ningún riesgo. Vivió y murió pobre –comentó Búmbar.
–Por lo menos alguien se salvó de ustedes –replicó Pavle.
De reojo, vigilaban a Momchilo. Este hurgó en la guantera, bajó los asientos, insertó los dedos en todos los huecos que encontró y, luego de haber removido la basura del piso, se irguió. Giró la cabeza de lado a lado como un perro que olfateó la caza sin lograr vislumbrarla.
–Vámonos de aquí –dijo Pavle sacudiendo la cabeza–. La policía ya está patrullando. Aclaró y el negocio se acabó.
–Haz lo que te dé la gana, jovencito –gruñó Búmbar y lamió su labio superior–. Pero yo no me voy a largar de aquí como un perro sarnoso. Me paga o yo se lo cobro.
–¿Encontraste lo que buscabas en tu podrido camión? –gritó Búmbar al voltearse hacia la cabina. Las venas de sus cuellos bombeaban la ira.
Los hombres escucharon imprecaciones y golpeteos en la cabina. Hojas de periódicos, latas, tornillos y cajas volaban en todas direcciones. Golpeaban las ventanillas, rebotaban y se esparcían por todas partes. Al término de la tormenta de basura, se abrió la puerta de la cabina y Momchilo saltó al suelo.
–¡Finalmente! –Exclamó Ibro.– De tanto esperar, ya nos íbamos de regreso al pueblo.
–Oigan, no sé qué pasó con el dinero, lo tenía guardado bajo el asiento. –Los ojos de Momchilo recorrieron los rostros inyectados de sangre–. Me lo… me lo pasó, mi compadre. Así me lo dio en la mano –Momchilo imitó el ademán de la entrega–, y lo puse bajo el asiento. No sé qué pasó. –Compartió con los demás su decepción con un suspiro y retomó con un tono casual.– Bueno, nos vemos mañana en el café, sin falta se lo entrego mañana.
–¿Por qué te subiste y cerraste la puerta si el dinero estaba bajo tu asiento? –Preguntó Búmbar.– Pudiste recogerlo desde acá. No necesitabas subirte. –La mejilla de Momchilo empezó a temblar como si la piel se hubiera puesto a bailar una polca.
–No estuviste buscando la llave, ¿verdad? –Preguntó Ibro.
Las cejas de Momchilo arrugaron su frente. Su rostro asumió la expresión de un niño rendido ante los regaños de su padre. Búmbar colocó su mano sobre su hombro con ternura. –Está bien, no te preocupes, te vamos a dar otra oportunidad. Siéntate –y con su mano pesada lo sentó sobre la defensa del camión.
–Discúlpenme –murmuró Momchilo agachado.
–¿Dónde estará aquel dinero, ah? –Susurró Búmbar imitando la voz apenas audible de Momchilo–. ¿No se lo habrá comido algún ratoncito? –Dos palmadas de Búmbar sobre la espalda arqueada de Momchilo resonaron con alarma.
Búmbar aprovechó la pausa para enjugar la frente y el chorro de sudor cayó sobre la nuca de Momchilo. El mojado se estremeció y la mano del gigante se deslizó para ceñir su cuello. El pulgar detectó un pulso desbocado y el índice un par de vértebras puntiagudas.
–Déjenme, se lo voy a pagar. Se lo juro –murmuró Momchilo sin levantar la cabeza.
–Creo que es un momento adecuado para poner de lado los asuntos desabridos de esta noche y regresar a la civilización –comentó Pavle con una sonrisa afectada–. Estamos bañados de sudor y un baño de mar nos caería de maravilla. –Como Búmbar no se inmutó, Pavle dio una palmada amistosa a su macizo hombro para limar las asperezas. Igual a un resorte, el reverso del puño de Bumbar estalló contra la cara de Pavle. Este oyó un crujido y se derrumbó.
Cuando los párpados de Pavle se entreabrieron, un chorro de colores inundó sus ojos. Parpadeó con firmeza, pero los colores no se borraron, siguieron fluyendo y mezclándose. Nadando en un mar colorido, Pavle logró levantar la mano y encontrar su frente, la palpó y presionó repetidas veces, pero no sintió nada.
