«El castigo» y otros poemas
6 abril, 2026
Estos poemas construyen una poética de lo originario atravesada por la caída. En «Hybris», el nacimiento se vuelve antinatural: nube, tormenta, silencio; hay una corporalidad tensa y casi sacrificial que logra imágenes poderosas, aunque a veces sobrecargadas. «Al oriente del Edén» destaca por su tono elegíaco y bíblico. «La noche» y «El mortificado» insisten en lo onírico y lo opresivo, con hallazgos sensoriales pero cierta reiteración simbólica. «El castigo» cierra con crudeza visceral.
Hybris
I.
Pareciera que entre la noche
el cascarón, la membrana y la luna
eclosionan en un aliento frágil
un aliento que florece ante todo pronóstico.
Por eso sé que yo no nací de mi madre
nací de una nube,
de una cumulonimbos triste
que cargaba toda una tormenta de sal
una llovizna ligera que se escurrió por entre los pómulos de las montañas.
No lloré.
No pedí alimento.
Ni respiré.
Mi garganta era una viga
sobre la que repta una cuerda
que cruje ante mi peso:
ese sonido crocante
ese crepitar del carbón y el fuego cruel
es la materia del silencio.
II.
El trueno me cegó los sonidos.
En el silencio blanco y negro
creí ver cómo el cuello de madera cedía ante la viga de huesos,
cómo la llovizna bajaba por mis mejillas
cómo la tormenta llegaba a su fin
y cómo dejaría de eclipsar a aquella luz blanca del cielo
que acaricia mis manos con una ternura satinada
y que por fin me dejaría respirar
para abrir los ojos al día
y poder saciarme de una leche tan sagrada que me permitiría dormir cuando…
escuché cómo
eclosiona una vez más aquel triste y nuboso huevo.
Al oriente del Edén
Antes las noches eran de recuerdos
y de una memoria que no he olvidado.
Ahí vivía entre claveles, rosas y algunos pensamientos que sé no eran míos.
Después de que la siembra y el bosque adornaran
la más tierna de las vistas, olvidé los colores; quedé entre el gris y el negro.
Sé que la curiosidad es un dolor constante:
no encuentro a la primavera, a la paz, ni a los cielos, ni a esos árboles.
Dicen que venimos de la tierra de Nod, y que nunca podremos volver
y que la sangre maldita ahogó la flora y los pensamientos.
Y yo recuerdo, o creo recordar,
como una memoria dulce con grandes aromas a eucalipto fresco.
Pero otras veces no estoy seguro y siento frío
siento que la memoria solo atesora lo que añoro. Que ella solo guarda
un deseo de algo que no fue y que clava hondo en el pecho.
Aquí hay hortalizas y espinas de mi sangre.
Hay un sinfín de sombras y oscuros caracteres, entre las ramas, que no entiendo
y que quieren confundirme.
Venganos, la belleza entre todas las albas,
Es una súplica, un llanto, que escucho entre el viento.
Pero le temo a la noche / Pero le temo al amarillo
le temo como al viento, al recuerdo, porque aquello me duele.
Porque conservo su cicatriz escarlata que no sana.
La noche
Tus manos aparecen en las esquinas
reptan entre los muros y la noche
andan como flujo de enredaderas
a través de lo que siempre es lo mismo
y lo único que queda es el silencio,
es un cuarto a media luz
donde el rellano sueña que es hermoso el sueño de la vida
pero no ha visto
que los párpados, el sueño,
los muros y la noche son una condena,
son el dolor y la voluptuosidad de nacer una vez y otra.
Las sombras continúan su marcha:
tarántulas anfibias
nadando entre el agua de los sueños
y la tierra de la vida,
entre charcos de hipnosis
y polvos fértiles.
Justo aquí el infierno es un lodazal que ahoga,
lo mejor es soñar que estoy muerta
y no morirme de los tantos sueños que me inventan.
Ráfagas de sol.
Ráfagas la lluvia.
Ráfagas de una cadena oxidada
que sirve de rosa y salvavidas
no es lo suficientemente tensa para despertar en la brevedad de la muerte
en la brevedad de mis párpados que te miran.
El mortificado
El bosque es un extracto de la noche
es una punzada del eclipse y su inicio.
En él no hay más que lunas, ramas
y muérdagos que parecen más pensamientos que jazmines.
A veces, solo el alba y la mañana
cargan con un naranja olvidado que alumbra
entre la tierra y el color de las lágrimas.
Es ahí, en ese mismo punto en donde respirarlo
condena:
es cargar con la sed de todo el desierto entre los párpados,
y pedirle al viento una caricia
solo para sentir su ocaso en la espalda.
Estar en estas entrañas oscuras,
después del sol,
es beber una ceiba
es el líquido de una plegaria lejana
que nunca se respondió.
Solo encontré una cura
una medicina patentada por las mandrágoras y los ahorcados
un elixir, un bálsamo naranja,
una llanura sin nombre
que recuerdo como a los ojos de mi madre
donde los párpados y el iris ya están cerrados.
He pedido perdón.
He pedido perdón.
Te he pedido perdón.
Una y otra vez desde este bosque te lo pido:
ven
y perdóname.
Sacrifica el silencio y escúpeme con odio,
pero por favor
ven.
El castigo
La cumbre de mandrágoras
agilizó la pizca de las tinieblas
enseñando cómo la raíz
llora como un recién nacido
entre el lodo caliente.
Yo sabía que eran los vientos del demonio
que eran un aliento al rojo vivo
empujado
desde el horizonte líquido por donde hierven
las manos
e intentan tomar
el piececillo de un neonato.
La pizca me lastima la mano
me quema la piel rolliza del inocente
sus lágrimas y orines infectos
me escuecen la piel
bajo las uñas
y entre las lágrimas.
Morder una de esas raíces
moradas y carnosas
es una sensación perenne porque se encarnan
entre la manzana y la voz.
México, 1992. Es Docente y Doctor por parte de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Primer Lugar del Certamen de Literatura Joven Universitaria 2016, finalista en el Concurso de Poesía José García Nieto 2018 y aparece en Monterrey 24 (Casa del Libro UANL, 2018). Es columnista en El Ventanillo Suplemento Cultural de Interfolia.