Ibro se acercó a Pavle y este vislumbró una máscara, teñida de rojo y azul. Los labios de Ibro se movieron, pero su voz se ahogó en el mar de colores. Una lágrima recorrió la sien del hombre tendido sobre las piedras, cerró los ojos para poner alto al flujo de colores y sintió que giraba en caída libre.
Algo presionó la mandíbula de Pavle, su boca se abrió y un líquido borboteó en su garganta. La cabeza quiso voltearse de lado para interrumpir la penetración del líquido, pero todo movimiento estaba vedado por algunas manos. La tos estremeció su pecho y arrojó una flema. Pavle abrió los ojos de nuevo.
–¿Cómo estás? ¿Me oyes? –Pavle escuchó los gritos de Ibro.
–Dame –comentó Pavle.
–Ya habla –dijo Ibro volteando la cabeza hacia un lado.
–Tomaste suficiente –respondió una voz.
–Más –insistió Pavle.
–De acuerdo, pero no mucho –y la botella tintineó entre sus dientes.
–Chupa como un lechón –comentó Ibro y preguntó de nuevo–. ¿Cómo estás?
–No puedo mover las piernas.
–Híjole, de veras te dio –dijo Ibro–. ¿Por qué te metiste? Pero no te preocupes, te vamos a revivir. Relájate, te vamos a dar un choquecito.
–No, hospital… Llévame –tartamudeó Pavle.
–¿Y qué les vas a decir? –preguntó Búmbar.
–Caí… una roca –respondió Pavle barajando con la lengua.
–La cosa es que no se te ve cómo la caída de una roca. Para nada –replicó Ibro. Pavle escuchó el rechinido de la tapa del motor y luego el rugido del motor.
–No te preocupes –le aseguró Ibro–, aprendí cómo se hace esto de un ucraniano. No es nada. La corriente de la batería va a recargar tus pilas. Con un par de chispitas, vas a seguir coleando como nuevo. Garantizado. Si no me crees, pregúntaselo a mi hermano el Mentiroso -e Ibro se esforzó por lanzar una risa.
Pavle levantó la cabeza y vio un cable negro que había bajado del motor del camión y viboreado hacia sus piernas. Iba a gritar «¡no hagas eso!» al tiempo que una descarga eléctrica lo hizo rebotar del suelo. Un destello de luz alumbró sus ojos y los regresó a la oscuridad.
Al término de una pausa de oscuridad y silencio, Pavle deslizó las manos sobre sus muslos. Temblaban, pero estaban allí y eran suyos de nuevo. Presionó la carne mullida hasta sentir lo duro de sus huesos. Dobló las piernas con cuidado, los envolvió con los brazos, presionó la frente contra las rodillas y lloró.
–Dale otro toque Ibro. –dijo Búmbar.
La boca de Pavle se llenó de groserías.
–Fue una broma –respondió Búmbar riendo.
–¿Estás bien? –Preguntó Ibro–. Te dije que con un toque iba a revivirte. ¿Quién es el mejor médico del mundo, ah? ¿Prefieres que te pinchen los médicos hasta que quedes tieso y sin poder pagar más o que yo te cure? –Ibro sonreía de oreja a oreja.
–Sí, eres el mejor médico del mundo –murmuró Búmbar con poco entusiasmo–. Nada más que la última vez, tu paciente quedó tieso de a de veras. Me lo contó tu hermano.
–Tal vez, pero uno como ninguno –respondió Ibro con una mueca de curandero ofendido.
–Ibro, por amor de Dios, ayúdame a salir a la carretera –las palabras de Pavle goteaban una por una, espaciadas pero claras– voy a agarrar un aventón. Te pagaré mañana por tu curación. Ya no quiero ver este camión –y lanzó una mirada en forma de pedrada al camión.
Con firmeza y cuidado, Ibro ayudó a su paciente a incorporarse. Al levantarse, este se dio cuenta que había amanecido de horizonte a horizonte. El aire rebosaba de luz, sobraba y hería los ojos. En el fondo, los rayos brincaban sobre la olas, rebotaban y se dejaban caer de nuevo. El color azul había teñido el cielo y el mar. Pavle pensó que el mundo era maravilloso y se preguntó cómo no lo había advertido antes.
–Bien –dijo Ibro–, pero antes de llevarte a la carretera, te curo por completo. ¿De acuerdo?
–¡No! Ahora no. No necesito más curas –respondió Pavle levantando la palma de su mano en signo de rechazo.
–En el camión, encontré una botella de mezcal bajo el asiento –comentó Ibro con el orgullo de un arqueólogo–. ¿Sabes cómo los mexicanos preservan la vida eternamente? –Preguntó Ibro y continuó sin perder el ímpetu de su exposición–. Mejor que los egipcios. Estos destripaban a los muertos y los envolvían en trapos –e Ibro hizo una mueca de asco–. Los mexicanos te toman un gusano, lo embriagan y lo engañan para que se meta en la botella. Y una vez adentro, le echan sus copitas de licor, tuta murta, y el gusanillo vive allí para siempre, ebrio y feliz como una lombriz. Si lo sacan, 10 años después, el gusanillo se pone a titubear por lo entumecido de sus patitas, pero feliz. Así es. ¡Te lo juro! –y miró hacia el cielo como si buscara a su testigo allí arriba–. Por eso, yo tuve que revivir tus piernas con un choquecito para que no se te entumecieran como las del gusano.
–Oye, Ibro, déjate de esas… cuentos. ¿Quieres ayudarme o no? –preguntó Pavle colgando de su hombro.
–Por supuesto. ¿Con quién puedes contar más que con tu amigo Ibro? Pero lo primero es lo primero, tomemos unos tragos de la vida eterna que custodia el gusanito. No te voy a poner en la botella, te lo juro. –Y de improviso, Ibro irrumpió en una canción popular.
Mientras aguantaba el temblor de sus piernas y los aullidos de Ibro, Pavle notó la cara de Momchilo que lo observaba desde el fondo de la pedrera. Estaba tirado sobre las piedras, traía los ojos despavoridos, miraban sin ver nada, la cara cruzada con una mordaza y los brazos aparentemente atados en la espalda.
Parado al lado de Momchilo, Búmbar zafó un cartucho de dinamita de su cinturón y la lumbre de su cigarrillo hizo contacto con la mecha. De primeras, esta dudó en encenderse y luego soltó una deflagración de chispas. Búmbar se agachó sobre el cuerpo de Momchilo, parecía que le explicaba algo, hincó el cartucho entre las piedras a unas palmas de su cara y se dirigió con urgencia hacia el camión. Saltó adentro, arrancó el motor, rechinaron los cambios, hizo una vuelta y el vehículo se dirigió cuesta abajo. Así se van nuestras piedras y el sudor, pensó Ibro. Quedamos iguales a nuestros dirigentes de futbol. Ni modo, contra el destino no se pueden levantar demandas jurídicas, y puso punto final a su análisis con un suspiro.
Al fondo de la pedrera, el cuerpo de Momchilo tironeaba contra las ataduras. Parecía dispuesto a salirse de su propia piel con tal de librarse de la soga. Se revolcó una y otra vez golpeándose contra las piedras. Cuando pareció vencido, con el cuerpo quieto y la mirada fija en la mecha, un zapato se soltó y un pie se liberó. Con el pecho desnudo y los brazos atados en la espalda, el hombre echó a correr por su vida. Caía y se levantaba, igual a un barco en zozobra.
Apoyados uno contra el otro, Ibro y Pavle quedaron sin aliento. Algo, por dentro, los alentaba a gritarle «!no tiene pólvora¡», pero permanecieron mudos. De todos modos, Momchilo no los hubiera escuchado ni mucho menos entendido. Enajenado, le hombre corría sobre las olas de piedras como un fantasma en búsqueda de su alma. El dinero ya no le preocupaba.
A los jornaleros nocturnos
━━━━━━━━━※━━━━━━━━━
No te muevas
Encogido en su abrigo militar, un hombre estaba sentado sobre el catre de una celda compartida con otros dos detenidos. En el piso, entre las botas del militar, yacía un plato de aluminio. Un pedazo de cuero con hueso sobresalía del caldo de frijoles. Junto al plato, una rebanada de pan engolosinó a una hormiga que incursionó en su interior.
Desde el fondo de la celda, la mirada de un joven recorría las paredes y la bóveda. Evitaba cruzarse con la del militar, pero no resistía la tentación de regresar una y otra vez a su plato de frijoles. Oculto a medias entre las botas, el plato se sumía poco a poco en la oscuridad de la celda. Todos aguantaban la impaciencia de presenciar la caída de la noche que albergaba la esperanza de un mejor mañana.
Cuando el guardia puso el plato de frijoles en el piso de concreto frente al militar, el sonido indicó que este estaba más pesado que los otros dos. En su interior, el hueco del hueso parecía chupar el caldo a escondidas, al igual que las tripas del mirón sorbían sus jugos de amargura. Qué mueca trae ese militar narizón, se decía el mirón, pura soberbia. Ni miró la comida cuando el guardia se la dejó, solo asintió. ¿Y qué pasó con la comida de los demás? Nos sirvieron un par de cucharadas de la nada. Acaso nosotros no tenemos tripas.
De nuevo, la mirada del mirón rebotó contra el techo y cayó derechito en el plato salpicando su apetito. A hurtadillas, una gota de saliva brotó de la comisura de sus labios. Ni come, ni deja que los comamos, pensó. Me lo chuparía en un santiamén y me mordería la lengua de gusto. Pero así son ellos, los militares, les complace hacer sufrir, dizque para forjar el carácter. Ah, cómo les gusta retorcer sus tripas y aún más las ajenas. Dizque así se templa la determinación de los cadetes, la integridad de los patriotas, se dijo el mirón asintiendo con amargura. Pero cuando el plomo calentó el aire, ese narizón dejó a esos muchachos a su suerte. Que se lo hallen como puedan. Probablemente se hizo de la vista gorda para no ver sus retorcijones de acribillados.
La oscuridad de la celda apagaba la luz que se filtraba por la claraboya. El joven mirón no encontraba sosiego en su catre, se retorcía al igual que sus tripas. Se encogía, enderezaba la espalda, la apoyaba contra la pared, echaba vistazos al plato y barajaba distintas hipótesis sobre el destino del militar. Nunca se sabe, no es un simple y sencillo ladrón de huevos. Tal vez se da un cambio en la comandancia y lo recomiendan para una condecoración. Qué tal si cuelgan medallas de su solapa por la valentía en tiempos difíciles en nuestras tierras patrias. Se levantará un acta del Estado Mayor en la que se constatará, sin lugar a duda, que gracias a los irrefutables testimonios de los muertos, por cuya verdad se pone la mano en el fuego… No, más bien, gracias a los hechos comprobados, se honra la valentía por la resistencia… incondicional durante la emboscada tendida cobardemente por el enemigo de nuestras tierras, superior en armas y número. Vaya, vaya. ¿Cómo se henchiría este bueno para nada?, estipulaba el mirón. La cabeza en alto, levantaría polvo con espolones. En el auditorio del parlamento provisional, sus ojillos de gallo alzado barrerían las caras embelesadas. Pero ¡míralo ahora! Igual a una gallina clueca, desplumado, pero con el pico levantado. Quedó más hueco que el hueso de sus asquerosos frijoles. Ojalá sus carnes echen pestilencia antes que sus frijoles. Cansado de remover su amargura que no ofrecía ningún alivio a sus tripas, el joven mirón se incorporó, estiró la colcha sobre el catre y se acostó con la intención de desconectar su mente de las asquerosidades de este día. Qué bien, pensó, el sueño es el mejor remedio para los dolores estomacales y se hizo concha.
En el catre frente al del militar, la mano de un viejo campesino acariciaba su barba. Él era el único que pasaba las noches sin acostarse, dormitaba sentado. Se preguntó a él mismo, ¿todavía sigues aquí? Y respondió, sí, aquí sigo. De este mundo, no se puede llegar al otro cuando uno quiera. Es mi destino y la voluntad de Dios. Aquí estoy donde me soltó el camino de mi destino y aquí me quedaré hasta que me liberen o me despachen al otro lado de este mundo. Entonces descansaré de a de veras, sin interrogatorios, zancadillas, ni murmullos. Que los gusanos y las lombrices revienten de gusto en mis entrañas.
Un ronquido tímido del mirón se dio a la tarea de arrullar sus tripas. Poco a poco, iba perdiéndose la timidez de los ronquidos. Tras una molestia inicial, el ronquido anestesió los oídos de los reclusos y los entregó al sueño.
A altas horas de la madrugada, el campesino giró la cabeza de lado a lado. El hedor proveniente de la cubeta en funciones de letrina lo sorprendió. Hace años que su nariz no había olido nada. Los resfriados y el tabaco se habían conjugado para librar sus cavidades nasales de toda sensibilidad, quedaron a prueba de todo olor y hedor.
En el sueño, el militar encontró su reposo a la sombra de un cerezo. Dos gorriones cayeron en su copa, brincaron y chirriaron. El militar los saludó con un «chipi-chipi» y los arrimados observaron al monstruo tendido a sus pies, primero con un ojo, luego con el otro. Removieron sus colas y llevaron su amorío o pendencia a otros ramajes.
El militar soñaba con la cara de su esposa en tiempos de su noviazgo. Estaba envuelta en cabellos castaños con grandes ojos tristes, así como la había conocido en aquella feria del pueblo. Trató de poner una sonrisa sobre aquellos labios de seriedad con payasadas y mimos, pero falló y la mirada de la muchacha lo atravesó.
Al dirigirle la palabra, la lengua del militar se trabó en la torpeza y la vergüenza. Los sonidos apenas insinuaron algunas expresiones cariñosas a las que el soñador había dado forma y sentido en algún tiempo de alegría. La joven vestía una camisa blanca con numerosos bordes verticales que cruzaban su pecho. Botones chicos, traslúcidos, quedaron camuflados por la tela.
De improviso, vio a la novia de espaldas, se dirigía por una vereda hacia el camino de terracería. Llevaba un paso apresurado, tal vez enojado. Apresado por el sueño y reducido a la inmovilidad, el militar observaba el abaniqueo vigoroso de sus brazos. Pensó que acaso su novia se había resentido por algún detalle o palabra equivocada, una nimiedad que el viento trae y se lleva sin que la consciencia de uno se dé cuenta.
Para desprenderse del sueño y seguir los pasos de la muchacha, el militar se apoyó en su escopeta, pero esta se hundió en el pasto. Asió una rama del cerezo, hizo fuerza y esta se desgajó. Se arrastró hacia el camino de terracería, pero su cara y su pecho se hundieron en el suelo.
El militar se sobresaltó en su catre, levantó la cabeza para tomar una bocanada de aire. Permaneció un momento inmóvil en la oscuridad y se dejó caer de nuevo sobre el colchón. En el sueño, se apuró a alcanzar a su novia. Apenas divisó su silueta, esta desapareció tras un seto de zarzamoras. Llamó a la muchacha a gritos, pero se dio cuenta que su voz no salía de la boca. En el sueño, tocó sus labios y se preguntó si estaban cosidos. Notó que un gorrión regresó al cerezo con una gota de sangre en el pecho.
El militar se volteó al otro lado y vio a su tío prendido al arado que estiraba una recua de toros. ¿Por qué se ve tan envejecido y yo tan joven? El tío no traía camisa, los rayos de sol salpicaban en el sudor de su espalda. Los músculos se contraían mientras la hoja de acero abría el surco. El tío hablaba con los toros a gritos para que sus palabras no se confundieran con la indiferencia de la tierra que se quedaba allí dispuesta a ser rebanada una y otra vez. Las costillas de los toros se expandían y contraían como fuelles. Inhalaban y exhalaban el aire caliente que el verano tempranero trajo con ganas. La espuma blanca se escurría de los hocicos de los toros y chorreaba sobre la tierra que la cuchilla rebanaba y volteaba. Unidos en su faena, el hombre y las bestias seguían la línea recta trazada por sus antepasados.
Se atoró el arado, los toros se desparejaron y sus cornamentas chocaron. Resonaron un grito y un chasquido de látigo. Las colas azotaron sus flancos y el arado retomó su paso. Fluyeron palabras tiernas sobre los lomos de los toros.
Soñando, el militar pensó que al término del surco que lo llevaba pa’ allá, su tío se voltearía por acá y se fijaría en él. Al llegar al final de la parcela, el tío dictó la orden, la recua ejecutó la vuelta y se dirigió hacia el militar. Este se preparó a estrechar a su tío en los brazos, pero se acabó el surco y el tío le volteó la espalda de nuevo.
¿Qué le ha pasado?, pensó el militar. ¿Habrá traspasado los límites de la cordura y se entretiene con la locura? Anda como sonámbulo con sus bestias. Ellas lo arrastran y él las guía. ¿No será culpa mía? ¿Lo ofendí acaso? Ah, eso es, no le cuadra la caza. Le da mala espina la sangre de animales que se tira sobre sus tierras. Pero nunca me volteó la espalda. ¡Eso sí que nunca! Maldito sea, que se lo lleven los toros al infierno. El militar se volteó y echó a andar hacia el seto de zarzamoras por donde había desaparecido su novia quien a vuelta de unos años se volvió su esposa. Quiso dar vuelta atrás al tiempo para prevenir su desaparición. Entre más apuraba el paso, más se prolongaba la vereda que llevaba hacia el seto.
–¡Señor! Oiga… –El campesino sacudió el hombro del militar–. Se le vinieron las pesadillas.
–Ah, finalmente has llegado tío –balbuceó el militar.
–No, soy yo, señor –respondió el campesino de la celda.
–Bien, bien –refunfuñó el militar y se recostó volteándose hacia la pared.
Luego de recorrer un camino empedrado y perderse en sus recovecos, el soñador se encontró cara a cara con el rostro de ojos tristes. Con el afán de ceñir a su novia con un abrazo, se lanzó hacia ella, pero esta desapareció y, más allá, reapareció.
De la nada, la muchacha mudó de edad y un par de arrugas aparecieron en su cara. Le sonrió y, entre sus brazos, se asomaron las cabezas de dos niñas. Las tres caras salieron del mismo molde, los ojos almendrados y los cabellos ondulados. En el borde inferior del ojo de la más chica, brotó una estrellita. Ella parpadeó, esta se deslizó sobre su mejilla y se confundió con la sonrisa. La niña tendió la mano hacia su padre.
–Aquí están –tartamudeó el militar en su sueño–, alabado sea Jesús. Te he buscado por todas partes querida, me perdí y luego me hundí en la tierra. No encontré el camino por dónde me metí y no sé por dónde salí, pero todos nos reunimos en el mismo sueño al mismo tiempo. Nada más, estense bien quietas. Aquí, todo se mueve y se pierde sin son ni razón.
Navegando en el sueño, el militar se fijó en su propia figura. Le costó familiarizarse con su nueva apariencia de andrajoso, los botones desgarrados, el uniforme enlodado, tembloroso y, como si fuera poco, se atragantó con sus propias palabras y no encontraba el modo de ponerlas en fila y hacerlas marchar con cordura. Su lengua lamió los labios y buscó con desesperación la salida del atolladero.
–Oh, si solo supieras cariño cómo nos perdimos aquella noche que salimos a patrullar –gimió el militar–. El sordo del molinero atinó sobre el destino de nuestra patrulla. A gritos nos echó la maldición en la cara: «dejarán sus cueros colgados de las zarzas si van más allá del Pino Mocho. Se acordarán de mi si viven lo suficiente para recordar». Sus blasfemias rebotaron del cielo y nos cayeron de granizo. Corríamos, nos caíamos, llovía plomo sobre nuestras espaldas. Los ángeles y los demonios nos maldijeron. Por doquiera que uno se volteaba, la estampa de perdición lo esperaba. En el mero cogollo de la perdición, empecé a cavar un hoyo con las manos como un perro, para esconderme. Cariño… ¡no te muevas!
El militar se sobresaltó bañado en sudor. La madrugada se filtraba por la claraboya. El campesino seguía congelado en su posición de vigilante, pero con los ojos más hundidos que la víspera. El militar se preguntó si este estaba contando o descontando las horas pasadas en el calabozo y sin hallar la respuesta dejó caer su cabeza sobre el colchón de paja.
Se escucharon pasos en el exterior. El militar aguzó el oído, pero se rehusó a abrir los ojos. La cerradura golpeó una, dos veces y los goznes rechinaron. La mano del campesino tocó la rodilla del militar.
–Vinieron por uste’.
–¿Quiénes? –replicó el militar con los ojos abiertos de par en par para recuperar todo lo que le había pasado por alto mientras los tenía cerrados. El campesino le señaló con la cabeza la presencia del recién llegado y la mirada del militar chocó con la figura de un oficial de uniforme planchado a la perfección.
–¡Ah! –El militar se incorporó de salto y se cuadró descalzo. Se percató del rostro familiar del oficial, esbozó un ademán para abrazarlo, pero quedó pasmado por su rostro ceñudo.
–¡Firmes, teniente!
El militar retrocedió. Golpeó el catre con los chamorros y se cuadró de nuevo. El oficial dio un resoplido mientras se dirigía hacia el fondo de la celda donde estaba sentado el muchacho de tripas alborotadas. Se paró a un palmo del joven y este detuvo su respiración.
El oficial levantó la mirada y observó la claraboya con barras. Luego de una contemplación, su mirada bajó a la nuca del muchacho. Dio un paso a un lado como si esquivara una embestida y se fijó en la sien palpitante del agachado. Una vena azul latía y se escabullía en el cabello. Con la cabeza inclinada sobre el preso y los ojos entornados, el oficial se quedó examinando aquellos latidos embutidos en una vena azul. Quiso sentirlos con la yema de los dedos, pero se abstuvo. Dio media vuelta girando sobre sus talones y alzó la voz.
–¡Guardia! Esta celda queda a la disposición exclusiva del teniente, tres comidas al día.
–¡Entendido señor! –El guardia conminó al campesino y el muchacho a evacuar la celda. Antes de que el guardia terminara de saludar al oficial, los presos ya se habían escurrido por el umbral. Tras el portazo, el oficial tomó asiento en el catre del muchacho y suspiró. Empezó a sacar la cajetilla de cigarrillos, pero cambió de opinión y su mano vino a reposar sobre el muslo.
–Ah, siempre presentía que ibas a meterte en algún lío, y no en cualquiera –la voz del oficial asumió un tono reconciliador–. Así es, siempre lo sabía y te lo decía. Pero tu terquedad no te permitía escuchar a las personas bienintencionadas. No y no, contra viento y marea. Te tapabas los oídos para mantenerte desinformado sobre lo que todo el mundo sabía. –El oficial echó un vistazo a sus calzados pulidos, carraspeó y retomó la palabra.
–Yo siempre buscaba la manera de ampararte de ti mismo. Pero tú –meneó la cabeza y apretó los labios– nunca, pero nunca, te fijaste en mi mano bienintencionada. Hasta el general había notado tu arrogancia. Si solo hubieras consultado a tu superior, como los reglamentos lo indican, ¡no!, como lo exigen los protocolos insoslayables de nuestro ejército, tu superior te hubiera prohibido sin una sombra de duda –su voz iba subiendo de intensidad– que no arrastraras a nuestros soldados a la zona momentáneamente ocupada por los enemigos del pueblo. Claro está que la situación presente no es más que un movimiento táctico del general quien deja al enemigo entrar en nuestro territorio para posteriormente cerrar la ratonera. Pero tú, el señor reverenciado, quisiste jugar al héroe, llevarte los vítores de nuestra población campesina. ¡Bien hecho! ¡Sacrificaste vidas de jóvenes… prácticamente niños, por el amor de tus ambiciones! –los gritos del oficial reverberaron en la celda. La nuez del militar en posición de firmes subía y bajaba, pasaba bocados de amargura, uno tras otro.
–¡No! No digas ni una sola palabra. Ya has dicho demasiadas patrañas y hecho demasiadas porquerías. ¡Demasiadas! No me vayas a sacar de quicio hoy. Y te lo digo, por tu propio bien. Ahora –retomó el oficial suavizando el tono de su voz–, tus necedades sobre la defensa de la población a toda costa, que tú y tu padre han declamado durante sus borracheras, nos han echado encima este escándalo. Discúlpame por tener que mencionar a tu padre que también arrastraste a la muerte con esta insensatez tuya. –El oficial se removió en el catre. Sus ojos se empapaban de desasosiego. Rebotaban de un lado de la celda al otro como si quisieran derrumbar las paredes.
–De tal padre, tal hijo. Eso sí que pasa de una generación a otra. Una testarudez… hereditaria.
El preso empezó a jadear, pero mantuvo su postura de firmes. El dolor de sus sienes se extendía hacia la nuca, pero estaba persuadido que nada iba a doblegar su postura. Ya nada ni nadie iba a humillarlo como aquella emboscada.
–Bueno –el oficial retomó–. Una vez más, pero esta es la última, he pensado en ti y me arriesgué a abordar al general para hablarle de tu caso. –Un instante de reflexión introdujo una tregua en su exposición–. Después de todo, somos prácticamente del mismo pueblo y nuestras esposas son hermanas. Me acuerdo de ti desde que trepabas en ese carrusel sin pagar el boleto y teníamos que sacarte de aprietos cuando te agarraban de las orejas para zumbarte. ¡Como tronaban esas bofetadas! –Y el oficial soltó una carcajada.– Tus mejillas cambiaban de color como huevos de Pascuas.
De improviso, el ceño del oficial se arrugó y su voz cobró gravedad. –Así es, las cosas no cambian, nunca cambiarán, desafortunadamente –y con el borde de la suela de su zapato el oficial pintó una raya en el suelo–. Esta covacha necesita un servicio de limpieza –y un matiz de familiaridad tiñó su voz de nuevo.
–Descansa. Me es grato informarte que el general me confió tu caso y me encargó presidir la mesa que revisará tus responsabilidades y las bajas sufridas por tu tropa. –El hombre que estuvo en posición de firmes aflojó los brazos sin moverse. Quedó en suspenso dudando entre agradecer al oficial de viva voz o abrazarlo.
–Ya te dije, descansa. Sabes que yo no suelo hacer este tipo de favores, pero lo hice por ti, tus hijas, tu esposa y… –hizo una pausa buscando la palabra adecuada mientras miraba la suciedad del piso– ya sabes. Sé que no eres malo y que no me embarrarás con algo similar en el futuro, ¿verdad? Sin embargo, y eso sí que tengo que hacer, de una vez por todas, es quitarte esa maldita arrogancia. Tu arrogancia nos ha metido en apuros a todos y a ti más que a nadie. Hombre, tienes que hacerte a nuestros protocolos.
El oficial se levantó, cruzó la celda en silencio y se sentó en el catre desahuciado por el campesino. Sus muslos quedaron abiertos y la espalda contra el muro. –Ahora puedes redimirte y reincorporarte a nuestro sistema, todo está en tus manos.
El hombre parado tuvo la impresión de que el oficial se había ido, lejos y para siempre. Entreabrió los ojos y constató lo contrario. El oficial estaba sentado, las comisuras de los labios ligeramente estiradas hacia arriba, lo miraba fijamente.
–No me pidas lo que no puedo hacer, mano –comentó el preso con timidez–. Cualquier otra cosa, ya sabes que…
–¿Qué dices? -Exclamó el oficial–. ¿Quién crees que eres? Acaso eres mejor que nosotros. Otra vez tu arrogancia. Yo te doy la oportunidad de dejar todo esto atrás y formarte de nuevo en nuestras filas y tú… ¿Quieres o no quieres regresar a tu casa? –La cabeza del prisionero se inclinó hacia adelante parecida a la de un muñeco roto y se sentó en su catre.
–Así nos pagas a todos, ¿ah? Quieres reírte de nosotros después de haber llevado a la tumba a los muchachos. Eres una desgracia para todos los que te han conocido y te han brindado confianza.
–Por favor, no me pidas lo que no puedo dar. Tengo familia, las hijas, las conoces, por favor –y el militar cubrió su rostro con las manos.
–¡Eres un asno, bruto e incorregible! –Rugió el oficial–. Estarán mejor sin ti. –La puerta se abrió y se cerró tras el oficial.
En la madrugada, el guardia entró con una charola. El prisionero descansaba tirado de lado, la mirada fija en el lugar donde el viejo campesino descontaba las horas. Un líquido oscuro trazó su camino de la muñeca del militar a la colcha. El guardia se agachó y extrajo un papel arrugado del puño. «Mis queridas esposa e hijas. No llegaré a la cena, pero estaré soñando con sus caras risueñas. Su favorito poeta.»
Nació en Belgrado, ex Yugoslavia. Vivió y sobrevivió en cinco países. Impartió clases en dos universidades mexicanas y dos estadounidenses. Participó en actividades académicas con: cuarenta y un artículos, cuatro libros individuales, coordinación de once libros colaborativos, cuarenta exposiciones y siete capítulos de libros. También ha sido integrante de diez comités editoriales, cuatro academias y presidente de la Asociación de Profesores del ITESM.